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Toda guerra se combate en diferentes frentes.
El frente militar, el de batalla es, sin duda, uno de los
más importantes. Sin embargo, hay otros frentes igual
de trascendentes en todo conflicto bélico. Uno de ellos
es el de la propaganda.
A lo largo de la historia, la propaganda
ha jugado un papel muy importante como arma de guerra. Dominar
el arte de la guerra, decía Napoleón Bonaparte,
implica siempre infligir al enemigo no sólo una derrota
militar sino una psicológica y ésta se logra,
en parte, gracias a la propaganda.1
La propaganda ha sido utilizada tanto por regímenes predemocráticos
como modernos para influir y formar la opinión pública.
Constituye el mejor intento sistematizado y deliberado de grupos
de poder para moldear la opinión, los sentimientos y
pensamientos de las masas. En este sentido, la propaganda funciona
como arma para la construcción de legitimidad, de adoctrinamiento
político-ideológico y la manipulación.
A raíz del conflicto bélico entre Estados Unidos
e Irak, las estrategias de propaganda ligadas a la guerra se
han revitalizado y se utilizan de manera intensiva y sigilosa,
en forma de noticia, por la Unión Americana y sus aliados.
Tales estrategias tienen como propósito aislar y desconcertar
a sus enemigos y persuadir a los norteamericanos de la importancia
de "liberar al pueblo iraquí, aniquilar el régimen
de Sadam Husseim" y, sobre todo, "terminar con la
amenaza e inseguridad de las armas de destrucción masiva".
En ese contexto de lucha entre mundos disímbolos, que
atinadamente Samuel Huntington llamó el choque de civilizaciones2,
es como se debe entender el conflicto en que Estados Unidos
declaró la guerra al régimen de Sadam Hussein
y ha dado una nueva orientación a lo que se conoce por
los eruditos como la propaganda de guerra.
Información controlada
La propaganda influye y manipula más de lo que se cree.
No sólo reproduce pautas de conducta, valores y visiones
del mundo. La propaganda también polariza la mente, moviliza
los corazones (emociones) y engendra odios y agrios resentimientos
sociales.
Hasta hace pocos días, el mundo entero se encontraba
ante un escenario de guerra propagandística, en la que
las partes en conflicto encauzaron sus objetivos utilizando
diferentes estrategias de manipulación, ocultamiento
y distorsión de la información. De esa forma,
es claro que la propaganda fue utilizada tanto por los gobernantes
iraquíes como por los de Estados Unidos.
Los primeros, llamaron a la guerra santa, a la defensa patriótica
de su territorio y su cultura. Los segundos, convocaron a exterminar
los regímenes totalitarios, liberar al pueblo iraquí
y terminar con la amenaza a la seguridad mundial.
Como parte de esta campaña de medios, se describió
a Saddam Hussein como sinónimo de terror, represión,
barbarie y maldad. La contrapropaganda de los iraquíes,
por su parte, dibujó a los estadunidenses como los enemigos
del Islam, los mercenarios que quieren apoderarse de sus riquezas
y sus recursos naturales. "Morir en la guerra -rezaba la
máxima propagandística de los iraquíes-
contra los enemigos del Islam, es morir por Alá".
Por su parte, el gobierno norteamericano y sus aliados publicitaron,
en la misma línea y tono de argumentación, que
la razón (de su sinrazón) era la libertad, la
seguridad y el bienestar mundial.
En este conflicto, fue evidente que la propaganda de guerra
se utilizó como táctica para fomentar el miedo
y convencer, principalmente, a la opinión pública
norteamericana y a los gobiernos del orbe acerca de la justicia
de las acciones emprendidas por Estados Unidos y sus aliados.
La guerra se transformó, de esa manera, en libertad,
y la tragedia de los bombardeos se tornó en espectáculo
hollywoodense, donde las imágenes de poder destructivo,
el sensacionalismo y el morbo suplieron a la reflexión
razonada, el análisis y la deliberación informada.
Estados Unidos sabe que para imponer su visión al mundo
y desarticular a sus enemigos debe valerse del miedo que generan
los ataques y el poderío militar.3 Así,
las entregas informativas del Pentágono y la CIA sobre
el operativo militar y el poderío bélico estadunidense
a los medios de comunicación norteamericano y mundial
se inscriben como parte de las estrategias de propaganda para
desconcertar al enemigo y derrotarlo psicológicamente.
De esa manera, conciente o no, los medios de comunicación,
principalmente estadunidenses, tomaron el papel de voceros de
una de las partes del conflicto, ya que, recuérdese,
la mejor propaganda es aquella que se presenta al ciudadano
como noticia y en la cual la gente ignora los fines que se persiguen
por parte de los emisores.
Como parte de esta guerra, la información se controló,
manipuló y distorsionó por las partes en conflicto.
En consecuencia, nada de lo que se diga y se vea a través
de los medios de comunicación de origen norteamericano
e iraquí, sobre el conflicto, puede ser certero, desinteresado
y objetivo. Todo tiene un interés y todo se inscribe
dentro de una lógica de poder o hegemonía.
En la Unión Americana, por ejemplo, los medios electrónicos
de comunicación se han convertido de forma descarada
en coparticipes de la guerra propagandística, favoreciendo
al gobierno de Estados Unidos y desinformando a la ciudadanía,
en la que deliberadamente se ocultaron imágenes, escenas
y realidades de las bajas y capturas de soldados estadunidenses,
incumpliendo su labor de informar con objetividad.
De igual forma, las manifestaciones de protesta de la comunidad
internacional en contra de la intervención norteamericana
en Irak y el repudio de la guerra por miles de ciudadanos, a
lo largo y ancho del planeta, han sido también minimizados
u ocultados. Al parecer, los medios de comunicación norteamericanos
han perdido uno de sus conquistas más preciadas: la libertad.
En cambio, se ha impuesto toda una cruzada neomacartista: la
nueva propaganda mediática de fuerte cuño mercadotécnico,
donde las dóciles y fieles cámaras, de una prensa
otrora independiente, acompañan en la estrategia a los
tanques y aviones de guerra.
Esta guerra propagandística impulsada por Estados Unidos
está orientada no sólo a generar pánico
y terror entre sus enemigos, sino también crear un sentimiento
de éxito y aceptación entre su población.
El mensaje es claro: "nadie detiene al poderío norteamericano."
Esta colosal campaña de medios que impulsa el gobierno
norteamericano disfraza un interés hegemónico
y una sutil campaña intervencionista a nivel mundial
en la que los países pobres y subdesarrollados tienen
mucho que perder. Recuérdese que en su momento, en el
contexto de la Guerra Fría, la justificación para
la intervención norteamericana fue frenar el avance del
comunismo, como se dio en Centroamérica, Cuba, Corea
y Vietnam.
Colapsado el bloque socialista y disipado el fantasma comunista,
se pretextó al narcotráfico para invadir naciones
y deponer gobiernos como fue el caso de Panamá. Hoy día,
el narcotráfico pasa a segundo plano para justificar
la intervención armada y el avasallamiento de otros pueblos
so pretexto del terrorismo y la libertad del pueblo iraquí.
La guerra de Estados Unidos y sus aliados (Gran Bretaña
y España) en contra del gobierno de Irak ha dejado de
manifiesto la vulnerabilidad de uno de los derechos más
importantes de una sociedad civilizada: la libertad de información.
Invadidos de un falso patriotismo, los medios norteamericanos
de comunicación han acatado las indicaciones del Pentágono
y se han sumado a la campaña propagandística que
impone una lógica neomacartista por encima de la tradición
de crítica y reflexión que los había caracterizado.
Esta guerra, militarmente hablando, la ganaron los estadunidenses;
pero con el tiempo, se darán cuenta de que sus principales
medios informativos han perdido, como se advierte a nivel internacional,
la credibilidad, la confianza y, lo más importante, su
libertad. Al convertirse en instrumentos de propaganda de una
guerra a todas luces innecesaria, son también perdedores.
NOTAS
1) Emile Dard, Napoleón
y Talleyrand, Grijalbo, sexta edición, 1975.
2) Samuel Huntington, El Choque de civilizaciones
y la reconfiguración del orden mundial, Paidós,
Barcelona, 1997.
3) Nicolás Maquiavelo, ya desde el
siglo XV, señalaba que "es más seguro ser
temido que ser amado" y que "los hombres tienen
menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno
que se haga temer." En este sentido, los norteamericanos
han iniciado un conflicto bélico de enormes dimensiones
para tratar de imponer una lección de horror a quienes
osaron diferir, humillar o agredir a su nación.
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