Arma para moldear la opinión, los sentimientos y los pensamientos de las masas

Propaganda bélica

Andrés Valdez Zepeda

Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.


Toda guerra se combate en diferentes frentes. El frente militar, el de batalla es, sin duda, uno de los más importantes. Sin embargo, hay otros frentes igual de trascendentes en todo conflicto bélico. Uno de ellos es el de la propaganda.



A lo largo de la historia, la propaganda ha jugado un papel muy importante como arma de guerra. Dominar el arte de la guerra, decía Napoleón Bonaparte, implica siempre infligir al enemigo no sólo una derrota militar sino una psicológica y ésta se logra, en parte, gracias a la propaganda.1

La propaganda ha sido utilizada tanto por regímenes predemocráticos como modernos para influir y formar la opinión pública. Constituye el mejor intento sistematizado y deliberado de grupos de poder para moldear la opinión, los sentimientos y pensamientos de las masas. En este sentido, la propaganda funciona como arma para la construcción de legitimidad, de adoctrinamiento político-ideológico y la manipulación.

A raíz del conflicto bélico entre Estados Unidos e Irak, las estrategias de propaganda ligadas a la guerra se han revitalizado y se utilizan de manera intensiva y sigilosa, en forma de noticia, por la Unión Americana y sus aliados. Tales estrategias tienen como propósito aislar y desconcertar a sus enemigos y persuadir a los norteamericanos de la importancia de "liberar al pueblo iraquí, aniquilar el régimen de Sadam Husseim" y, sobre todo, "terminar con la amenaza e inseguridad de las armas de destrucción masiva".

En ese contexto de lucha entre mundos disímbolos, que atinadamente Samuel Huntington llamó el choque de civilizaciones2, es como se debe entender el conflicto en que Estados Unidos declaró la guerra al régimen de Sadam Hussein y ha dado una nueva orientación a lo que se conoce por los eruditos como la propaganda de guerra.


Información controlada

La propaganda influye y manipula más de lo que se cree. No sólo reproduce pautas de conducta, valores y visiones del mundo. La propaganda también polariza la mente, moviliza los corazones (emociones) y engendra odios y agrios resentimientos sociales.

Hasta hace pocos días, el mundo entero se encontraba ante un escenario de guerra propagandística, en la que las partes en conflicto encauzaron sus objetivos utilizando diferentes estrategias de manipulación, ocultamiento y distorsión de la información. De esa forma, es claro que la propaganda fue utilizada tanto por los gobernantes iraquíes como por los de Estados Unidos.

Los primeros, llamaron a la guerra santa, a la defensa patriótica de su territorio y su cultura. Los segundos, convocaron a exterminar los regímenes totalitarios, liberar al pueblo iraquí y terminar con la amenaza a la seguridad mundial.

Como parte de esta campaña de medios, se describió a Saddam Hussein como sinónimo de terror, represión, barbarie y maldad. La contrapropaganda de los iraquíes, por su parte, dibujó a los estadunidenses como los enemigos del Islam, los mercenarios que quieren apoderarse de sus riquezas y sus recursos naturales. "Morir en la guerra -rezaba la máxima propagandística de los iraquíes- contra los enemigos del Islam, es morir por Alá". Por su parte, el gobierno norteamericano y sus aliados publicitaron, en la misma línea y tono de argumentación, que la razón (de su sinrazón) era la libertad, la seguridad y el bienestar mundial.

En este conflicto, fue evidente que la propaganda de guerra se utilizó como táctica para fomentar el miedo y convencer, principalmente, a la opinión pública norteamericana y a los gobiernos del orbe acerca de la justicia de las acciones emprendidas por Estados Unidos y sus aliados. La guerra se transformó, de esa manera, en libertad, y la tragedia de los bombardeos se tornó en espectáculo hollywoodense, donde las imágenes de poder destructivo, el sensacionalismo y el morbo suplieron a la reflexión razonada, el análisis y la deliberación informada.

Estados Unidos sabe que para imponer su visión al mundo y desarticular a sus enemigos debe valerse del miedo que generan los ataques y el poderío militar.3 Así, las entregas informativas del Pentágono y la CIA sobre el operativo militar y el poderío bélico estadunidense a los medios de comunicación norteamericano y mundial se inscriben como parte de las estrategias de propaganda para desconcertar al enemigo y derrotarlo psicológicamente. De esa manera, conciente o no, los medios de comunicación, principalmente estadunidenses, tomaron el papel de voceros de una de las partes del conflicto, ya que, recuérdese, la mejor propaganda es aquella que se presenta al ciudadano como noticia y en la cual la gente ignora los fines que se persiguen por parte de los emisores.

Como parte de esta guerra, la información se controló, manipuló y distorsionó por las partes en conflicto.

En consecuencia, nada de lo que se diga y se vea a través de los medios de comunicación de origen norteamericano e iraquí, sobre el conflicto, puede ser certero, desinteresado y objetivo. Todo tiene un interés y todo se inscribe dentro de una lógica de poder o hegemonía.

En la Unión Americana, por ejemplo, los medios electrónicos de comunicación se han convertido de forma descarada en coparticipes de la guerra propagandística, favoreciendo al gobierno de Estados Unidos y desinformando a la ciudadanía, en la que deliberadamente se ocultaron imágenes, escenas y realidades de las bajas y capturas de soldados estadunidenses, incumpliendo su labor de informar con objetividad.

De igual forma, las manifestaciones de protesta de la comunidad internacional en contra de la intervención norteamericana en Irak y el repudio de la guerra por miles de ciudadanos, a lo largo y ancho del planeta, han sido también minimizados u ocultados. Al parecer, los medios de comunicación norteamericanos han perdido uno de sus conquistas más preciadas: la libertad.

En cambio, se ha impuesto toda una cruzada neomacartista: la nueva propaganda mediática de fuerte cuño mercadotécnico, donde las dóciles y fieles cámaras, de una prensa otrora independiente, acompañan en la estrategia a los tanques y aviones de guerra.

Esta guerra propagandística impulsada por Estados Unidos está orientada no sólo a generar pánico y terror entre sus enemigos, sino también crear un sentimiento de éxito y aceptación entre su población. El mensaje es claro: "nadie detiene al poderío norteamericano."

Esta colosal campaña de medios que impulsa el gobierno norteamericano disfraza un interés hegemónico y una sutil campaña intervencionista a nivel mundial en la que los países pobres y subdesarrollados tienen mucho que perder. Recuérdese que en su momento, en el contexto de la Guerra Fría, la justificación para la intervención norteamericana fue frenar el avance del comunismo, como se dio en Centroamérica, Cuba, Corea y Vietnam.

Colapsado el bloque socialista y disipado el fantasma comunista, se pretextó al narcotráfico para invadir naciones y deponer gobiernos como fue el caso de Panamá. Hoy día, el narcotráfico pasa a segundo plano para justificar la intervención armada y el avasallamiento de otros pueblos so pretexto del terrorismo y la libertad del pueblo iraquí.

La guerra de Estados Unidos y sus aliados (Gran Bretaña y España) en contra del gobierno de Irak ha dejado de manifiesto la vulnerabilidad de uno de los derechos más importantes de una sociedad civilizada: la libertad de información.

Invadidos de un falso patriotismo, los medios norteamericanos de comunicación han acatado las indicaciones del Pentágono y se han sumado a la campaña propagandística que impone una lógica neomacartista por encima de la tradición de crítica y reflexión que los había caracterizado.

Esta guerra, militarmente hablando, la ganaron los estadunidenses; pero con el tiempo, se darán cuenta de que sus principales medios informativos han perdido, como se advierte a nivel internacional, la credibilidad, la confianza y, lo más importante, su libertad. Al convertirse en instrumentos de propaganda de una guerra a todas luces innecesaria, son también perdedores.

NOTAS

1) Emile Dard, Napoleón y Talleyrand, Grijalbo, sexta edición, 1975.

2) Samuel Huntington, El Choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Paidós, Barcelona, 1997.

3) Nicolás Maquiavelo, ya desde el siglo XV, señalaba que "es más seguro ser temido que ser amado" y que "los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer." En este sentido, los norteamericanos han iniciado un conflicto bélico de enormes dimensiones para tratar de imponer una lección de horror a quienes osaron diferir, humillar o agredir a su nación.

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