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Luis compartía ese rasgo de confianza
en los jóvenes que vienen atrás. Yo le llamaba
"el reportero más joven de México"
porque hasta el fin de su vida no se permitió pretextos
para cumplir con su trabajo; su firma aparecía semanalmente
en diarios y revistas y sus créditos, en radio y televisión.
La trayectoria profesional de Luis será ampliamente
reseñada. El espacio profesional que tuvo entre nosotros,
los medios que tuvieron su pluma, los personajes que entrevistó
y los libros que escribió volverán a comentarse
en el gremio y fuera de él.
No tengo memoria de la fecha precisa en que
conocí a Luis Suárez. Quizá haya sido a
través de sus artículos en Siempre!, cuando
esa revista y El Día eran parte del bagaje de
la mayoría de los estudiantes que deambulaban por los
jardines de Ciudad Universitaria, o tal vez en la oficina de
Manuel Buendía.
También es posible que hayamos comenzado a platicar en
alguna actividad periodística. Lo cierto es que si repaso
mi vida profesional de los últimos 35 años, Luis
es una figura constante, en ocasiones como fondo, otras en primer
plano.
Lo recuerdo en la capilla de Manuel Buendía -en la misma
funeraria en la que sus restos reposaron el primero de junio
y con un día de diferencia en la fecha, 19 años
después-, silencioso y preocupado, el rostro más
sanguíneo que de costumbre y la aguileña nariz
perlada de sudor, entre León García Soler y Raymundo
Riva Palacio.
De Luis Suárez me separaban treintaypico de años.
Fue el último de mis grandes amigos, de trayectoria
y edad, uno de los robles a cuya sombra me acogí desde
que era un reportero latoso "capaz de crear problemas sin
tener edad para votar", como me reclamara colérico
un importante político en 1968, frente al subdirector
del diario capitalino en el que me inicié.
Esos hombres, inteligentes, generosos e implacables, tuvieron
siempre tiempo para sus jóvenes colegas. Sólo
exigían a cambio compromiso y disciplina... y, de ser
posible, algo de talento. En aquellos años felices uno
podía presentarse, digamos, en la casa de Alejandro Gómez
Arias en la calle de Benjamín Franklin y decir: "vengo
a platicar con el maestro"; o marcar el teléfono
de la casa de Luis Suárez en Villa Olímpica, o
apostarse fuera del domicilio de Buendía en Lindavista,
y en ningún caso recibir un palmo de narices. Era una
forma de ser: auténtica, terrenal, alejada de los olimpos
en que viven casi todas nuestras actuales glorias. José
Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis han narrado sus visitas
de domingo mañanero a la casa de Edmundo Valadés
para que éste leyera las más recientes cuartillas
de los jóvenes impertinentes, mientras su primera o segunda
esposa se retorcía de coraje por la interrupción
al descanso.
Luis compartía ese rasgo de confianza en los jóvenes
que vienen atrás. Yo le llamaba "el reportero más
joven de México" porque hasta el fin de su vida
no se permitió pretextos para cumplir con su trabajo;
su firma aparecía semanalmente en diarios y revistas
y sus créditos, en radio y televisión. Hace un
par de años reporteó para Radiotelevisión
de Veracruz un evento en Cuba y estábamos listos para
enviar una cámara en cuanto confirmara la primera entrevista
con su amigo Lula da Silva, presidente de Brasil.
Con los años, nuestra cercanía profesional y personal
se hizo intensa. Viajamos a muchos países en misiones
de la Federación Latinoamericana de Periodistas, de la
que era presidente y principal animador. Eran verdaderos viajes
de trabajo; tanto, que una vez le dije en broma que ya no
viajaría con él porque uno no se podía
divertir. Era de los que asistían a todas las sesiones
por más soporíferas que fueran; luego, no dejaba
nada para el otro día; y para colmo, se acostaba temprano
sin jamás tomar más que un par de güisquis
¡de una botella comprada en el duty free! ¿Qué
clase de viajes periodísticos eran esos?
En la ciudad de Canela, en el sur profundo de Brasil, estado
de Río Grande do Sul, habrá sido el año
de 1995, el estadista Fernando Henrique Cardoso pronunció
ante delegados de todo el continente un discurso que anticipaba
el cambio de rumbo del país. La seguridad era intensa
y se había anunciado que no habría ninguna declaración
adicional. Abandoné sigiloso el recinto y me coloqué
estratégicamente semioculto en uno de los corredores
de acceso, dispuesto a correr el riesgo a cambio de la exclusiva.
Al aproximarse la comitiva oficial salté de mi guarida
ante la alarma de los custodios... ¡y me pegué
de frente con Luis Suárez quien brincó, también
micrófono en mano, desde el lado opuesto! Los dos habíamos
salido a trabajar mientras decenas de colegas permanecían
alegres en el coctel oficial, confiados en que el estadista
no haría declaraciones. Cuando terminamos nuestro envío,
que sería las ocho columnas del día siguiente,
regresamos al salón de recepciones con cara del gato
que se comió al ratón. Le dije a Luis: "Yo
fui el reportero más joven de mi generación...
¡pero tu sigues siéndolo!"
Creo que nadie viajó tanto como Luis. Los aviones, los
autobuses, los barcos, eran como su segundo hogar. Una noche
íbamos a Bolivia en el peor servicio imaginable y casi
al salir del espacio aéreo panameño perdimos un
motor. En vez de bajar de inmediato (parece que la empresa debía
mucho dinero en Panamá y la nave sería confiscada),
el piloto siguió a Colombia. Fue una noche de película...
de Bela Lugosi. Y el único ser tranquilo era Luis. A
bordo de aquel aparato que se estremecía diabólicamente,
él dormía; y durante la subsiguiente histeria
y motín en tierra, él encontró un asiento
para seguir en reposo.
Además, tenía la maldita costumbre de andarse
apareciendo, profesionalmente hablando, en todos los terrenos.
En el Ramadán de 1997 hubo en Argelia una terrible carnicería
de civiles a consecuencia del enfrentamiento entre el régimen
y grupos fundamentalistas. Ansioso por entender qué era
lo que sucedía, busqué y pude entrevistar telefónicamente
al legendario fundador del Frente de Liberación Nacional
argelino, Ahmed Ben Bella, quien tomó mi llamada desde
su refugio en Suiza. Ya me sentía yo con el Premio Nacional
de Periodismo al primer reportero mexicano en lograr tal hazaña
cuando escuché la quebrada voz en el auricular decir:
"Mais non, cher ami..." y me enteré que Luis,
Luis Suárez, lo había entrevistado para la revista
Siempre! alrededor de 1950. "Bueno", me dije,
"Si después de 15 días todo es de nuevo noticia
de primera, cuantimás después de 47 años!"
La trayectoria profesional de Luis será ampliamente reseñada.
El espacio profesional que tuvo entre nosotros, los medios que
tuvieron su pluma, los personajes que entrevistó y los
libros que escribió volverán a comentarse en el
gremio y fuera de él. Su hijo y su hija lo tendrán
cerca, y él, en una pequeña urna al lado de la
de su adorada Pepita en un jardín exuberante en Cuernavaca,
seguirá viendo el país con esa mezcla de amor
y angustia con la que lo vivió desde su llegada a bordo
del Sinaia en 1939, joven capitán que en un momento de
la travesía a Veracruz pudo preguntarse, a la manera
del personaje de Luis Arturo Ramos, "Y ahora, ¿habré
de decir México y no Méjico?"
De entre todas las memorias de Luis, de los personales momentos,
me quedaría con dos: el primero, no recuerdo si confiado
en Cuernavaca después de un almuerzo de conejo y vino
de la Rioja, o en mi casa del Defe cuando mi hija adorada
había ya anunciado que vendría a poner su luz
en el mundo, y el segundo referido por Omar Raúl Martínez
unos días después de su muerte.
"Al llegar a México... poco después del desembarco
en Veracruz", me dijo Luis con un acento hasta entonces
desconocido en esa su voz aguda, y con el cuerpo medio encorvado,
"con mis primeros salarios compramos una maleta para el
regreso a España... y esa maleta estuvo guardada treinta
años en un armario...". Luego alzó la copa
de Rioja y bebió un trago largo y presuroso mientras
yo lo miraba sin entender cabalmente el sentido de sus palabras
y que hoy, creo, me queda claro.
El lunes 26 de mayo, Omar Raúl lo buscó para recordarle
la ceremonia del 19 aniversario del asesinato de Manuel Buendía
en el monumento a Francisco Zarco el viernes 30. En palabras
de Omar tuvo lugar la siguiente conversación telefónica:
"Al preguntarle cómo estaba, entonces me comentó
que un poco mal del estómago y que entraría al
quirófano al día siguiente por la mañana.
Le desee mucha suerte y le aseguré que con su fortaleza
se reestablecería muy pronto. Lamenté su ausencia
en el acto de la Fundación Buendía y me respondió
con una voz pausada y firme: 'Estoy con ustedes'... Y con un
timbre que jamás había escuchado de él
añadió: 'Omar, te quiero'
La verdad esa
expresión me llegó al alma
Sólo atiné
a decirle con hilo por voz: 'Yo también, don Luis
'
Esa imagen la repasé desde el sábado en la mañana
que me enteré de su deceso y siento que así se
despidió de la Fundación".
Añado que Luis realmente quería a Omar, a quien
tuve el honor de presentarle. Estaba en su oficina y al colgar
el teléfono con el joven que por enésima ocasión
le pedía su artículo para la Revista Mexicana
de Comunicación, me dijo con una gran sonrisa: "Este
Omar
¡es más latoso que un zapato nuevo!"
Descanse en paz Luis, Luis Suárez.
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