Reportero y luchador incansable

Luis Suárez

Miguel Ángel Sánchez de Armas

Presidente Honorario de la Fundación Manuel Buendía y director general de Radiotelevisión de Veracruz

Luis compartía ese rasgo de confianza en los jóvenes que vienen atrás. Yo le llamaba
"el reportero más joven de México" porque hasta el fin de su vida no se permitió pretextos para cumplir con su trabajo; su firma aparecía semanalmente en diarios y revistas y sus créditos, en radio y televisión. La trayectoria profesional de Luis será ampliamente reseñada. El espacio profesional que tuvo entre nosotros, los medios que tuvieron su pluma, los personajes que entrevistó y los libros que escribió volverán a comentarse en el gremio y fuera de él.



No tengo memoria de la fecha precisa en que conocí a Luis Suárez. Quizá haya sido a través de sus artículos en Siempre!, cuando esa revista y El Día eran parte del bagaje de la mayoría de los estudiantes que deambulaban por los jardines de Ciudad Universitaria, o tal vez en la oficina de Manuel Buendía.

También es posible que hayamos comenzado a platicar en alguna actividad periodística. Lo cierto es que si repaso mi vida profesional de los últimos 35 años, Luis es una figura constante, en ocasiones como fondo, otras en primer plano.

Lo recuerdo en la capilla de Manuel Buendía -en la misma funeraria en la que sus restos reposaron el primero de junio y con un día de diferencia en la fecha, 19 años después-, silencioso y preocupado, el rostro más sanguíneo que de costumbre y la aguileña nariz perlada de sudor, entre León García Soler y Raymundo Riva Palacio.

De Luis Suárez me separaban treintaypico de años. Fue el último de mis grandes amigos, de trayectoria y edad, uno de los robles a cuya sombra me acogí desde que era un reportero latoso "capaz de crear problemas sin tener edad para votar", como me reclamara colérico un importante político en 1968, frente al subdirector del diario capitalino en el que me inicié.

Esos hombres, inteligentes, generosos e implacables, tuvieron siempre tiempo para sus jóvenes colegas. Sólo exigían a cambio compromiso y disciplina... y, de ser posible, algo de talento. En aquellos años felices uno podía presentarse, digamos, en la casa de Alejandro Gómez Arias en la calle de Benjamín Franklin y decir: "vengo a platicar con el maestro"; o marcar el teléfono de la casa de Luis Suárez en Villa Olímpica, o apostarse fuera del domicilio de Buendía en Lindavista, y en ningún caso recibir un palmo de narices. Era una forma de ser: auténtica, terrenal, alejada de los olimpos en que viven casi todas nuestras actuales glorias. José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis han narrado sus visitas de domingo mañanero a la casa de Edmundo Valadés para que éste leyera las más recientes cuartillas de los jóvenes impertinentes, mientras su primera o segunda esposa se retorcía de coraje por la interrupción al descanso.

Luis compartía ese rasgo de confianza en los jóvenes que vienen atrás. Yo le llamaba "el reportero más joven de México" porque hasta el fin de su vida no se permitió pretextos para cumplir con su trabajo; su firma aparecía semanalmente en diarios y revistas y sus créditos, en radio y televisión. Hace un par de años reporteó para Radiotelevisión de Veracruz un evento en Cuba y estábamos listos para enviar una cámara en cuanto confirmara la primera entrevista con su amigo Lula da Silva, presidente de Brasil.

Con los años, nuestra cercanía profesional y personal se hizo intensa. Viajamos a muchos países en misiones de la Federación Latinoamericana de Periodistas, de la que era presidente y principal animador. Eran verdaderos viajes de trabajo; tanto, que una vez le dije en broma que ya no viajaría con él porque uno no se podía divertir. Era de los que asistían a todas las sesiones por más soporíferas que fueran; luego, no dejaba nada para el otro día; y para colmo, se acostaba temprano sin jamás tomar más que un par de güisquis ¡de una botella comprada en el duty free! ¿Qué clase de viajes periodísticos eran esos?

En la ciudad de Canela, en el sur profundo de Brasil, estado de Río Grande do Sul, habrá sido el año de 1995, el estadista Fernando Henrique Cardoso pronunció ante delegados de todo el continente un discurso que anticipaba el cambio de rumbo del país. La seguridad era intensa y se había anunciado que no habría ninguna declaración adicional. Abandoné sigiloso el recinto y me coloqué estratégicamente semioculto en uno de los corredores de acceso, dispuesto a correr el riesgo a cambio de la exclusiva. Al aproximarse la comitiva oficial salté de mi guarida ante la alarma de los custodios... ¡y me pegué de frente con Luis Suárez quien brincó, también micrófono en mano, desde el lado opuesto! Los dos habíamos salido a trabajar mientras decenas de colegas permanecían alegres en el coctel oficial, confiados en que el estadista no haría declaraciones. Cuando terminamos nuestro envío, que sería las ocho columnas del día siguiente, regresamos al salón de recepciones con cara del gato que se comió al ratón. Le dije a Luis: "Yo fui el reportero más joven de mi generación... ¡pero tu sigues siéndolo!"

Creo que nadie viajó tanto como Luis. Los aviones, los autobuses, los barcos, eran como su segundo hogar. Una noche íbamos a Bolivia en el peor servicio imaginable y casi al salir del espacio aéreo panameño perdimos un motor. En vez de bajar de inmediato (parece que la empresa debía mucho dinero en Panamá y la nave sería confiscada), el piloto siguió a Colombia. Fue una noche de película... de Bela Lugosi. Y el único ser tranquilo era Luis. A bordo de aquel aparato que se estremecía diabólicamente, él dormía; y durante la subsiguiente histeria y motín en tierra, él encontró un asiento para seguir en reposo.

Además, tenía la maldita costumbre de andarse apareciendo, profesionalmente hablando, en todos los terrenos. En el Ramadán de 1997 hubo en Argelia una terrible carnicería de civiles a consecuencia del enfrentamiento entre el régimen y grupos fundamentalistas. Ansioso por entender qué era lo que sucedía, busqué y pude entrevistar telefónicamente al legendario fundador del Frente de Liberación Nacional argelino, Ahmed Ben Bella, quien tomó mi llamada desde su refugio en Suiza. Ya me sentía yo con el Premio Nacional de Periodismo al primer reportero mexicano en lograr tal hazaña cuando escuché la quebrada voz en el auricular decir: "Mais non, cher ami..." y me enteré que Luis, Luis Suárez, lo había entrevistado para la revista Siempre! alrededor de 1950. "Bueno", me dije, "Si después de 15 días todo es de nuevo noticia de primera, cuantimás después de 47 años!"

La trayectoria profesional de Luis será ampliamente reseñada. El espacio profesional que tuvo entre nosotros, los medios que tuvieron su pluma, los personajes que entrevistó y los libros que escribió volverán a comentarse en el gremio y fuera de él. Su hijo y su hija lo tendrán cerca, y él, en una pequeña urna al lado de la de su adorada Pepita en un jardín exuberante en Cuernavaca, seguirá viendo el país con esa mezcla de amor y angustia con la que lo vivió desde su llegada a bordo del Sinaia en 1939, joven capitán que en un momento de la travesía a Veracruz pudo preguntarse, a la manera del personaje de Luis Arturo Ramos, "Y ahora, ¿habré de decir México y no Méjico?"

De entre todas las memorias de Luis, de los personales momentos, me quedaría con dos: el primero, no recuerdo si confiado en Cuernavaca después de un almuerzo de conejo y vino de la Rioja, o en mi casa del Defe cuando mi hija adorada había ya anunciado que vendría a poner su luz en el mundo, y el segundo referido por Omar Raúl Martínez unos días después de su muerte.

"Al llegar a México... poco después del desembarco en Veracruz", me dijo Luis con un acento hasta entonces desconocido en esa su voz aguda, y con el cuerpo medio encorvado, "con mis primeros salarios compramos una maleta para el regreso a España... y esa maleta estuvo guardada treinta años en un armario...". Luego alzó la copa de Rioja y bebió un trago largo y presuroso mientras yo lo miraba sin entender cabalmente el sentido de sus palabras y que hoy, creo, me queda claro.

El lunes 26 de mayo, Omar Raúl lo buscó para recordarle la ceremonia del 19 aniversario del asesinato de Manuel Buendía en el monumento a Francisco Zarco el viernes 30. En palabras de Omar tuvo lugar la siguiente conversación telefónica: "Al preguntarle cómo estaba, entonces me comentó que un poco mal del estómago y que entraría al quirófano al día siguiente por la mañana. Le desee mucha suerte y le aseguré que con su fortaleza se reestablecería muy pronto. Lamenté su ausencia en el acto de la Fundación Buendía y me respondió con una voz pausada y firme: 'Estoy con ustedes'... Y con un timbre que jamás había escuchado de él añadió: 'Omar, te quiero'… La verdad esa expresión me llegó al alma… Sólo atiné a decirle con hilo por voz: 'Yo también, don Luis…' Esa imagen la repasé desde el sábado en la mañana que me enteré de su deceso y siento que así se despidió de la Fundación".

Añado que Luis realmente quería a Omar, a quien tuve el honor de presentarle. Estaba en su oficina y al colgar el teléfono con el joven que por enésima ocasión le pedía su artículo para la Revista Mexicana de Comunicación, me dijo con una gran sonrisa: "Este Omar… ¡es más latoso que un zapato nuevo!"
Descanse en paz Luis, Luis Suárez.

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