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Analizar 15 años de la historia de una actividad como
la cinematográfica, en donde ser industria y al mismo tiempo arte no es
fácil y menos en un país donde la cultura ocupa los últimos
lugares en la lista de prioridades, es hablar de política, de un proyecto
de nación, de un asunto de Estado. Podría parecer que 15 años
no significan nada. En materia de cine esto no es así. La situación
hoy es radicalmente distinta a la de hace tres lustros.
En pleno siglo XXI, el mercado de espectadores cambió,
así como los sistemas de producción, distribución y exhibición,
que pasaron del proteccionismo burocrático y anquilosado al desamparo neoliberal.
En Estados Unidos, la industria del cine es una de las
mayores generadoras de ingresos. En Francia, el cine es protegido porque el gobierno
cree que la cultura es no sólo importante sino esencial para un país
moderno. Protección que por lo demás es indispensable frente a los
embates de la apabullante y gigantesca cinematografía estadunidense, que
sólo por concepto de taquilla doméstica e internacional generó
9.5 y 9.64 billones de dólares respectivamente en 2002, según datos
de la Motion Pictures Association. En México, la industria
del cine, como muchas otras, no es considerada estratégica. De hecho es
probable que ya no se le considere como industria sino como una actividad artística,
como la pintura o la danza. Por eso, revisar los últimos
15 años de su historia no es caprichoso, sino fundamental, porque es justo
en tal lapso cuando la cinematografía nacional vivió los cambios
que desde hace al menos una década la tienen en estado de coma. En este
periodo, la industria fílmica fue desmantelada. Es
cierto: si se miran las cosas desde el punto de vista macroeconómico, el
proceso del cine en nuestro país era inevitable, pero no hay que olvidar
la incapacidad de una comunidad cinematográfica dividida, poco imaginativa
y, por momentos, mezquina, que también contribuyó a la destrucción
de la industria. Los tiempos no anunciaban cosas buenas. Se
avecinaban tormentas. Los productores en los años ochenta habían
abaratado de tal forma el mercado y el producto que ofrecían, que el declive
tocó fondo y las desgracias no vinieron solas. En 1993, durante el neoliberal
gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se decidió vender la exhibidora
estatal COTSA, reducir los estudios Churubusco y liquidar, dos y tres años
antes, las quebradas empresas distribuidoras Continental de Películas,
Nuevas Distribuidoras de Películas y Películas Mexicanas, así
como Publicidad Cuauhtémoc, las productoras Corporación Nacional
Cinematográfica (CONACINE), CONACITE y el Banco Cinematográfico,
este último también quebrado. Una vez hecho eso
no era difícil adivinar el futuro de la industria fílmica mexicana.
Mal acostumbrados al paternalismo nulificante, los productores, que por años
gozaron de créditos que nunca pagaron, de películas en donde invertían
un peso y ganaban cien, de repente se vieron desamparados. Entonces
se creó el IMCINE que, según afirmó su primer director, el
cineasta Alberto Isaac, carecía "de los instrumentos para realizar
sus planes debido a limitaciones de tipo económico y financiero".
Pero, además, los pocos productores que querían
seguir invirtiendo en el cine se enfrentaban con que, de cada peso ganado en taquilla,
el distribuidor se lleva la mayor tajada del pastel (40%), seguido del exhibidor
y el pago de impuestos, siendo el propio productor quien menos gana: cerca de
12%. De acuerdo con el crítico e investigador José
Felipe Coria, entre 1990 y 1991 "se desplomó la producción
en 75%". Roberto Jenkins, directivo de Cinemark de México,
afirmó que "la asistencia a los cines podría incrementarse
en 50%, si en la cartelera se ofrecieran más películas mexicanas".
Pero la realidad es que de 1988 a 2002 se han estrenado en total cuatro mil 418
cintas, de las cuales dos mil 579 (58.37%) provenían de Estados Unidos
y 631 de México (14.28%). La puntilla la vino a poner
la liberación del precio en taquilla y luego la devaluación de diciembre
de 1994. La crisis del país no sólo afectó a la industria
sino al espectador. Un boleto en 1988 costaba un peso con seis centavos y el salario
mínimo era de ocho pesos diarios. Actualmente cuesta 40 pesos cuando el
salario mínimo es de 41.53. Así, las clases populares
tuvieron que abandonar las salas cinematográficas para dar paso a la clase
media con su poder adquisitivo, que volvió a llenar los cines. Los grandes
Palacios malolientes y pegajosos se convirtieron en asépticos multiplex,
y se olvidaron las películas de ficheras y albures. Ya no más [Los]
Verduleros (1985, Adolfo Martínez Solares) y sus secuelas, por las que
Alfonso Zayas fue el actor más taquillero de 1986 a 1989. Ya no más
[Las] calenturas de Juan Camaney, de Alejandro Todd, o [Las] ficheras del Güero
Castro. En 1988, con una población de 82 millones 721
mil habitantes asistieron al cine 302 millones de personas. En 2002, con un poco
más de 97 millones, acudieron a las salas 150 millones de espectadores.
En el terreno de la exhibición, los empresarios del
ramo se quejan de no poder deducir el IVA en sus gastos, salvo los correspondientes
a alimentos y bebidas. Además, los exhibidores pagan a los gobiernos estatales
entre 6 y 8% de los ingresos brutos en taquilla por concepto del impuesto sobre
espectáculos públicos. A la fecha, el número de salas ha
sobrepasado las existentes en 1988: de dos mil 384 a dos mil 394. Las
enormes dificultades para filmar, que implican lapsos de al menos cuatro o cinco
años entre película y película, impiden el ejercicio constante
del oficio y con ello su perfeccionamiento. De allí la mala calidad de
muchos guiones de cintas recientes, por mencionar un ejemplo. Ante
la escasísima producción de largometrajes, se llegó a decir
que el cortometraje era el que sostenía al cine mexicano, no sólo
por la cantidad sino por la calidad de los filmes. De 1990 a 2002, se han realizado
-sólo las financiadas por el Estado- 151 de estas cintas. Ahora, el video
digital se ha convertido en opción para cineastas, incluso veteranos como
Arturo Ripstein y Jaime Humberto Hermosillo, que han encontrado en ese formato
de mucho menor costo, la oportunidad para filmar con mayor frecuencia.
Lo cierto es que en este periodo de 15 años se han realizado películas
memorables: Sólo con tu pareja, de Alfonso Cuarón; Cabeza
de Vaca, de Nicolás Echevarría; Ciudad de Ciegos, de
Alberto Cortés; El Bulto, de Gabriel Retes; La tarea, de
Jaime Humberto Hermosillo; Rojo Amanecer, de Jorge Fons; Lolo, de
Francisco Athié; Dos crímenes, de Roberto Sneider; Sin
remitente, de Carlos Carrera; Cronos, de Guillermo del Toro; Desiertos
mares, de José Luis García Agraz; Por si no te vuelvo a ver,
de Juan Pablo Villaseñor; El callejón de los milagros, de
Jorge Fons; Principio y fin, de Arturo Ripstein; Como agua para chocolate,
de Alfonso Arau; De la calle, de Gerardo Tort; Crónica de un
desayuno, de Benjamín Cann; Que no quede huella, de María
Novaro; ¿Quién diablos es Juliette?, de Carlos Marcovich;
Perfume de violetas, de Maryse Sistach; La ley de Herodes, de Luis
Estrada; Amores perros, de Alejandro González Iñárritu;
El crimen del padre Amaro, de Carlos Carrera... Y sólo por ellas,
por lo que provocaron en quienes las vieron, por lo que llevaron de México
a otras latitudes, vale la pena apostar porque la industria del cine no cierre
los ojos para siempre. De la censura
a la recomposición Mientras las películas de ficheras
y de la frontera daban sus últimos coletazos, el cine hiperviolento llegaba
a su clímax con películas como Violador infernal y La
venganza de los punks, ambas de Damián Acosta. Estas y otras cintas
fueron censuradas y enlatadas hasta que en 1990 se autorizó su salida,
aunque a la hora se les trató de exhibir como cintas porno. Masacre
en el río Tula (1986), de Ismael Rodríguez hijo, no logró
la autorización hasta mucho tiempo después, y Durazo, la verdadera
historia, de Gilberto de Anda, se estrenó en 1991. El
año de 1988 fue escenario de un escándalo porque la exhibición
de Rojo Amanecer, de Jorge Fons -que abordaba por primera vez el tema de la masacre
de Tlatelolco-, sufrió un extraño retraso, ya que se estrenó
hasta 1990. El guionista de la cinta, Xavier Robles, recurrió a la SOGEM,
que a su vez interpuso un amparo en contra de la Dirección de Cinematografía.
Los funcionarios alegaron que todo se debía a un simple retraso por razones
burocráticas; los realizadores denunciaron intento de censura; lo cierto
es que el alboroto, una vez que la cinta fue autorizada por el propio Javier Nájera,
director de RTC, le generó muy buena taquilla, y más tarde fue señalada
como la iniciadora del llamado "nuevo cine mexicano" de los noventa.
Diciembre de 1989 fue un mes de cambio para el cine mexicano: Ignacio Durán
Loera sustituyó al escurridizo Enrique Soto Izquierdo -nunca estaba para
ningún cineasta- en la dirección del IMCINE. Anteriormente, el presidente
Salinas de Gortari había anunciado la creación del Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes y al frente de éste, a Rafael Tovar y de Teresa.
El Consejo sería un organismo descentralizado de la SEP, entre cuyas actividades
estarían la producción y exhibición cinematográfica.
El IMCINE (creado en 1983) quedó en manos del Consejo. Algunas
de las películas producidas ese año, sin subsidios estatales, fueron:
Santa sangre, de Alejandro Jodorowski; Intimidad, ópera prima de Dana Rotberg,
e Intimidades en un cuarto de baño, de Jaime Humberto Hermosillo. Para
el cine, 1990 significó el inicio del desmantelamiento formal de la industria
fílmica. Se liquidaron las empresas productoras estatales CONACINE y CONACITE
uno y dos. Antes, como parte de la política de modernización
de la estructura administrativa del sector público, se habían liquidado
las empresas distribuidoras Continental de Películas, Nuevas Distribuidoras
de Películas, y Películas Mexicanas -la vendedora de filmes nacionales
al extranjero-, así como Publicidad Cuauhtémoc, y el IMCINE absorbió
las funciones que éstas venían desarrollando. Lo
anterior aparece en el informe de actividades del IMCINE, enero-diciembre de 1990. En
octubre se desenlató, después de 30 años, la película
de Julio Bracho sobre la novela homónima de Martín Luis Guzmán:
La sombra del caudillo. La cinta se exhibió mal y sin publicidad.
No obstante la supuesta boyante economía del país,
en 1991 el cine no registró un repunte, al contrario: la producción
disminuyó considerablemente, aunque éste es considerado un buen
año por la calidad de las películas que se concretaron. Cuando se
cumplía el 60 aniversario del cine sonoro en México, se desenlató,
después de seis años, la película El secuestro de un policía,
de Alfredo B. Crevenna, cuyo título original era El secuestro de Camarena. Algunas
de las películas hechas independientemente del Estado fueron: La tarea,
de Jaime Humberto Hermosillo; Anoche soñé contigo, de Marysa Sistach;
Latino Bar, de Paul Leduc; La mujer del puerto, de Arturo Ripstein -cuarta versión
de la cinta que hiciera Julio Bracho en 1930-, que hasta la fecha no se ha estrenado,
y El bulto, de Gabriel Retes. Por fin, después de mucho
pedirlo, en 1992 la comunidad cinematográfica y el gobierno decidieron
poner fin al control de precios sobre el boleto de taquilla, además de
que se sometió a análisis el anteproyecto de la iniciativa de Ley
Federal de Cinematografía, que sería aprobada el 29 de diciembre.
Entre las cintas producidas independientemente del IMCINE, estuvieron La tarea
prohibida, de Jaime Humberto Hermosillo, y la hiperviolenta El imperio de los
malditos, de Cristian González, con Humberto Zurita. Destaca
la gran retrospectiva -que incluyó 120 títulos-, que el centro artístico
y cultural Georges Pompidou de París dedicó a la cinematografía
nacional. Es importante señalar que durante 1992 cerraron
189 compañías productoras en el país. ¿Industria
o cultura? El 18 de julio de 1993, el Estado remató un
paquete de medios cuya venta total sumó 645 millones de dólares,
205 millones más de los esperados, en el que se incluía a COTSA
(Compañía Operadora de Teatros, SA) y los canales 7 y 13. Alberto
Saba, socio de Ricardo Salinas Pliego, era el nuevo dueño de COTSA.
De esa manera, se perdían las salas dedicadas al cine mexicano por
lo que las películas nacionales quedaron a merced de las presiones de las
millonarias compañías distribuidoras norteamericanas. La nueva COTSA,
entregada en pésimas condiciones a nivel de instalaciones y de tecnología,
en su primer año cerró 100 de las más de 200 salas de la
cadena. Luego, también como distribuidora, se dedicaría a distribuir
mayoritariamente cine porno en video. Iniciaba el proceso
de modernización de los Estudios Churubusco, que fueron cercenados a la
mitad para construir el Centro Nacional de las Artes. Televicine quedó
bajo la dirección del francés Jean Pierre Leleu, quien durante su
gestión impulsaría la producción de películas de calidad
como Sin remitente, de Carlos Carrera; Salón México, de José
Luis García Agraz; Sobrenatural, de Daniel Gruener, y Entre Villa y una
mujer desnuda, de Sabina Berman e Isabelle Tardán. Aunque también
durante su gestión se produjeron La risa en vacaciones y La papa sin catsup,
cintas pobres en contenido. El éxito internacional de
Como agua para chocolate fue incuestionable al recaudar a nivel mundial cinco
millones 500 mil dólares. En febrero de 1994 se inició
la construcción de los primeros complejos de exhibición Cinemark
en Aguacalientes y Monterrey. La empresa trasnacional obtuvo la concesión
de las salas del Centro Nacional de las Artes. A partir de
ese momento, comenzó a generalizarse la división en salas pequeñas
de los grandes palacios cinematográficos, para tener una mayor oferta de
películas y por consiguiente más público potencial. El levantamiento
de las restricciones legales que controlaban la exhibición de la pornografía
dura, hizo que tal género se popularizara al grado de que, según
la hoy extinta revista Dicine, 25% de las películas estrenadas en 1995
fueron porno. En 1994 entró en vigor el Tratado de Libre
Comercio donde el cine fue considerado como una industria y no como un producto
cultural. Si la competencia con el cine hollywoodense era difícil, ahora
sería prácticamente imposible. De manera independiente se realizó
Dulces compañías, de Óscar Blancarte. El cortometraje El
héroe, de Carlos Carrera, obtuvo la Palma de Oro en Cannes como mejor cortometraje.
El error de diciembre de 1995 y el alza del dólar trajeron
una grave descapitalización al cine. Además, en febrero, Ignacio
Durán Loera, que dentro de lo posible había optimizado los recursos
financieros y humanos del IMCINE, fue sustituido por Jorge Alberto Lozoya, cinéfilo,
pero diplomático de carrera. La administración de Durán Loera
fue cuestionada porque se dijo que, en ese tiempo, sólo apoyó a
sus amigos o a los miembros del Consejo Consultivo. En mayo,
la empresa exhibidora Cinemex se asoció con el banco PJ Morgan y en agosto
estableció su primer complejo en la Ciudad de México. La compañía
mexicana Organización Ramírez abrió, a fin de enfrentar la
competencia, su primer multiplex bajo el nombre de Cinépolis. El boleto
de taquilla alcanzó los 20 pesos y los nuevos complejos empezaron a atraer
a la clase media que había dejado de ir al cine por las pésimas
condiciones de las salas. Los cines populares, en cambio, empezaron a cerrar al
no poder sostenerse con boletos de cinco pesos. Por ello, el videohome tomó
una fuerza importante. Ante los exorbitantes costos de los insumos cinematográficos,
los antiguos productores de cine popular optaron por este medio para seguir produciendo
sexycomedias, thrillers policiacos y alguna que otra historia de denuncia política. Según
la revista norteamericana Variety, México compró en 1995, con todo
y el peso devaluado, películas estadunidenses por un total de 125 millones
de dólares, lo que lo situó en el onceavo consumidor mundial de
este tipo de cine. La precaria situación del cine en
México obligó a realizadores talentosos como Alfonso Arau, Alfonso
Cuarón y Guillermo del Toro a emigrar a Estados Unidos en busca de recursos
para filmar sus cintas. Cien años
de cine En abril de 1996, la Cineteca Nacional quedaba por fin
en manos de la SEP, una instancia dedicada a la educación y a la cultura
y no, como estaba, dentro de la Secretaría de Gobernación, cuya
función se centra en cuestiones de seguridad nacional con todas las implicaciones
de censura y control que ello significaba para la actividad fílmica. En
1996 se celebraron los 100 años del cine mexicano, cuando en realidad se
cumplían 100 años pero de que el cine había llegado al país.
En septiembre, el cineasta Diego López fue designado
nuevo director del IMCINE, en sustitución de Jorge Alberto Lozoya, quien
es nombrado a su vez embajador en Israel. Lozoya fue duramente criticado por considerársele
ajeno al cine, además de que se le cuestionaron los numerosos viajes que
hizo y que, se dijo, eran injustificados. Entretanto en Televicine,
Jean Pierre Leleu es sustituido por Roberto Gómez Bolaños Chespirito.
Se realiza el Primer Festival de Cine Francés en México. Televicine
filma las que serían las últimas de la taquillera pero vacua serie:
La risa en vacaciones 7 y La súper risa en vacaciones 8, de René
Cardona hijo. Fibra óptica, de Francisco Athié, producción
independiente, y que a última hora tuvo que solicitar recursos estatales,
que fueron del orden de 20% del total de la cinta. Ante los
precarios presupuestos nacionales, continúo la tendencia a coproducir con
otros países. Aprovechando los jugosos precios en pesos
devaluados, llegó a México ese año Titanic, de James Cameron.
Con un costo de más de 100 millones de dólares, se estima que la
película dejó al país, de acuerdo con la Secretaría
de Turismo, una derrama económica de 50 millones de dólares por
concepto de "hospedaje, alimentación, telefonía, renta de equipo,
vehículos y otros servicios" y 700 mil directos a los Estudios Churubusco.
Especialmente para ese filme, se construyeron los estudios Baja, en El Rosarito,
Baja California, y ahí, el set submarino, de 200 por 70 metros, más
grande del mundo. El mexicano Emmanuel El Chivo Lubezki fue
nominado para el Oscar en la categoría de mejor fotografía por su
trabajo en La Princesita. Por su parte, Profundo Carmesí rompió
todas las expectativas al ganar en la Muestra de Venecia tres Osellas de Oro,
por guión, ambientación y música. En 1997,
el hecho de mayor trascendencia fue el otorgamiento, por parte del gobierno federal,
de 135 millones de pesos para el Fondo de Producción Cinematográfica,
un instrumento de apoyo a la producción de cine que respondió a
la demanda de la comunidad de cineastas, de materializar acciones que favorecieran
y articularan la reactivación del cine mexicano. Sin embargo, fue aplazada
la aprobación de las reformas a la Ley de Cinematografía y su respectivo
reglamento por parte de la Cámara de Diputados. Un día después
de que el presidente Zedillo otorgara 100 millones de pesos más, a los
35 con los que contaba el Fondo, es nombrado sorpresivamente el abogado Eduardo
Amerena -hombre de confianza de Tovar y de Teresa- como nuevo director del IMCINE. De
los tres filmes producidos ese año por Televicine destacó La primera
noche, de Alejandro Gamboa. El cortometraje De tripas corazón, del tapatío
Antonio Urrutia, fue nominado al Oscar en la categoría de cortometraje
de ficción. En peligro de ser suspendida la ceremonia
del Ariel, aplazada en dos ocasiones en el año, se llevó a cabo
en diciembre. Esta competencia por la máxima presea del cine mexicano,
calificada como la más floja de los últimos años, tuvo tres
categorías desiertas: corto documental, mediometraje de ficción
y efectos especiales. La triunfadora de la noche fue Cilantro y perejil al ganar
los premios de mejor película y mejor director. La cinta de Rafael Montero
ganó nueve Arieles, superando por uno a Profundo Carmesí, de Arturo
Ripstein. El triunfo de Cilantro y perejil sobre la cinta de
Ripstein despertó muchas críticas. De hecho, el entonces director
del IMCINE, Diego López, manifestó su desacuerdo con esta decisión,
lo que le valió una reprimenda de Rafael Tovar y de Teresa. Tres días
más tarde, López fue destituido de su cargo. Impugnaciones,
foros, encuestas tramposas, negociaciones y adiciones de última hora fueron
los obstáculos que la Ley de Cinematografía tuvo que sortear hasta
su aprobación en diciembre de 1998. Las presiones de
distribuidores y exhibidores hicieron que se desechara la propuesta de establecer
un impuesto de 5% sobre el precio del boleto en taquilla y 3% por derechos de
transmisión de películas en televisión para alimentar el
Fideicomiso de apoyo a la producción (FIDECINE). A cambio se estableció
una aportación anual de 135 millones de pesos al citado fideicomiso, por
parte del Estado. De esta manera, el FOPROCINE -Fondo de Producción
Cinematográfica, creado en diciembre de 1997- y el FIDECINE quedaron como
dos bolsas de un mismo Fideicomiso. El primero para financiar un cine de festivales,
con intereses más culturales y serios, cuya recuperación no sea
inmediata pero que conlleve un impacto importante en la cultura. El segundo, para
proyectos de mayor potencial comercial. El asunto del doblaje permaneció
como establecía la Ley de 1992, es decir que para cine sólo podrán
ser dobladas al español las películas clasificación AA, que
son en su mayoría cintas de dibujos animados y documentales. Además,
la modificación de último minuto al Artículo 19 de la Ley,
propuesta por la bancada priísta del Senado, estableció 10% obligatorio
de tiempo de pantalla, que sólo podrá aplicarse en caso de no contravenir
lo dispuesto en los Tratados Internacionales Comerciales de México, propuesta
que se prestó a diversas confusiones e interpretaciones. Para algunos,
la adición al artículo eliminaría de facto la obligatoriedad
de 10% de tiempo de pantalla. Lo cierto es que, a partir de ahora, el cine nacional
tendría el estreno garantizado, al menos en teoría, seis meses después
de su registro público. A principios de septiembre,
la administración de Eduardo Amerena concretó por fin la restructuración
de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, que consiguió
autonomía tanto del Instituto como de las diversas asociaciones y sindicatos
fílmicos. Con sus deficiencias, ya que sólo incluyó a actores,
directores y guionistas, la Academia quedó constituida por 14 personas
físicas -y no morales como antes- del medio cinematográfico, que
en adelante serían las encargadas de premiar a lo mejor del cine nacional.
Respecto a la producción, la parsimonia para asignar
el presupuesto del IMCINE a proyectos -o quizá la falta de éstos-,
que incluyendo los 135 millones del FOPROCINE ascendía a 147 millones de
pesos en el rubro de producción -127 millones 147 mil 400 pesos más
que en 1997-, hizo correr rumores. Se dijo que en realidad esa suma nunca había
existido y que sólo se había usado como gancho para atraer productores. En
el año se realizaron doce películas -como En un claroscuro de Luna,
de Sergio Olhovich, producida por Televicine-, la cifra más baja de la
historia hasta ese momento. Bibliografía
-Documentos internos de CANACINE.
-Películas estrenadas de 1988-2002.
-Revista Mexicana de Comunicación, núm. 36, agosto-septiembre
de 1994.
-Recuento de daños, 1998-2002.
-La Jornada, sección Cultura, 12 de febrero de 2003.
-Reforma, sección Gente, 12 de julio de 2003.
-Estadísticas de Producción de Cortometrajes financiados
por el Estado, IMCINE.
-Datos página Web, Instituto Nacional de Estadística,
Geografía e Informática.
-Estadísticas página Web, Motion Pictures Association.
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