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Un diálogo ético real, efectivo
-y los mecanismos de autorregulación que se derivan
de ello-, sólo puede fructificar en aquellos medios
donde la conciencia y la responsabilidad profesional alcance
a toda la pirámide jerárquica. Un código
deontológico puede y debe surgir del acercamiento entre
posiciones que ocasionalmente entran en conflicto, de la discusión
razonada de valores, del análisis informado y de las
decisiones colegiadas respecto de dilemas específicos
que afecten a toda la redacción.
El periodismo profesional -que sólo
puede considerarse así cuando es ético y responsable-
pasa necesariamente por la autorregulación. Esta idea,
aceptada por teóricos del derecho y la deontología,
aún no acaba de permear todos los estratos de la prensa.
Hoy es posible encontrar a muchos periodistas, editores y dueños
de medios que se resisten a asumir la carga moral que les representa
la ética, particularmente cuando ésta se muestra
imbuida por principios filosóficos más cercanos
a la moral religiosa que a la búsqueda de un bien general.1
No obstante, la ética periodística
ha estado presente desde siempre en los medios, pero es relativamente
reciente su sistematización en forma de documentos,
códigos, instrumentos diversos, organizaciones e instituciones
que operan públicamente.
Existen decenas de mecanismos de autorregulación,
los cuales son tan diversos como las condiciones particulares
de las naciones -y aún las zonas dentro de éstas-
donde se aplican. Lo cierto es que nadie puede abrogarse el
derecho de imponer a los demás su propia visión
de conducta moral profesional, ni siquiera de lo que debe
ser o cómo debe aplicarse la ética periodística.
Por eso no extraña que la Federación Internacional
de Periodistas (FIP) rechace esa posibilidad:
No hay un modelo único de autorregulación
que pueda ser copiado en todo el mundo. Los periodistas en
cada país deben trabajar juntos para establecer y revisar
estándares comunes de ética y profesionalismo.2
Con todo, coincidimos en lo esencial con las
cuatro funciones elementales de la autorregulación
que Aznar ha señalado: 1) Establecer las normas éticas
a que se deben sujetar voluntariamente tanto los empresarios
de la información como los periodistas. 2) Contribuir
a crear las condiciones de normalidad -tanto en lo laboral
como en lo profesional y lo social- para el cumplimiento de
éstas. 3) Brindar elementos de juicio crítico
al público sobre el desempeño de los propios
medios. 4) Socializar los procesos de toma de decisión
en los medios y el conocimiento que deriva del diálogo
ético de los periodistas.
Ciertamente, no puede concebirse una autorregulación
que carezca de bases escritas que sistematicen las prácticas
deontológicas comunes de cada redacción, por
ejemplo los códigos de ética. Precisamente,
lo que hacen algunos mecanismos de autorregulación
es volver operativas aquellas normas deontológicas
que se imponen a sí mismos los periodistas y los medios,
entre ellos el defensor del lector y el estatuto de redacción.
El involucramiento del público es pieza
fundamental de la autorregulación; los diversos mecanismos
no sólo deben ser públicos, sino que los hay
también que permiten la participación directa
de lectores y auditorio, mediante la fiscalización
de los propios medios, tales como los consejos de ética
y los observatorios de medios. Finalmente, la socialización
deontológica tiene varias formas, se dirige a los propios
periodistas -en particular- mediante la capacitación
y actualización constante, y a la sociedad toda -en
general-, desde los Consejos de Prensa y muchos otros mecanismos
de participación directa del público.
Objeto
Básicamente, el objeto de los mecanismos
de autorregulación es la elaboración de un producto
informativo no sólo de calidad, sino con una gran pertinencia
social, cuyo contenido cumpla con la función de la
prensa en democracia: proporcionar a la sociedad información
suficiente, veraz y oportuna que permita la participación
razonada de los individuos en la toma de decisiones de su
comunidad.
Por otro lado, no puede ignorarse que la autorregulación
ha sido un freno tradicional que los propietarios de los medios
han opuesto a la amenaza gubernamental de imponerles controles
legislativos que afectarían no sólo su libertad
editorial para ejercer el papel de fiscalizadores del poder
público, sino también al negocio que les representa
el hecho de haberse convertido ellos mismos en factores de
poder. En el mejor de los casos, la autorregulación
periodística es incluso un instrumento de defensa de
las libertades de expresión e información como
valores universales de la democracia, siempre que se encuentren
amenazadas. Esta es la base, precisamente, de la teoría
de la responsabilidad social de la prensa referida por Siebert,
Peterson y Schramm en 1973:
El poder y la casi monopólica posición de
los medios impone en éstos la obligación de
ser socialmente responsables, de ver que todas las voces son
fielmente presentadas y que el público tiene suficiente
información para decidir; y si los medios no asumen
ellos mismos esa responsabilidad tal vez sería necesario
que alguna dependencia pública la impusiera.
Tal responsabilidad social implica, además,
que los periodistas y los medios demuestren un voluntario
respeto de los derechos fundamentales de los ciudadanos, y
no sólo porque la ley se los mande. La inmensa mayoría
de los códigos éticos nacionales e internacionales
así lo consignan, e imponen con ese fin una serie de
estándares mínimos en las prácticas periodísticas
cotidianas -con una decidida orientación hacia el interés
público- como la precisión, la veracidad y el
equilibrio informativos, tendencia que siguen claramente los
documentos de este tipo en Latinoamérica.
Finalmente, la autorregulación periodística
es un elemento más en la construcción de la
confianza pública en la prensa. Pero no se trata de
inculcar en la sociedad una fe ciega en los medios, sino enseñarles
a "entender y valorar la importancia de una prensa libre
e independiente", compartiendo con ellos lo más
posible sobre sus métodos de reporteo y sobre sus fuentes
de información.3
Sujeto
Todo sujeto es un "ente dotado de derechos
y obligaciones derivados de un sistema normativo determinado",
como asienta Ernesto Villanueva. Para los fines del presente
trabajo, encontramos dos sujetos claramente definidos por
el propio proceso informativo, o cuatro según se le
mire: el periodista y los medios, por un lado, y las fuentes
de información y el público, por el otro.4
El periodista y los medios5
A lo largo de los años, diversos autores han señalado
que la deontología periodística, particularmente
traducida en códigos, acrecienta el prestigio de la
profesión.6 Podría considerarse
que así es, pero ésta resulta una posición
un tanto utilitaria. No es menos cierto que "la ética
no es una condición ocasional, sino que debe acompañar
siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón".7
Por eso no hemos sino apenas mencionado esa característica,
pues nosotros no consideramos el reconocimiento público
entre los objetivos básicos de la autorregulación,
sino que lo entendemos como una consecuencia natural y hasta
deseable del ejercicio profesional, ético y responsable.
Y aun cuando no negamos la posibilidad de que haya periodistas
y medios que pretendan cobijar -o embozar- su prestigio -cualesquiera
que éste sea- bajo el manto de la ética, cabe
hacer una precisión: ninguna conducta profesional es
ética por sólo pregonarlo. Especialmente si
nos referimos a la ética periodística, ésta
no se agota en las normas de conducta profesional recogidas
en los cientos de códigos deontológicos que
existen en el mundo, sino que se construye todos los días.
Así, el prestigio de la prensa -digamos,
el indispensable cimiento de su credibilidad- está
a prueba en las decisiones periodísticas que debe tomar
cotidianamente. Todo el edificio deontológico que descansa
sobre éstas puede derrumbarse con una sola mala decisión.
De ahí que la ética periodística no pueda
quedar solamente restringida al ámbito de la conciencia
individual de periodistas y editores que, si bien resulta
indispensable, no alcanza a todo el proceso de producción
informativa. Incluye, por supuesto, a la empresa informativa,
que es la que provee a los periodistas de la infraestructura
necesaria para difundir la información que recaban
y procesan, y que tiene el poder último para determinar
la orientación ideológica de los contenidos,
pero que además lucra con su actividad.8
La deontología periodística, por tanto,
es una construcción colectiva.
Pero ni siquiera los periodistas pueden, por
sí mismos, prever todos los escenarios hipotéticos
de su actividad, pues a fin de cuentas trabajan con un bien
público, que es la información, y la prensa
no es titular exclusivo de éste que también
es un derecho. Los individuos que integran la sociedad son
los titulares de la libertad de expresión y del derecho
a la información.
Por tanto, la construcción de la deontología
periodística debe contemplar a la sociedad en su conjunto.
De hecho, algunos mecanismos de autorregulación constituyen
en sí mismos fuentes de información ética
no sólo para los periodistas, sino para la propia sociedad.
Es el caso de los códigos deontológicos, que
no son documentos destinados al estricto consumo interno en
las redacciones, sino que su eficacia está determinada
por su obligada difusión por parte de los medios, lo
cual permite al público conocer los compromisos morales
y profesionales de la prensa, y hacerlos exigibles mediante
el contraste con sus prácticas reporteriles y editoriales.
Otros mecanismos de autorregulación abren
a los medios a la participación directa de la sociedad
-entre ellos, los consejos de ética-. Y la propia sociedad,
una vez organizada, también puede y crea sus propios
organismos de fiscalización de la prensa, como es el
caso de los observatorios de medios. Es claro entonces que
el periodismo sólo se explica a sí mismo a partir
de su relevancia social.
Las fuentes de información y
el público
Quienes trabajamos en la prensa sabemos que
compartimos muchas de las cualidades de los escritores e incluso
llegamos a tomar prestadas algunas técnicas de redacción
literaria para que nuestros relatos periodísticos ganen
fuerza expresiva. A fin de cuentas, los periodistas contamos
historias y, al hacerlo, buscamos también nuestras
propias formas de expresión, nuestra propia voz. Pero
a diferencia de novelistas, poetas, cuentistas y ensayistas,
ningún periodista escribe para sí mismo. Todos
escribimos necesariamente para que alguien nos lea, nos escuche
o nos vea.9 Y ese alguien es la sociedad.
Pero, además de esto, la sociedad misma
es el objeto noticiable de la prensa, ya sea a partir de historias
sobre algunos de sus individuos o de grupos de éstos,
o bien instituciones públicas y organismos de la sociedad
civil. El periodista escribe sobre la gente, sobre lo que
hace, sobre lo que le pasa. Y, sobre todo, elige reportar
y destaca información sobre sucesos que tienen relevancia
para el interés público, entendido éste
como aquello que tiene pertinencia social, es decir, que afecta
a la vida de la sociedad. Así, partes de la sociedad
se convierten también en fuentes de información
que merecen del periodista un trato respetuoso, justo y equilibrado.
Especial atención merecen algunas fuentes
de información. No es lo mismo un funcionario público,
un político profesional, un representante popular electo
o un miembro destacado de la sociedad civil -por mencionar
sólo algunas de las fuentes de información tradicionales-,
que una persona que se dedique a casi cualquier otra actividad
privada. Mientras los primeros son objeto natural de la labor
de fiscalización de la prensa, y por tanto aprenden
y se acostumbran al trato casi cotidiano con reporteros, fotógrafos
y camarógrafos, los demás individuos de la sociedad
no tienen mayor contacto con ellos que no sea a través
de los propios medios, es decir, cuando las personas leen
un periódico o una revista, y escuchan un noticiario
radiofónico o ven uno televisivo; pero rara vez en
su vida enfrentará a un periodista.10
Dicho de otra forma: conviene separar los conceptos fuente
informativa y público.
Si bien es cierto que ocasionalmente un individuo
de la sociedad general puede convertirse en fuente de información
-como testigo o actor de un hecho noticiable-, y que toda
fuente de información tradicional -por ejemplo, actores
políticos y sociales- es también parte del público,
no son la misma cosa; menos aún cuando se convierten
en objeto de noticia y, consecuentemente, de investigación
periodística.
En cualquier caso, toda fuente de información
es sujeto particular de la autorregulación periodística,
por cuanto son titulares de derechos fundamentales protegidos
por las leyes. En efecto: a toda fuente de información
se le atribuyen hechos y dichos que deben ajustarse a los
principios de veracidad periodística, mediante el contraste
y la verificación de la información que se recaba
de y sobre dicha fuente de información, respetando
el ámbito de sus vidas privadas -excepto cuando éstas
se involucran en actos públicos que afectan a la sociedad
general- y con especial cuidado sobre su derecho al honor,
pero, nuevamente, no sólo porque así lo prescriban
las leyes, sino por una convicción ética elevada.
Estos derechos no son mayores que las responsabilidades
de las fuentes ni a la sociedad general de hacia los medios
informativos. Los primeros tienen la obligación de
no ocultar ni manipular información, convirtiendo a
los medios en sus aliados -las más de las veces, involuntarios-
en juegos de poder; mucho menos deben intentar corromper o
coaccionar a los periodistas. Los segundos tienen la obligación
de discernir entre las diversas calidades y cualidades informativas
que se le ofrecen y entre las cuales elige libremente, además
de participar decididamente en todos los mecanismos de autorregulación
periodística a su alcance, ejerciendo así una
presión legítima sobre los medios.
Contenido
Hay quienes ven a la ética periodística
no como un problema que implica resolver dilemas constantemente,
sino como una herramienta más para hacer un buen trabajo;11
hay quienes consideran que más bien es una utopía,
pues pone en lo más alto un ideal profesional,12
y hay quienes consideran que, cuando se traduce en códigos
deontológicos, fija las exigencias mínimas13
que se pueden esperar de un periodista. Lo cierto es que la
autorregulación tiene varias formas; de forma ideal,
nace del diálogo ético al interior de una redacción
y adquiere su legitimación en los códigos deontológicos.
Es desde este punto que se construyen los demás mecanismos
que garantizan su cumplimiento.
Sin embargo, los códigos deontológicos
-y todo mecanismo de autorregulación interna de los
medios-14 degeneran en una mera operación
de imagen cuando carecen del consenso mínimo en la
redacción. Al menos en México, los pocos códigos
éticos que existen en periódicos fueron impuestos
por empresarios y directivos. Redactados por unos cuantos
funcionarios de cada medio -cuando no son una burda copia
de algún código de otro país-,15
estos códigos carecen de legitimidad y, por supuesto,
son ignorados por la mayoría de los periodistas que
deberían guiar su toma de decisiones cotidiana por
éstos; en lugar de ello, cada uno de ellos opta por
seguir sus criterios morales individuales.
En la elaboración de un código
deontológico para una redacción, no se debe
ignorar la participación de reporteros, editores, redactores,
correctores, secretarios de redacción, fotógrafos,
diseñadores, articulistas, editorialistas, columnistas
e incluso algún colaborador destacado. Aquí
se defiende el involucramiento pleno del cuerpo periodístico
en la discusión axiológica y el diseño
de las normas deontológicas de cada medio, no sólo
porque es aquél el que deberá aplicarlas, sino
porque cada una de las partes involucradas en el proceso informativo
cotidianamente enfrenta dilemas sobre los que deberá
tomar una decisión siempre periodística y además,
con demasiada frecuencia, ética.
La solución tampoco pasa por el desplazamiento
de empresarios y directivos. El cuerpo periodístico
de una redacción no puede imponer a la empresa informativa
un código sobre el cual basar su desempeño ético.
Esto podría derivar en un grave conflicto laboral que
amenazara la existencia misma del medio, particularmente si
no existe la mínima receptividad entre los propietarios
y accionistas, una situación lamentablemente frecuente
en periódicos y revistas que nacen para cobijar intereses
extraperiodísticos.
Un diálogo ético real, efectivo
-y los mecanismos de autorregulación que se derivan
de ello-, sólo puede fructificar en aquellos medios
donde la conciencia y la responsabilidad profesional alcance
a toda la pirámide jerárquica. Un código
deontológico puede y debe surgir del acercamiento entre
posiciones que ocasionalmente entran en conflicto -como la
primicia periodística contra la rentabilidad empresarial-,
de la discusión razonada de valores, del análisis
informado y de las decisiones colegiadas respecto de dilemas
específicos que afecten a toda la redacción.
Crear un código deontológico para
una empresa periodística implica una larga discusión
en la que todos sus integrantes pueden y deben aportar algo.
El consenso obtenido así garantiza la legitimidad de
una conducta ética buscada, interioriza las bondades
de un desempeño profesional, facilita tanto la prevención
como la sanción de conductas reprobables de cualquier
miembro de una empresa periodística determinada y permite
una constante revisión de los diversos mecanismos de
autorregulación mediante la incorporación del
aprendizaje ético traducido en nuevas y mejores normas.
NOTAS
1) Véase José
Luis Exeni, "Apuntes sobre autorregulación del
periodismo", en Sala de Prensa, núm. 30, abril
de 2001.
2) Cfr. "Governments must refrain from
regulating media content", en The Royaumont News Line,
issue 4, November/December 1999, p. 2.
3) Cfr. Bill Kovach, "Journalism and
patriotism", en Sala de Prensa núm. 46, agosto
de 2002.
4) El propio Villanueva menciona a tres sujetos
de la autorregulación informativa: el público,
el periodista y la empresa informativa. A las fuentes de información
las inscribe dentro del público, pero no son lo mismo.
Asimismo, Aznar 1999b, p.42.
5) Entiendo que en este punto debería
desarrollar una definición del concepto periodista,
pero no sólo hemos adelantado algo ya en el capítulo
anterior, sino que se abunda al respecto en el siguiente.
En ambos casos, el contexto lo justifica.
6) Cfr. Aznar, 1999a; asimismo, Villanueva,
1999.
7) Declaración del periodista, escritor
y Premio Nóbel de Literatura Gabriel García
Márquez, citada en el portal de la Fundación
para un Nuevo Periodismo Iberoamericano en http://www.fnpi.org.
8) En el caso de la empresa informativa, también
en el siguiente capítulo se encontrará una definición
detallada de sus responsabilidades deontológicas.
9) Incluso en los medios electrónicos,
caracterizados por la imagen o el sonido, existe un lenguaje
periodístico basado en cualquiera de los géneros
que, en mayor o menor medida, se practican en todas las redacciones
del mundo: informativos, opinativos e híbridos. Cfr.
Linares, 1998. Asimismo, Leñero y Marín, 1986,
sobre el tema particular de los géneros.
10) Mención aparte debe hacerse de
las llamadas celebridades de la farándula y los deportes
más populares, cuya exposición al público
no sólo es enorme, sino que ellas mismas alimentan
el interés del público incluso en detalles de
sus vidas privadas.
11) Luego de que el autor de este trabajo
cuestionara a los fotógrafos finalistas del Premio
Nuevo Periodismo por el manejo de la imagen de las personas
en sus trabajos, Gabriel García Márquez susurró
al oído de Julio Scherer García: "Están
mal; la ética no es un problema, es una herramienta",
según contó el propio Scherer. Javier del Rey,
defensor del lector del diario colombiano El Tiempo, en su
relatoría, discrepó: "García Márquez
se equivoca en esto; por su naturaleza, la ética siempre
es un problema". Escuchado en el "Seminario internacional:
Nuevo periodismo para un nuevo milenio", con Gabriel
García Márquez, Sergio Ramírez y Joaquín
Estefanía, organizado por Fundación para un
Nuevo Periodismo Iberoamericano, Banco Interamericano de Desarrollo
y Cemex, en Monterrey, N.L., del 3 al 5 de abril de 2002.
12) Expresión utilizada por Javier
Darío Restrepo, defensor del lector del diario El Colombiano,
durante el Taller de Ética Periodística impartido
en la Universidad Iberoamericana, en la Ciudad de México,
durante la primer semana de octubre de 2000, bajo los auspicios
del Instituto Federal Electoral.
13 )Así lo percibe Aznar, (1999a,
p. 47), aun cuando acepta que con ello no se resuelven todos
los problemas éticos de la prensa.
14) En el siguiente capítulo veremos
que existen varias categorías de autorregulación
periodística.
15) Compárese el código impuesto
por el dueño y director del diario mexicano El Economista
con los enunciados básicos del código del diario
español El País.
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