|
Salvar nuestra memoria sonora es luchar
en varios frentes, es socializar nuestras herramientas intelectuales,
es compartir victorias y enfrentar juntos cada reto. Nos encontramos
en una carrera contra el tiempo, pues cada segundo una parte
de nuestra memoria sonora desaparece, y con ella se va, también,
un mucho de lo que seremos en el futuro para las generaciones
venideras.
En todo el mundo, día a día,
miles de documentos se preservan para dar a las generaciones
actuales, y a las venideras, testimonio de nuestros antepasados.
Muchas son las formas que el documento adopta para dejarnos
un poco (o un mucho) de lo que fue y estuvo, de lo que ya no
es, pero que tiene la rara permanencia de la memoria, esa esencia
que nos constituye como sociedad y como individuos. Esos documentos
adquieren formas variadas: piedras labradas, edificaciones,
imágenes y, muy especialmente, escritura, que
quiere decir inscripciones, manuscritos y, sobre todo, libros,
esos frutos de la escritura que constituyen una de las mayores
herencias de la humanidad y una de las de gran prestigio. Pero
no son los únicos documentos que ejercen su influencia
sobre los seres humanos y sobre su percepción del pasado.
Máxime a partir de los siglos XIX y XX, cuando surgieron
nuevos documentos visuales (fotografía, cine, video)
y nació la posibilidad de conservar los sonidos de una
época.
Con esas nuevas presencias se incrementó
nuestro patrimonio. Y aquí habría que hacer
una precisión. Cuando se habla de patrimonio
suele pensarse de inmediato en toda la riquísima herencia
del pasado manifestada en la arquitectura, la escultura, la
pintura; es decir, pensamos en lo tangible. Pero, ¿acaso
nuestra historia oral, la variada sonoridad de nuestras lenguas
indígenas, nuestra música y cantos en las fiestas
y ceremonias tradicionales, las voces y los ruidos que acompañan
nuestra vida cotidiana no forman parte de nuestro patrimonio?
¿No dan cuenta de la diversidad en costumbres y tradiciones
de nuestra cultura? ¿No nos ofrecen una visión
de nuestro pasado y de nuestro presente? ¿No son acaso
un testimonio de lo que somos, hemos sido y podemos ser? Ese
patrimonio que no tocamos, pero que también nos enriquece
con su fugaz presencia es, precisamente, nuestra herencia
sonora, nuestro patrimonio intangible.
El sonido es nuestra más íntima
huella, la parte medular de ese patrimonio intangible que
cada pueblo crea, conserva, difunde. Todos los sonidos que
producimos y escuchamos forman parte de nuestra identidad
como pueblo. No en balde en la década de los ochenta,
la UNESCO promovió que se reconociera el valor patrimonial
de los archivos sonoros y audiovisuales y recomendó
su salvaguarda y conservación.
Hoy sabemos que la memoria sonora del mundo
está compuesta por más de 100 millones de horas.1
De éstas, sólo 40% se resguarda en acervos de
Europa, Australia y Estados Unidos, los cuales cuentan con
las condiciones idóneas de conservación y preservación.
En América Latina, la situación es completamente
opuesta; gran parte de los acervos sonoros se encuentran en
riesgo de desaparecer debido a que no cuentan con las condiciones
adecuadas de conservación y, sobre todo, a la falta
de una cultura de reconocimiento del valor de la memoria sonora.
Pocos se atreverían a cuestionar el valor
del fonorregistro y su riqueza como fuente de información
cultural. Al igual que los libros y otros documentos, los
fonorregistros son testigos invaluables del devenir humano.
Son también maravillosos estímulos para la adquisición
de conocimiento y vehículos de educación para
los más diversos grupos sociales. Desde el momento
en que se pudo registrar un sonido y luego reproducirlo, se
pensó en la investigación de campo y en la preservación
de esa herencia tan fugaz. Recordemos aquí, como un
breve homenaje, el trabajo del fotógrafo Jesse Walter
Fewkes (1850-1930), miembro del Bureau of American Ethnology,
quien visionariamente se dio cuenta del alcance que tendría
la técnica de grabación de sonidos en cilindros
descubierta por Edison en 1878. Fewkes llevó a cabo,
del 15 al 17 de marzo de 1890, la primera grabación
de campo que se conoce y rescató canciones, cuentos
y muestras del vocabulario de la tribu de indios norteamericanos
pasamakody.
Nueve años después, en 1899, se
fundó la primera fonoteca del mundo: el Phonogrammarchiv
de la Academia de Ciencias y Artes de Austria. Desde entonces
y de forma ininterrumpida, esta institución se ha consagrado
a la preservación de la memoria sonora no sólo
de Europa, sino de otras regiones del mundo. Es notable que
apenas dos años después de su fundación,
en 1901, el Phonogrammarchiv haya desarrollado su propio fonógrafo,
aplicando el procedimiento de grabación de Edison.
Ese mismo año, el aparato fue usado en investigaciones
de campo en Croacia, Brasil y en la isla de Lesbos, en Grecia.
Como se ve, la conservación del patrimonio
sonoro tiene más de un siglo de vida, y si bien las
fonotecas no cuentan con la dilatada historia de las bibliotecas,
sí constituyen reservorios que preservan buena parte
del saber y del quehacer humanos.
Es por esa riqueza que un archivo sonoro representa
una posibilidad casi ilimitada para los más diversos
usos: sociales, políticos, de entretenimiento. Pero
es en los ámbitos educativo y cultural donde el valor
de ese patrimonio se incrementa, pues los sonidos que caracterizan
nuestra vida cotidiana conforman nuestra identidad, nos identifican
y diferencian de otras culturas. Esa memoria formada por sonidos
siempre está en riesgo de caer en el silencio y quedar
en el olvido si no la preservamos. Por supuesto que esa preservación
no puede ceñirse solamente a la construcción
de necesarios inmuebles que preserven nuestro patrimonio sonoro.
Es indispensable la presencia rectora de una adecuada política
de Estado que base sus acciones en la conciencia de la fragilidad
de los materiales sonoros y de la inminente obsolescencia
tecnológica de los soportes y equipos sonoros tradicionales;
una política de Estado que aliente la creación
de adecuadas estrategias de conservación de la herencia
sonora de México para garantizar el acceso de todos
los mexicanos a esa parte de nuestra identidad; una política
de Estado que fomente, desde el ámbito de la educación,
la conciencia del valor de los documentos sonoros y que promueva,
desde el ámbito de las finanzas públicas, la
conservación de los archivos sonoros.
Acaso esa carencia de una política de
Estado en materia de preservación del patrimonio sonoro
sea producto del desconocimiento de la cantidad e importancia
social y cultural de documentos sonoros en peligro. Ese deseo
de conocer lo que en México hay en cuanto a archivos
sonoros y de fomentar una conciencia del valor del patrimonio
sonoro nacional ha sustentado buena parte de las acciones
emprendidas en los últimos tres años por Radio
Educación. ¿Por qué? Porque sencillamente
de todas las colecciones sonoras con que cuenta nuestro país,
una de las más importantes es la generada por las radiodifusoras.
Creación de documentos sonoros
Desde hace más de 80 años, la
radio alimenta el centro de nuestra imaginación y es
el medio que produce la mayor cantidad de documentos sonoros.
Durante mucho tiempo, los miles de programas que la radio
generaba no tuvieron otro valor que el de uso inmediato, incluso
desde el punto de vista económico, ya que una vez emitida,
una producción se consideraba amortizada. Esta visión
práctica y parcial influyó de manera negativa
en el tratamiento documental y en la conservación de
los materiales, lo que devino en la pérdida parcial
y en ocasiones total de importantes colecciones sonoras nacidas
en este medio electrónico.
Surgidos, en principio para responder a las
necesidades de la emisión, los archivos de radio fueron
aumentando su valor de forma progresiva desde que, en 1957,
en la Exposición Internacional de Bruselas Radio Francia
presentó grabaciones de voces de escritores como complemento
a documentos visuales. Hoy somos conscientes de que un archivo
de radio puede ser columna vertebral de la memoria sonora
de un país, porque nos hemos dado cuenta de que son
una fuente riquísima de datos y testimonios sobre la
cultura, la política, la sociedad de una región,
de un país, de una civilización.
Junto a los archivos de radio están,
por supuesto, los que otras muchas instituciones generan.
Por ello, es insoslayable la importancia que día a
día cobra la documentación como un área
fundamental en las radiodifusoras públicas y privadas,
en las universidades e instituciones y empresas de producción,
para poder organizar los miles de documentos sonoros que constituyen
los archivos fonográficos. De ahí que los procesos
de catalogación (entendidos como la descripción
de un documento) y la clasificación (es decir, el análisis
de un documento para ser identificado y ordenado por clases)
constituyan una base para la organización de los acervos
a fin de que puedan ser almacenados, recuperados y ofrecidos
a los usuarios para satisfacer las necesidades de información.
Sin embargo, no es suficiente catalogar y clasificar para
preservar nuestro patrimonio sonoro. Junto con esto es indispensable
no perder lo que se tiene y atesorar lo que a diario surge.
Recordemos que la expectativa de vida útil
de un documento grabado sobre un soporte magnetofónico
es de 14 a 20 años a temperatura ambiente. Este rango
de vida puede extenderse un poco más en condiciones
de temperatura fría y humedad relativa baja. Por ello,
frente a esta desalentadora realidad, ha sido necesario formular
nuevas estrategias que contribuyan a preservar nuestra memoria
sonora. Hasta el momento, la digitalización ha sido
una salida posible.
La transferencia de archivos sonoros desde soportes
analógicos a plataformas digitales constituye una de
las estrategias más importantes para preservar este
patrimonio intangible. En nuestro país gran parte de
los acervos sonoros con valor educativo, cultural y social
pertenecen a instancias públicas, las cuales, paradójicamente,
cuentan en la mayoría de los casos con mínimas
o precarias condiciones de conservación. Esto significa
que en los próximos años gran parte del patrimonio
intangible de nuestro país estará en gravísimo
riesgo de desaparición no sólo por la fragilidad
de los soportes analógicos en que se encuentra contenido,
sino también por la obsolescencia tecnológica
de los instrumentos que son capaces de reproducirlos y por
la inminente desaparición de estos equipos analógicos.
En esta carrera contra el tiempo es necesario llevar a cabo
medidas contundentes que permitan a las futuras generaciones
conocer su herencia sonora.
Conservación del patrimonio sonoro
El cuidado de esa invaluable herencia sonora
tiene como primer responsable a las instituciones que cotidianamente
generan archivos sonoros. Consciente de este compromiso, desde
el año 2001 Radio Educación ha llevado a cabo
diversas acciones encaminadas a fomentar la cultura y reconocimiento
del valor del patrimonio sonoro de México. Esas acciones
no se han limitado a las que pueden emprenderse dentro de
la emisora, como la producción de las series radiofónicas
Caracol y Nuestra memoria también se oye
(que han difundido desde Radio Educación lo mejor de
las más importantes fonotecas nacionales e internacionales
y han sensibilizado al público sobre la importancia
del acervo sonoro de nuestro país y la necesidad de
su conservación y preservación), sino que se
ha buscado fomentar (ahí donde no existe) y fortalecer
(ahí donde se requiriere) la conciencia del valor del
patrimonio sonoro de nuestro país.
Esa labor no puede llevarse a buen puerto sin
la cooperación de muchas instituciones preocupadas
por el mismo problema, no sólo en nuestro país
sino en el mundo entero; es imprescindible abrir nuestras
fronteras a las ideas y a las soluciones adoptadas en otras
partes del mundo. Por ello, Radio Educación ha realizado
dos seminarios sobre la preservación y conservación
de los archivos sonoros y audiovisuales. En esas magnas reuniones,
se ha logrado conjuntar a un número altamente significativo
de investigadores y especialistas, los cuales, junto con directores
de radio y televisión, documentalistas, fonotecarios,
videotecarios y expertos en desarrollos tecnológicos
de más de 19 países de América Latina,
Europa y Oceanía, han reflexionado sobre la importancia
que para cada uno de nuestros pueblos tiene la preservación
de las memorias sonora y audiovisual.
Ciertamente, esas reuniones brindan magníficas
oportunidades para evaluar el estado del arte en cuanto a
preservación del patrimonio sonoro y para conocer las
más diversas experiencias de diferentes reservorios
de archivos sonoros y audiovisuales. Sin embargo, es insoslayable
que junto a la discusión debe existir el metódico
trabajo académico y el resguardo, en otro tipo de memoria,
de las palabras, las ideas y las propuestas sobre el presente
y futuro de nuestra memoria intangible. Es por eso que Radio
Educación editó el Código de ética
de la IASA, herramienta indispensable para la correcta
conservación de cualquier patrimonio sonoro, y el libro
de la investigadora holandesa Annemieke de Jong, Los metadatos
en el entorno de la producción audiovisual, obra
singular que recupera las investigaciones más recientes
realizadas por el Instituto de Imagen y Sonido de Holanda
y que constituye una importante aportación a la escasa
bibliografía que existe en relación con este
tema en nuestro país.
Aunado a las reuniones de trabajo especializado,
al trabajo académico y editorial es imprescindible
la creación de herramientas intelectuales que permitan
conocer y controlar el número creciente de fonorregistros.
Con ese objetivo, Radio Educación ha presentado su
propuesta para la Guía Inventario Nacional de Acervos
Sonoros y ha diseñado la Encuesta Nacional sobre el
Estado de las Fonotecas en México. Además, la
radiodifusora encabezó a 40 instituciones nacionales
dedicadas a la conservación de materiales sonoros para
realizar los trabajos que lleguen a la cristalización
de la propuesta de creación de la Norma Mexicana de
Catalogación Sonora, la cual permitirá catalogar
todo tipo de material sonoro en cualquiera de sus etapas,
desde su producción hasta su resguardo en archivos
o fonotecas.
De esta manera, el control físico e intelectual
será integral desde el origen de los materiales sonoros
y se facilitará su organización en los centros
de documentación. Actualmente, la propuesta de creación
de la Norma Mexicana de Catalogación Sonora es evaluada
por el Comité Técnico de Normalización
Nacional y Documentación (COTENNDOC) y ha sido recibida
con beneplácito en las radiodifusoras universitarias
y en las universidades e instituciones de educación
superior del país.
Ese entusiasmo por preservar nuestra memoria
sonora debe rebasar el ámbito de lo académico
e invadir las otras áreas del quehacer ciudadano. Si
es justo exigir el derecho a la información, no menos
justo es hacerlo por el derecho a la conservación de
la información. Salvar nuestra memoria sonora es luchar
en varios frentes, es socializar nuestras herramientas intelectuales,
es compartir victorias y enfrentar juntos cada reto. Nos encontramos
en una carrera contra el tiempo, pues cada segundo una parte
de nuestra memoria sonora desaparece, y con ella se va, también,
un mucho de lo que seremos en el futuro para las generaciones
venideras. Si es verdad que luego de morir sólo somos
un eco, no dejemos que ese eco se extinga por obra y desgracia
de la insensibilidad, de la desidia, de la ignorancia.
NOTA
1) De acuerdo con el doctor
Dietrich Schüller, director del Phonogrammarchiv de Viena,
Austria, miembro del Comité Técnico de la IASA.
|