Un patrimonio con valor educativo, cultural y social

Nuestra memoria sonora

Lidia Camacho

Directora General de Radio Educación

Salvar nuestra memoria sonora es luchar en varios frentes, es socializar nuestras herramientas intelectuales, es compartir victorias y enfrentar juntos cada reto. Nos encontramos en una carrera contra el tiempo, pues cada segundo una parte de nuestra memoria sonora desaparece, y con ella se va, también, un mucho de lo que seremos en el futuro para las generaciones venideras.




En todo el mundo, día a día, miles de documentos se preservan para dar a las generaciones actuales, y a las venideras, testimonio de nuestros antepasados. Muchas son las formas que el documento adopta para dejarnos un poco (o un mucho) de lo que fue y estuvo, de lo que ya no es, pero que tiene la rara permanencia de la memoria, esa esencia que nos constituye como sociedad y como individuos. Esos documentos adquieren formas variadas: piedras labradas, edificaciones, imágenes y, muy especialmente, escritura, que quiere decir inscripciones, manuscritos y, sobre todo, libros, esos frutos de la escritura que constituyen una de las mayores herencias de la humanidad y una de las de gran prestigio. Pero no son los únicos documentos que ejercen su influencia sobre los seres humanos y sobre su percepción del pasado. Máxime a partir de los siglos XIX y XX, cuando surgieron nuevos documentos visuales (fotografía, cine, video) y nació la posibilidad de conservar los sonidos de una época.

Con esas nuevas presencias se incrementó nuestro patrimonio. Y aquí habría que hacer una precisión. Cuando se habla de patrimonio suele pensarse de inmediato en toda la riquísima herencia del pasado manifestada en la arquitectura, la escultura, la pintura; es decir, pensamos en lo tangible. Pero, ¿acaso nuestra historia oral, la variada sonoridad de nuestras lenguas indígenas, nuestra música y cantos en las fiestas y ceremonias tradicionales, las voces y los ruidos que acompañan nuestra vida cotidiana no forman parte de nuestro patrimonio? ¿No dan cuenta de la diversidad en costumbres y tradiciones de nuestra cultura? ¿No nos ofrecen una visión de nuestro pasado y de nuestro presente? ¿No son acaso un testimonio de lo que somos, hemos sido y podemos ser? Ese patrimonio que no tocamos, pero que también nos enriquece con su fugaz presencia es, precisamente, nuestra herencia sonora, nuestro patrimonio intangible.

El sonido es nuestra más íntima huella, la parte medular de ese patrimonio intangible que cada pueblo crea, conserva, difunde. Todos los sonidos que producimos y escuchamos forman parte de nuestra identidad como pueblo. No en balde en la década de los ochenta, la UNESCO promovió que se reconociera el valor patrimonial de los archivos sonoros y audiovisuales y recomendó su salvaguarda y conservación.

Hoy sabemos que la memoria sonora del mundo está compuesta por más de 100 millones de horas.1 De éstas, sólo 40% se resguarda en acervos de Europa, Australia y Estados Unidos, los cuales cuentan con las condiciones idóneas de conservación y preservación. En América Latina, la situación es completamente opuesta; gran parte de los acervos sonoros se encuentran en riesgo de desaparecer debido a que no cuentan con las condiciones adecuadas de conservación y, sobre todo, a la falta de una cultura de reconocimiento del valor de la memoria sonora.

Pocos se atreverían a cuestionar el valor del fonorregistro y su riqueza como fuente de información cultural. Al igual que los libros y otros documentos, los fonorregistros son testigos invaluables del devenir humano. Son también maravillosos estímulos para la adquisición de conocimiento y vehículos de educación para los más diversos grupos sociales. Desde el momento en que se pudo registrar un sonido y luego reproducirlo, se pensó en la investigación de campo y en la preservación de esa herencia tan fugaz. Recordemos aquí, como un breve homenaje, el trabajo del fotógrafo Jesse Walter Fewkes (1850-1930), miembro del Bureau of American Ethnology, quien visionariamente se dio cuenta del alcance que tendría la técnica de grabación de sonidos en cilindros descubierta por Edison en 1878. Fewkes llevó a cabo, del 15 al 17 de marzo de 1890, la primera grabación de campo que se conoce y rescató canciones, cuentos y muestras del vocabulario de la tribu de indios norteamericanos pasamakody.

Nueve años después, en 1899, se fundó la primera fonoteca del mundo: el Phonogrammarchiv de la Academia de Ciencias y Artes de Austria. Desde entonces y de forma ininterrumpida, esta institución se ha consagrado a la preservación de la memoria sonora no sólo de Europa, sino de otras regiones del mundo. Es notable que apenas dos años después de su fundación, en 1901, el Phonogrammarchiv haya desarrollado su propio fonógrafo, aplicando el procedimiento de grabación de Edison. Ese mismo año, el aparato fue usado en investigaciones de campo en Croacia, Brasil y en la isla de Lesbos, en Grecia.

Como se ve, la conservación del patrimonio sonoro tiene más de un siglo de vida, y si bien las fonotecas no cuentan con la dilatada historia de las bibliotecas, sí constituyen reservorios que preservan buena parte del saber y del quehacer humanos.

Es por esa riqueza que un archivo sonoro representa una posibilidad casi ilimitada para los más diversos usos: sociales, políticos, de entretenimiento. Pero es en los ámbitos educativo y cultural donde el valor de ese patrimonio se incrementa, pues los sonidos que caracterizan nuestra vida cotidiana conforman nuestra identidad, nos identifican y diferencian de otras culturas. Esa memoria formada por sonidos siempre está en riesgo de caer en el silencio y quedar en el olvido si no la preservamos. Por supuesto que esa preservación no puede ceñirse solamente a la construcción de necesarios inmuebles que preserven nuestro patrimonio sonoro. Es indispensable la presencia rectora de una adecuada política de Estado que base sus acciones en la conciencia de la fragilidad de los materiales sonoros y de la inminente obsolescencia tecnológica de los soportes y equipos sonoros tradicionales; una política de Estado que aliente la creación de adecuadas estrategias de conservación de la herencia sonora de México para garantizar el acceso de todos los mexicanos a esa parte de nuestra identidad; una política de Estado que fomente, desde el ámbito de la educación, la conciencia del valor de los documentos sonoros y que promueva, desde el ámbito de las finanzas públicas, la conservación de los archivos sonoros.

Acaso esa carencia de una política de Estado en materia de preservación del patrimonio sonoro sea producto del desconocimiento de la cantidad e importancia social y cultural de documentos sonoros en peligro. Ese deseo de conocer lo que en México hay en cuanto a archivos sonoros y de fomentar una conciencia del valor del patrimonio sonoro nacional ha sustentado buena parte de las acciones emprendidas en los últimos tres años por Radio Educación. ¿Por qué? Porque sencillamente de todas las colecciones sonoras con que cuenta nuestro país, una de las más importantes es la generada por las radiodifusoras.

Creación de documentos sonoros

Desde hace más de 80 años, la radio alimenta el centro de nuestra imaginación y es el medio que produce la mayor cantidad de documentos sonoros. Durante mucho tiempo, los miles de programas que la radio generaba no tuvieron otro valor que el de uso inmediato, incluso desde el punto de vista económico, ya que una vez emitida, una producción se consideraba amortizada. Esta visión práctica y parcial influyó de manera negativa en el tratamiento documental y en la conservación de los materiales, lo que devino en la pérdida parcial y en ocasiones total de importantes colecciones sonoras nacidas en este medio electrónico.

Surgidos, en principio para responder a las necesidades de la emisión, los archivos de radio fueron aumentando su valor de forma progresiva desde que, en 1957, en la Exposición Internacional de Bruselas Radio Francia presentó grabaciones de voces de escritores como complemento a documentos visuales. Hoy somos conscientes de que un archivo de radio puede ser columna vertebral de la memoria sonora de un país, porque nos hemos dado cuenta de que son una fuente riquísima de datos y testimonios sobre la cultura, la política, la sociedad de una región, de un país, de una civilización.

Junto a los archivos de radio están, por supuesto, los que otras muchas instituciones generan. Por ello, es insoslayable la importancia que día a día cobra la documentación como un área fundamental en las radiodifusoras públicas y privadas, en las universidades e instituciones y empresas de producción, para poder organizar los miles de documentos sonoros que constituyen los archivos fonográficos. De ahí que los procesos de catalogación (entendidos como la descripción de un documento) y la clasificación (es decir, el análisis de un documento para ser identificado y ordenado por clases) constituyan una base para la organización de los acervos a fin de que puedan ser almacenados, recuperados y ofrecidos a los usuarios para satisfacer las necesidades de información. Sin embargo, no es suficiente catalogar y clasificar para preservar nuestro patrimonio sonoro. Junto con esto es indispensable no perder lo que se tiene y atesorar lo que a diario surge.

Recordemos que la expectativa de vida útil de un documento grabado sobre un soporte magnetofónico es de 14 a 20 años a temperatura ambiente. Este rango de vida puede extenderse un poco más en condiciones de temperatura fría y humedad relativa baja. Por ello, frente a esta desalentadora realidad, ha sido necesario formular nuevas estrategias que contribuyan a preservar nuestra memoria sonora. Hasta el momento, la digitalización ha sido una salida posible.

La transferencia de archivos sonoros desde soportes analógicos a plataformas digitales constituye una de las estrategias más importantes para preservar este patrimonio intangible. En nuestro país gran parte de los acervos sonoros con valor educativo, cultural y social pertenecen a instancias públicas, las cuales, paradójicamente, cuentan en la mayoría de los casos con mínimas o precarias condiciones de conservación. Esto significa que en los próximos años gran parte del patrimonio intangible de nuestro país estará en gravísimo riesgo de desaparición no sólo por la fragilidad de los soportes analógicos en que se encuentra contenido, sino también por la obsolescencia tecnológica de los instrumentos que son capaces de reproducirlos y por la inminente desaparición de estos equipos analógicos. En esta carrera contra el tiempo es necesario llevar a cabo medidas contundentes que permitan a las futuras generaciones conocer su herencia sonora.

Conservación del patrimonio sonoro

El cuidado de esa invaluable herencia sonora tiene como primer responsable a las instituciones que cotidianamente generan archivos sonoros. Consciente de este compromiso, desde el año 2001 Radio Educación ha llevado a cabo diversas acciones encaminadas a fomentar la cultura y reconocimiento del valor del patrimonio sonoro de México. Esas acciones no se han limitado a las que pueden emprenderse dentro de la emisora, como la producción de las series radiofónicas Caracol y Nuestra memoria también se oye (que han difundido desde Radio Educación lo mejor de las más importantes fonotecas nacionales e internacionales y han sensibilizado al público sobre la importancia del acervo sonoro de nuestro país y la necesidad de su conservación y preservación), sino que se ha buscado fomentar (ahí donde no existe) y fortalecer (ahí donde se requiriere) la conciencia del valor del patrimonio sonoro de nuestro país.

Esa labor no puede llevarse a buen puerto sin la cooperación de muchas instituciones preocupadas por el mismo problema, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero; es imprescindible abrir nuestras fronteras a las ideas y a las soluciones adoptadas en otras partes del mundo. Por ello, Radio Educación ha realizado dos seminarios sobre la preservación y conservación de los archivos sonoros y audiovisuales. En esas magnas reuniones, se ha logrado conjuntar a un número altamente significativo de investigadores y especialistas, los cuales, junto con directores de radio y televisión, documentalistas, fonotecarios, videotecarios y expertos en desarrollos tecnológicos de más de 19 países de América Latina, Europa y Oceanía, han reflexionado sobre la importancia que para cada uno de nuestros pueblos tiene la preservación de las memorias sonora y audiovisual.

Ciertamente, esas reuniones brindan magníficas oportunidades para evaluar el estado del arte en cuanto a preservación del patrimonio sonoro y para conocer las más diversas experiencias de diferentes reservorios de archivos sonoros y audiovisuales. Sin embargo, es insoslayable que junto a la discusión debe existir el metódico trabajo académico y el resguardo, en otro tipo de memoria, de las palabras, las ideas y las propuestas sobre el presente y futuro de nuestra memoria intangible. Es por eso que Radio Educación editó el Código de ética de la IASA, herramienta indispensable para la correcta conservación de cualquier patrimonio sonoro, y el libro de la investigadora holandesa Annemieke de Jong, Los metadatos en el entorno de la producción audiovisual, obra singular que recupera las investigaciones más recientes realizadas por el Instituto de Imagen y Sonido de Holanda y que constituye una importante aportación a la escasa bibliografía que existe en relación con este tema en nuestro país.

Aunado a las reuniones de trabajo especializado, al trabajo académico y editorial es imprescindible la creación de herramientas intelectuales que permitan conocer y controlar el número creciente de fonorregistros. Con ese objetivo, Radio Educación ha presentado su propuesta para la Guía Inventario Nacional de Acervos Sonoros y ha diseñado la Encuesta Nacional sobre el Estado de las Fonotecas en México. Además, la radiodifusora encabezó a 40 instituciones nacionales dedicadas a la conservación de materiales sonoros para realizar los trabajos que lleguen a la cristalización de la propuesta de creación de la Norma Mexicana de Catalogación Sonora, la cual permitirá catalogar todo tipo de material sonoro en cualquiera de sus etapas, desde su producción hasta su resguardo en archivos o fonotecas.

De esta manera, el control físico e intelectual será integral desde el origen de los materiales sonoros y se facilitará su organización en los centros de documentación. Actualmente, la propuesta de creación de la Norma Mexicana de Catalogación Sonora es evaluada por el Comité Técnico de Normalización Nacional y Documentación (COTENNDOC) y ha sido recibida con beneplácito en las radiodifusoras universitarias y en las universidades e instituciones de educación superior del país.

Ese entusiasmo por preservar nuestra memoria sonora debe rebasar el ámbito de lo académico e invadir las otras áreas del quehacer ciudadano. Si es justo exigir el derecho a la información, no menos justo es hacerlo por el derecho a la conservación de la información. Salvar nuestra memoria sonora es luchar en varios frentes, es socializar nuestras herramientas intelectuales, es compartir victorias y enfrentar juntos cada reto. Nos encontramos en una carrera contra el tiempo, pues cada segundo una parte de nuestra memoria sonora desaparece, y con ella se va, también, un mucho de lo que seremos en el futuro para las generaciones venideras. Si es verdad que luego de morir sólo somos un eco, no dejemos que ese eco se extinga por obra y desgracia de la insensibilidad, de la desidia, de la ignorancia.


NOTA

1) De acuerdo con el doctor Dietrich Schüller, director del Phonogrammarchiv de Viena, Austria, miembro del Comité Técnico de la IASA.

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