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Habrá sido en
1984 o poco después que en The Atlantic Monthly
apareció el artículo "The Empire Writes
Back" de Salman Rushdie sobre la tsunami literaria
que avanzaba desde todos los confines del "Imperio en
el que no se pone el sol" sobre la metrópoli.
Ese artículo fue un parteaguas y sigue siendo una referencia
para entender las corrientes literarias surgidas en los países
dominados por la pérfida Albión.
Mi propia traducción del texto fue "El Imperio
contraescribe" y no creo que Rushdie la aprobara, pero
el sentido es sin duda el adecuado para presentar al más
publicado y leído de los escritores nigerianos, a quien
algunos consideran el padre de la novela africana en lengua
inglesa, Albert Chinualumogu Achebe, mejor conocido como Chinua
Achebe.
El 18 de noviembre del 2000 Maya Jaggi publicó un perfil
de Achebe en The Guardian. Vale la pena reproducir
el párrafo introductorio, pues revela al posible lector
mexicano el peso que el novelista nigeriano tiene en el mundo:
Mientras Nelson Mandela transcurría 27 años
en prisión, encontró consuelo y fortaleza [...]
en un escritor en cuya compañía "los muros
de la prisión se derrumbaron". Para Mandela, la
grandeza de Chinua Achebe [...] radica en que "insertó
al Africa en el mundo" sin perder sus raíces africanas.
Al tiempo que el nigeriano Achebe utilizaba la pluma para
liberar al continente de su pasado, dijo el ex presidente
sudafricano, "ambos, en nuestras circunstancias particulares
y en el contexto de la dominación blanca del continente,
nos convertimos en luchadores por la libertad".
No es sencillo capturar en unas pocas cuartillas el perfil
de un creador. En el caso de escritores africanos como Achebe
la complejidad se acentúa por el escaso conocimiento
que tenemos de su obra, con si acaso dos títulos en
español. Fuera de Senghor y los premios Nóbel
Gordimer y Soyinka -y desde hace unas semanas Coetzee-, poco
nos dicen nombres como Mohamed Dib, Amos Totuola, Rui Knpfli,
José Craveirinha, Mongo Beti, Peter Abrahams, Ferdinand
Oyono, Kofi Awoonor, Gabriel Okara, William Conton, Agostinho
Neto o Shaaban Robert, por mencionar algunos de entre la pléyade
de autores originarios del continente que Conrad llamara negro,
pese a las traducciones que debemos a editoriales españolas
y a la Casa de las Américas.
(Recuerdo que durante el régimen de Luis Echeverría
visitó México el presidente de Tanzania, Julius
Kambarage Nyerere. Venía de una asamblea de la ONU
en Nueva York y llegó en el vuelo regular de Aeroméxico,
en clase turista. Los reporteros de aquel entonces, como los
de hoy, no pasamos de los lugares comunes en la conferencia
de prensa. A nadie le dio curiosidad por saber más
de este maestro de primaria que construyó el único
país africano con una lengua oficial nativa ¡y
que tradujo al swahili las obras de William Shakespeare!)
Achebe nació el 16 de noviembre de 1930 en Ogidi, al
sur de Nigeria en la ribera del Níger, en el seno de
la más importante tribu de esa parte del mundo, los
ibo. Fue el quinto de cinco hermanos hijos de un misionero
cristiano que creía en la educación moderna
y mandó a su prole a escuelas coloniales británicas
al mismo tiempo que convivía con familiares que ofrecían
sacrificio a los dioses antiguos. Ese encuentro de mundos,
por no decir colisión, es la sustancia de la
primer novela de Achebe, Things Fall Apart, aparecida
en 1958. El libro "describe los efectos en la sociedad
ibo de la llegada de los colonizadores y misioneros europeos
a finales del siglo XIX. [Sus] novelas siguientes [...] No
Longer at Ease (1960), Arrow of God (1964), A
Man of the People (1966) y Anthills of the Savannah
(1987) están situadas en Africa y describen las luchas
del pueblo africano para liberarse de la influencia política
europea", nos dice la Encarta.
Según los críticos, Todo se desmorona,
aparecida poco antes de la independencia de Nigeria cuando
Achebe tenía 28 años, impulsó "la
reconsideración de la literatura en el mundo de lengua
inglesa" y, de acuerdo a Wole Solyinka, fue la primera
novela en inglés que habla desde el interior de un
personaje africano más que presentarlo [en el contexto]
exótico en que lo ubicarían los blancos".
De esta novela se han publicado más de diez millones
de ejemplares en 45 idiomas incluido el español (Todo
se derrumba,1986, y Todo se desmorona, 1998, lo
que la convierte en una de las más leídas del
siglo XX.
Otro Nóbel, la norteamericana Toni Morrison, confesó
que Achebe fue el responsable de su romance con la
literatura africana y una influencia seminal en sus inicios
literarios. "Vivía su mundo de una manera diferente
a la mía [...] insistiendo en escribir fuera de la
visión de los blancos, no en contra de ella [...].
Su valor y su generosidad permean su obra... y es difícil
describir la devastación y el mal de tal forma que
el texto en sí no sea maligno o devastador".
Muy joven, Achua decidió escribir en inglés
y no en ibo, pese a que los tiempos en Nigeria eran de rebelión
y lucha anticolonial. "Fue parte de la lógica
de mi situación", diría a Maya Jaggi en
el 2000, "enfrentar las historias que se escribían
sobre nosotros en el mismo idioma. Escribir en inglés
es una decisión dolorosa, pero no asume uno un idioma
para castigarlo: ese idioma se convierte en parte de uno.
Y tampoco se puede utilizar un idioma a distancia. Se insertan
el inglés y el ibo en una misma conversación,
como lo son en mi vida diaria, y ello es fascinante".
La literatura africana escrita, lo mismo que una parte de
la mexicana, está en deuda con la literatura oral "que
adopta formas muy diversas. Los proverbios y las adivinanzas
transmiten códigos de conducta y a menudo reflejan
la cultura del habitante [...] mientras que los mitos y las
leyendas ponen de manifiesto la creencia en lo sobrenatural,
además de explicar los orígenes y el desarrollo
de los estados, clanes y otras organizaciones sociales de
importancia".
Desde que quedó paralítico en un accidente de
auto en Nigeria, Chinua Achebe vive en Nueva York en donde
escribe y enseña en el Bard College. Hace tres años
publicó el volumen de ensayos Hogar y exilio,
en el que nos lleva de la mano por una tierra de recuerdos
que a los sentidos de un mexicano resulta un paisaje extrañamente
familiar, una suerte de déjà vu espiritual
y literario que podría revelarse, por ejemplo, en un
pasaje de Azuela o, mejor, de Rulfo.
Recuerda cómo en las conversaciones familiares en el
patio del hogar paterno en Ogidi y en la plaza del pueblo
abrevó la historia de los suyos. Ahí supo, por
ejemplo, que en tiempos antiguos, los habitantes de uno de
los pueblos vecinos,
[Llegaron de otras tierras] y pidieron permiso para establecerse
ahí. En aquellos tiempos había espacio suficiente
y los de Ogidi dieron la bienvenida a los recién llegados,
quienes poco después presentaron una segunda y sorprendente
solicitud: que les enseñaran a adorar a los dioses
de Ogidi. ¿Qué había sucedido con sus
propios dioses? Los de Ogidi al principio se asombraron, pero
finalmente decidieron que alguien que solicita en préstamo
un dios ajeno debe tener una historia terrible que es mejor
no conocer. Así que presentaron a los recién
llegados con dos de las deidades de Ogidi, Udo y Ogwugwu,
con la condición de que los recién llegados
no debían llamarlas así, sino Hijo de Udo, e
Hija de Ogwugwu... ¡para evitar cualquier confusión!
¿No tiene un timbre familiar esta leyenda? Algún
lector podría encontrar en ella ecos del realismo mágico
latinoamericano y seguramente tendría razón,
pues ¿de dónde si no del Africa llega al Caribe
esa carga imaginaria que nutre las novelas de Carpentier o
de García Márquez?
El profundo sentimiento religioso de la nación ibo
pudo haber sido la semilla para que abrazaran el cristianismo,
pues según apunta Achebe, "quizá la sola
audacia de que un extraño se trasladase miles de kilómetros
desde su tierra para decirles que estaban adorando a dioses
falsos pudo haberlos dejado con la boca abierta de asombro...
¡y propiciado su pronta conversión!" Lo
que me recuerda un pasaje de otra escritora también
hija de misionero, Perla S. Buck en, creo, Viento del Este,
viento del Oeste, cuando, admirada, le dice a su ayah
que el templo de su padre siempre está lleno de fieles
chinos, a lo que responde la bondadosa mujer algo así
como: "hijita, si alguien es capaz de viajar a través
de los mares para salvar su alma convirtiendo a otros, ¡es
obligación de los buenos budistas ayudarle a ello!"
Insisto en que no es fácil aprehender en su totalidad
el sentido de una literatura de alguien que vivió en
carne propia hasta hace poco bajo el manto del "colonialismo
civilizador" y tenía un pasaporte en donde se
le describía como "persona bajo la protección
británica". Después de todo nosotros los
mexicanos sabemos de nuestra propia colonia por los libros
de historia... si bien vivimos hoy un colonizaje digamos,
sutil, aunque altamente eficaz, cuyo análisis no viene
al caso aquí y ahora.
Achebe fue un ciudadano del Imperio y el Imperio es su principal
referencia literaria. Colonos y colonizados, dice, nunca ven
al mundo bajo la misma luz. "Por ello, los ingleses pueden
presumir que tuvieron el primer imperio en la historia en
el que nunca se ponía el sol, a lo cual un indio podría
responder: sí, ¡porque Dios no confía
de un inglés en la oscuridad!"
A los 27 años Chinua viaja a Inglaterra para estudiar
en la BBC y en Londres, a bordo de un taxi con su hermano,
se enfrenta a lo nunca visto:
Tuve mi primera experiencia de ser conducido por un chofer
blanco. Hice una nota mental de este insólito hecho
y no dije nada. Pero Londres no había acabado conmigo
y procedió a desvelar una visión aún
más increíble. En un embotellamiento vi a un
hombre blanco en ropa de trabajo sucia que rellenaba unos
baches con asfalto caliente. Y entonces tuve que hablar con
mi hermano, en nuestro idioma secreto para que el chofer no
entendiera. Y mi hermano, al parecer inoculado contra tales
maravillas, se burló de mi sorpresa y dijo: "Si
mañana viaja a Nigeria lo llamarían Director
de Obras".
Un rasgo que Achebe comparte con muchos creadores africanos
fue su activa participación en los asuntos políticos
y sociales de su país. Quizá no figure como
ficha en su currículo, pero Achebe es un defensor
del Africa, un escritor que lucha contra los estereotipos
con que el hombre blanco ha etiquetado al continente y cuyas
opiniones provocan dispepsia en la intelectualidad
no negra, como su famosa conferencia de 1977 sobre Conrad
en la que sostuvo, con abundante documentación y brillantes
argumentos, que el autor de El corazón de las tinieblas
fue un racista redondo y redomado, opinión ciertamente
controvertida que provocó que uno de los distinguidos
profesores entre el público exclamara: "¡Cómo
se atreve usted!" antes de abandonar ruidosamente el
auditorio.
Tiene razón Achebe, pues, cuando se ve a sí
mismo como un misionero en reversa, uno más
de la pléyade de los contraescritores del Imperio.
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