Los compromisos a medias no existen. Se
es profesional o se es mediocre. Y si en muchas profesiones
el único peligro que acarrea el éxito es una
eventual indigestión después de algún
homenaje, llegar a ser el columnista político más
influyente del país conlleva otro tipo de riesgos.
Riesgos mortales.
Este caballero de aspecto hosco y contingente,
reservado, que guarda la mirada tras gafas casi negras es,
pues, don Manuel Buendía. A esta hora y en estas fechas
lo encontramos siempre tras el no tan nuevo y no tan grande
escritorio, las manos enlazadas sobre la pulida superficie
o describiendo gestos en el aire, según sea que escuche
o tenga la palabra. De vez en vez, la derecha sube hasta su
cabeza, los dedos muy abiertos, y el meñique traza
una línea.
Este día de
verano del primer año de la séptima década
atiende a un jovenzuelo que se inicia en el periodismo y
oculta su inseguridad tras la arrogancia. Don Manuel escucha
atento. Podría reír, pero sabe que los periodistas
jóvenes son así: con el tiempo unos crecen
y otros empeoran. Decide probar de qué manera está
hecho este ejemplar -que ahora pide, exige, demanda, reclama
información, abundante y en el menor tiempo posible;
es decir, mientras vacía la taza de café-
y don Manuel, el periodista, no el señor Buendía,
funcionario, toma la palabra. Es cordial pero implacable:
Si usted no precisa antes que nada los términos
y alcances del tema que pretende abordar, si no le pone
límites claramente definidos, se va a meter en un
berenjenal espantoso. Créame. No hay oficina de prensa
que pueda ayudar a un reportero que no sabe desde el principio
qué es lo que quiere. ¿Usted pretende ser
un profesional de la información? Comience por actuar
como tal.
No es posible que
usted se presente aquí con una solicitud de datos
más larga que la lista de necesidades del país.
¿Está usted seguro de que quiere escribir
un reportaje? Porque más pareciera que anda recopilando
documentación para una enciclopedia. No permita que
una oficina de prensa haga el trabajo de usted, compañero,
porque entonces habrá dado el primer paso en ese
cortísimo camino que conduce a la mediocridad profesional.
El azoro en la expresión
y un creciente rubor en las mejillas son la respuesta de
este joven periodista, que balbucea una rápida despedida
ya camino a la puerta. La mirada de don Manuel lo sigue
y el dedo meñique vuelve a trazar un surco, de la
coronilla a la nuca.
Viva amistad
Las formalidades de
la cena concluyeron hace más de dos horas y durante
ese mismo tiempo, en la improvisada tertulia, la última
copa se ha multiplicado al calor del diálogo vehemente.
¿Tiene este país el periodismo que necesita?
¿Son los columnistas un efectivo contrapeso político?
"¡Las oficinas de la prensa fueron diseñadas
para manipular la información!" El joven reportero
habla sin azoro o rubor. En estos últimos días
del tercer año de la séptima década,
su bitácora se ha engrosado. Hay aplomo en sus juicios,
no importa que sean atropellados. Don Manuel, el del elegante
terno azul oscuro y la corbata discretamente contrastante,
asiste en silencio a esta parte de la discusión.
Dos días después hará llegar un recado
al joven reportero. Y en el primer mes del cuarto año
de la séptima década, el señor Buendía
y el reportero se convierten primero en compañeros
de trabajo y después son amigos. En los años
siguientes el respeto, la confianza, la cordialidad, la
camaradería, la simpatía, el afecto y la devoción,
van siendo otros tantos nudos en esa amistad. Hasta que
al atardecer del trigésimo día del quinto
mes del cuarto año de la década octava, esa
amistad se vuelve recuerdo. Profundo, vivo, vehemente. Pero
recuerdo al fin.
Periodista completo
Diálogo del
periodista consigo mismo:
-Si un lector de don Manuel se acercara a ti para conocer
su personalidad, ¿tendrías palabras para llenar
el recuerdo?
-Quizás, aunque
en estos momentos las palabras parecen haber perdido fuerza.
Diría sin embargo que a lo largo de estos años
nunca dejó de maravillarme la intensidad con que
él vivía, su pródiga vida interior,
la vehemencia de su compromiso profesional, su valentía,
honestidad y patriotismo. Fue un enemigo declarado de la
mediocridad, de la solemnidad y de la prepotencia. Solía
decir:
No hay enemigo más peligroso que la secreta fraternidad
de los mediocres. Están por todas partes, y como
cierta clase de individuos, se reconocen entre sí
como un leve movimiento de pestañas, y a veces sin
pestañear siquiera. La primera ley de los mediocres
es la consigna de destruir a los que no lo son. Para pasarla
bien tranquilos -dicen-, no hay como ser medianos.
-Me parece que Don
Manuel fue un periodista completo.
-Eso opinábamos
muchos. En los últimos siete años se le tuvo
por el más influyente columnista político
mexicano, pero él nunca se apoltronó en esa
cómoda butaca. Siempre buscaba afinar su desempeño
profesional. Una vez dijo a unos jóvenes de una generación
de periodistas a la que apadrinó, que la formación
del periodista jamás concluye. "Un minuto antes
de la muerte debemos estar contentos porque supimos algo
nuevo, pero ansiosos porque quizá ya no tengamos
tiempo de comunicarlo". Él sabía que
un periodista nunca puede llegar a sentirse completo.
-Entonces fue maestro
de muchos...
-Pero en la medida
en que supo a su vez reconocer maestros propios. Don Manuel
predicaba que la responsabilidad de un ser humano es la
construcción de sí mismo, y eso entraña
una labor cotidiana en el estudio, en la reflexión,
en la autocrítica, en el ejercicio profesional diario.
Supone también acercarse a otros seres humanos y
aprender de ellos. En este sentido él tuvo muchos
maestros. Cuando el periodista cree haber llegado a la cima,
solía decir, en ese mismo instante comienza su decadencia...
entre otras cosas porque las cimas suelen ser espacios muy
reducidos.
-¿Cuál
sería otra de sus características profesionales?
-Que si bien destacó
en la praxis, como reportero, director de un diario, columnista
y funcionario, la teoría no le fue ajena. A través
de la cátedra -que ejerció hasta el último
día- y la reflexión profunda, aportó
valiosos elementos para la edificación de una teoría
mexicana de la comunicación social. No fue éste
un trabajo de gabinete y, por lo tanto, el producto de sus
observaciones se difundió en algunos círculos,
aunque de manera no sistemática o masiva.
-Recuerdo que don Manuel
insistía constantemente en que la comunicación
social es un elemento constitutivo del poder. En alguna
ocasión dijo que una comunicación democrática
ayuda decisivamente a construir una sociedad democrática,
mientras que una comunicación autoritaria es causa
y efecto de una sociedad autoritaria.
-También dijo
que de la clase de periodismo que tenga un país dependerán
en mayor medida su éxito o retraso en la búsqueda
de la justicia y la democracia, su independencia política
y económica, el desarrollo de la consolidación
de sus instituciones nacionales.
-Pero el señor
Buendía no se limitó a declarar su interés
por lograr una comunicación social al servicio de
las mejores causas nacionales. Por ejemplo, durante su paso
como funcionario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología,
organizó un programa de formación de recursos
humanos para la comunicación social que incluía
desde seminarios y conferencias hasta becas de grado y especialización
técnica en el extranjero.
-¿Y que me dices
de los manuales y guías que entregó a dependencias
oficiales y organizaciones cívicas como una contribución
para ayudar a mejorar la comunicación entre gobierno
y gobernados?
-Sí. Tuvo una
gran capacidad de trabajo. Decía que la comunicación
es el proceso humano por excelencia. Y nada que atañera
al hombre y a su sociedad le fue ajeno.
Imágenes
en una nuez
Buceamos en el recuerdo
y vamos sacando las piezas de un rompecabezas con el que
armamos una imagen que creíamos harto conocida, pero
que ahora vemos que tenía más dimensiones:
"Cuando me enteré que había sido asesinado,
con el dolor tuve una enorme sensación de desamparo",
dijo la escritora. Y la periodista: "Me parece como
si se hubiera perdido la única garantía de
que todo iba a ir bien". Y el columnista: "Increíble
que encontrara tiempo para enviarme comentarios sobre mis
escritos". Y el alumno: "Eramos once en el grupo
y entregamos cinco trabajos cada uno; todos los regresó
al final del curso con numerosas anotaciones". Y el
amigo: "Fui un muchacho problema; don Manuel me consiguió
un empleo y me obligó a estudiar. El día que
me recibí él estaba ahí, en primera
fila".
Durante mucho tiempo
estuvo colgada en la pared de su despacho, montada en un
sencillo marco de madera, la instantánea de un recién
nacido. Al calce, en máquina, ostentaba la siguiente
leyenda: "Se llama Manuel, porque gracias a usted pudo
nacer. Mi compañero y yo le estaremos eternamente
agradecidos. 'N´ y 'N´, revolucionarios
"
Don Manuel fue un patriota
que creía que la grandeza de un país se construye
de diversas maneras. Por ello defendió a exiliados
políticos, incluso contra funcionarios del gobierno
mexicano. Son historias que poco a poco se irán conociendo.
Los compromisos a medias
no existen. Se es profesional o se es mediocre. Y si en
muchas profesiones el único peligro que acarrea el
éxito es una eventual indigestión después
de algún homenaje, llegar a ser el columnista político
más influyente del país conlleva otro tipo
de riesgos. Riesgos mortales.
Don Manuel recibió
amenazas telefónicas y escritas en diversos momentos.
Un grupo extremista llegó incluso a mancillar las
puertas de su domicilio privado con propaganda fascista.
No se puede poner en letras de molde, en los diarios de
mayor circulación, el nombre del jefe de la estación
de la CIA en México, o el juramento secreto del más
secretero, más fanático y más violento
grupúsculo de una organización ultraderechista
como los tecos, o el teléfono y dirección
de un traficante internacional de armas, o las cifras -monto,
reparto, números de cuentas bancarias, folios del
registro público de la propiedad- de la corrupción
de la industria petrolera, o los negocios privados de funcionarios
públicos, o los enjuagues del clero político,
sin incurrir en graves malquereres.
Cuando algunos amigos
expresamos temores por la seguridad de don Manuel, él
respondió: "Tengo miedo yo también, desde
luego. Sólo los imbéciles no conocen el miedo.
Pero no por eso voy a dejar de escribir".
Y escribir fue lo que
hizo. Dando siempre la cara. Asumiendo serenamente las responsabilidades
que impone el ejercicio periodístico. El asesino
lo localizó fácilmente, pues don Manuel nunca
se ocultó.
Si hay un tiempo para
pasar y un tiempo para vivir, resulta que lo pasado cabe
en una nuez y lo vivido no se puede medir.
¿En las hojas
de cuál calendario cabría toda la intensidad
de un tiempo que se vuelve sobre sí mismo y se enriquece
en su propia sustancia?
Los recuerdos no se
pueden deshojar uno a uno cuando son hijos de un acontecer
intenso y vehemente en donde todos los espacios fueron copados
por el afecto. Son criaturas que se multiplican y entrelazan
unas con las otras, imposibles de aislar, palpitantes y
dolorosas en su existir sin tiempo, presentes e inaprehensibles
a la vez, dulces y amargas, exigentes hasta dejarnos exhaustos,
adoloridos, ahítos de sentir que el recuerdo es más
de lo que podemos soportar y al mismo tiempo lo único
que podemos tener.
Doblan las campanas,
pues. Doblan por don Manuel. Pero también doblan
por nosotros. Por todo el tiempo, por toda la amistad, por
todo el amor, por todas las cosas que se quedaron pendientes.