Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo
las mercaderías salían de algún lugar
de Babilonia y una caravana de camellos las llevaba hasta
los almacenes del destinatario. Pero el número de mercancías
transportadas no siempre coincidía con el que llegaba
a su destino final. Por el camino podía pasar cualquier
cosa: pérdidas por merma, por robo o por las causas
más dispares. Así, remitente y receptor estarían
obligados a aceptar aquellos cuentos en medio de la incertidumbre
desprendida de la palabra del transportista truhán.
Cierto o falso, la historia dice que a
alguien deseoso de torcer aquella ignorancia se le ocurrió
establecer una serie de marcas sobre unas tablillas de barro
que circularían con las mismas mercancías: si
el transportista no entendía el significado de aquellos
signos, el receptor si los reconocería y sabría
la cifra exacta de los bultos o tinajas enviadas por su corresponsal
mercantil.
Así, un mensaje que circula entre un
emisor y un receptor suele generar utilidad para ambos.
Se intercambia un bien que les sirve para la acción,
para la presión, para su contacto mutuo
El
emisor da una orden, el receptor la acata o se rebela; el
emisor manda un dato, el receptor se da por enterado, lo
utiliza y se pone a actuar en consecuencia; quizá
el receptor a su vez envíe otro dato, dé su
consentimiento o exija algo a cambio. En fin, múltiples
posibilidades. Normalmente, si la comunicación no
es rentable para ninguno de los dos, desaparece, se apaga:
emisor y receptor la dejan morir.
En medio de ambos el mensaje circula, ajeno
al interés que pueda existir. ¿Se han escrito
alguna vez los derechos y deberes de los mensajes? Los mensajes
son pasivos soportes sostenedores de intereses de otros.
Emisor y receptor se intercambian mensajes como los niños
lo hacen con los cromos, sin consultar nunca al cromo su
lugar de pertenencia. ¿Qué importa el cromo?
¿Qué derechos tiene? ¿A quién
le preocupa lo que piensa el cromo sobre todo esto? ¿Acaso
alguien cree que el cromo piensa?
Con aquellos signos grabados en una tablilla
de barro se puso una primera piedra en el edificio de emplear
la información como control social -en un fenómeno
de comunicación-control-, según un procedimiento
que se ha ido repitiendo a lo largo de la historia de la
humanidad, desde aquel instante auroral de la tablilla con
datos codificados y desconocidos por el transportista.
La historia cercana ha corroborado infinidad
de episodios donde aparece con claridad meridiana el emparejamiento
información-control social, aunque a veces estos
pasan inadvertidos. Lo vimos en la prohibición egipcia
de exportar papiro a Pérgamo, para arruinar sus posibilidades
de plasmar la información-poder en un soporte físico,
y lo volvimos a encontrar en la ficción de Umberto
Eco, cuando en El nombre de la rosa contemplamos
el interés por ocultar la información desprendida
de un libro que animaba a la risa, considerada pecaminosa
por el ser amargado que trató con gran afán
de evitar el conocimiento (información, poder, comunicación
social) que se pudiera extraer de aquella Poética
prohibida por sus convicciones. Así, de ese modo,
ha sucedido desde tiempos inmemoriales.
Con los diferentes sistemas de control social
por medio de la información-comunicación social
sucede lo mismo que con la mentira: repetida mil veces empieza
a ser tomada por verdad. También ha sucedido así
desde los tiempos de la propaganda nazi hasta los más
cercanos de la emitida en la reunión escandalosa
de Azores: esas islas atlánticas no se merecían
pasar a la historia por plantarse en ella la semilla siniestra
de la mentira tripartita acerca de Iraq.
Pasa con un sistema oficial de control social
sobre bases informativas que el público lo acaba
viendo como algo normal y natural, como algo necesario.
Veamos el caso que nos anima a preparar estas líneas.
En muchas películas de Hollywood hemos visto cómo
el funcionario que sospecha de una persona espera a que
ésta beba algo; luego, aprovecha la oportunidad para,
sin que se den cuenta, meter el vaso en una bolsa de plástico,
con el fin de analizar las huellas dactilares y comprobar
si coinciden con las halladas en el lugar del crimen. A
cualquier espectador español, esa secuencia le parece
sobrante o ridícula y a todas luces innecesaria:
a ningún agente español -en una película
o en la realidad- se le ocurre ese episodio de buscar las
huellas en un vaso de agua, vino o cerveza: simplemente
acude al banco de datos de la Dirección General de
Policía, donde están todas las huellas de
todos los españoles y acabamos antes
Imagínense
lo que significa un banco de datos donde se encuentran todas
las huellas de todos
los súbditos, todo ello
producto del control social iniciado en una dictadura -la
franquista- y, vistas sus bondades
policiales, continuado
en una supuesta democracia, donde ha sido mejorado ese control
informativo sobre la población de súbditos,
después de haber creído en una transición
que no fue tal sino una transacción, que ha hecho
posible que un joven neofalangista haya llegado a presidir
un gobierno. Transición y transacción son
palabras cercanas, pero dispares.
Ese control social iniciado en la (¿última?)
dictadura española se llamó DNI (Documento
Nacional de Identidad) y se depuró en la aparente
democracia, con el añadido de una letra de control,
que se hizo pasar por un número de identificación
fiscal (NIF): el tiempo ha demostrado que no es otra cosa
que una depuración del número de ficha que
tiene todo hijo de vecino, que con esa letra de control
se diferencia de quien se llame como él, que es algo
más frecuente de lo que cualquiera puede pensar,
aunque tenga nombres y apellidos poco usuales. Parecía
lógico, además, que si se precisaba un número
de identificación fiscal esa gestión y hechura
estuviera en manos del fisco, del Ministerio de Hacienda.
Al no ser fiscal sino policial, se ocupa del mismo el Ministerio
del Interior, a través de la Dirección General
de la Policía: se ha engañado y se ha querido
hacer pasar la voz policial por fiscal. España
va bien y sigue siendo diferente.
Ese DNI, copiado en otras dictaduras, es una
verdadera ficha policiaca, con foto y filiación completa,
que es como se dice en ese ambiente. La ley obliga a todos
los súbditos a pasar por el aro policial y sacarse
el carnet personal de identificación a una temprana
edad de 16 años, si no antes, con todos sus datos
y con las correspondientes huellas dactilares del personal.
Además, es el propio público quien financia
su fichaje policial, con las tasas que ha de abonar a la
Dirección General de la Policía por dar sus
datos más íntimos, como son sus huellas dactilares.
Tal vez algún día, algún juez, más
allá del estrellato, denuncie la intromisión
oficial que supone extraer a todo ciudadano, convertido
en súbdito, información tan sensible como
las huellas de sus dedos, ante la posibilidad de que ese
ciudadano-súbdito se las tenga que ver algún
día con la policía, ir ante la justicia por
algún delito donde queden sus huellas como testigos
de su acción delictiva. Esto es muy fuerte, muy poco
defendible en una democracia sin más, sin apellidos
que la desvirtúen. No es el caso español,
como se ve.
Al llegar la democracia supuesta, a algunos
gobernantes les dio algo de vergüenza y dejaron de
poner las huellas en el carnet físico que cada persona
está obligada a llevar siempre consigo, so pena de
ser considerado indocumentado, con lo que ello policialmente
implica. Lo importante se mantenía, todas las huellas
de todos los españoles están en manos de la
policía, y no la de un sólo dedo, sino varias,
para evitar errores. Es como si todos los españoles
fueran potencialmente sospechosos de cometer algún
día un delito y por eso la policía democrática
(Alemania democrática) ya se ha adelantado a la jugada
con las bendiciones gubernamentales y de esa manera acaba
antes su trabajo investigativo.
¿Medida mercantil?
En febrero pasado se aprobó el DNI
electrónico: una tarjeta que lleva incorporado un
chip para que el control social se haga mejor. Javier Cremades,
abogado y presidente del Observatorio del Notariado para
la Sociedad de la Información en España, ha
expresado --en El País del 21 de febrero--
que es para garantizar las transacciones en línea,
para paliar el déficit de seguridad existente hoy
y subraya:
Ha comenzado a hacerse realidad lo que hasta ahora no
había sido más que una quimera: la posibilidad
de que todos, como ciudadanos, podamos relacionarnos con
la Administración y empresas por medios telemáticos,
sin necesidad de salir de casa.
¡Qué bonito! Es muy bonito, sobre
todo cuando se descubra realmente qué datos ponen
en ese chip que nos quieren endosar. ¿No será
que nos ponen más cerca de un Gran Hermano más
tenebroso que el hortera de la tele sucia? Al tiempo.
En todo caso, hay dos detalles en esas manifestaciones
publicadas con el silencio del periódico que merecen
un breve comentario: se pone el chip "para garantizar
las transacciones" y "para paliar el déficit
de seguridad existente". No especifica qué tipo
de transacciones, si comerciales
o de datos policiales.
Tampoco se aclara cuál es el déficit de seguridad,
si es de tipo bancario o mercantil o si obedece a la histeria
de todos: terroristas. Las transacciones mercantiles,
por ejemplo, las bancarias, hace tiempo que están
establecidas y son seguras: el banco con el que vas a operar
por vía telemática (o telefónica) te
despacha una tarjeta sin chip ni huellas dactilares
y cuando vas a hacer una operación te pide el número
identificación personal y/o la clave secreta. La
transacción, la operación, se realiza sin
problema alguno y con toda la seguridad de que quien emplea
esa tarjeta es su legítimo usuario. Este problema
del uso por otra persona es igual con chip que sin
chip. No es cierto eso de la seguridad en la transacción.
Si realmente se tratara de una medida mercantil, ¿no
tendría que estar emitido ese documento por el Ministerio
de Economía, a través de su Dirección
General de Comercio? Pues no, sus protagonistas son el Ministerio
del Interior y la Dirección General de la Policía:
el control social, al fin y al cabo.
Estas medidas de control empiezan y siempre
van a más. En el caso español: salvoconducto,
DNI, NIF y ahora el chip.
Cuando Washington tomó la determinación
de fichar a los viajeros que llegaban a su país,
aunque fuera de paso, inició el mismo camino que
dio comienzo en la España franquista con el documento
nacional de identidad, sólo que ahora restringido
a los extranjeros. Cuando la policía estadunidense
empiece a comprobar los beneficios de tener foto y huellas
dactilares de tantas personas potencialmente sospechosas,
¿qué impedirá con un gobierno como
el de Bush a no ir más allá, a extender ese
control primero sobre comunidades menos privilegiadas, para
acabar imponiéndolo a toda la población, en
pro de la seguridad nacional y del patriotismo? Así,
hasta el chip del presidente Aznar.
Decíamos antes que emisor y receptor
se intercambian mensajes como los niños lo hacen
con los cromos, sin consultar nunca al cromo si quiere ser
intercambiado. ¿Qué importa el cromo?¿Qué
derechos tiene? ¿A quién le preocupa lo que
piensa el cromo sobre todo esto? ¿Acaso alguien cree
que el cromo piensa?
En el caso que nos ocupa, el cromo somos nosotros,
las personas que creíamos ser personas y tan sólo
somos mensajes, cromos con ficha policial y chip
que adjunta nuestras huellas y nota biográfica a
una clave. Los ciudadanos, convertidos en cromos de intercambio
entre emisores y receptores que van a lo suyo. Los ciudadanos,
todos sospechosos. Ese es el mensaje. Sospechosos todos,
somos el mensaje de una conversación preventiva -como
la guerra ilegal del tripartido de Azores contra Iraq--
en la que no tenemos otro papel que el ser pasivamente leídos,
es decir, controlados.