Hay por supuesto unos periodistas mejores
que otros; pero sería más exacto decir que hay
periodistas que estudian y trabajan más que otros.
La diferencia no está, pues, en el vestir y en el andar.
Lo que hace la diferencia es el esfuerzo que se ponga para
alcanzar estos dos objetivos: la posesión real del
idioma y el desarrollo de un estilo.
El 21 de febrero de 1984, en un seminario
sobre periodismo organizado por la Dirección General
de Información y Relaciones Públicas de la SEP,
Manuel Buendía habló acerca del estilo. Las
balas que asesinaron por la espalda al gran periodista mexicano
también hicieron más vital, más valiente,
más necesaria cada página suya. Su muerte es
la prueba trágica e irrefutable del poder de las palabras.
Lo que Buendía comentó en aquella
ocasión estuvo dirigido a un grupo de jóvenes
periodistas y estudiantes de periodismo. Es válido
para todos al margen de su edad y sus años en el
oficio.
Constituye una gran parte del gran testamento
que representa su obra en conjunto. Buendía entendió
que nuestra catástrofe actual es también una
crisis de lenguaje. Su autoridad en este campo no requiere
ponderación: Manuel Buendía no hubiera llegado
a ser lo que será siempre si no fuese también
uno de los grandes prosistas mexicanos.
Excelente maestro y expositor oral, sin duda
Buendía hubiera revisado la transcripción
xerográfica antes de publicarla. Aquí sólo
es posible ofrecer un resumen de un texto que representa
su última palabra en torno a una de sus preocupaciones
más evidentes y menos conocidas. Cuando se haga la
indispensable recopilación de sus trabajos dispersos,
aparecerá en su integridad esta conferencia la que
no resulta exagerado llamar discurso del estilo.
Un grito de alarma
Aquel 21 de febrero Antonio Rodríguez
afirmó:
Baudelaire dijo que Daumier despertaba todos los días
al pueblo de París con una sonrisa
Nuestro
huésped de hoy despierta también todos los
días, a los lectores de la prensa nacional, ávidos
de conocer lo que pasa en el país y en el mundo,
con algo más tenso que una sonrisa: con un grito
de alarma. El revela, denuncia, critica, pone al descubierto
lo que corroe la vida de la nación y perjudica los
intereses del pueblo; pero no lo hace con la voz agria del
amargado, sino con la conciencia tranquila de quien está
cumpliendo un deber. Por eso la sonrisa forma parte de su
lenguaje: es inherente a su personalidad y a su estilo,
no comprenderíamos su columna sin el buen humor que
la vuelve atractiva, de fácil lectura, elegante,
aunque con cierta frecuencia hiriente
Manuel Buendía
despierta al pueblo de México ayudándole a
crear una conciencia cívica, con un lenguaje irradiado
por la gracia que hace más contundente la verdad
y la crítica.
Al comienzo de su intervención, Buendía
habló del periodismo como una actividad en que el
aprendizaje no termina nunca. Un minuto antes de su muerte,
el verdadero periodista debiera estar preocupado por tener
tiempo para comunicar lo que acaba de saber y aprender.
Decía Chesterton que el periodista es el hombre que
se quedó sin profesión. Traducido esto a nuestro
lenguaje familiar, diríamos que somos aprendices
de todo y oficiales de nada.
Justo en el instante de proclamarnos dueños
del saber y la perfección, se inicia la decadencia.
Como ya somos perfectos, descuidamos la lectura, silenciamos
la autocrítica y desdeñamos la crítica
externa... si es que alguna vez la admitimos sinceramente.
Y entonces el lenguaje empieza a enmohecer;
nos marginamos de las nuevas formas de expresión;
nos quedamos a la zaga de los avances del periodismo que
atañen a los redactores; dejamos que otros nos superen
en aquellas especialidades en las que habíamos logrado
destacar un poco; y, en fin, de pronto nos damos cuenta
de que hemos perdido clientela, público, que ya casi
nadie se acuerda de nosotros, y no importa si decimos o
callamos
Se dice que los médicos no se preocupan
mucho de sus errores porque los entierran. Pero los periodistas
publicamos los nuestros. Aunque lo intentemos, no es posible
esconder nuestra ineficacia. Si hoy escribimos mal, o siquiera
un poco deficiente, mañana se publicará tal
cual o quizá peor, cuando a nuestra imperfecta redacción
se agreguen erratas de tipografía, para mayor vergüenza
de nosotros
(En la última "Red Privada"
que alcanzó a ver impresa Buendía insistió
en este obstáculo: Es imposible llegar al fondo
de una información periodística si no se saben
sortear las fallas de puntuación, los solecismos,
las faltas de ortografía que cambian el sentido de
las palabras y, sobre todo, el problema que representa la
pérdida de líneas enteras o la trasposición
de otras. Pero, después de todo, esto es lo que hace
la lectura de los periódicos mexicanos mucho más
emocionante).
El periodismo como género literario
Hay por supuesto unos periodistas mejores
que otros -continuó-; pero sería más
exacto decir que hay periodistas que estudian y trabajan
más que otros. La diferencia no está, pues,
en el vestir y en el andar. Lo que hace la diferencia es
el esfuerzo que se ponga para alcanzar estos dos objetivos:
la posesión real del idioma y el desarrollo de un
estilo.
Con base en sus 25 años de docencia,
afirmó que la primera falla de muchos estudiantes
consiste en no saber ortografía. Quien la ignora
desconoce también la sintaxis. A partir de un artículo
del propio Antonio Rodríguez, Buendía evocó
a José Alvarado. Alvarado escribió bien por
vocación (Pedro Ocampo Ramírez dice que era
incapaz de escribir mal), pero asimismo gracias a un oficio
al que consagró la mayor parte de sus desvelos y
la más severa de sus disciplinas. Alvarado escribió
bien por el alto respeto que le mereció el periodismo.
No es "barata artesanía sino un
género literario cuyas exigencias, si cumplidas,
crean belleza". Un ejemplo de lo que puede ser el periodismo
está en el artículo de Rodríguez por
"la exactitud y galanura del lenguaje", "la
precisa construcción de las frases, no mecánica
sino artística" y la forma en que palabras de
uso común aparecen allí bajo una nueva luz.
"Está magia se llama estilo."
Releamos, pues, a José Alvarado;
busquemos otra vez las viejas crónicas y artículos
de Renato Leduc; analicemos a Martínez de la Vega,
a Granados Chapa, a Poniatowska, a Carreño Carlón,
Aguilar Camín, Angeles Mastretta, Reyes Razo, García
Soler, Luis Gutiérrez, Monsiváis, Cristina
Pacheco
Hagamos esto y sabremos lo que es estilo.
Añadió el nombre de Enrique
Ramírez y Ramírez, "uno de los mejores
articulistas que he conocido". Y halló características
comunes en la diversidad de buenos estilos periodísticos:
Una de ellas es la antisolemnidad. Son solemnes los culteranos,
los retóricos, los zafios y los impotentes. La solemnidad
es un refugio para quienes pretenden esconder su incapacidad
ante el desafío permanente del periodismo, que consiste
en saber enfrentar las mayores complejidades -descripción
o razonamiento- con un lenguaje fresco, ágil, sencillo,
ameno y perfectamente capaz de crear belleza literaria.
En rigor, "El periodismo es un género
que no cede en rango a ningún otro".
La posesión del castellano
El periodismo podría definirse como
literatura practicada bajo presión: las emociones,
las circunstancias, la tiranía del reloj aumentan
la dificultad de crear con el lenguaje los valores de la
exactitud, la brillantez, la eficacia y aun el disfrute
estético. Un escritor puede tomarse semanas, meses
y hasta años para terminar una obra. Un periodista
tiene que vérselas todos los días con sus
apremios. De ahí que constituya un mérito
la redacción simplemente correcta de una noticia
o un reportaje y se alcance un estadio superior cuando el
periodista, con la simple alquimia de su estilo, crea arte
literario.
La otra característica que Buendía
encontró en sus ejemplos es la sólida posesión
del castellano: no incurrir en solecismos, no abusar del
hipérbaton, aplicar las normas sobre el régimen
de los verbos, no ponerse trampas con las anfibologías.
Como la arquitectura, el estilo no es adorno ni exterioridad
sino un resultado final que requiere una base sustentante.
La gramática es el sustento del estilo.
Si no se aplican las reglas de la sintaxis a la construcción
de cada frase, no habrá estructura sobre la cual
pueda edificarse el estilo. Nada se inventa: uno está
siempre sujeto a normas básicas que son fuente de
armonía y florecimiento del lenguaje.
Ni obra del azar ni factor hereditario, el
estilo es resultado de una búsqueda personal, voluntaria,
incesante. El brillo y la textura se pueden perder por descuido
o indolencia. El estilo no se adquiere de una vez por todas:
exige constante vigilancia, cuidado y pulimento.
La obligación y dicha de leer
Según Buendía, el paso fundamental
para la adquisición de un estilo se halla en dos
decisiones: rebelarse contra la mediocridad y lograr formas
personales de expresarse, sin miedo a las responsabilidades
y esfuerzos que aguardan en el camino. La búsqueda
comienza con un honrado examen de nuestros conocimientos
gramaticales. No importan los años consumidos en
el aprendizaje y en la práctica: jamás acabaremos
de entender, nunca llegaremos a dominar totalmente las complejidades
de nuestro idioma: "el más hermoso, pero uno
de los más difíciles".
Sean cuales fueren su edad y su experiencia,
a nadie le viene mal meterse a un buen taller de redacción
y, en primer término, multiplicar extraordinariamente
sus lecturas. Una receta eficaz para no salir nunca de la
mediocridad es leer poco: sólo un periódico
al día, una revista a la semana, un libro cada tres
meses. En cambio, la lectura abundante suele dar resultados
tan generosos que hasta remedia la mala ortografía.
Ahora que la SEP y el FCE los han puesto al alcance de todos,
no hay excusa para dejar de leer o releer a Arreola, Fuentes,
Paz, Rulfo, Vasconcelos
Debe ser deleitosa pero también crítica
la lectura. Nada que llegue a nuestras manos ha de salir
de ellas sin reflexión y análisis. La imitación
es un camino sesgado y eficaz para construir el estilo.
Hay que escoger bien nuestros modelos porque los malos modos
de escribir se pegan como los cardos y, en cambio, las cualidades
de los buenos escritores son difíciles de desentrañar
y aprender y todavía más arduos de imitar.
Una dosis controlada de imitación intencional sobre
un estilo excelente puede servir de disparador al estilo
propio. Buendía subrayó que no trataba de
incitar al plagio, pero recordó la frase del poeta
que, acusado de plagiario, se defendió diciendo:
"Tomo lo mío donde lo encuentro".
Redactar todo el día
La siguiente clave consiste en hacerse devotos
cultivadores de la conversación, un magnífico
ejercicio que se refleja en el arte de escribir. Nadie puede
dar lo que no tiene: nadie será capaz de plasmar
belleza literaria en las páginas de un libro o de
un periódico si no se nutre constantemente con la
abundancia verbal. La conversación, a diferencia
de las charlas banales, afina y disciplina el léxico
y lo enriquece con los destellos de otros estilos. El mejor
conversador es siempre el que sabe escuchar.
Hay una última receta: Manténgase
redactando todo el día. Se puede redactar en sueños
o durante las faenas del aseo personal.
Cuando uno va prisionero en el taxi, el
autobús o el Metro se pueden hacer preciosos ejercicios
de redacción. En la pizarra de la imaginación
se intentan descripciones de los objetos y personas que
nos rodean: la gimnasia mental no tiene límites.
Buendía citó a James Thurber:
Nunca sé con seguridad cuando no estoy escribiendo.
A veces en una fiesta mi mujer se acerca y dice: "Thurber,
para de escribir, maldita sea". Por lo general, me
agarra a la mitad de un párrafo. O bien, cuando está
comiendo, mi hija levanta la vista de su plato y pregunta:
"¿Papá está enfermo?" Y mi
mujer le contesta: "No, está escribiendo algo".
Aquí termina mi recetario -concluyó
Manuel Buendía-. Si después de esto un
redactor en busca de estilo no lo encuentra, será
por cualquiera de estas dos causas: no servía ninguna
de mis recetas, o él nació así, sin
estilo. En este último caso, bastará que trate
de redactar con básico respeto a las reglas de la
gramática. Los lectores quedarán moderadamente
agradecidos.
Retomemos su última frase para
decirle: Adiós, Manuel Buendía. Tus lectores
te estamos no moderadamente sino total y eternamente agradecidos.
Supiste vivir y morir por nosotros. No te olvidaremos mientras
tengamos vida.