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Muchas veces me he preguntado
cuántos libros, cuántas piezas sinfónicas,
cuántos poemas, cuántas pinturas... en fin,
cuántas obras de arte nos han arrebatado la cordura,
la mesura, la sensatez, la pertinencia y lo políticamente
correcto.
La historia vibra con una larga lista de ejemplos de cómo
desde la locura, los excesos, las renuncias, el placer o el
sufrimiento, se han gestado las mejores obras de arte de la
humanidad. Pero, además, la misma historia nos enseña
que tales obras se han concebido en primer término
para y por el placer de quienes las escriben, aquellos espíritus
que se han permitido el gozo personal de crearlas sin que
les haya importado el compartirlas o no.
Por lo tanto, agradezco con humildad todos y cada uno de los
excesos que han permitido el camino para acercarnos y llenarnos
de placer con el arte vertido en obras diversas.
Una de ellas es, sin duda, la literatura desafiante de Henry
Miller.
"No tengo dinero, ni bienes, ni esperanzas. Soy el hombre
más feliz sobre la tierra. Hace un año, hace
seis meses, creía que era un artista. No pienso más
en ello, lo soy. Todo lo que no era literatura me ha
abandonado. Ya no hay más libros que escribir, a Dios
gracias", escribió Henry Miller en Trópico
de Cáncer (1934), el libro con el que decidió
convertirse en escritor, el libro que es símbolo de
la liberación de los asuntos mundanos, el libro por
el que Miller soltó amarras y se fue de Estados Unidos
para respirar un aire que le permitiera escribir, aire que
encontró en París, donde dio rienda suelta a
la pluma, a la imaginación y al espíritu.
Para encontrarse con su destino Miller abandonó su
patria y dejó atrás una larga lista de empleos
que nunca le satisficieron, una hija y una familia de la que
ponía distancia. Pero en su maleta empacó para
llevar consigo sus recuerdos, la nitidez de las sensaciones
y la brillantez de los argumentos que le hicieron rechazar
ese modo de vida, que le hicieron comprender que debía
preocuparse por la comida justo en el momento de experimentar
hambre y no antes. Dejó de preocuparse por el mañana
con tal de tener un techo y una máquina de escribir
para ejercer hoy su oficio de escritor, naturaleza que no
apareció en él, como sucede a menudo, cuando
se publica, cuando la crítica admite la obra del escritor.
No, la condición de escritor de Henry Miller se manifestó
cuando comenzó a escribir y tuvo la certeza de que
ése, y no otro, era su oficio y destino.
Años después, cuando se levantó la prohibición
que pesaba sobre sus libros, mucho se escribió acerca
de Miller. Pareció que la sociedad estadunidense reconoció
la necesidad de pensar sobre la satanización a la que
había sometido a este magnífico escritor. Estados
Unidos -frecuente paradoja en la historia de ese gran pueblo--
rechazó y lastimó la literatura de Miller como
antes lo había hecho con el jazz, la única música
nacida en Estados Unidos que puede considerarse emblemática
de ese país.
El ritmo que dio identidad al vecino del norte fue primero
valorado fuera del territorio estadounidense porque en su
cuna fue estigmatizado o simplemente rechazado. Lo mismo la
obra de Henry Miller, un hombre producto de su tiempo y de
su sociedad, anatematizado en Estados Unidos mientras que
en Europa se le valoraba como lo que él deseaba ser:
un escritor. No suena descabellado que se trate del rechazo
a la imagen que el enorme espejo de los libros de Miller ofrece
de Norteamérica. El despegue de Miller como escritor
se realizó en Europa y sólo entonces pudo regresar
a continuar su trabajo en Estados Unidos.
Debemos considerar que, como sucede a menudo con nuestra propia
vida, para lograr capturar con nitidez los recuerdos el mejor
camino es poner distancia de ellos. Ese despiadado retrato
que Miller ofrece de la familia, del amor, del éxito,
de la prosperidad, de la competencia y de todos aquellos valores
tan preciados para los estadunidenses, no accidentalmente
fue concebido fuera de su país.
Trópico de Cáncer se publicó por
vez primera en París en 1934 y no fue sino hasta treinta
años después que una editora de Estados Unidos
se atrevió a romper la prohibición que pesaba
sobre la obra de Miller, por lo cual tuvo que responder ante
los tribunales de varios estados, a pesar de que el escritor
era miembro de la Academia Americana de Artes y Letras desde
1958.
Sobre la censura a la obra de Miller, escribió Lawrence
Durrell a Alfred Perlés en Arte y ultraje, una recopilación
de la relación epistolar entre los tres:
¿Qué hizo el pobre Henry que Colón
no haya hecho? Su viaje ha sido mucho más heroico,
pues al cabo del mismo se descubrió a sí mismo...
descubrió la ignota América del alma norteamericana.
Pero para alcanzar su objetivo se vio obligado a ultrajar
la sensibilidad de sus contemporáneos, tuvo que forzar
los cierres de acero del tabú, que golpear y sacudirse
como una ballena herida, retorcerse, e inclinarse y martillar...
¡Y ahora que lo consiguió, lo canonizan! Afírmase
que es la mayor expresión del genio norteamericano
desde Whitman. Pero... ¡todavía no dejan entrar
sus libros!
Trópico de Cáncer no fue sólo
la afirmación de Henry Miller como escritor. A lo largo
de esta primera novela se puede encontrar toda una estructura
sobre el arte y sobre el acto de crear, sobre la vida y la
autodeterminación. Es una especie de auto de fe en
el que Henry Miller proclama sus prioridades y las convicciones
que guían su oficio de escritor.
Trópico de Capricornio en cambio es una revisión
profunda de la sociedad. En esta segunda novela disminuye
la carga erótica del relato o ésta aparece sólo
como un hilo conductor que va dando paso a las razones por
las que Miller prefirió la vida parisina y por qué
la Ciudad Luz le resultaba un ambiente propicio para escribir.
Del mismo modo que se reconoce que Miller desbrozó
el camino a los autores de literatura erótica, o simplemente
para que los temas sexuales fuesen incluidos con naturalidad
en la literatura, se afirma que sus libros no son bien vistos
en los círculos feministas porque los pasajes de explícito
contenido sexual se perciben como extremadamente machistas
y dominantes. Desde mi punto de vista resulta difícil
hacer compatibles estas dos referencias para analizar la obra
de Miller. En todo caso, puedo admitir la posibilidad de que
no se trate de una literatura adecuada a las expectativas
del feminismo --lo cual no me impide percibir que los personajes
femeninos en las novelas de Miller tienen un valor protagónico,
sin los cuales no se entendería la obra autobiográfica.
Incluso esos personajes con los que da rienda suelta al deseo
aparecen como seres libres, con determinaciones distintas
a muchos otros personajes femeninos que pueblan la literatura,
con opciones de vida que pueden no gustarnos, pero que ellas
eligieron de acuerdo con sus circunstancias. Por otra parte,
en la mayoría de los pasajes explícitamente
sexuales los personajes femeninos se presentan con una enorme
libertad de gozar su sexualidad, cosa que sucede en pocos
textos de la época y aun posteriores.
La presencia femenina tanto en la literatura de Miller como
en su propia vida (si acaso fuera posible diferenciarlas)
es de una importancia vital. De manera acusada las figuras
de June Mansfield y Anaïs Nin ofrecen la percepción
de Miller sobre dos mujeres que provocaron una gran atracción
e influencia sobre él, una por su belleza y otra por
su inteligencia. En el ocaso de su vida Miller confesó
a Brassaï, en las conversaciones que después se
convirtieron en el libro Henry Miller: duro, solitario
y feliz, que June era:
Un ser excepcional y si yo no la hubiera conocido, quizá
hubiese sido siempre un fracasado y nadie conocería
mi nombre... También fue ella la que me proporcionó
el tema principal de mis libros: Trópico de Capricornio,
Sexus, Plexus, Nexus. ¿Acaso existirían sin
ella? Fue ella la que me llevó a París, la que
me formó, la que literalmente me transformó.
Por eso la he llamado Mona, ¡la sola, la única!
Sólo ahora, examinando mi vida, puedo medir su grandeza
y su abnegación.
"La crucifixión rosada", trilogía
formada por Sexus, Nexus y Plexus, me parece una obra
más personal, en el sentido de abordar de manera más
íntima la relación de Miller con las mujeres,
personificadas por June Mansfield, su segunda esposa. Henry
Miller tuvo cinco matrimonios y una gran cantidad de relaciones
amorosas, y siempre he tenido la certeza de que eso sólo
fue posible porque utilizaba la literatura para exorcizar
los problemas de pareja.
Aunque de entre la obra de Miller los Trópicos
han sido mis novelas favoritas, debo decir que Los libros
en mi vida ejerce en mí una gran fascinación,
como sin duda sucede a todos los adictos a la lectura que
se acercan a ese libro. Los libros en mi vida es un
texto de una belleza extraña porque hace las veces
de confesionario de las lecturas de mayor influencia en este
autor norteamericano. El escritor no defiende en él
sus preferencias literarias, sólo las presenta. Es
como una larga reseña de sus lecturas, a las que no
califica sino explica cómo las percibió, cómo
las sintió, con cuáles se quedó y por
qué.
Se trata de un libro impresionista, pero allí radica
su valor y quizá también su excepcionalidad,
pues es sumamente extraño que un lector empedernido
como lo fue Miller llevara un registro --que no selección--
tan acucioso de sus lecturas. Afirma Miller en esta obra:
El libro que yace inane en un anaquel es munición
desperdiciada. Los libros deben mantenerse en constante circulación
como el dinero. ¡Prestad y tomad prestado ambas cosas:
libros y dinero! Pero especialmente libros, porque los libros
representan infinitamente más que el dinero. El libro
no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar
amigos. El libro enriquece al que se apodera de él
con toda el alma, pero enriquece tres veces más al
que lo analiza.
A lo largo del texto van apareciendo reflexiones sobre la
lectura, la educación o el proceso de aprendizaje.
Reflexiones profundas e impactantes que hacen de este libro
una obra de lectura y relectura. Miller retoma en algún
pasaje de Los libros en mi vida una frase de Goethe
que me parece reveladora del tipo de lector que fue: "Leyendo
no aprendemos nada, nos convertimos en algo". La lectura
no como un ejercicio erudito sino como una forma de vivir.
El coloso de Marusi --que narra su estancia en Grecia,
a donde fue invitado por su amigo y ferviente admirador, el
escritor británico Lawrence Durrell--, Primavera
negra --que narra su infancia-- y otros, como la obra
teatral Locas por Harry, Un domingo después
de la guerra o El ojo cosmogónico, me parecen
los ejercicios literarios en los que Miller se aplicó
más a la técnica. Miller afirmaba que no corregía
nada... sin embargo, su estilo fluido y cuidado, desde mi
punto de vista, no sugiere esto de ninguna manera.
En toda la obra de Miller lo que prevalece es el espíritu
libérrimo que lo singularizó y su gran devoción
a la vida en su mejor sentido. Me confieso un rendido admirador
de su obra quizá con excepción de su último
libro, Querida Brenda: las cartas de amor de Henry
Miller a Brenda Venus. Considero que en esta obra del
ocaso de la vida de Miller, el tiempo, ese verdugo implacable,
le cobró facturas que son evidentes tanto en la calidad
literaria como, lógicamente, en su vitalidad, minada
por los años y por la enfermedad.
Querida Brenda no fue escrito precisamente como un
libro, sino que fueron cartas que Miller dirigió a
la actriz Brenda Venus, en la que encontró un brillo
de luz y un aliento de vida cerca de su final, en junio de
1980, cuando tenía 89 años. Sin embargo, siempre
he albergado dudas acerca de si Miller hubiese sumado esta
relación epistolar a su obra propiamente dicha.
Una constante, el sello de la obra de Henry Miller, es lo
que se ha percibido como carácter autobiográfico.
Creo que en realidad lo que Miller hacía era contar
la historia de muchos que tropezaban con él en la vida.
El tono narrativo de sus novelas le permitía incluir
descripciones sumamente prolijas incluso de los personajes
más incidentales. Quizá esta es una de las razones
que nos hacen percibir tanta vida y tanta diversidad en sus
libros. Gustavo Sainz, otro lector rendido de Miller, afirmaba
que la literatura nos da la oportunidad de vivir vidas que
nunca viviremos. La obra de Miller nos ofrece, en ese sentido,
un asombroso abanico humano.
Además de su admiración por la libertad, el
amor y el placer, Miller fue un devoto de la amistad. Gran
cantidad de pasajes en su vida y quizá una parte importante
de su producción están signados por la relación
con los muchos amigos que fue cosechando a lo largo de su
existencia. En el estudio de la obra de Miller son muy importantes
Lawrence Durrell y Alfred Perlés, éste con el
libro señero Mi amigo Henry Miller y aquél
con su labor de apoyo en la producción y en la publicación
de su obra, así como los varios artículos que
sobre la obra de Miller publicó en diarios y revistas.
Durrell dijo que el lugar de Miller "estará entre
esas torres anormales de la creación, como Whitman
y Blake, que nos han dejado no sólo obras de arte,
sino un corpus de ideas que explican e influyen todo un tipo
de cultura".
Alfred Perlés incluye en su libro una pormenorizada
relación de las obras de Henry Miller en orden cronológico
(hasta 1974), en la que se puede apreciar que en sentido estricto
Trópico de Cáncer no fue la primera novela,
sino This Gentile World, también conocida como
Crazy Cock, novela que terminó en 1929 y que
permaneció inédita hasta 1991 cuando se publicó
en inglés prologada por Erica Jong (al siguiente año
apareció la versión en español). Sin
embargo, el propio Miller reconocía como primera novela
a Trópico de Cáncer porque fue el libro
con el que supo que era escritor. Entre los hispanoparlantes
estudiosos de la obra del norteamericano destaca el ensayo
de Juan García Ponce "Radiografía de Henry
Miller" que se incluyó a manera de prólogo
en la edición en español de Primavera negra
que publicó la editorial Rueda en 1974.
La relectura de Miller es refrescante y necesaria porque cada
cierto tiempo las sociedades parecen requerir un depositario
de sus miedos y sus cobardías, alguien a quien culpar
de sus males y contra el cual enderezar sus flechas, pues
culpar a otros de las debilidades propias puede ser muy catártico.
Leamos a Miller con alegría y aprendamos a mirarnos
sin temores. Afirmaba el escritor:
Si soy inhumano es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites
humanos, porque ser humano parece algo pobre, lastimoso, miserable,
limitado por los sentidos, restringido por preceptos morales
y códigos, definido por trivialidades e ismos [...]
Quiero un mundo de hombres y mujeres [...] de ríos
que te lleven a algún lugar, no ríos que sean
leyendas, sino ríos que te pongan en contacto con otros
hombres y mujeres, con la arquitectura, la religión,
las plantas, los animales: ríos que tengan barcos y
en los que los hombres se ahoguen, no se ahoguen en el mito
y la leyenda y los libros y el polvo del pasado, sino en el
tiempo, el espacio y la historia. [...] Puede que estemos
condenados, que no haya esperanza para nosotros, para ninguno
de nosotros, pero, si es así, ¡lancemos un último
alarido agónico, espeluznante, un chillido de desafío,
un grito de guerra! ¡Al diablo las lamentaciones! ¡Al
diablo las elegías y las endechas! ¡Al diablo
las biografías y las historias, las bibliotecas y los
museos! Que los muertos se coman a los muertos. Bailemos los
vivos al borde del cráter, una última danza
agónica. ¡Pero una auténtica danza auténtica!
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