Las cinco "P" del Periodismo
de Investigación


Ausencia de iniciativa, valor
y sustancia

José Manuel de Pablos

Catedrático de periodismo en la Universidad de la Laguna. Tenerife, España.


El peligro de la investigación periodística estriba en que van a hurgar cerca del poder. No suele haber periodismo de investigación en una humilde asociación de vecinos ni en un sindicato o partido extraparlamentario. Periodismo de investigación versus poder, y cuando hay un enfrentamiento dialéctico con el imperio o el mandarín, del tipo que sea, quien suele perder es el débil periodista, que no va a ser amparado por la empresa ni por el resto de compañeros de profesión, salvo contadas y honrosas excepciones.






Periodismo de investigación. ¿Periodismo de investigación? ¿Comida de alimentación? ¿Barco de navegación? ¿Avión de volar?...

Parece tan obvio que la comida alimenta, que el barco navega y que el avión vuela como que el aire sirve para respirar o el agua para beber. Como que habrá aire contaminado o agua dañina para la salud.

¿Hará falta subrayar esas evidencias, esas obviedades, que forman parte de la mera esencia de la palabra a la que acompañan? No existe comida que no alimente, como no existe barco que no navegue o avión que no vuele. O sea, si algo que llamamos comida no alimenta es que no es comida. Y si algo que calificamos de barco o de avión no navega o no vuela es que no es barco o avión o ha dejado de serlo si alguna vez lo fue, esto es, si alguna vez esa nave navegó o voló. Si el aire o el agua es dañina, deberá llevar el correspondiente calificativo, porque se estará transgrediendo su mera esencia: agua ponzoñosa o aire infesto. En todos esos conceptos está ausente la sustancia que le da carácter y razón de ser.

Otra obviedad, entonces, es que el periodismo implica investigación, lleva íntimamente unido a su esencia la actividad investigativa para conseguir los datos que darán forma a una noticia, informe, reportaje...

Periodismo es investigación

Si se hace necesario subrayar la idea de investigación después de pronunciar la palabra periodismo es por alguna de estas razones: porque hay en realidad un periodismo que investiga, lo que implica que habrá igualmente un periodismo que no investiga, o sea de nuevo: que ha dejado de ser periodismo, que se distingue a la perfección del verdadero periodismo que hace pesquisas, hace preguntas, se plantea dudas, hipótesis, habla con testigos y busca la verdad accesible a sus actitudes... periodísticas. Como el agua envenenada ha dejado de ser agua o al menos de disponer de las características propias de ese elemento, al estar ausente un factor que lo sustente como tal.

Veamos, entonces, alguna particularidad de ese no-periodismo o periodismo que no investiga. La práctica de no-investigación se hace algo difícil de localizar, lo mismo que en una universidad el profesor o profesora que ha de impartir docencia y que también tiene la obligación contractual de investigar, pasará inadvertido si se limita a dar sus clases como puede y no informa o hace públicas los resultados de sus investigaciones. Hará docencia y no investigación, esto es, será profesor universitario, pero a medias, tramposo o estafador.

Lo mismo sucede con el periodismo que no investiga sus contenidos. De igual manera que aquel profesor-no-profesor falta a sus obligaciones por cumplir, al menos en apariencia, solamente parte de sus obligaciones, el periodismo que no investiga está faltando a lo que se ha de esperar de él, por aquello del contrato no firmado con sus lectores.

La razón de tal contradicción está en la presencia de un ente denominado empresa, a cuyos gestores les resulta poco práctico e impertinente que los redactores de su plantilla hagan lo que sin duda saben hacer. De ese modo, el Periodismo se convierte en el primer enemigo de la prensa, de la empresa de prensa...

La muerte del periodismo no se deberá a los periodistas, sino a los intrusos que han entrado a saco en la empresa informativa, sea prensa, radio o televisión, y han olvidado el fin primero y último de todo medio de comunicación de masas, que no es ni mucho menos hacer cada vez más ricos a sus propietarios, sino de informar cada vez mejor a sus fruidores. Cuando decimos ricos no nos referimos exclusivamente a mayor ganancia de capital, sino incluso a un incremento de la influencia social, política, económica, etcétera, de quienes manejan una empresa de comunicación social como si se tratara de una venta de alpargatas o un trapero, dicho sea con el natural respeto para estas dos actividades comerciales, que por lo general no suelen engañar a sus clientes: dan alpargatas o dan trapos, sin denominarlos noticias, como hacen los traperos del periodismo.

Si después ese producto informativo origina mayores ganancias, mejor para todos, pero en ningún caso es admisible que el primer objetivo de un medio de comunicación sea el enriquecimiento de sus propietarios, por encima de los intereses legítimos de sus lectores y de los profesionales que sirven

Investigación implica denuncia pública

La investigación periodística es mal vista por los responsables de hacer del periódico una máquina de dar dinero. Lo saben, porque tienen la idea clara de aquel título que dio la profesora Montserrat Quesada a uno de sus libros sobre la materia: Periodismo de investigación o el derecho a denunciar.1 Y la denuncia, ya se sabe, causa incomodidades al denunciado y, en este caso, si no al denunciante en primera instancia, que sería el periodista (investigador), sí al denunciante en segunda instancia, que es la empresa editora, emisora o televisora.

Aclaración: la empresa, pero la compañía cuya tipología estamos viendo en estas líneas. Está claro que a veces hay excepciones (muy pocas), y son las pocas firmas donde el norte lo sigue marcando el interés prioritario por la información, por la mejor comunicación con sus lectores. Lo amargo de esa situación es que vamos igualmente viendo que esta actividad se va reduciendo a investigadores que escriben los libros de investigación que nunca se van a publicar por entregas en el periódico o las revistas de información general (hablamos de España, donde no hay un solo periódico con el nivel informativo de La Jornada mexicana, ni algo parecido a Proceso, por ejemplo), que apuesten por la libertad de información de altura y alto compromiso, por los réditos que les ocasione la publicidad. O sea: el (casi) único periodismo de investigación sale a la calle en forma de libros de investigación (así se disfraza), realizados por periodistas que saben investigar pero que han comprendido que el diario-empresa (empresariarizado) que hemos tratado de describir o reflejar no es el marco adecuado para dar cabida a sus producciones, el marco empresarial o político, aunque claro que sí es el marco técnico o profesional. Es bastante paradójica esta situación. Chocante, por no decir algo más duro.

Otra curiosidad, por llamarla de alguna manera suave, es el hecho de que cuando en un periódico se decide investigar (o sea, la empresa tolera que se haga la investigación) es para utilizar tal recurso periodístico contra el político de otro bando, pero no se dejaría hacer otro tanto no ya con el político que ofrece favores al diario ni mucho menos a personas relacionadas con empresas clientas del medio. Lo más extraño es que en esos casos el periodista se cree que está ejerciendo la libertad de información, cuando está siendo manipulado sin saberlo.

Un típico caso y patente de este tipo de producción editorial, campo en el cual el libro (vivo) le gana la partida al periódico (moribundo), es la obra de Jesús Cacho El negocio de la libertad, con una portada donde aparecen tres rostros: Juan Carlos, Felipe y Jesús (Polanco, dueño del imperio Prisa)2, o también la obra de José Antonio Martínez Soler Jaque a Polanco.3 Son libros que no llegan al gran público masivo del diario por muchas ediciones que alcancen, de ahí tal vez que se les tolera su llegada al mercado, pero siempre con algún tipo de peligros sobre las cabezas de sus autores.4

Se trata, pues, de portadas, fotos, títulos, textos, informes... de investigación que no saldrán nunca en prensa, y no precisamente como canto a la democracia o a la libertad informativa, sino por el zumo de compromisos que rodea al negocio empresarial mediático.

Teoría de la doble venta

Llegamos al epicentro del problema: los diarios viven de la publicidad, aunque también de su venta. Y, para venderse mejor, se despachan a los lectores y a la publicidad: hacen una doble transacción. Como resultado de esa doble venta parece claro que no podrán esgrimir tanta libertad de movimientos como si sólo se hubieran vendido una sola vez. La doble venta -sobre todo la enajenación a publicitarios- origina una repetida limadura de su libertad de movimientos en la jungla de la información. No existen medios independientes, como hay medicina emancipada: el médico no espera a que el paciente le indique de qué quiere ser operado, sino que lo intervendrá de lo que precise esa persona.

Los medios, por el contrario, aguardan a que el cliente mayor (la agencia de publicidad, el anunciante) le diga qué puede decir de ellos y, sobre todo, qué no debe exponer de sus negocios, de su imagen, de sus conflictos.

De ese modo, el diario se llena, se rellena, con notas realizadas por las fuentes informativas. Las fuentes se han erigido en redactoras de tantos medios que reciben con júbilo textos pseudoinformativos que son propaganda disfrazada de periodismo. Son, además, notas honrosas para las personas y entidades glorificadas por su correspondiente gabinete de prensa, que hace todo el trabajo de creación de la nota y se diluye después, hecha la transferencia de datos, en el trayecto entre su mesa de trabajo y el escritorio de la sala de redacción, de modo que su autoría pocas veces transciende al público, a pesar de que a éste le interesa conocer el origen y la autoridad de lo que lee.

Por esa vía, el periódico del que hablamos llena y rellena sus páginas con textos amistosos hacia sus empresas patrocinadoras en forma de publicidad, que por este camino es propaganda que no trata de vender un producto o una idea, sino de quedarse con la voluntad del medio, ya conquistado y sacado del campus del periodismo, alejado de los intereses de sus lectores, oyentes, telespectadores.

Si existiera la auténtica investigación periodística, diarios con grandes recursos invertirían en equipos y, por ejemplo en el caso español, igual nos hubieran dado a conocer la exacta verdad o la más aproximada de aquel supuesto golpe de Estado del 23 de febrero en España, que, también por ejemplo, dio lugar a un libro cercano al periodismo de investigación titulado 23 F: el golpe que nunca existió.5 También, puestos a soñar, hubieran explicado a sus lectores que lo que se llama vulgarmente transición fue más bien una transacción política, que la transición española no ha sido tal, que muchos demócratas la siguen esperando, viviendo en un país donde sigue siendo cierta aquella última voluntad del dictador, la que indicaba que todo quedaba atado y bien atado. El cantante Manu Chao lo ha cantado con estas palabras: "Nos engañaron con la primavera".

Las cinco fases

A pesar de todo lo expuesto, hay profesionales comprometidos que tratan de hacer lo suyo: periodismo, esto es, investigar para obtener datos y publicar textos originales, más allá del mimetismo del todo vale, del viva la nota enviada por las fuentes, eso de que nos hagan la agenda de cada día desde fuera de la redacción, los publicitarios, las empresas anunciantes o los gabinetes de prensa que dicen al diario lo que tiene que hacer y todos contentos, excepto el periodismo de siempre.

A esos periodistas les recordamos que el peligro de la investigación periodística estriba en que van a hurgar cerca del poder. No suele haber periodismo de investigación en una humilde asociación de vecinos ni en un sindicato o partido extraparlamentario. Periodismo de investigación versus poder, y cuando hay un enfrentamiento dialéctico con el imperio o el mandarín, del tipo que sea, quien suele perder es el débil periodista, que no va a ser amparado por la empresa ni por el resto de compañeros de profesión, salvo contadas y honrosas excepciones.

Han de saber que después de la denuncia que implica esta ¿modalidad? periodística (¿o simple periodismo, sin más?) hay para el investigado el peligro de acabar en la cárcel, sea el presidio físico, sea un cambio de situación equivalente a entrar en una cárcel profesional o laboral.

A esos periodistas también les recordamos las cinco fases "P" del Periodismo de Investigación.6 Las llamamos de esa manera porque cada una de esas etapas las podemos significar por cinco palabras que empiezan con esa letra: 1) Pista, 2) Pesquisa, 3) Publicación, 4) Presión y 5) Prisión. Está claro que las fases 3 y 4 son intercambiables en su momento de aparición o pueden presentarse ambas a la vez: la presión podrá empezar antes de la publicación, cuando los perjudicados por el trabajo informativo traten de evitar la difusión de lo que podría afectarles.

La primera fase es la pista, cuando a la redacción llega de alguna manera algún comentario más o menos fundado, hasta el punto de darle categoría de pista suficiente como para iniciar una investigación periodística que trate de conocer la verdad sobre un asunto que se desea dar a conocer a los lectores. Esa pista puede llegar por mil sendas diferentes o sencillamente ser una sospecha surgida al amparo de una información que manifiesta claramente espacios ocultos.

Si la pista es una buena idea para conocer más a fondo cierto asunto, se ha de disponer quién es la persona más adecuada para llevar a buen término el trabajo duro y solitario de investigación, que deberá iniciarse con mucha prudencia para no alertar a las personas que sin duda van a hacer todo lo posible por boicotearlo, para abortar esa labor investigativa.

Iniciada ya la segunda fase, es muy difícil hacer esa labor de forma oculta, impedir que llegue algo a oídos de los afectados o interesados. Hablamos de personas o entidades con las que también hay que entablar contacto, porque si una pesquisa deja de lado a los directamente implicados no habrá acudido a todas las fuentes recomendables y es muy difícil que sea aceptable desde el punto de vista ético y periodístico.

La publicación en este tipo de casos lo más probable es que sea seriada. Resulta difícil que una pesquisa periodística sólo dé para un día. Suele tratarse de hechos que van a aparecer en cadena, tan numerosos, tan llenos de datos, que en una sola jornada no va a haber espacio suficiente para dar a conocer el caudal informativo de la investigación. Además, no hay necesidad de aguardar a su término para empezar a publicar. Lo más probable es que iniciada la publicación aparezcan nuevas fuentes con ansias de colaborar, con ánimos de enriquecer la verdad que se empieza a conocer.

Hay que contar con la reacción de los perjudicados. O sea, estar alerta, entre otros detalles por la intoxicación que pueda salirnos al paso. Cabe la posibilidad de que un diario de la competencia ofrezca su apoyo a los perjudicados, quiera erigirse en su portavoz. Allá ellos. Al término del episodio, el que actúa de forma reaccionaria acaba saliéndose de la arena o cochinero cuando a ese suelo cae agua y se transforma en barro.

Los responsables de la preparación de tales textos podrán calibrar en la fase de presión hasta dónde está dispuesta a llegar su empresa con el asunto. Tendrán tiempo para reflexionar, para entender si los dueños del medio los apoyarían en caso de un lapsus o si, por el contrario, se fueran a encontrar solos en ese trance. Es muy triste en momentos amargos ver que los empresarios o directivos administrativos de la compañía miran para otro lado, ver que les dan a entender que si le hace falta, que se busquen a un abogado, que el de la empresa no está para esos menesteres.

Fue lo que me sucedió con los empresarios del diario La Gaceta de Canarias, de La Laguna (Tenerife, España), cuando siendo director hubo una denuncia y me dijeron que me buscara la vida con algún abogado que conociera, que con ellos no iba la cosa. Los propietarios del periódico, Jesús Martínez y Amid Achí, eran y son dos empresarios intrusos en la comunicación social, lo mismo que el ingeniero que ocupaba el puesto de consejero delegado, Miguel Peris. Cuando llegó la minuta del abogado no quisieron saber del asunto, así que en algún momento el periodista ha de saber hasta dónde va a estar dispuesto el empresario a apoyarle o a decirle que se busque la vida. Es decir: hay que evitar el síndrome Gaceta de Canarias.

La fase de presión es muy probable que sea continua y también es cierto que si se supera con limpieza y con el apoyo empresarial, entonces el reportero ganará fuerza y ánimos para llevar su pesquisa a buen puerto.

Hasta aquí hemos visto las primeras cuatro fases: 1) la pista, 2) la pesquisa, 3) la publicación y 4) la presión, aunque sea someramente. La fase terminal es 5) la prisión: en ocasiones, según la gravedad de los acontecimientos ocultos y desvelados desde el periódico, aquí prisión significa prisión, incluso antes de que se celebre el juicio que a veces se acaba de abrir después de una labor de periodismo de investigación. En otras circunstancias, la última fase se reduce a otro tipo de condena de los afectados y algún cambio de entorno laboral y siempre personal.

También cabe la posibilidad de que a medida de que avancemos en nuestra publicación aparezcan nuevos actores e incluso nuevos medios que se enganchen a nuestro carro informativo. Eso estará bien, porque aquí nunca conviene la presencia de enemigos mediáticos, que mientras menos, mejor. El aumento de medios que se ponga a nuestra estela siempre se ha de interpretar como que estamos llegando al final, que nuestro trabajo está siendo reconocido, que vamos por el mejor sendero.

El final del final de todo proceso de periodismo de investigación, cuando la persona o entidad investigada ha quedado al descubierto y en manos probablemente de la justicia, sea oficial o de la entidad perjudicada, es el momento de humildad mediática, de no hacer leña de ese arbolito caído, de demostrar a la sociedad que el medio informativo sabe lo que son los sentimientos, que es incapaz de sacar partido de un momento de zozobra personal ajena. En suma: el tiempo de demostrar la grandeza del periodismo.



NOTAS

1) Editorial Cim, Barcelona, 1997.

2) Jesús Cacho, El negocio de la libertad, Foca Investigación, Madrid, 2000.

3) José Antonio Martínez Soler, Jaque a Polanco, Temas de Hoy, Madrid, 1998.

4) A un autor de teatro que acaba de estrenar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en abril de 2004 un monólogo titulado Me cago en dios le han dado una paliza en el democrático Madrid primaveral de este 2004 de nuestro señor. Realmente no sé si en el título la palabra dios la escribe el autor Dios o dios: de ser la segunda, que es como es, le hubieran dado más fuerte.

5) Amadeo Martínez Inglés, El golpe que nunca existió, Foca Investigación, Madrid, 2001. Este autor, militar de profesión, fue quien acudió a la manifestación en contra de la guerra de Iraq en Madrid con su uniforme de coronel del ejército. Denunciado por sus superiores, ha sido condenado a una multa de dos o tres euros.

6) Para detalles, ver José Manuel de Pablos Coello, El Periodismo, herido, Foca Investigación, Madrid, 2001. Capítulo sobre este asunto.

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