El peligro de la investigación periodística
estriba en que van a hurgar cerca del poder. No suele haber
periodismo de investigación en una humilde asociación
de vecinos ni en un sindicato o partido extraparlamentario.
Periodismo de investigación versus poder, y cuando
hay un enfrentamiento dialéctico con el imperio o el
mandarín, del tipo que sea, quien suele perder es el
débil periodista, que no va a ser amparado por la empresa
ni por el resto de compañeros de profesión,
salvo contadas y honrosas excepciones.
Periodismo de investigación. ¿Periodismo
de investigación? ¿Comida de alimentación?
¿Barco de navegación? ¿Avión de
volar?...
Parece tan obvio que la comida alimenta, que
el barco navega y que el avión vuela como que el
aire sirve para respirar o el agua para beber. Como que
habrá aire contaminado o agua dañina para
la salud.
¿Hará falta subrayar esas evidencias,
esas obviedades, que forman parte de la mera esencia de
la palabra a la que acompañan? No existe comida que
no alimente, como no existe barco que no navegue o avión
que no vuele. O sea, si algo que llamamos comida
no alimenta es que no es comida. Y si algo que calificamos
de barco o de avión no navega o no
vuela es que no es barco o avión o ha dejado de serlo
si alguna vez lo fue, esto es, si alguna vez esa nave navegó
o voló. Si el aire o el agua es dañina, deberá
llevar el correspondiente calificativo, porque se estará
transgrediendo su mera esencia: agua ponzoñosa o
aire infesto. En todos esos conceptos está ausente
la sustancia que le da carácter y razón de
ser.
Otra obviedad, entonces, es que el periodismo
implica investigación, lleva íntimamente unido
a su esencia la actividad investigativa para conseguir los
datos que darán forma a una noticia, informe, reportaje...
Periodismo es investigación
Si se hace necesario subrayar la idea de investigación
después de pronunciar la palabra periodismo
es por alguna de estas razones: porque hay en realidad un
periodismo que investiga, lo que implica que habrá
igualmente un periodismo que no investiga, o sea de nuevo:
que ha dejado de ser periodismo, que se distingue a la perfección
del verdadero periodismo que hace pesquisas, hace preguntas,
se plantea dudas, hipótesis, habla con testigos y
busca la verdad accesible a sus actitudes... periodísticas.
Como el agua envenenada ha dejado de ser agua o al menos
de disponer de las características propias de ese
elemento, al estar ausente un factor que lo sustente como
tal.
Veamos, entonces, alguna particularidad de
ese no-periodismo o periodismo que no investiga.
La práctica de no-investigación se hace algo
difícil de localizar, lo mismo que en una universidad
el profesor o profesora que ha de impartir docencia y que
también tiene la obligación contractual de
investigar, pasará inadvertido si se limita a dar
sus clases como puede y no informa o hace públicas
los resultados de sus investigaciones. Hará docencia
y no investigación, esto es, será profesor
universitario, pero a medias, tramposo o estafador.
Lo mismo sucede con el periodismo que no investiga
sus contenidos. De igual manera que aquel profesor-no-profesor
falta a sus obligaciones por cumplir, al menos en apariencia,
solamente parte de sus obligaciones, el periodismo que no
investiga está faltando a lo que se ha de esperar
de él, por aquello del contrato no firmado con sus
lectores.
La razón de tal contradicción
está en la presencia de un ente denominado empresa,
a cuyos gestores les resulta poco práctico e impertinente
que los redactores de su plantilla hagan lo que sin duda
saben hacer. De ese modo, el Periodismo se convierte en
el primer enemigo de la prensa, de la empresa de
prensa...
La muerte del periodismo no se deberá
a los periodistas, sino a los intrusos que han entrado a
saco en la empresa informativa, sea prensa, radio o televisión,
y han olvidado el fin primero y último de todo medio
de comunicación de masas, que no es ni mucho menos
hacer cada vez más ricos a sus propietarios, sino
de informar cada vez mejor a sus fruidores. Cuando decimos
ricos no nos referimos exclusivamente a mayor ganancia
de capital, sino incluso a un incremento de la influencia
social, política, económica, etcétera,
de quienes manejan una empresa de comunicación social
como si se tratara de una venta de alpargatas o un trapero,
dicho sea con el natural respeto para estas dos actividades
comerciales, que por lo general no suelen engañar
a sus clientes: dan alpargatas o dan trapos, sin denominarlos
noticias, como hacen los traperos del periodismo.
Si después ese producto informativo
origina mayores ganancias, mejor para todos, pero en ningún
caso es admisible que el primer objetivo de un medio de
comunicación sea el enriquecimiento de sus propietarios,
por encima de los intereses legítimos de sus lectores
y de los profesionales que sirven
Investigación
implica denuncia pública
La investigación periodística es mal vista
por los responsables de hacer del periódico una máquina
de dar dinero. Lo saben, porque tienen la idea clara de
aquel título que dio la profesora Montserrat Quesada
a uno de sus libros sobre la materia: Periodismo de investigación
o el derecho a denunciar.1 Y la
denuncia, ya se sabe, causa incomodidades al denunciado
y, en este caso, si no al denunciante en primera instancia,
que sería el periodista (investigador), sí
al denunciante en segunda instancia, que es la empresa editora,
emisora o televisora.
Aclaración: la empresa, pero la compañía
cuya tipología estamos viendo en estas líneas.
Está claro que a veces hay excepciones (muy pocas),
y son las pocas firmas donde el norte lo sigue marcando
el interés prioritario por la información,
por la mejor comunicación con sus lectores. Lo amargo
de esa situación es que vamos igualmente viendo que
esta actividad se va reduciendo a investigadores que escriben
los libros de investigación que nunca se van a publicar
por entregas en el periódico o las revistas de información
general (hablamos de España, donde no hay un solo
periódico con el nivel informativo de La Jornada
mexicana, ni algo parecido a Proceso, por ejemplo),
que apuesten por la libertad de información de altura
y alto compromiso, por los réditos que les ocasione
la publicidad. O sea: el (casi) único periodismo
de investigación sale a la calle en forma de libros
de investigación (así se disfraza), realizados
por periodistas que saben investigar pero que han comprendido
que el diario-empresa (empresariarizado) que hemos
tratado de describir o reflejar no es el marco adecuado
para dar cabida a sus producciones, el marco empresarial
o político, aunque claro que sí es el marco
técnico o profesional. Es bastante paradójica
esta situación. Chocante, por no decir algo más
duro.
Otra curiosidad, por llamarla de alguna manera
suave, es el hecho de que cuando en un periódico
se decide investigar (o sea, la empresa tolera que se haga
la investigación) es para utilizar tal recurso periodístico
contra el político de otro bando, pero no se dejaría
hacer otro tanto no ya con el político que ofrece
favores al diario ni mucho menos a personas relacionadas
con empresas clientas del medio. Lo más extraño
es que en esos casos el periodista se cree que está
ejerciendo la libertad de información, cuando está
siendo manipulado sin saberlo.
Un típico caso y patente de este tipo
de producción editorial, campo en el cual el libro
(vivo) le gana la partida al periódico (moribundo),
es la obra de Jesús Cacho El negocio de la libertad,
con una portada donde aparecen tres rostros: Juan Carlos,
Felipe y Jesús (Polanco, dueño del imperio
Prisa)2, o también la obra de José
Antonio Martínez Soler Jaque a Polanco.3
Son libros que no llegan al gran público masivo del
diario por muchas ediciones que alcancen, de ahí
tal vez que se les tolera su llegada al mercado, pero siempre
con algún tipo de peligros sobre las cabezas de sus
autores.4
Se trata, pues, de portadas, fotos, títulos,
textos, informes... de investigación que no saldrán
nunca en prensa, y no precisamente como canto a la democracia
o a la libertad informativa, sino por el zumo de compromisos
que rodea al negocio empresarial mediático.
Teoría de la
doble venta
Llegamos al epicentro del problema: los diarios viven de
la publicidad, aunque también de su venta. Y, para
venderse mejor, se despachan a los lectores y a la publicidad:
hacen una doble transacción. Como resultado de esa
doble venta parece claro que no podrán esgrimir tanta
libertad de movimientos como si sólo se hubieran
vendido una sola vez. La doble venta -sobre todo la enajenación
a publicitarios- origina una repetida limadura de su libertad
de movimientos en la jungla de la información. No
existen medios independientes, como hay medicina emancipada:
el médico no espera a que el paciente le indique
de qué quiere ser operado, sino que lo intervendrá
de lo que precise esa persona.
Los medios, por el contrario, aguardan a que
el cliente mayor (la agencia de publicidad, el anunciante)
le diga qué puede decir de ellos y, sobre todo, qué
no debe exponer de sus negocios, de su imagen, de sus conflictos.
De ese modo, el diario se llena, se rellena,
con notas realizadas por las fuentes informativas. Las fuentes
se han erigido en redactoras de tantos medios que reciben
con júbilo textos pseudoinformativos que son propaganda
disfrazada de periodismo. Son, además, notas honrosas
para las personas y entidades glorificadas por su correspondiente
gabinete de prensa, que hace todo el trabajo de creación
de la nota y se diluye después, hecha la transferencia
de datos, en el trayecto entre su mesa de trabajo y el escritorio
de la sala de redacción, de modo que su autoría
pocas veces transciende al público, a pesar de que
a éste le interesa conocer el origen y la autoridad
de lo que lee.
Por esa vía, el periódico del
que hablamos llena y rellena sus páginas con textos
amistosos hacia sus empresas patrocinadoras en forma de
publicidad, que por este camino es propaganda que no trata
de vender un producto o una idea, sino de quedarse con la
voluntad del medio, ya conquistado y sacado del campus
del periodismo, alejado de los intereses de sus lectores,
oyentes, telespectadores.
Si existiera la auténtica investigación
periodística, diarios con grandes recursos invertirían
en equipos y, por ejemplo en el caso español, igual
nos hubieran dado a conocer la exacta verdad o la más
aproximada de aquel supuesto golpe de Estado del 23 de febrero
en España, que, también por ejemplo, dio lugar
a un libro cercano al periodismo de investigación
titulado 23 F: el golpe que nunca existió.5
También, puestos a soñar, hubieran explicado
a sus lectores que lo que se llama vulgarmente transición
fue más bien una transacción política,
que la transición española no ha sido tal,
que muchos demócratas la siguen esperando, viviendo
en un país donde sigue siendo cierta aquella última
voluntad del dictador, la que indicaba que todo quedaba
atado y bien atado. El cantante Manu Chao lo ha cantado
con estas palabras: "Nos engañaron con la primavera".
Las cinco fases
A pesar de todo lo expuesto, hay profesionales comprometidos
que tratan de hacer lo suyo: periodismo, esto es, investigar
para obtener datos y publicar textos originales, más
allá del mimetismo del todo vale, del viva
la nota enviada por las fuentes, eso de que nos hagan la
agenda de cada día desde fuera de la redacción,
los publicitarios, las empresas anunciantes o los gabinetes
de prensa que dicen al diario lo que tiene que hacer y todos
contentos, excepto el periodismo de siempre.
A esos periodistas les recordamos que el peligro
de la investigación periodística estriba en
que van a hurgar cerca del poder. No suele haber periodismo
de investigación en una humilde asociación
de vecinos ni en un sindicato o partido extraparlamentario.
Periodismo de investigación versus poder,
y cuando hay un enfrentamiento dialéctico con el
imperio o el mandarín, del tipo que sea, quien suele
perder es el débil periodista, que no va a ser amparado
por la empresa ni por el resto de compañeros de profesión,
salvo contadas y honrosas excepciones.
Han de saber que después de la denuncia
que implica esta ¿modalidad? periodística
(¿o simple periodismo, sin más?) hay para
el investigado el peligro de acabar en la cárcel,
sea el presidio físico, sea un cambio de situación
equivalente a entrar en una cárcel profesional o
laboral.
A esos periodistas también les recordamos
las cinco fases "P" del Periodismo de Investigación.6
Las llamamos de esa manera porque cada una de esas etapas
las podemos significar por cinco palabras que empiezan con
esa letra: 1) Pista, 2) Pesquisa, 3)
Publicación, 4) Presión y 5)
Prisión. Está claro que las fases 3 y 4 son
intercambiables en su momento de aparición o pueden
presentarse ambas a la vez: la presión podrá
empezar antes de la publicación, cuando los perjudicados
por el trabajo informativo traten de evitar la difusión
de lo que podría afectarles.
La primera fase es la pista, cuando a la redacción
llega de alguna manera algún comentario más
o menos fundado, hasta el punto de darle categoría
de pista suficiente como para iniciar una investigación
periodística que trate de conocer la verdad sobre
un asunto que se desea dar a conocer a los lectores. Esa
pista puede llegar por mil sendas diferentes o sencillamente
ser una sospecha surgida al amparo de una información
que manifiesta claramente espacios ocultos.
Si la pista es una buena idea para conocer
más a fondo cierto asunto, se ha de disponer quién
es la persona más adecuada para llevar a buen término
el trabajo duro y solitario de investigación, que
deberá iniciarse con mucha prudencia para no alertar
a las personas que sin duda van a hacer todo lo posible
por boicotearlo, para abortar esa labor investigativa.
Iniciada ya la segunda fase, es muy difícil
hacer esa labor de forma oculta, impedir que llegue algo
a oídos de los afectados o interesados. Hablamos
de personas o entidades con las que también hay que
entablar contacto, porque si una pesquisa deja de lado a
los directamente implicados no habrá acudido a todas
las fuentes recomendables y es muy difícil que sea
aceptable desde el punto de vista ético y periodístico.
La publicación en este tipo de casos
lo más probable es que sea seriada. Resulta difícil
que una pesquisa periodística sólo dé
para un día. Suele tratarse de hechos que van a aparecer
en cadena, tan numerosos, tan llenos de datos, que en una
sola jornada no va a haber espacio suficiente para dar a
conocer el caudal informativo de la investigación.
Además, no hay necesidad de aguardar a su término
para empezar a publicar. Lo más probable es que iniciada
la publicación aparezcan nuevas fuentes con ansias
de colaborar, con ánimos de enriquecer la verdad
que se empieza a conocer.
Hay que contar con la reacción de los perjudicados.
O sea, estar alerta, entre otros detalles por la intoxicación
que pueda salirnos al paso. Cabe la posibilidad de que un
diario de la competencia ofrezca su apoyo a los perjudicados,
quiera erigirse en su portavoz. Allá ellos. Al término
del episodio, el que actúa de forma reaccionaria
acaba saliéndose de la arena o cochinero cuando a
ese suelo cae agua y se transforma en barro.
Los responsables de la preparación
de tales textos podrán calibrar en la fase de presión
hasta dónde está dispuesta a llegar su empresa
con el asunto. Tendrán tiempo para reflexionar, para
entender si los dueños del medio los apoyarían
en caso de un lapsus o si, por el contrario, se fueran
a encontrar solos en ese trance. Es muy triste en momentos
amargos ver que los empresarios o directivos administrativos
de la compañía miran para otro lado, ver que
les dan a entender que si le hace falta, que se busquen
a un abogado, que el de la empresa no está para esos
menesteres.
Fue lo que me sucedió con los empresarios
del diario La Gaceta de Canarias, de La Laguna (Tenerife,
España), cuando siendo director hubo una denuncia
y me dijeron que me buscara la vida con algún abogado
que conociera, que con ellos no iba la cosa. Los propietarios
del periódico, Jesús Martínez y Amid
Achí, eran y son dos empresarios intrusos en la comunicación
social, lo mismo que el ingeniero que ocupaba el puesto
de consejero delegado, Miguel Peris. Cuando llegó
la minuta del abogado no quisieron saber del asunto, así
que en algún momento el periodista ha de saber hasta
dónde va a estar dispuesto el empresario a apoyarle
o a decirle que se busque la vida. Es decir: hay que evitar
el síndrome Gaceta de Canarias.
La fase de presión es muy probable
que sea continua y también es cierto que si se supera
con limpieza y con el apoyo empresarial, entonces el reportero
ganará fuerza y ánimos para llevar su pesquisa
a buen puerto.
Hasta aquí hemos visto las primeras
cuatro fases: 1) la pista, 2) la pesquisa,
3) la publicación y 4) la presión,
aunque sea someramente. La fase terminal es 5) la
prisión: en ocasiones, según la gravedad de
los acontecimientos ocultos y desvelados desde el periódico,
aquí prisión significa prisión,
incluso antes de que se celebre el juicio que a veces se
acaba de abrir después de una labor de periodismo
de investigación. En otras circunstancias, la última
fase se reduce a otro tipo de condena de los afectados y
algún cambio de entorno laboral y siempre personal.
También cabe la posibilidad de que
a medida de que avancemos en nuestra publicación
aparezcan nuevos actores e incluso nuevos medios que se
enganchen a nuestro carro informativo. Eso estará
bien, porque aquí nunca conviene la presencia de
enemigos mediáticos, que mientras menos, mejor. El
aumento de medios que se ponga a nuestra estela siempre
se ha de interpretar como que estamos llegando al final,
que nuestro trabajo está siendo reconocido, que vamos
por el mejor sendero.
El final del final de todo proceso de periodismo
de investigación, cuando la persona o entidad investigada
ha quedado al descubierto y en manos probablemente de la
justicia, sea oficial o de la entidad perjudicada, es el
momento de humildad mediática, de no hacer leña
de ese arbolito caído, de demostrar a la sociedad
que el medio informativo sabe lo que son los sentimientos,
que es incapaz de sacar partido de un momento de zozobra
personal ajena. En suma: el tiempo de demostrar la grandeza
del periodismo.
NOTAS
1) Editorial Cim, Barcelona,
1997.
2) Jesús Cacho, El negocio de la
libertad, Foca Investigación, Madrid, 2000.
3) José Antonio Martínez Soler,
Jaque a Polanco, Temas de Hoy, Madrid, 1998.
4) A un autor de teatro que acaba de estrenar
en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en abril
de 2004 un monólogo titulado Me cago en dios le han
dado una paliza en el democrático Madrid primaveral
de este 2004 de nuestro señor. Realmente no sé
si en el título la palabra dios la escribe el autor
Dios o dios: de ser la segunda, que es como es, le hubieran
dado más fuerte.
5) Amadeo Martínez Inglés,
El golpe que nunca existió, Foca Investigación,
Madrid, 2001. Este autor, militar de profesión, fue
quien acudió a la manifestación en contra
de la guerra de Iraq en Madrid con su uniforme de coronel
del ejército. Denunciado por sus superiores, ha sido
condenado a una multa de dos o tres euros.
6) Para detalles, ver José Manuel
de Pablos Coello, El Periodismo, herido, Foca Investigación,
Madrid, 2001. Capítulo sobre este asunto.