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Vicente Leñero
es una extraña figura de la vida pública mexicana
que resulta difícil clasificar. Se ha ganado a pulso
un lugar en la literatura, pero la combinación con
el trabajo periodístico ha derivado en textos que no
admiten una etiqueta simple. Su aportación al teatro
nacional ha sido también importante.
John Brushwood, el académico de
la Universidad de Missouri que se ha dedicado al estudio de
la novela mexicana, destaca el trabajo innovador de Vicente
Leñero en las técnicas narrativas. Varias de
ellas así lo demuestran. Desde mi punto de vista lo
hace destacadamente en Estudio Q. Por otra parte, siempre
ha llamado mi atención el hecho de que Leñero
haga evolucionar sus propias obras como A fuerza de palabras,
publicada en 1976, como una nueva versión de La
voz adolorida, su primera novela publicada en 1961. O
Los albañiles en su versión novelística
y teatral.
Lo normal es que una vez terminada la
obra, ésta deje de pertenecer al autor y emprenda su
propia vida. Cambiarla se me antoja como intentar modificar
la apariencia de un hijo, pero en el caso de Leñero
(como en el de José Emilio Pacheco, guardadas las proporciones
e intenciones), su descendencia ha resultado bastante sui
generis, y de buen grado ha soportado la intervención
posterior del padre con resultados muy pertinentes.
El lector podría estar de acuerdo conmigo en que tal
rehechura requiere de una difícil combinación
de autocrítica y seguridad en sí mismo. Decidir
la transformación de un texto previo entraña
diversos peligros, entre ellos y no menor, el de empeorarlo.
Tiendo a creer, quizá por pertenecer
al gremio, que la virtud de lo diverso en los textos de Leñero
es consecuencia de su calidad de periodista, pues ha producido
novela, teatro y guiones cinematográficos, además
de una gran variedad de textos para diarios y revistas. Difícilmente
se puede asegurar que un género sea mejor que otro.
En todo caso, podemos señalar preferencias.
Vicente Leñero resulta también
un caso sorprendente en las letras mexicanas porque su formación
inicial es la de ingeniero, carrera en la que se graduó,
elección primaria que comparte con Jorge Ibargüengoitia
y con Gabriel Zaid. No obstante, abrazó con pasión
el llamado de las letras en su doble vertiente de periodismo
y creación, pues estudió una segunda carrera
en la afamada escuela de reporteros "Carlos Septién
García" y desde 1959 en que publica el libro de
relatos La polvareda y otros cuentos, no ha cesado
de enriquecer el acervo de las letras mexicanas.
Este ingeniero-escritor (¿escritor-ingeniero?)
ha confesado que libra constantemente una batalla con las
palabras, lo que nadie supondría con lo extenso de
su obra. Lo imagino por las tardes (o mañanas, pues
ignoro a qué horas escribe) en su estudio, en fiera
disputa con ellas como si se tratase de despejar una derivada.
Pero esta calistenia pareciera ser justamente el motor de
su prolífica producción: frente a lo esquivo
de la inspiración o la genialidad sólo la disciplina
garantiza la creación. Me inclino a pensar también
que esa capacidad es producto de la primera formación
aunada al celo de la escritura, que Leñero ha asumido
sin reservas, porque lo mismo se ha entregado a crear que
a conocer, y al escribir se rodea de diccionarios y toda suerte
de textos de consulta.
Por razones profesionales, el libro que prefiero
entre toda la obra de Leñero es Los periodistas.
Debo señalar que difiero de quienes ubican a esta obra
como una novela exclusivamente testimonial. Me parece que
Los periodistas es esencialmente una excelente crónica
de la zaga de un grupo de comunicadores enfrentados al poder.
Leñero logra que los lectores se conmuevan con la situación
política de la sociedad mexicana de la década
de los setenta, y concretamente con las circunstancias que
rodeaban a la libertad de expresión, porque no se trata
de un análisis, sino de una realidad inteligentemente
narrada, con protagonistas reales y hechos reconocibles aun
para quienes no vivieron los acontecimientos de la época.
Leñero nos ofrece una historia de poder,
de corrupción, de pasión, de entrega a la profesión
periodística, de solidaridades de diversos tonos, de
enemistades y de una amplia gama de matices de la condición
humana, todo ello con fecha, hora, nombre y contexto. No creo
de ningún modo que pueda ser considerado un texto de
ficción, por más que en la recreación
se exageren emociones.
Los periodistas es un texto obligado
para los integrantes no sólo de la prensa escrita,
sino de los medios en general. Creo que muchos de nosotros
quisiéramos poder contar nuestra historia, la de periodistas,
de esa manera: hacer de lo cotidiano algo memorable. Quienes
trabajamos en los medios tenemos esa posibilidad. Recordé
una anécdota del escritor indio R. K. Narayan, a quien
angustiaba asomarse a su propia ventana porque desde ella
se adivinaban "millones de historias" y no era posible
incorporarlas todas a su obra. Pocas cosas para mi tan tristes
como ver a colegas, maduros y jóvenes, exigir "el
boletín" para redactar una nota. ¿Triste,
dije? Miento. ¡Me violenta!
Consideremos además que Leñero
ha pergeñado buena parte de su obra al tiempo que tenía
una responsabilidad fija y exigente en la revista Proceso.
En el mismo año en que ocurren los hechos narrados
en Los periodistas, 1976, aparece su novela A fuerza
de palabras. Los acontecimientos relacionados con la salida
de Julio Scherer de Excelsior y la aparición
de la revista Proceso sólo descansaron -es un
decir- dos años en la memoria de Leñero, que
publicó Los periodistas en 1978. Al año
siguiente apareció El evangelio de Lucas Gavilán,
quizá una de sus novelas más reconocidas. En
1980 publica las obras de teatro La mudanza, Alicia,
tal vez y Las noches blancas. En 1981 aparece
La visita del ángel.
No intento hacer una cronología de la
obra de Leñero, porque agotaría en ella el espacio
del artículo, sino algunos apuntes que ilustran por
qué me resulta sorprendente la producción de
Leñero en el tiempo, en diversidad de géneros
y en calidad.
En 1963 con Los albañiles, Vicente
Leñero ganó el premio "Biblioteca Breve"
de Seix Barral, dos años después de haber publicado
su primera novela, La voz adolorida. El significado
que tenía el premio otorgado por una editorial en ese
tiempo es mucho mayor de lo que representa en la época
actual y por ello más meritorio. En muchos sentidos
era una catapulta para los escritores, sobre todo tratándose
de jóvenes como el propio Leñero, que a los
treinta años se hacía acreedor a tal distinción,
antecedente del premio "Xavier Villaurrutia" que
recibiría en el 2001.
La contribución de Leñero al teatro
también es digna de mencionarse. Siempre me ha parecido
que los escritores tienen una historia diferente en cada lector.
Cómo se les percibe y la influencia de su obra van
de la mano de la historia personal de quien abre el libro.
Recuerdo que la primera obra de teatro de Leñero que
leí fue La mudanza y, no obstante mi juventud,
me resultó aleccionador lo que un escritor puede hacer
con una situación sencilla, limitada en el tiempo y
el espacio. Sin duda todo un aprendizaje para quien se dedicaba
de lleno al trabajo reporteril. Algo similar, pero en otro
tiempo y quizá con otra percepción me produjo
La gota de agua, que aprecio más, en palabras
del propio Leñero, como talacha periodística
que como novela. Porque un incidente doméstico es aprovechado
con una serie de recursos, incluida la formación ingenieril,
para dar como resultado una novela aceptable y sobre todo
formadora.
Me pregunto si la combinación de escritor,
periodista e ingeniero derivó en otra de las exitosas
facetas profesionales de Leñero, la de guionista cinematográfico.
De su pluma es la adaptación de la novela de Naguib
Mahfuz El callejón de los milagros, lo mismo
que la de Eça de Queiroz, El crimen del padre Amaro.
Menos conocidos son sus guiones documentales, como aquella
serie Nación en marcha producida en los años
setenta por la Subsecretaría de Comunicación
del gobierno echeverrista para recrear las giras del Primer
Mandatario.
Por cierto, El crimen... le valió
verse envuelto en la polémica levantada por grupos
religiosos que defendieron a la Iglesia Católica,
pero una consecuencia benéfica del intento de censura
a la película fue la edición en español
de la novela. Más allá del incidente, lo que
queda es un trabajo eficaz de Leñero en diversos géneros
y la evidencia del dominio sobre los distintos lenguajes de
cada uno. No resisto recordar aquí el deseo de aquel
escritor: si las Musas existen, ¡espero que cuando lleguen
me encuentren trabajando!
Leñero cumple 71 años este
mes de junio y 45 de trabajo fértil en las letras,
lo mismo en la literatura que en el periodismo. Su asiduidad
en el oficio de escritor nos garantiza muchos textos por venir,
lo cual celebro.
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