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Su
impulso deja de ser una preocupación minoritaria
Códigos éticos del
periodismo
Hugo
Haznar
Investigador de la Universidad
Cardenal Herrera CEU en Valencia, España

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La ética de la información y la comunicación
que inició el siglo XX con pasos tímidos y aislados,
con el desconocimiento y la despreocupación de la sociedad,
comienza el siglo XXI convertida en un asunto central más
de nuestras sociedades, en un interés común de todos
y muy particularmente de muchas organizaciones y colectivos que
tienen este tema entre sus prioridades.
Entre los diferentes mecanismos de autorregulación
que se pueden poner en marcha en el ámbito de la comunicación
social, seguramente los más conocidos son los códigos
deontológicos. Es lógico, ya que si la finalidad de
la autorregulación es que la actividad de los medios se ajuste
a determinadas pautas éticas, lo primero que hay que hacer
es precisar dichas pautas; y ésta es la función propia
de los códigos.
En castellano se han publicado diversas recopilaciones
de códigos aprobados por las principales organizaciones profesionales
de periodistas, así como también de códigos
internos, libros de estilo y otras disposiciones de autorregulación
internas de destacados medios de comunicación.1
Estos son los códigos éticos más conocidos
y suelen recoger las obligaciones fundamentales del periodismo.
A principios de 2005 aparecerá publicada una
nueva recopilación de códigos que resulta diferente
de las anteriores, pues se recogen recomendaciones y pautas propuestas
en la última década por diversos colectivos y entidades
sociales para mejorar el tratamiento que los medios de comunicación
dan a algunos de los grandes retos sociales de la actualidad.2
Esta es sin duda su principal peculiaridad: más
que centrarse en las obligaciones genéricas del periodismo,
los códigos recogidos en tal recopilación plantean
cómo debería ser el tratamiento ético dado
en los medios de comunicación a determinados tópicos
informativos de la actualidad. Se plantean, pues, recomendaciones
éticas para el tratamiento específico de catástrofes
y tragedias humanitarias, comunicación para el desarrollo,
inmigración y racismo, corresponsales en situaciones de riesgo,
terrorismo, información de tribunales, violencia doméstica
o discapacidad. Estos códigos son fruto de la labor de muchas
personas, entidades y organizaciones, por lo que no sólo
varía su contenido o el tema que abordan, sino también
su tipología, su propósito, su alcance. No se trata
de directrices con validez exclusiva para una organización
profesional, un medio o un área geográfica, sino de
propuestas abiertas para ir aplicando y perfeccionándolos
entre todos.
Historia
de los códigos
La historia de los códigos de ética periodística
corre en lo fundamental paralela a la del siglo pasado. Es cierto
que se pueden encontrar sus antecedentes en algunas de las declaraciones
de principios que solían acompañar a la presentación
de los primeros números de periódicos y revistas.
Pero para hablar propiamente de códigos éticos del
periodismo hay que esperar a principios del siglo XX cuando se aprobaron
los primeros documentos de ese tipo en Estados Unidos y algunos
países de Europa.3 En este primer momento,
los códigos apenas representaron un fenómeno aislado
y minoritario; primero, por su escaso número, pero sobre
todo por ser desconocidos incluso para la mayoría de las
personas relacionadas con los medios, por no hablar ya del público
en general.
El impacto de la Segunda Guerra Mundial marcó
un cambio fundamental en la atención al fenómeno de
la información y la comunicación. No sólo se
tomó conciencia de su importancia social y política
sino que se reconoció también su específica
dimensión normativa. De allí la consideración
del derecho a la información, junto al tradicional reconocimiento
de la libertad de expresión, como un derecho fundamental
más de la Declaración Universal de Derechos Humanos
de 1948, dando así a los códigos éticos un
nuevo fundamento.
Así, después de terminado el conflicto
bélico y en un proceso que iría creciendo en las décadas
siguientes, las diferentes organizaciones de periodistas o de prensa
del mundo van aprobando sus propios códigos de ética
periodística. A mediados de los años ochenta, la mayoría
de países y de organizaciones internacionales del periodismo
contaban ya con códigos.
Pese a ello, no todo estaba logrado: la divulgación
de tales códigos seguía estando bastante circunscrita
a las élites de dichas organizaciones. La mayoría
de quienes trabajaban en los medios podía haber oído
algo sobre esos códigos, pero apenas tenía algo más
que una vaga idea de su existencia. Por su parte, el público
seguía desconociéndolos totalmente.
Si la vigencia de la ética periodística
se midiese por la aprobación de códigos, el asunto
debería haberse considerado zanjado a mediados de los años
ochenta ya que para entonces la mayoría de países
contaba con alguno. Sin embargo, en la última década
del siglo XX se produce la reapertura del debate sobre los códigos
éticos de la comunicación. Aunque no exclusivamente,
el epicentro de este debate se sitúa esta vez en Europa y
alcanza una repercusión pública inimaginable antes.
En la última década del siglo XX, la ética
de la comunicación -lamentablemente, en muchos casos justo
por su ausencia- va a dejar de ser un asunto minoritario o reservado
a especialistas para convertirse ella misma en noticia y asunto
de interés común. Prueba de esta reactualización
es que prácticamente todos los países europeos revisan
sus antiguos códigos o aprueban otros nuevos en estos años.4
Claves
de la etapa actual
Son muchas las razones que pueden explicar la reapertura
del debate ético en la última década y no es
fácil hacerles justicia a todas ellas. Aun así se
pueden sugerir algunas claves para entender mejor el momento actual.
1) Históricas
Se trata en este caso del motivo puntual más claro: la Caída
del Muro de Berlín y todo lo que ello significó: no
sólo la abolición de la censura y la recuperación
de la libertad de expresión en los Países del Este,
sino en algunos casos incluso la aparición o el reconocimiento
de Estados que antes no existían. Como resultado, a lo largo
de la década de los noventa, la mayoría de estos países
revisa sus antiguos códigos o crea otros nuevos, ajustándolos
a la nueva atmósfera de libertad. En algún otro caso,
como el de España, que había realizado su particular
transición democrática dos décadas antes, seguía
sin contar con un código de ética periodística
propio y es también ahora cuando lo va a aprobar.
Lamentablemente no todos los acontecimientos que siguen
a la Caída del Muro han sido positivos. En algunos casos
también han reaparecido problemas y conflictos que llevaban
décadas latentes, como los nacionalismos excluyentes, los
conflictos étnicos, la xenofobia o la corrupción.
Ante estos retos, los periodistas deben responder con un compromiso
renovado en pro de ciertos valores y fines éticos de su labor
informativa. Y ello obliga a replantearse algunos supuestos de la
ética periodística tradicional -como el de la neutralidad-,
dando paso a un mayor compromiso con determinados valores democráticos
como la paz o el respeto de los derechos humanos.
Este mismo compromiso hace que los periodistas resulten
una presencia incómoda en ciertas zonas y que en ocasiones
acaben ellos mismos convertidos en objetivo terrorista o bélico.
Así, a lo largo de los años noventa, la cifra de periodistas
amenazados, desaparecidos y asesinados en Europa aumenta notablemente.
Algunos de los documentos éticos recopilados reflejan tanto
el debate sobre esta toma de postura ética de los periodistas
como la preocupación creciente por el incremento de los riesgos
asociados a su actividad.
2) Económicas
La liberalización del mercado audiovisual desde mediados
de los ochenta, la entrada en esa década de importantes capitales
inversores en el ámbito de la comunicación social,
la formación y la toma de posiciones de grandes grupos multimedia,
las oportunidades de mercado asociadas a las nuevas tecnologías,
etcétera, todo ello lleva a un incremento muy fuerte de las
presiones competitivas en los medios y a una búsqueda del
beneficio a corto plazo que hace saltar algunas de las barreras
éticas que tradicionalmente habían sido más
o menos respetadas. Programas y contenidos de nulo gusto y escaso
respeto por la ética inundan progresivamente las televisiones
de toda Europa hasta llevar a la generalización internacional
del término telebasura. En la guerra por la audiencia,
las demarcaciones entre contenidos y géneros se saltan sin
reparo, como lo prueba la aparición de términos nuevos
como infoespectáculo, realityshow, publireportaje, product
placement, etcétera, y con el consiguiente daño
para los criterios éticos respectivos.
La intimidad de las personas célebres o la
de cualquiera que simplemente quiera comerciar con ella se convierte
en objeto de atención preferente y en un filón económico
con el que se regatea sin demasiadas contemplaciones. Y así
podríamos seguir con más ejemplos de cómo los
límites y criterios éticos de los medios -especialmente
de la televisión- han saltado por los aires en la última
década y media, al calor primero de las privatizaciones y
más tarde de un neoliberalismo de mercado sin freno; pero
como el fenómeno es sobradamente conocido de todos no hace
falta insistir más en él.
3) Tecnológicas
A lo anterior se ha unido también el impacto de los avances
tecnológicos, no sólo debido a la introducción
de nuevas tecnologías a gran escala -como Internet-, sino
también por la generalización de otros avances menores
que tienen un impacto significativo en la actividad de los medios,
como las cámaras de vídeo, los bancos de datos, los
nuevos instrumentos de escucha y grabación o las nuevas técnicas
de manipulación de imágenes y sonidos. Todo ello obliga
a reconsiderar algunas cuestiones tradicionales de la ética
periodística -como la veracidad, el respeto a la intimidad,
los límites del periodismo de investigación, etcétera.
Los deberes del periodismo no cambian, pero sí
lo hacen las circunstancias en que se aplican y eso obliga a plantear
nuevos debates éticos y esclarecer los criterios para el
empleo correcto de estas nuevas tecnología.
4) Sociales
Los procesos de cambio económico, sociocultural o político
producidos en nuestras sociedades a lo largo de las últimas
décadas han llevado también a la emergencia de cuestiones
que habían merecido escasa atención, no ya desde el
punto de vista de la ética periodística sino incluso
de los medios en general. Hay quien se ha referido a estos asuntos
como los nuevos problemas sociales. Pero la denominación
puede resultar equívoca ya que muchos de ellos no son en
absoluto nuevos. Posiblemente incluso representen los problemas
sociales más permanentes, sólo que la dinámica
política del último medio siglo -sobre todo lo referido
a la Guerra Fría y el conflicto ideológico sobre el
que pivotaba- los había dejado un tanto fuera de escena.
Y ahora han reaparecido con fuerza.
La necesidad de informar sobre estas cuestiones (a
menudo, esto mismo supone una novedad ya que muchos de estos temas
no solían constituir materia informativa) y de hacerlo además
teniendo presentes las nuevas sensibilidades del público
ha obligado a plantearse cuestiones de ética periodística
que no aparecían en los códigos tradicionales y a
las que ahora hay que dar respuesta. Además, la posición
cada día más central de los medios hace que se considere
también su responsabilidad o su influencia en torno a todas
esas cuestiones, lo que contribuye igualmente a abrir el debate
ético.
De todo esto hay sobrados ejemplos en los documentos
recopilados. Algunos son ciertamente asuntos muy graves que deben
preocuparnos a todos -como el problema de la violencia doméstica-.
Otros constituyen retos que hay que abordar colectivamente para
prevenir sus riesgos y potenciar sus beneficios -como la inmigración-;
y no faltan los que, lejos de ser problemas, reflejan una nueva
sensibilidad social que no cabe sino celebrar -como cuando se plantea
la imagen mediática de los países menos desarrollados
o de los discapacitados.
Todos estos asuntos son sociales. Muchas de
esas nuevas cuestiones desbordan las instituciones políticas
tradicionales -como los partidos, los Parlamentos o la misma Administración-
y hacen que más personas, organizaciones no gubernamentales
y otros colectivos se sientan implicados en su resolución.
Si los medios se han convertido en las plazas públicas virtuales
de nuestra sociedad y a ellos se trasladan estas cuestiones, entonces
también la ética periodística relacionada con
ellas pasa a ocupar un lugar destacado.
Un
interés de todos
Todo ello nos lleva a destacar el rasgo que seguramente
va a caracterizar más esta nueva etapa histórica de
los códigos: la ética de la comunicación social
deja de ser una preocupación minoritaria o poco conocida,
incluso deja de ser una preocupación exclusiva de las organizaciones
periodísticas, para convertirse en un nuevo asunto social.
No hay nada de extraño en eso: al hilo del creciente protagonismo
de los medios, aumenta la preocupación colectiva por su ética.
La exigencia de ética en los medios se convierte
por tanto en un asunto que preocupa a una parte creciente del público.
Todo ello indica una cierta reacción frente al papel de receptores
pasivos que nos atribuía hasta ahora la comunicación
social.5 Desde luego que este fenómeno no
es todavía mayoritario ni tampoco va a conseguir cambiar
en un día el perfil habitual de los medios. Pero representa
un cambio claro: el que supone reclamar que la calidad de los medios
sea como mínimo la que exijimos normalmente a cualquier otro
producto del mercado, más aún teniendo en cuenta su
singular poder de influencia. Se puede hablar así de una
cierta rebelión de los públicos en la que los
destinatarios de la comunicación social recuperan su protagonismo
perdido y asumen también la parte de responsabilidad que
les corresponde a la hora de hacer mejores a los medios.
De este modo, la ética de la información
y la comunicación que inició el siglo XX con pasos
tímidos y aislados, con el desconocimiento y la despreocupación
de la sociedad, comienza el siglo XXI convertida en un asunto central
más de nuestras sociedades, en un interés común
de todos y muy particularmente de muchas organizaciones y colectivos
que tienen este tema entre sus prioridades.
De ser iniciativas aisladas y poco conocidas, los códigos
éticos de los medios pasan a ser algo relevante, conocidos,
primero, por todo profesional de los medios que se precie, pero
también cada día más por muchos ciudadanos
informados.
NOTAS
1) Aznar, 1999; Barroso, 1984;
Villanueva 1996 y 1999.
2) Aznar Hugo: Ética de la comunicación
y nuevos retos sociales. Códigos y recomendaciones para los
medios, Paidós, Barcelona, 2005. La recopilación va
precedida de una presentación conjunta que, entre otras,
aborda la cuestión de por qué se ha producido esta
reapertura del debate acerca de los códigos éticos
del periodismo. El presente texto es un adelanto, con alguna variación
menor, de la respuesta que se da en el libro a tal interrogante.
3) Barroso, 1991; Aznar, 2005.
4) Villanueva, 1996.
5) Aznar, 2005.
Bibliografía
Alsius, S. Codis étics del periodisme televisiu, Pórtic,
Barcelona, 1999.
Aznar, Hugo, Ética y periodismo. Códigos, estatutos
y otros documentos de autorregulación, Paidós, Barcelona,
1999.
---Comunicación responsable. Barcelona, Ariel, 2ª ed.
---Ética de la comunicación y nuevos retos sociales,
Códigos y recomendaciones para los medios, Paidós,
Barcelona, 2005.
---y E. Villanueva (eds.), Deontología y autorregulación
informativa. Ensayos desde una perspectiva comparada, México,
Fundación Manuel Buendía y Universidad Iberoamericana,
2000.
Barroso, P., Códigos deontológicos de los medios de
comunicación, Ediciones Paulinas, Madrid, 1984.
---1991 "Códigos deontológicos de la comunicación".
En Benito, A. (dir.): Diccionario de Ciencias y Técnicas
de la Comunicación, Ediciones Paulinas, Madrid, 1991, pp.
194-218.
Laitila, T., "Journalistic Codes of Ethics in Europe",
Euorpean Journal of Communication, vol. X, núm. 4, 1995,
pp. 527-544.
Villanueva, E., Códigos europeos de ética periodística,
Fundación Manuel Buendía y Centre d'Investigació
de la Comunicació, México, 1996.
---Deontología informativa. Códigos deontológicos
de la prensa escrita del mundo, Universidad Iberoamericana y Pontificia
Universidad Javeriana, México y Santa Fe de Bogotá,
1995.
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