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El
reportaje en televisión
Contar a fondo
Ana
Hernández
Doctoranda en Ciencias de la
Información por la Universidad de La Laguna

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El reportaje televisivo es
el género periodístico más cercano al séptimo
arte, el que permite al periodista audiovisual contar a fondo una
historia, desentrañar todas las cuestiones -hasta el último
porqué- y definir, con certeras pinceladas, a los protagonistas.
Y es el género donde el periodista desarrolla todos sus recursos.
Es el género de géneros, el más
completo del periodismo informativo. Así lo han llegado a
denominar algunos investigadores de la comunicación. Y en
televisión, esa descripción se acentúa porque
el reportaje requiere de la perfecta fusión de los lenguajes
escrito y cinematográfico. Contar la película, pero
para que el público la entienda. Se trata de profundizar,
que -según la doctrina norteamericana- no es otra cosa que
explicar los antecedentes, humanizar, interpretar y orientar, que
no opinar.
Los profesionales y comunicadores dividen los reportajes
según sean informativos o interpretativos, corrientes o profundos.
Otros, como el reportero del prestigioso programa español
Informe Semanal, Manuel Artero, simplemente los divide en malos
o buenos, en los que priman los datos o los sentimientos. Sin ambages.
Buenos:
humanos y con ritmo
Resaltar el aspecto humano en un reportaje es, sin
duda, un buen método para captar audiencia. No sólo
porque al espectador se le antoja más cercana la noticia,
sino por una simple cuestión ya probada: este tipo de informaciones
ha sustituido desde los años setenta a la frialdad institucional.
Y las meras cifras no interesan. Entran por un oído y un
amplio porcentaje sale por el otro. En cambio, en los reportajes
humanos quedan: las sensaciones. Y cada vez son más quienes
confían en el poder de lo personal.
Después de contar cientos de historias para
televisión, el reportero llega a una conclusión a
la que ya llegaron los clásicos hace muchos años:
Todas las historias de los hombres son la misma historia repetida
al infinito y siempre, al final, [...] uno se encuentra siempre
con una historia de amor y deseo, de envidia, de traición
o de miedo a la muerte.1 A la postre, lo
que Martín Vivaldi llamaba grado de universalidad en un relato.
Se trata de vivir de cerca el tema y contarlo con
todas sus aristas. El reportaje le da al periodista la oportunidad
de contrastar las luces de su retrato, de resaltar la personalidad
de los sujetos activos y presentarlos en casa como amigos o enemigos
suyos. Y ese es precisamente uno de los mejores modos de enganchar
al público. Así y con el ritmo.
El ritmo, que no la trepidante sucesión de planos. Hablamos
de acción y drama, en fin, de conflicto. De contar la historia
con tal gancho que, como dice García Márquez, agarremos
por el pescuezo al lector en la primera palabra y no se nos escape
antes del final. El suspense que lleva a que el espectador
perciba como 15 minutos un reportaje que ha durado media hora.
Ese suspense se crea con la estructura y, citando
de nuevo a Artero, con "los tres verbos del éxito: despertar,
mantener y aumentar el interés de la historia".2
O lo que es lo mismo: las condiciones formales ineludibles para
Martín Vivaldi en un buen reportaje:
Un comienzo atractivo, un desarrollo interesante y un final concreto.
En eso consiste saber vender el tema.
La tensión puede mantenerse también
con pausas, con silencios. Es más: en ocasiones el espectador
necesita una ruptura formal (fundidos a negro, por ejemplo). Lo
agradece en casos en los que el redactor cambia de asunto o es también
un modo de fijar conceptos, de descansar, porque una interrupción
de un solo segundo en televisión -máxime teniendo
en cuenta la actividad frenética a la que nos tiene acostumbrados
la publicidad- es descanso.
Son particularidades del reportaje que, frente a la
noticia, no puede encasillarse en la estructura de la pirámide
invertida, en la que se puede prescindir del final sin alterar el
trabajo periodístico.
En un reportaje interpretativo -escribe Earle Herrera-,
todos los elementos son importantes. [...] No se puede cortar el
reportaje por ninguno de sus extremos sin que éste pierda
significación.3
Prescindir o no de elementos secundarios es algo que
el autor debe determinar. De ningún modo puede afectar a
los contenidos relevantes, porque el buen reportaje es el que no
se queda en la superficie, sino "el que cuenta, no solamente
lo que pasa, sino lo que pasa dentro de lo que acontece".4
Y éste ir más allá es un resultado que
no se consigue sino con tiempo e investigación.
Tiempo:
un gran aliado
El tiempo es una de las grandes dificultades con las
que se encuentra un reportero a la hora de elaborar el producto.
No es que disponer de suficientes días sea condición
sine qua non para lograr un gran reportaje, pero sin duda
ayuda. Es la diferencia entre poder localizar los diferentes escenarios
previamente o acudir literalmente vendidos a las entrevistas.
Y el más agradecido es el camarógrafo, que podrá
sacarle el máximo partido a sus conocimientos compositivos,
algo en lo que el producto gana desde el punto de vista formal.
Los planos de un reportaje suelen diferenciarse sustancialmente
de un programa informativo porque se cuida más el peso y
la fuerza visual a tenor del tamaño, el color y la ubicación
de los elementos. Hablamos de planos elaborados desde el equilibrio
y la proporción, como en un espacio pictórico. Encuadrando
como si de arte se tratase, como han hecho tantos y tantos directores,
entre otros, Bernardo Bertolucci con la película Novecento.
Disponer de preparación suficiente permite
también al redactor hacer buenos contactos: gente que comunique,
y bien, porque son los personajes los que sustentan el reportaje.
De nada vale una buena historia, bien narrada, si los protagonistas
no transmiten todo lo humano que hay tras su sufrimiento, pasión
o ilusiones. Llevados al límite de lo planeado, la televisión
norteamericana -y concretamente 60 minutos del productor
de la CBS, Don Hewitt- escoge incluso a los entrevistados que luzcan
en cámara. Excesivo, para el mundo hispanohablante.
Pero como la realidad con la que nos encontramos suele
ser otra, una realidad heterogénea, el redactor debe estar
preparado para solventar los problemas de comunicación del
entrevistado haciendo valer, buena parte de las ocasiones, sus conocimientos
de comunicador -y a menudo del comportamiento humano- para extraer
del protagonista cortes no sólo interesantes sino brillantes.
Por último, el tiempo también le permite
al redactor documentarse adecuadamente y, por tanto, reconocer el
problema para plantearlo. Decía el mexicano Julio del Río
Reynaga en Periodismo interpretativo, que la investigación
documental, junto con la observación del periodista, deben
utilizarse con el rigor y sistematización propia de las técnicas
de investigación de las ciencias sociales. En su concepción
analítica, dividió en cinco las fases de elaboración
de un reportaje:
La primera -el proyecto de investigación- corresponde a escoger
las fuentes y hacer previsiones de los recursos que vamos a utilizar.
Pero sin duda también resulta útil idear el primero
de nuestros esquemas y dejar claro qué vamos a tratar y de
qué modo.
El segundo paso consiste en recopilar los datos: tanto
investigación documental como de campo, base informativa
que propone clasificar y ordenar en la tercera fase. Es muy posible
que las fases dos y tres se entrelacen, coincidan en el tiempo,
si el reportaje se elabora en un corto intervalo de entre tres y
cuatro días. En la quinta fase, aglutina las labores de redacción
previo esquema: estructura, estilo o lenguaje; en fin, la piel para
el esqueleto que durante la filmación hemos creado.
Sólo falta una sexta parte, la edición,
en la que el reportero tiene que estar presente: es su producto.
Y nadie como él lo conoce. Por tanto, no puede dejar en manos
de terceros el proceso final, el traje de noche. En caso contrario,
repercutirá en la calidad del resultado.
Muchas horas para que al final -por regla general-
se emita sólo una vez. Si coincide con un espectáculo
puntual de máxima audiencia en otra cadena, el reportero
no podrá más que preguntarse si tanto esfuerzo ha
valido la pena.
Originalidad
ante todo y unos ejemplos
El reportaje pone a prueba la originalidad del periodista.
Una originalidad que busca la sorpresa del espectador. Y hay muchas
y diversas maneras de llamar la atención del televidente,
porque el medio audiovisual cuenta con dos importantes sentidos
(vista y oído) para hacer superlativo lo que en prensa denominaríamos
lead de impacto. Un ejemplo claro es un comienzo con gritos
desgarradores en casos en los que se aborda la tragedia de la violencia
de género. Amén de poder debatir hasta qué
punto roza o no el amarillismo (depende en cierta medida de si se
huye del morbo hacia la narración lógica de los hechos),
lo cierto es que despierta el interés de la gente hasta límites
insospechados. Son documentos que, si son imágenes filmadas
sólo por nuestra televisión, se convierten en todo
un lujo.
Buscando ese toque diferenciador, el redactor le da
vueltas a imágenes-símbolo de las ideas que quiere
transmitir. Así, en un intento por forzar la maquinaria,
puede que busque para el principio o el final de su reportaje planos
concretos creados por el propio equipo. ¿Y por qué
alfa y omega son tan importantes? Pues simplemente porque son como
la carta de presentación y la despedida con buen sabor de
boca.
En un reportaje sobre inmigración ilegal llamado
"Sin Papeles", el equipo de Canarias Semanal filmó
como primer plano -a instancias del periodista- una hoja con el
ya mencionado título. La colocaron sobre el agua, en la orilla
de una playa, toda una comparación con el modo en el que
llegan los indocumentados desde el vecino continente africano. Estos
procedimientos más artísticos, elaborados y algunas
veces forzados, se acercan a la concepción del mundo del
celuloide.
Para todos estos casos se mejora el resultado con
las aportaciones del equipo, porque pueden dar luces o porque, con
su experiencia, también pueden aportar interesantes puntos
de vista fruto del diálogo.
Por descontado que la originalidad no se basa en los
golpes de efecto, sino en la orientación que el reportero
concibe para su producto. En Principios básicos del reportaje
televisivo, Yorke explica que los reportajes "deben seguir
un curso lógico, claro e interesante, cualquiera que sea
el tema".5 Indudablemente hay asuntos que
se prestan a un enfoque novedoso, mientras que otros requieren agudizar
el ingenio. Pero el esfuerzo siempre vale la pena.
Un ejemplo más. La Feria Internacional de Dakar,
organizada por las Cámaras de Comercio, era un encuentro
empresarial que Televisión Española en Canarias ya
había cubierto en otras ocasiones en Senegal. Por eso, esta
vez, requería de un enfoque diferente al de ediciones anteriores,
sin la frialdad de la pura economía. Así que buscamos
un protagonista africano, Alioune Samb, que se convirtió
en el hilo conductor de todo el reportaje.
Samb trabajaba con una empresa canaria y a través de él
pudimos hablar del sistema del partenariado; del auge comercial
experimentado por las compañías insulares y su reflejo
en la feria; de los productos que como el gofio -una harina de cereales
que es originaria de las Islas Canarias- formaban parte de la dieta
senegalesa y, desde un punto aún más social, de uno
de los grandes problemas que afecta al Archipiélago: la inmigración
clandestina.
Sin duda, organizar una narración así
es un trabajo más arduo que pensar en la simple estructura
lineal6 de una actividad cualquiera. Por eso si
alguno de los elementos no está bien hilado, el reportaje
corre el peligro de despistar al espectador, que puede perderse
entre el intrincado argumento.
Con
estilo
Para lograr llegar a todo el público, aparte
de un guión correcto, nada como el estilo exacto, sencillo,
conciso y concreto del periodismo. Es necesario, especialmente en
el lenguaje audiovisual, escribir como uno habla: con un vocabulario
directo y natural. Con frases cortas y sin subordinadas. Pero también
es cierto que el reportaje permite lo que otros géneros periodísticos
no admiten: un tono más literario. No sólo lo admite,
sino que lo enriquece. Así, el periodista puede contar desde
más allá del raciocinio las sensaciones al llegar
por ejemplo a un perdido pueblo de Castilla, o describir el intenso
dolor por la muerte de un familiar a manos de terroristas. Desgranando
las palabras, su contenido llega más al público.
El titular del reportaje es muchas veces un quebradero
de cabeza. Sólo en ocasiones se convierte en un juego: el
de combinar palabras para llegar a una idea resumida hasta la máxima
expresión. Al final, la elección se realiza sobre
varias posibles y casi resulta una tradición hacer una pequeña
encuesta en la redacción para conocer los gustos de los compañeros
antes de decidir. Así ocurrió en un reportaje que
acabamos titulando "Menuda dieta", sobre el problema de
los comedores escolares. Además de gráfico, tenía
un doble sentido: el principal -menuda en relación a infantil-
y el sugerido -menuda como aspecto valorativo-.
"El secreto de la vida", un trabajo de Silvia
Fernández de Bobadilla, atiende de una forma hasta poética
a la decodificación del genoma humano. "Crudo y claro",
sobre la continua subida de los precios de los carburantes, busca
la empatía con el televidente y los hay descriptivos pero
con gancho como "Chiado, renacer de las cenizas". Son
ejemplos -estos tres últimos- tomados de la larga trayectoria
de Informe Semanal. Con tres décadas a sus espaldas,
este programa es un claro ejemplo de cómo los reportajes
son productos de prestigio para las empresas audiovisuales.
Pese a la veloz transformación de los gustos
de los espectadores españoles de la que hablan Contreras
y Palacio, Informe Semanal se ha mantenido porque otorga
calidad al conjunto. Se emite a las diez de la noche del sábado,
prime time en España y justo después del Telediario
segunda edición. Pero Televisión Española
es un ente público y para las cadenas privadas -generalistas,
autonómicas o locales- resulta más sencillo y barato
comprar derechos a las productoras de reportajes de investigación
sobre escándalos en el entorno de la droga, la marginalidad
o la prostitución.
Sean sobre la variopinta actualidad (guerra, clonación,
juegos olímpicos, racismo...) o sobre otros asuntos dirigidos
con total intencionalidad a incrementar las curvas de audiencia,
lo cierto es que el de este género es un pulso silencioso
con los programas basura y del corazón, con los reality
shows y con el mundo de la farándula que busca entretener
por entretener, a precios de producción muy bajos.
Por su calidad e interés, el reportaje es un
género que no tiene visos de decaer. De hecho, los canales
temáticos han propiciado un resurgimiento de ese modo de
hacer periodismo que algunos comunicadores han llegado a comparar
con el ensayo literario.
Decía el periodista Henri Danjou que se aprende
a hacer reportajes como se aprende a escribir, a dibujar. Aunque
en su certera lección daba alguna pista más: la necesidad
de mostrar al público lo que se ha visto, y siempre de un
modo pintoresco. Está claro que es cuestión de práctica,
de años de experiencia. Por eso y por sus características
como investigación, el reportaje es el género del
corredor de fondo.
NOTAS
1) Manuel Artero Rueda, El guión
en el reportaje informativo.
2) Ibidem.
3) Earle Herrera, p. 54.
4) Gonzalo Martín Vivaldi, p. 103.
5) Ivor Yorke, p. 86.
6) El método de la narración diacrónica,
por ejemplo, se suele llevar a cabo cuando el tiempo juega un factor
fundamental, por ejemplo, los minutos previos a una ejecución
que ha recibido una repulsa generalizada. Un modo de reportajear
-si se me permite la palabra- que Florencio Martínez en Reportajes
de cine compara con Solo ante el peligro, de Fred Zinnemann. La
utilización del flash-back sirve para situar desde el comienzo
al espectador en la parte cumbre del problema, incluso para engancharlo,
como decíamos al principio. Sin embargo, se corre el mismo
peligro si no se realiza correctamente el juego entre el pasado
y el presente.
Bibliografía
Manuel Artero Rueda, El guión en el reportaje
informativo,
Earle Herrera, El reportaje, el ensayo: de un género a otro,
Eldorado, Caracas, 1991.
Martín Vivaldi, Gonzalo, Géneros periodísticos:
reportaje, crónica, artículo: análisis diferencial,
Paraninfo, Madrid, 1987.
Martínez Aguinagalde Florencio, Reportajes de cien: recetas
cinematográficas para la construcción del discurso
narrativo en el reportaje periodístico, Servicio Editorial
de la Universidad del País Vasco, Bilbao, 1996.
Palacio Manuel, y José Miguel Contreras La programación
de televisión, Editorial Síntesis, Madrid, 2001.
Río Reynaga, Julio del, Periodismo interpretativo: el reportaje,
Trillas, México, 1994.
Yorke, Ivor, Principios básicos del reportaje televisivo,
IORTV, Madrid, 1991.
VV.AA, Informe Semanal. Treinta años de historia, Plaza &
Janés, Madrid, 2003.
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