Leni Riefensthal: a un año de su muerte

Crítica a la propaganda Nazi

Rodolfo Martínez


  Periodista




 


En el contexto del arranque del siglo XXI, el reciclaje global de las prácticas del nazismo1 nos permite ver en el primer aniversario de la muerte de Leni Riefensthal el punto de referencia para examinar, de entre las prácticas del patrón del régimen nazi, particularmente el tema del ocultamiento y la mentira como políticas de Estado. Desde este punto de vista, el patrón del régimen nazi no sólo influyó abiertamente en imperialismos post-fascistas, tales como el de Estados Unidos, sino que además fue perfeccionado, específicamente por los grupos militaristas fundamentalistas patrióticos2, los así llamados halcones, que han gobernado la Casa Blanca, durante toda la segunda mitad del siglo veinte, hasta la fecha.

Los supuestos efectos perniciosos de la propaganda cinematográfica nazi sobre el pueblo alemán, es uno de los mitos que se vincula con los documentales que el dictador Adolfo Hitler encargó a la cineasta Leni Riefensthal. En este contexto, a manera de aproximación, es menester el examen crítico del mito de los documentales de Leni; de la propaganda nazi en sí misma, así como de la relación dialéctica propaganda-ocultamiento-mentira-desinformación que desarrolló dicho régimen. Desde esta perspectiva, sólo después de tales exámenes es posible comprender las razones por las cuales en la actualidad las prácticas nazis, particularmente las propagandísticas, cobran vigencia con la secta fundamentalista patriótica que actualmente controla la administración norteamericana.

                                               Leni y el mito

En términos generales, hay una especie de mito fantasmagórico3 acerca del efecto propagandístico de los documentales de Leni, mismo que oculta la realidad del contexto histórico de su realización. Detrás del mito está el antisemitismo eliminador que proliferaba en Europa y particularmente en Alemania, mismo que fue exacerbado y convertido en política de Estado por el régimen nazi. El mito se ha construido a partir de la creencia común de que los documentales encargados por Hitler y realizados por Leni, fueron tan poderosos en su influencia sobre el pueblo alemán, que lo impulsaron a cometer crímenes contra la humanidad, de modo que sus efectos fueron suficientes para que millones de alemanes decidieran convertirse en criminales, en perpetradores del holocausto, en una operación genocida a la que los nazis denominaron con un eufemismo, la solución final. A partir de esa lógica, cabe preguntarse si la influencia de los documentales en los receptores, los alemanes corrientes, fue suficiente para convencerlos de asesinar en masa a los judíos europeos y demás minorías condenadas a la eliminación genocida por el nazismo. Visto desde esta perspectiva, el mito oculta la compleja operación propagandística nazi, de la cual dichas producciones cinematográficas únicamente eran tácticas que correspondían a la etapa en que los nazis ya tenían el poder, la cual es posterior a la primera etapa llamada por ellos de lucha.

Leni Riefensthal fue la única mujer que ostentaba un cargo oficial en el Partido obrero nacional socialista alemán. En no pocas ocasiones manifestó abiertamente su crítica en contra de la organización de ese partido formado por caciques militares, lo cual también en no pocas ocasiones alentó revueltas en su contra. En el seno de un partido como el nazi, las críticas de Leni constituían una agresión para los jefes políticos de un movimiento que tenía en el odio a las mujeres uno de sus principales fundamentos. Los ataques de los jerarcas nazis en contra de la joven documentalista cesaron después de la primera película del congreso del partido, El triunfo de la fe (1933).

Aunque desde finales de la década de los veinte del siglo veinte, Leni Riefensthal ya era conocida en la cinematografía por sus actuaciones en largometrajes cuyo tema era el alpinismo, las montañas y el esquí, la celebridad la alcanzó cuando realizó, por petición personal de Adolfo Hitler, los primeros documentales de los congresos del Partido nazi en el poder. En ese contexto, en 1933, filmó El triunfo de la fe; en 1935, El triunfo de la voluntad, y en 1936 realizó el documental de los juegos olímpicos de Berlín, titulado Olimpia. En dichos documentales el régimen nacional socialista alemán sintetizó el significado y el simbolismo de su sistema autoritario de control del poder y los utilizó para difundir en forma profunda, amplia y masiva, el contenido de su ideología racista, totalitaria y criminal, conocida por todos como fascismo nazi.

¿Qué tenían en especial los documentales de Leni? En el caso de Olimpia (1936), para el contexto de la cinematografía alemana de esa época, tenía una técnica de edición impecablemente aplicada, que disponía de material fílmico fotografiado con tiros de cámara a nivel del suelo, con lo cual se captaba en gran acercamiento los músculos de los atletas alemanes, creando una imagen que resaltaba el poderío atlético de los competidores que en los juegos olímpicos de Berlín de 1936, representaron al régimen nacional socialista. También utilizó tomas en ángulo contrapicado de los cuerpos de los atletas en plena competencia, mismas que al formar parte de un montaje perfectamente estudiado, edición precisa en todos sus detalles, configuraban una imagen que resaltaba la fortaleza atlética de los alemanes, lo cual fue utilizado por el Ministerio de propaganda nazi para argumentar visualmente su principal fundamento ideológico, la supuesta superioridad de la raza aria. Si bien es cierto que este documental tuvo una función superior en el conjunto de la maquinaria propagandística nazi, también es cierto que no promovía el antisemitismo, ni mucho menos promovía la eliminación genocida de los judíos europeos.

¿Qué fue lo que retrató Leni en "El triunfo de la voluntad"? En 1935 la cineasta filmó el congreso del Partido Obrero Nacional Socialista Alemán, particularmente las concentraciones de masas del Partido. En dichas concentraciones se combinaban el desfile militar, el mitin político y la celebración sacra. El documental destacaba la comunidad nacional como valor supremo del pueblo alemán. Utilizando sus técnicas de filmación y edición, la documentalista logró hacer tangible dicho valor, identificando a Adolfo Hitler como la encarnación individual de la voluntad nacional. Para este caso la técnica consistía en colocar la imagen del Fuhrer en el centro del encuadre de la cámara, convirtiéndolo en el centro focal de toda la orquestación simbólica puesta en juego tanto dentro como fuera de la cámara cinematográfica de Leni. El lugar de la representación tenía ricas asociaciones simbólicas con la época medieval y con la iconografía de la operística wagneriana. Ese era el telón de fondo construido por el arquitecto Albert Speer4 y filmado por la cineasta Leni Riefensthal, para la representación moderna de la imagen realzada de la soledad del César romano, encarnado por el líder nazi en su tribuna, el Fuhrer.

En el caso de "El triunfo de la voluntad", la técnica de montaje, o de edición, de los materiales filmados durante el congreso del Partido Obrero Nacional Socialista Alemán, tenían como finalidad destacar la figura del Fuhrer, de manera tal que Adolfo Hitler apareciera en forma divina, a semejanza de un dios neopagano. Albert Speer, principal arquitecto del Tercer Reich y Ministro de Armamento, diseñó y construyó las escenografías monumentales que servían de marco y ambientación de todo aquello que la cámara cinematográfica de Leni Riefensthal filmó en el congreso del partido nazi de 1935, en Nuremberg. La aplicación de dichas técnicas definen un momento esencial en la propaganda nazi que es fundamental en la medida en que nos deja ver las intenciones políticas de Hitler, al incentivar a la joven cineasta alemana a crear una imagen mesiánica del dictador nazi. En este orden de cosas, desde la lógica de los propagandistas nacional socialistas, la mayor virtud de la documentalista fue retratar en El triunfo de la voluntad la imagen que Hitler quería ver de sí mismo, es decir la imagen de dios. Esas escenificaciones y representaciones teatrales construidas por Albert Speer y filmadas por Leni, convertidas en propaganda, utilizando para ello el cine, tenían también otra finalidad, es decir, en una relación dialéctica negativa con la verdad histórica, esa finalidad consistía en ocultar el carácter policiaco del régimen genocida encabezado por Adolfo Hitler.

¿Cuál fue la aportación de dichos documentales a la propaganda nazi? En el caso de El triunfo de la voluntad (1935), su aportación está en los elementos cinematográficos para la construcción del discurso propagandístico visual, especialmente los elementos simbólicos que fotografió en movimiento, y que sirvieron para construir, desde la lógica de la concepción nazi de su propaganda, la imagen del poderío nacional socialista, basado en la idea irracional de la superioridad de la raza aria, por encima de los demás pueblos del mundo.

                                                      Crítica a la propaganda nazi

Si se preguntara ¿Quién recuerda el nombre del autor de la frase Europa para los Europeos? Con seguridad poca gente contestaría con certeza poder recordar que su autor fue el teórico constitucionalista de la derecha alemana Carl Schmitt,5 y que dicha frase sirvió de idea central del aparato propagandístico en los países europeos invadidos por el imperio nazi. Pero si se preguntara con quién se asocia la consigna repite una mentira mil veces y se convertirá en verdad, con toda seguridad un numeroso conjunto de personas inmediatamente asociará dicha idea con el nombre del ministro de propaganda del régimen nacional socialista alemán y Gauleiter de Berlín, el doctor en literatura, Joseph Goebbels. La desinformación y la confusión entre los detalles de su persona y los detalles del fenómeno mismo de la propaganda nacional socialista alemana, no nos permiten avanzar en el estudio crítico del fenómeno. Así, la noción respecto de la propaganda nazi se reduce a una identificación automática con la personalidad del ministro de propaganda Joseph Goebbels, dejando del lado el aparato propagandístico en sí mismo.

A fin de trascender los niveles mítico y místico, la crítica a la propaganda nazi requiere de la observación del contexto histórico donde suceden los efectos de esa propaganda, así como la consideración de la dinámica que se establece entre los actores de dicho contexto, porque, en los hechos, la operación propagandística, entendida en su sentido amplio, se realizaba tanto dentro como fuera de los medios de comunicación masiva, y abarcaba actividades ajenas al proceso democrático contemporáneo formal de los alemanes de la época de la república de Weimar. Dichas acciones propagandísticas se localizaban en el ámbito de la vida cotidiana de los alemanes y en su conjunto formaban parte del fenómeno de la propaganda nazi. En tal sentido, se presenta aquí, un cierto enfoque de interpretación contextual basado fundamentalmente en la obra de Michael Burleigh, El Tercer Reich. Una nueva historia6, lo cual nos permite tener una aproximación objetiva al fenómeno en su dimensión histórica, que fue el totalitarismo expresado en el régimen fascista del nacional socialismo alemán.

                                             La propaganda del periodo de lucha

Se ha creído de manera equivocada que la propaganda nazi fue exitosa debido a que se adelantó a su época, sin embargo, el DDP, colocado entre los partidos socialdemócratas, tenía un equipo de propaganda que operaba de acuerdo con una fuerte influencia de las técnicas de disuasión y persuasión que se utilizaban en Estados Unidos en esa misma época. Era el de los socialdemócratas alemanes un estilo propagandístico a la americana, pero perfeccionado, que utilizaba películas y repartía corbatas y lápices en que estaba grabada la palabra Demócrata.

                         En la práctica, no resultaron tan útiles

Para la crítica a la propaganda del régimen nazi es menester conocer su origen, de modo que podamos entender su evolución. Es precisamente en el periodo de lucha, durante la República de Weimar, donde podemos encontrar la matriz cultural, política y comunicacional de las prácticas propagandísticas que años después caracterizaron a los nazis. Al respecto, Michael Burleigh señala: La mayoría de los documentales de televisión modernos sobre la ascensión de los nazis al poder que hacen hincapié en la propaganda nazi son engañosos, ya que muestran rutinariamente filmaciones nazis hechas después de que el partido estuviese en condiciones de moldear la realidad cinemática, y desdeñan los argumentos y formas de que se valían los nazis antes para conseguir votos en la Alemania de Weimar, durante lo que les gustaba llamar el periodo de lucha.7 En la etapa de lucha la efectividad de la propaganda nazi dependía de un cierto factor, el pragmatismo con que actuaban los propagandistas nazis. Su táctica se definía cuando decían: Cualquier cosa que vosotros podáis hacer, nosotros podemos apropiárnosla y hacerla mejor. De tal modo, como señala Michael Burleigh: Si los socialdemócratas tenían su revista satírica Simplicissimus, los nazis respondieron con Brennessel; si los comunistas tenían un periódico ilustrado, el Arbeiter-Illustrierte, los nazis produjeron un Illustrierte-Beobachter.8

Siguiendo a Michael Burleigh, los nazis se diferenciaban de los otros partidos en que celebraban mítines antes, durante y después de las elecciones, eligiendo determinadas zonas para lo que llamaban campaña de saturación. Su maquinaria electoral estaba movilizada permanentemente. Disponía de impresores para responder a sus adversarios, y de jueces dispuestos a dictar órdenes por calumnia en contra de sus críticos. Se editaban folletos en Braille para ganar votos entre los ciegos. Los nazis retomaron la bandera roja, colocando dentro de ella el símbolo de la esvástica, que robaron a las sectas volkisch anteriores a los nazis y a los Freikorps, incorporando astutamente el negro y blanco imperial en el esquema conjunto.

En 1925 la elección de Hindenburg rebelaba posibilidades políticas positivas para el partido nazi. En dicho contexto electoral, el nazismo dio una fórmula que desde su pragmatismo combinaba el nacionalismo con una forma de socialismo, llamado socialismo prusiano, basado en su noción de justicia y con la vaga promesa de poner los intereses comunes por encima de los individuales. El mensaje tenía una población objetivo más amplia que las sectas volkisch, los grupos paramilitares fanáticos antisemitas y el sector del electorado que había elegido a Hindenburg en 1925, iba dirigido a la clase media de Alemania.

Para esas elecciones los nazis utilizaron pragmáticamente la retórica de guerra. Hablaron de deber y sacrificio, en lugar de derechos individuales o de grupo. En lugar de lucha de clases o de la redistribución de la riqueza, hablaban con la elocuencia de la superioridad de la raza aria. Paradójicamente el jefe de ese partido, Adolfo Hitler, que expresaba sus discursos en términos apocalípticos y mesiánicos, negaba contundentemente que su organización política fuera un partido. Insistía en ser un movimiento incontenible, una especie de gran marea humana. Prometía restaurar la autoridad y el orden, para lo cual los dirigentes nazis usaron su retórica radical en la que los ataques a los marxistas y a los judíos iban acompañados de comentarios despectivos sobre la ineficacia de la burguesía.

                   Propaganda y violencia en la etapa de lucha

Tanto la gestación como la evolución del partido nazi en gran media fue producto de lo que el poeta alemán Bertolt Brechet en su ensayo La canción de Horst Wessel, llamó proxenetismo político y vulgar.9
El sistema de enganche al partido encontró en las zonas rurales pandillas de jóvenes parados desempleados o subempleados de origen humilde, por ejemplo, hijos de agricultores, aprendices y peones, que utilizaban su desempleo vagando, extorsionando amenazadoramente a la entrada de bares y salones de baile. Esos mismos jóvenes en los primeros años del nazismo fueron enganchados al partido obrero nacional socialista alemán formando las primeras filas de masa denominados Sturmabteilungtum. En las tropas de asalto, asesinos y haraganes se reagrupaban uniformados bajo el control de agitadores entrenados para desatar la violencia. Como señala Burleigh, El escenario de la SA era superficialmente afín a cualquier subcultura delincuente. El nacional socialismo era un movimiento que se deleitaba con la violencia política y el militarismo convertido en acción paramilitar.

Desde la lógica de la revolución de derecha que significaba el nazismo, el rápido recurso a la violencia era un medio de demostrar un desprecio revolucionario hacia la ley burguesa. La violencia nazi solía apoyarse en la agresión pasiva que consistía en provocar a sus adversarios para atacarlos. Dirigentes nazis como Goebbels incitaban activamente a sus adversarios de izquierdas a utilizar violencia contra ellos, porque esa misma violencia que convertía a los nazis en víctimas, era una forma de propaganda a favor de los nazis sumamente efectiva. La violencia nazi, como la mayoría de las formas de violencia política, iba acompañada de pretensiones de superioridad moral. En esta primera etapa o periodo de lucha, el antisemitismo quedaba limitado a publicaciones reservadas únicamente para nazis fanáticos.

                   La propaganda nazi y el electorado campesino

El éxito que obtuvo el partido nazi en las zonas rurales en las elecciones de 1928 orientó la atención de los estrategas nazis hacia el campo: la organización, lo mismo que la propaganda, siguió a un compromiso previo con el electorado campesino. Para las elecciones de 1928 fueron formulados planes de expropiar tierra para fines colectivos considerando que iban especialmente dirigidos en contra de empresas judías supuestamente dedicadas a la especulación inmobiliaria.

Surgieron nuevas publicaciones tanto académicas como populares, centradas en los campesinos, a los que la propaganda les otorgaba la condición de fuente de la salud biológica y de la futura grandeza nacional. Siempre que figuraban los comunistas en su propaganda, era como incendiarios asiáticos y asesinos, en tal sentido, está demostrado que la ofensiva primordial de la propaganda nazi fue todo el tiempo antimarxista, sobre todo anticomunista.

Después de la primera guerra mundial y de la depresión social producida por la derrota, el alejamiento generalizado de los campesinos de la democracia y de los partidos democráticos de la República de Weimar, era la paradójica consecuencia de la política agraria implementada desde el final de la guerra. Una predisposición a la militancia irracional, el desencanto de los campesinos con los grupos de intereses dominados a menudo por la aristocracia local, y el carácter efímero o el fracaso de los partidos rurales y de organizaciones como el frente verde, fueron circunstancias que favorecieron las estrategias y tácticas nazis en el electorado agrícola.

                  La etapa nazi del control mediático totalitario

El principal factor del cual dependió el desarrollo del control totalitario de los nazis sobre los medios de comunicación fue el proceso de monopolización de la propiedad de los medios mismos. Cuando una dieta constante de propaganda resultaba contraproducente, Goebbels imponía la fórmula de uniformidad de principios pero polimorfismo en los matices. El mensaje político debía ir oculto con una aparente continuidad, dentro de la cuota habitual de trivialidades inofensivas.

En tal sentido, revisemos con Michael Burleigh, en primer término, el caso de la prensa, periódicos y revistas.

                                       Los periódicos nazis

Para 1933, en Alemania había una cultura periodística rica y variada, con casi tres mil quinientos periódicos y diez mil revistas y publicaciones diversas. Sin embargo, las estadísticas globales ocultaban una industria deprimida en la cual muchos periódicos locales tenían una circulación mínima. Tres cuartas partes de los 479 periódicos que había en Baviera tenían menos de tres mil lectores; un tercio llegaba a menos de mil personas. Sólo el 5 por ciento tiraba más de quince mil ejemplares. Muchos eran orquestas de un solo hombre, que se imprimían en planchas en vez de rodillos y que dependían de agencias para las noticias y rebosaban publicidad, anuncios y artículos escritos por simples aficionados. También a los principales diarios del país les afectaba la caída de la circulación, consecuencia en parte de la competencia de la radio, pero debida, sobre todo a la incompetencia empresarial en un clima económico adverso. Había también toda una gama de revistas ilustradas y de mujeres. Algunos de los principales magnates de la edición, como Mosse o Ullstein, eran judíos que estaban a punto de descubrir que su influencia, la que tenían, era precaria en la dictadura nazi.

La concentración de la propiedad de los medios de comunicación ya se había iniciado en 1933. además del imperio de Alfred Hugenberg en los medios de información, Paul Reusch, del Gutehoffnungshutte, controlaba el diario principal de Munich; Carl Bosch de IG Farben el Frankfurter Zeitung; Hugo Stinnes el Deustche Allgemeine Zeitung. Los nazis, aunque su propia prensa tenía una circulación modesta, cerraron después de 1933 doscientos periódicos del partido socialdemócrata y treinta y cinco periódicos del partido comunista, bien apropiándose de las oficinas y la maquinaria, o bien incorporando su activo a la Eher Verlag, el imperio editorial de Max Amann, quien también tenía acceso a fondos sindicales confiscados. Amann se convirtió en el principal operador nazi de la industria periodística, sobre todo cuando los ingresos de la publicidad se desviaron hacia la prensa nazi, debilitando aún más a una competencia ya renqueante.

Las editoriales propiedad de judíos fueron expropiadas de acuerdo con las medidas de arianización de Nuremberg, para gozo de un Goebbels que pudo desbancar a los Mosse, que habían rechazado en otros tiempos una solicitud suya para un puesto de periodista. El imperio de Ullstein, capitalizado en sesenta millones de marcos, fue adjudicado a una sociedad de cartera de Amann a una décima parte de esa suma, sin que se llegase a pagar a la familia Ullstein, que no podía además salir de Alemania con más de los diez marcos obligatorios.

A mediados de la década de los treinta, la compañía de cartera Phoenix de Eher Verlag compró la mayor parte de la prensa regional católica, que siguió manteniéndose como un gueto mediático confesional autorizado. El mismo destino tuvo el diario Frankfurter Zeitung de la alta burguesía, que mostraba una cierta comprensión de los intereses de los lectores de gobiernos extranjeros, pero que la Eher Verlag compró en 1939 como un irónico regalo a Hitler en su cincuenta cumpleaños. El Frankfurter Zeitung no se nazificó abiertamente, ni los tipos ni el estilo periodístico cambiaron, con el fin de dar una impresión de continuidad.

Las empresas de cartera ramificadas de la Eher Verlag acabaron controlando el 82.5 por ciento de la prensa alemana. El partido controlaba trescientos cincuenta periódicos y había aún 625 privados, aunque con una cuota global de mercado del 17.5 por ciento. Entre los beneficiarios de las enormes ganancias de la Eher Verlag se incluía el propio Goebbels, que en 1936 recibió un adelanto de un cuarto de millón de marcos, al que seguirían pagos anuales de cien mil marcos por el honor de publicar sus diarios veinticinco años después de su muerte.

Aunque la propiedad de los medios era una forma de controlar la prensa, se ejercían además otros controles sobre directores de publicaciones y periodistas. Amann, como el mayor editor propietario, se convirtió en presidente de la Asociación de editores, mientras que el periodista y jefe de la prensa nazi Otto Dietrich se convirtió en presidente de la nueva Asociación de la Prensa Alemana del Reich, en la que se incluyó a todos los periodistas. Aunque no absolutamente todos, ya que en 1935 habían sido expulsados o habían huido mil trescientos periodistas judíos y marxistas. Goebbels a veces despedía personalmente a periodistas. Aunque los periodistas recibían la parafernalia del estatus profesional, con un código y tribunales, para depurar la atmósfera del oficio, sólo podían llegar en realidad a trabajar como periodistas los que superaban la revisión racial y política.

La Ley de Editores de octubre de 1933 recortaba los poderes de los propietarios respecto a los directores de publicaciones, pero éstos eran plenamente responsables ante el gobierno. La cláusula 20 decía: Los directores de periódicos de publicaciones tienen responsabilidad profesional y responsabilidad ante las leyes civiles y penales por el contenido intelectual de la publicación, tanto si es obra suya como si han accedido a su publicación.

La sustitución de los servicios de teletipo de agencia por la DNB de propiedad estatal que alimentaba a la prensa provincial, ayudaba a controlar el contenido de las noticias. Goebbels explicó en su primera conferencia de prensa en el poder que el objetivo de la prensa era que la gente pensase de manera uniforme, reaccione de manera uniforme y se ponga en cuerpo y alma a disposición del Gobierno. En estas conferencias de prensa diarias de medio día en el Ministerio de Propaganda era en las que Goebbels insistía en que estaba bien informar positivamente sobre Greta Garbo, mientras que a Thomas Mann había que borrarlo de la memoria de todos los alemanes. Las instrucciones, en abierta censura, llegaban a extenderse incluso al espacio que debía asignarse a un artículo o el tamaño de un titular o las fotografías que no deberían publicarse.

A la prensa del partido nazi le resultó difícil efectuar el cambio, pasar de su condición de atacante del Gobierno a defensora del régimen. Si bien la difamación insidiosa y la malevolencia del periodo de lucha eran algo que les salía espontáneamente a los periodistas del partido, no les resultaba fácil en cambio atenerse a un régimen de superlativos obligatorios. Sólo quedaban como desahogo más limitado de la cólera antes generalizada los artículos contra los judíos y los comunistas.

El principal periódico del partido, el Volkischer Beobachter, imprimía cada vez más ejemplares y se distribuía entre todos los funcionarios públicos. Había ediciones regionales diferenciadas, por los cuatro puntos cardinales, y se imprimía a dos colores y en un formato grande en una época en que ninguna de las dos cosas era común en Alemania. Se trataba de un producto muy moderno, si es que eso importa algo. Junto a él había periódicos oficialistas de gran circulación, como el Schwarze Korps de la SS. Otros periódicos se convirtieron en boletines de corte de determinados dirigentes, con Goering dictando, por ejemplo, en el National-Zeitung de Essen. El pornográfico Sturmer era en realidad el vehículo privado de Julius Streicher, Gauleiter de Franconia. Era una especie de noticiario de las alcantarillas. El contenido de los periódicos estaba cada vez más dominado por los emocionantes acontecimientos con los que el régimen pretendía reemplazar el calendario heredado y ocultar la realidad de sus crímenes.

                                                Revistas

Entre 1918 y 1933, la Derecha alemana incluía más de 550 clubes políticos y 530 revistas. Alguna de dichas publicaciones duraban tan sólo semanas o meses, otros, como Die Tat (La Obra), con un tiraje de 30,000 ejemplares, o Die Standarte, la revista de los veteranos de guerra, con una circulación de 110,000 ejemplares, perduraron durante toda la vida de la República de Weimar. Gracias a esas revistas los libros de Jünger o de Spengler llamaron la atención de un público lector más amplio, pues sus artículos y ensayos ya habían sido leídos y discutidos dentro de esta esfera pública derechista, más estrecha pero nada pequeña. Según Michael Burleigh este hecho sirvió como una especie de incubador lingüístico y político de la ideología de derecha misma que ofrecía a los autores apoyo financiero y lectores simpatizantes.

Algunas de las revistas derechistas más importantes de la posguerra eran las siguientes Das Gewissen (La conciencia), conectada con el club de Junio, un lugar de reunión para los ex soldados, escritores conservadores e industriales. Se publicó desde 1919 hasta 1927, y tenía una circulación de 10,000 ejemplares en su mejor momento. Luego de que los nazis tomaron el poder, dichas publicaciones fueron eliminadas por el nuevo régimen totalitario.

                                       La radiodifusión nazi

Sin duda, junto con el cinematógrafo, la radio fue un medio de comunicación que los nazis emplearon de manera amplia e intensa, pues los propagandistas nazis sabían muy bien que dicho medio de comunicación resultaría de gran utilidad para extender sus tácticas propagandísticas con alta efectividad.

El control de la radio lo había introducido Franz von Papen en 1932. Goebbels obtuvo el control del contenido y del personal en marzo de 1933, controlando directamente un alto porcentaje de licencias, desviándolas hacia su Ministerio de propaganda, una de cuyas secciones proporcionaba los boletines de noticias a las estaciones regionales.

Goebbels predijo confidencialmente que este instrumento para influir en las masas, en ese momento el más moderno de todos, sustituiría a los periódicos. Uno de los nazis que tuvieron mayor responsabilidad en la modernización de las transmisiones radiofónicas de la etapa de lucha, durante el periodo de Weimar, fue Hans Flesch, quien había sido de los iniciadores de la información en directo y de la participación de los oyentes, una vez que Hitler tomó el poder, fue enviado a un campo de concentración.

La disminución progresiva del precio de los aparatos de radio fue aumentando el número de poseedores de ellos de cuatro millones a dieciséis entre 1933 y 1941. Los propios aparatos eran pequeños artículos de propaganda, puesto que el VE 301 (Receptor del Pueblo 301) conmemoraba el día más importante de la historia alemana, el 30 de enero de 1933. Para los que no podían permitirse pagarlo a plazos, o que no querían perderse emisiones cuando andaban por ahí, había seis mil altavoces en lugares públicos. Se estimulaba la audición colectiva como medio de fomentar la participación en los actos de masas que se transmitían. Las características de la audición comunal pueden ser equiparables con la experiencia total del culto en una iglesia. Los radioguardias, una especie de policías de la mente, controlaban a la audiencia, su tarea consistía sobre todo en vigilar que todos los oyentes estuvieran atentos a las transmisiones del ministerio de propaganda. Durante las transmisiones radiofónicas estaba prohibido levantarse de la mesa de trabajo en una oficina antes de que terminara la transmisión. A través de la radio nazi se suministró a la población una cantidad creciente de entretenimiento ligero. A finales de la década de 1930, casi el total de la programación radiofónica en la Alemania nazi consistía exclusivamente en música.

                                            Conclusión

Según Michael Burleigh la forma de política y de propaganda que crearon y practicaron los nazis, basada en imágenes y en el sentimentalismo étnico era posmoderna, porque los propagandistas nazis conocían las técnicas de manipulación mediática propagandística que necesitaban para exaltar la conducta criminal de las masas. Conocían los efectos que causaban los actos multitudinarios combinando banderas, cantos, símbolos y colores apoyados en una logística casi perfecta. El resultado de tal combinación de elementos arcaicos primarios y otros de alta sofisticación moderna, la política fue convertida en un espectáculo teatral de masas, en el cual Adolfo Hitler. Con claridad el tejido propagandístico revelaba la configuración de la imagen de un mesías militarista moderno. El Fuhrer estaba colocado en primer plano, dejando eclipsados a los otros actores del régimen totalitario que él encabezaba. Debate y razón se sustituían por aclamación y, sobre todo, sentimiento exaltado, irracional, violento por esencia.. Las concentraciones de masas, como las que se celebraron en Nüremberg de 1933 a 1938, tenían objetivos múltiples, de los cuales uno de los más importantes consistía en distraer, ocultar la dictadura policial, mediante un halo de luz teatral dispuesto para distraer y engañar a su pueblo. En el ocultamiento teatral hay un elemento que falta y que, siguiendo a Burleigh, sólo se puede reconstruir remitiéndose a necesidades religiosas insatisfechas.

En este orden de ideas, Michael Burleigh se pregunta ¿qué otra cosa había por debajo de la creencia espuriamente científica de que, una vez que hubiesen sido vencidos los enemigos demoníacos de clase o de raza, la humanidad accedería a un estado de perfección? ¿Qué era en realidad la comunidad nacional más que un retorno a tiempos en que no había una separación categórica entre Iglesia y Estado, y en que se pasaba sin esfuerzo de una cosa a otra?

Junto con Burleigh en esta conclusión sostenemos que el sentimentalismo era el rasgo moderno del nacional socialismo impreso en todas sus formas de propganda, por el hecho de que esa política del final del milenio está empapada, si no de presentimientos de Apocalipsis, sí al menos de un sentimentalismo empalagoso de políticos difíciles de diferenciar de los predicadores, y una cultura más amplia de ensimismamiento, y victimismo. Se trataba de la política como sentimiento.10
La sobre-valoración de la propaganda nazi ha sido resultado de la pretensión generalizada de presentar a los nazis fuera del contexto de la historia de la modernidad, tan sólo como parte de una pesadilla. Incluso el fenómeno de satanización de las figuras de los principales jefes nazis, generalmente se ha perdido en imágenes y anécdotas descontextualizadas, sin llegar de manera sistemática a documentar históricamente dentro del pragmatismo nazi, la teoría de la maldad que operaba de fondo, como sustento real de la llamada solución final.

En la actualidad el imperio post-fascista más poderoso del planeta, los Estados Unidos, sostiene dos guerras, una externa de carácter preventivo sobre Irak; y otra interna de carácter electoral. En ambas utiliza el mismo lenguaje militarista. En ambas el factor mediático propagandístico coincide en sus métodos, los cuales son equiparables con el patrón propagandístico legado por los nazis, específicamente en el elemento esencial: el ocultamiento de la verdad histórica. Otro factor coincidente es el patrón de concentración de propiedad de consorcios de medios de comunicación en manos de un grupo extremadamente reducido11, en el caso de los nazis, a disposición de los junkers alemanes; y en el caso de Estados Unidos, a disposición del proyecto de expansión de la secta fundamentalista militarista patriótica que tiene el poder en la casa Blanca.

NOTAS

1) Dos artículos que a mi parecer son fundamentales para documentar el significado que doy a la noción reciclaje global de las prácticas del nazismo en la era post-fascista, son: Los nuevos nazis, del periodista Carlos Fazio, publicado por el diario La Jornada el 19 de mayo del 2003; y el titulado Hitler vive entre nosotros, cuyo autor es el escritor Fernando Solana Olivares, publicado por el diario Milenio, el 4 de octubre de 2002.

2) Para documentar el concepto secta fundamentalista patriótica, consúltese la columna del periodista Alfredo Jalife Bajo la lupa, publicada el 11 de mayo de 2003 en el diario La jornada, así como el reportaje de los corresponsales en Washington del diario La Jornada, Jim Cason y David Brooks, titulado El patriotismo, elemento clave en Estados Unidos, publicado el 2 de abril de 2003.

3) El concepto fantasmagoría aquí se utiliza en el sentido que el autor de la obra El modernismo reaccionario, tecnología, cultura y política en Weimar y el tercer Reich (FCE-1990), Jeffrey Herf identifica en los ensayos de Walter Benjamín sobre la tecnología y la Derecha en la república de Weimar, quien a su vez, agrega Herff, se basa en el concepto de objetividad fantasmagórica que expuso el teórico húngaro Georg Lukács en su obra clásica Historia y conciencia de clase.

4) Resulta muy ilustrativo para la crítica de la propaganda nazi el testimonio que dejó en sus memorias el arquitecto Albert Speer, ministro de armamento del tercer Reich, especialmente aquellos testimonios que hablan de las experiencias que compartió con la cineasta cuando trabajaron juntos en las filmaciones de los documentales en cuestión.

5) Para documentar ampliamente el asunto del papel de los intelectuales de la derecha alemana en la propaganda de la contrarrevolución nazi se recomienda consultar también la obra El modernismo reaccionario, de Jeffrey Herf antes mencionada, sin olvidar, por supuesto, el clásico Asalto a la razón: La trayectoria del irracionalismo desde Shelling hasta Hitler, de Georg Lukács .

6) Burleigh, Michael, El tercer Reich. Una nueva historia, Editorial Taurus, España, 2000.

7) Op. Cit. P. 138.

8) Op. Cit. P. 151.

9) Brecht, Bertolt, Escritos políticos, Breviarios del Fondo de Cultura Económica.

10) Burleigh, Michael, Op. Cit. p. 243.

11) En este caso consúltese el artículo de Jim Cason y David Brooks, corresponsales del diario La Jornada, titulado Luz verde en Estados Unidos a mayor concentración de medios, publicado el 3 de junio de 2003.