Programas y
anuncios-casino por televisión

Norberto Hernández Montiel

Periodista
  


 


Hay dos clases de juego: uno, de caballeros;
otro, plebeyo, ávido de ganancias, el juego
de la canalla. Aquí todo está rigurosamente
delimitado ¡Y hasta qué punto es infame
esta delimitación!
Fedor Dostoievski, El Jugador

La excitación que implica el juego de azar es, con mucho, anterior a la existencia de los medios masivos de comunicación, los cuales regularmente nos muestran, sobre todo el cine, la fascinación que ejerce la bruñida circunferencia de la ruleta y el giro que da la fortuna en los casinos, esos lugares en que los relojes de pared no existen, porque los sustituye la sensación intemporal de una ganancia fácil que no existe, debido a que, en todos los juegos de este tipo, desde el mencionado hasta las cartas y los dados, hay trucos para que la casa gane siempre.

El epígrafe de Dostoievski nos muestra la parte moral o inmoral de las casas de juego y una anécdota nos enseña el otro aspecto: el del pragmatismo despiadado que da origen esta suerte de empresas. Nicholas Pileggi, el escritor estadunidense que elaboró un libro testimonial llamado Casino, relata una vivencia, a través de la cual a Frank Ace (As) Rosenthal, también conocido como el Zurdo, protagonista de la obra, se le devela el gran filón del azar:
En mi vida he visto un negocio en el que la gente estuviera tan dispuesta a entregarte su dinero. Les proporcionas una copa y un sueño y ellos te entregan la cartera.

Una noche cogí el coche y fui a Henderson a cenar tranquilamente -prosigue Rosenthal-- con alguien. Era un lugar pequeño. Había una mesa de dados y dos de black jack (un juego de baraja). Allí se detuvo una casa móvil y de ella salió un tipo con toda la familia. Estaban a casi 50 kilómetros de Las Vegas, pero era su primera parada.


Se habían detenido allí porque fuera vieron un letrero que decía: "Comidas a 49 centavos durante las 24 horas del día". Aquel individuo se metió al establecimiento para comer barato y se puso a jugar al black jack. Tan sólo durante el tiempo en que permanecí yo allí sentado él dejó dos mil 400 dólares. Ni siquiera llegó a Las Vegas. Metió de nuevo a la familia en la casa móvil y regresó.

El Zurdo nunca olvidó aquel incidente. Le fue obsesionando la idea de aprender todo lo posible en aquel negocio.

Esta obra, que sirvió como base para el guión de la película que Martin Scorsese dirigió y estrenó con el mismo nombre en 1995, está basada en la vida de Rosenthal, un apostador perseguido en su estado natal, Chicago, y buscado por el Federal Bureau of Investigation (FBI), a causa de diversos ilícitos relacionados con su actividad, tales como sobornos a jugadores de determinados deportes y otras lindezas. Ace, quien no se caracteriza por ser violento, lleva una vida opulenta en un medio dominado por la mafia.

Rosenthal, quien por cierto tiene en Internet un sitio dedicado a las apuestas -al cual se puede acceder después de pasar por una serie de filtros-- fue contratado para trabajar, durante la década de los setenta, como una suerte de administrador clandestino en el hotel Stardust de Las Vegas, debido a que, por la naturaleza de sus negocios y sus relaciones con delincuentes, hasta en esa parte del estado de Nevada, donde jugar es perfectamente normal, tenía problemas con la ley.

La realidad descrita en Casino, que podría parecernos remota, está muy próxima en realidad. En nuestro país se ha desatado un debate en torno a la posibilidad de que se legisle la instalación de casinos en los principales destinos turísticos.

El pleno de la Cámara de Diputados aprobó, los últimos días de octubre, la interposición de una controversia constitucional en contra del presidente Vicente Fox, porque éste, el 17 de septiembre, publicó un reglamento para establecer las reglas que, a su juicio, deben cumplirse para el funcionamiento de los juegos de azar en México.

Uno de los argumentos que los legisladores oponen al reglamento en cuestión es que el Ejecutivo "crea, indebidamente, los juegos y sorteos con apuestas, arrogándose facultades permisivas, con lo que transgredió la coherencia del sistema jurídico y constitucional". Es decir: invadió las atribuciones del Congreso y trataba de imponer y legalizar la operación de casinos.

El antecedente más próximo de esta disputa fue la propuesta de Ley Federal de Juegos con Apuestas y Sorteos que la Comisión de Turismo del Congreso de la Unión presentó a la prensa hace unas semanas, la cual incluye la aprobación de casinos. La iniciativa tiene artículos y disposiciones encaminadas a evitar el lavado de dinero, la adicción al juego y la competencia desleal, según la comisión señalada.

Tal proyecto se basó en conclusiones muy cuestionadas de 22 foros de consulta, y plantea que los casinos pagarían un impuesto especial de 9% sobre ingresos brutos, de los cuales 22% se destinaría a la Federación, 50% a municipios y el resto a los estados,. Además, 2% de los ingresos que captara la Federación regresarían al municipio correspondiente con destino a programas que definiría el ayuntamiento, entre los cuales "podría" estar el combate a la adicción al juego, de acuerdo con el diputado federal quintanarroense Francisco López Mena, presidente de la Comisión de Turismo.

Mientras ambos poderes polemizan sobre la instalación y funcionamiento de casinos en México, son cada vez más frecuentes los juegos de azar en Televisa y Televisión Azteca.

En estos juegos, sin duda, el verdadero ganador es el que los organiza, y la ganancia se obtiene a costa de incautos que tienen la ilusión de enriquecerse sin esfuerzo aparente, aunque acaban perdiendo. Pero lo más ominoso es que además se induce y fomenta una atroz adicción, sobre la cual Dostoievski ofrece una imponente visión panorámica en El Jugador.

Ya varios colegas han hablado de la inequidad y las trampas que hay en las rifas en que las televisoras ofrecen vehículos y/o dinero por una llamada telefónica. Por ello sólo enumeraré algunas: la forma como se llevan a cabo tales sorteos impide a los concursantes contar con un comprobante de su participación, pues únicamente podrían exhibir su recibo telefónico como prueba, en caso de requerirla. Asimismo, sus mecanismos para atraer al público carecen de equidad debido a que, mientras más se acerca el momento del sorteo, se incrementa el número de "boletos" que el interesado obtiene, en detrimento de las oportunidades que tienen los primeros en llamar, y por si fuera poco no se informa sobre el número de concursantes, lo cual acusa graves implicaciones fiscales.

Respecto al método, hay algunos muy burdos, como aquél con que se invita a los televidentes a "adivinar" el nombre de una película, que es por demás obvio. Aquí más bien lo que importa es la forma como estas empresas orientan la percepción del público respecto a la aparente posibilidad de obtener una ganancia desproporcionada en relación con el costo del telefonema.

Al margen de las enormes ganancias que logran las televisoras, en los hechos ya están instalados y en plena operación los casinos electrónicos, antes de que la Cámara de Diputados haya discutido la iniciativa de ley correspondiente. Entre tanto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resuelve la controversia entre el Congreso y el Ejecutivo.

Curiosamente, el fenómeno televisivo no es novedad en absoluto. Televisa, desde que sus orígenes como Telesistema Mexicano, ha realizado tales loterías y ha trasmitido programas basados en toda clase de sorteos, algunos de ellos francamente humillantes, como aquél que se llamó Sube, Pelayo sube, en el cual parece estar inspirado uno actual denominado Sábado Gigante, conducido por el chileno Mario Kreutzberger, con el seudónimo de Don Francisco. Esta emisión no se produce en México, pero sí se trasmite.

La mayor atracción de esta clase de sanos entretenimientos es la cantidad de dinero que se entrega a los participantes de diversas clases de concursos, quienes únicamente deben soportar una pequeña o gran humillación, porque hay grados. Para regocijo de los anunciantes, el público corea, además, mensajes comerciales enteros acompañando a Kreutzberger.

El principal impacto de esos programas y anuncios es cultural porque se induce, entre un auditorio descomunal -dado que la transmisión regularmente es internacional--, la idea, reitero, de una ganancia fácil que no es tal. Se fomenta la adicción al juego de azar con todas las secuelas individuales y sociales que ello lleva aparejadas y se contribuye a la destrucción de valores y principios en aras de la ganancia a ultranza.

Es por demás interesante que en los noticiarios de las mismas televisoras se condene la inseguridad que todos padecemos en las calles, pero se devasten principios éticos y se les sustituya por la avidez de lograr posesiones en forma fácil y rápida en apariencia, siempre que se tenga disposición para hacer un pequeño sacrificio y hacer a un lado valores y principios.

Debemos tener muy presente a Dostoievski, quien recuerda las dos clases de juego: el de caballeros, que apuesta todas sus posesiones en los casinos, y el de canalla, ávida de ganancias y así definida no por él sino por los organizadores de los sorteos.

Parafraseando a Ace Rosenthal: a los televidentes "les proporcionas una copa (la embriaguez del juego, agregaría un servidor) y un sueño y ellos te entregan la cartera".

En tanto prosigue el debate, los dados, las tómbolas, las ruletas virtuales giran en las televisoras, fomentando la cultura del azar, y los grandes perdedores siguen siendo el público y el país.