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Hay dos clases
de juego: uno, de caballeros;
otro, plebeyo, ávido de ganancias, el juego
de la canalla. Aquí todo está rigurosamente
delimitado ¡Y hasta qué punto es infame
esta delimitación!
Fedor Dostoievski, El Jugador
La excitación que implica el juego de azar
es, con mucho, anterior a la existencia de los medios masivos de
comunicación, los cuales regularmente nos muestran, sobre
todo el cine, la fascinación que ejerce la bruñida
circunferencia de la ruleta y el giro que da la fortuna en los casinos,
esos lugares en que los relojes de pared no existen, porque los
sustituye la sensación intemporal de una ganancia fácil
que no existe, debido a que, en todos los juegos de este tipo, desde
el mencionado hasta las cartas y los dados, hay trucos para que
la casa gane siempre.
El epígrafe de Dostoievski nos muestra
la parte moral o inmoral de las casas de juego y una anécdota
nos enseña el otro aspecto: el del pragmatismo despiadado
que da origen esta suerte de empresas. Nicholas Pileggi, el escritor
estadunidense que elaboró un libro testimonial llamado Casino,
relata una vivencia, a través de la cual a Frank Ace
(As) Rosenthal, también conocido como el Zurdo,
protagonista de la obra, se le devela el gran filón del azar:
En mi vida he visto un negocio en el que la gente estuviera tan
dispuesta a entregarte su dinero. Les proporcionas una copa y un
sueño y ellos te entregan la cartera.
Una noche cogí el coche y fui a Henderson a cenar tranquilamente
-prosigue Rosenthal-- con alguien. Era un lugar pequeño.
Había una mesa de dados y dos de black jack (un juego de
baraja). Allí se detuvo una casa móvil y de ella salió
un tipo con toda la familia. Estaban a casi 50 kilómetros
de Las Vegas, pero era su primera parada.
Se habían detenido allí porque fuera vieron un
letrero que decía: "Comidas a 49 centavos durante las
24 horas del día". Aquel individuo se metió al
establecimiento para comer barato y se puso a jugar al black jack.
Tan sólo durante el tiempo en que permanecí yo allí
sentado él dejó dos mil 400 dólares. Ni siquiera
llegó a Las Vegas. Metió de nuevo a la familia en
la casa móvil y regresó.
El Zurdo nunca olvidó aquel incidente. Le fue obsesionando
la idea de aprender todo lo posible en aquel negocio.
Esta obra, que sirvió como base para el guión de la
película que Martin Scorsese dirigió y estrenó
con el mismo nombre en 1995, está basada en la vida de Rosenthal,
un apostador perseguido en su estado natal, Chicago, y buscado por
el Federal Bureau of Investigation (FBI), a causa de diversos ilícitos
relacionados con su actividad, tales como sobornos a jugadores de
determinados deportes y otras lindezas. Ace, quien no se caracteriza
por ser violento, lleva una vida opulenta en un medio dominado por
la mafia.
Rosenthal, quien por cierto tiene en Internet un sitio dedicado
a las apuestas -al cual se puede acceder después de pasar
por una serie de filtros-- fue contratado para trabajar, durante
la década de los setenta, como una suerte de administrador
clandestino en el hotel Stardust de Las Vegas, debido a que, por
la naturaleza de sus negocios y sus relaciones con delincuentes,
hasta en esa parte del estado de Nevada, donde jugar es perfectamente
normal, tenía problemas con la ley.
La realidad descrita en Casino, que podría parecernos
remota, está muy próxima en realidad. En nuestro país
se ha desatado un debate en torno a la posibilidad de que se legisle
la instalación de casinos en los principales destinos turísticos.
El pleno de la Cámara de Diputados aprobó, los últimos
días de octubre, la interposición de una controversia
constitucional en contra del presidente Vicente Fox, porque éste,
el 17 de septiembre, publicó un reglamento para establecer
las reglas que, a su juicio, deben cumplirse para el funcionamiento
de los juegos de azar en México.
Uno de los argumentos que los legisladores oponen al reglamento
en cuestión es que el Ejecutivo "crea, indebidamente,
los juegos y sorteos con apuestas, arrogándose facultades
permisivas, con lo que transgredió la coherencia del sistema
jurídico y constitucional". Es decir: invadió
las atribuciones del Congreso y trataba de imponer y legalizar la
operación de casinos.
El antecedente más próximo de esta disputa fue la
propuesta de Ley Federal de Juegos con Apuestas y Sorteos que la
Comisión de Turismo del Congreso de la Unión presentó
a la prensa hace unas semanas, la cual incluye la aprobación
de casinos. La iniciativa tiene artículos y disposiciones
encaminadas a evitar el lavado de dinero, la adicción al
juego y la competencia desleal, según la comisión
señalada.
Tal proyecto se basó en conclusiones muy cuestionadas de
22 foros de consulta, y plantea que los casinos pagarían
un impuesto especial de 9% sobre ingresos brutos, de los cuales
22% se destinaría a la Federación, 50% a municipios
y el resto a los estados,. Además, 2% de los ingresos que
captara la Federación regresarían al municipio correspondiente
con destino a programas que definiría el ayuntamiento, entre
los cuales "podría" estar el combate a la adicción
al juego, de acuerdo con el diputado federal quintanarroense Francisco
López Mena, presidente de la Comisión de Turismo.
Mientras ambos poderes polemizan sobre la instalación y funcionamiento
de casinos en México, son cada vez más frecuentes
los juegos de azar en Televisa y Televisión Azteca.
En estos juegos, sin duda, el verdadero ganador es el que los organiza,
y la ganancia se obtiene a costa de incautos que tienen la ilusión
de enriquecerse sin esfuerzo aparente, aunque acaban perdiendo.
Pero lo más ominoso es que además se induce y fomenta
una atroz adicción, sobre la cual Dostoievski ofrece una
imponente visión panorámica en El Jugador.
Ya varios colegas han hablado de la inequidad y las trampas que
hay en las rifas en que las televisoras ofrecen vehículos
y/o dinero por una llamada telefónica. Por ello sólo
enumeraré algunas: la forma como se llevan a cabo tales sorteos
impide a los concursantes contar con un comprobante de su participación,
pues únicamente podrían exhibir su recibo telefónico
como prueba, en caso de requerirla. Asimismo, sus mecanismos para
atraer al público carecen de equidad debido a que, mientras
más se acerca el momento del sorteo, se incrementa el número
de "boletos" que el interesado obtiene, en detrimento
de las oportunidades que tienen los primeros en llamar, y por si
fuera poco no se informa sobre el número de concursantes,
lo cual acusa graves implicaciones fiscales.
Respecto al método, hay algunos muy burdos, como aquél
con que se invita a los televidentes a "adivinar" el nombre
de una película, que es por demás obvio. Aquí
más bien lo que importa es la forma como estas empresas orientan
la percepción del público respecto a la aparente posibilidad
de obtener una ganancia desproporcionada en relación con
el costo del telefonema.
Al margen de las enormes ganancias que logran las televisoras, en
los hechos ya están instalados y en plena operación
los casinos electrónicos, antes de que la Cámara de
Diputados haya discutido la iniciativa de ley correspondiente. Entre
tanto, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resuelve
la controversia entre el Congreso y el Ejecutivo.
Curiosamente, el fenómeno televisivo no es novedad en absoluto.
Televisa, desde que sus orígenes como Telesistema Mexicano,
ha realizado tales loterías y ha trasmitido programas basados
en toda clase de sorteos, algunos de ellos francamente humillantes,
como aquél que se llamó Sube, Pelayo sube,
en el cual parece estar inspirado uno actual denominado Sábado
Gigante, conducido por el chileno Mario Kreutzberger, con el
seudónimo de Don Francisco. Esta emisión no se produce
en México, pero sí se trasmite.
La mayor atracción de esta clase de sanos entretenimientos
es la cantidad de dinero que se entrega a los participantes de diversas
clases de concursos, quienes únicamente deben soportar una
pequeña o gran humillación, porque hay grados. Para
regocijo de los anunciantes, el público corea, además,
mensajes comerciales enteros acompañando a Kreutzberger.
El principal impacto de esos programas y anuncios es cultural porque
se induce, entre un auditorio descomunal -dado que la transmisión
regularmente es internacional--, la idea, reitero, de una ganancia
fácil que no es tal. Se fomenta la adicción al juego
de azar con todas las secuelas individuales y sociales que ello
lleva aparejadas y se contribuye a la destrucción de valores
y principios en aras de la ganancia a ultranza.
Es por demás interesante que en los noticiarios de las mismas
televisoras se condene la inseguridad que todos padecemos en las
calles, pero se devasten principios éticos y se les sustituya
por la avidez de lograr posesiones en forma fácil y rápida
en apariencia, siempre que se tenga disposición para hacer
un pequeño sacrificio y hacer a un lado valores y principios.
Debemos tener muy presente a Dostoievski, quien recuerda las dos
clases de juego: el de caballeros, que apuesta todas
sus posesiones en los casinos, y el de canalla, ávida
de ganancias y así definida no por él sino por los
organizadores de los sorteos.
Parafraseando a Ace Rosenthal: a los televidentes "les proporcionas
una copa (la embriaguez del juego, agregaría un servidor)
y un sueño y ellos te entregan la cartera".
En tanto prosigue el debate, los dados, las tómbolas, las
ruletas virtuales giran en las televisoras, fomentando la cultura
del azar, y los grandes perdedores siguen siendo el público
y el país.
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