Los reality shows: ¿entretenimiento inocente?

Las televisoras y los derechos humanos

Norberto Hernández Montiel

Periodista
  


 


Por lo regular vemos a la televisión como un entretenimiento inofensivo que nos relaja y distancia momentáneamente de los problemas cotidianos. Por ello bajamos la guardia sobre asuntos que en otro contexto nos llamarían la atención. Si los enfocáramos desde una perspectiva distinta, como podría ser la legal, por ejemplo, nos daríamos cuenta de que en algunos programas de televisión se violan cotidianamente los derechos humanos.

Una idea común respecto a los derechos humanos es que sólo desde el poder público se puede abusar de las personas y sus garantías elementales y que, por ello, solamente debemos protegernos en ese sentido de los gobiernos: sus dependencias y funcionarios, principalmente las corporaciones policíacas. No obstante es posible violentar los derechos humanos desde el poder que otorga una concesión de televisión y eso ocurre en los llamados reality shows.

El poder mediático, sumado al económico y a la influencia política que ambos confieren, han convertido a muchas empresas televisivas en el mundo y entre ellas a las dos más grandes de nuestro país, Televisa y Televisión Azteca, en temibles versiones del Big Brother, del que hablaba George Orwell en su novela 1984.

En el programa que se asume ni más menos que como el Big Brother, en cuya discriminadora versión VIP (Very Important Person, idea que descalifica, por omisión, al resto de la gente) participó, en el colmo de la perversión, de la ignorancia o de ambas, un legislador, Jorge Kahwagi, para quien ya es costumbre ofrecer espectáculos tan lamentables como sus arreglados combates pugilísticos. Pero las emisiones televisivas cada vez son peores.

Existe también un producto denominado Día de Perros, el cual conducen Vanessa Aguilar, Tony McFarland y Renato Bartilotti, en el que se va más allá y se afecta, por medio de lo que los productores llaman "bromas pesadas", la vida de una persona elegida, al parecer, al azar.

Hasta este momento he planteado aseveraciones que podrían parecer temerarias en exceso si no son debidamente argumentadas, así que vayamos a la exposición.

Afirmo que las televisoras pueden atropellar los derechos humanos y para demostrar la veracidad de tal aserto me remito al Artículo 30 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, firmada por México desde su promulgación, el 10 de diciembre de 1948 en Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas:

Nada en la presente Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.

Lo arriba asentado significa que una entidad privada, como es el caso de las televisoras, puede violar los derechos humanos y existe un hecho por el cual tales empresas deberían estar sujetas al escrutinio del Estado: los gobiernos de los países firmantes están obligados a proteger a sus ciudadanos contra estos atentados.

Continuemos la reflexión respecto al segundo punto: la violación de hecho. En el Artículo 12 de la misma declaración se establece:

Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.

Estas intrusiones en la vida privada de las personas las hemos visto no sólo en los reality shows, sino también en muchos otros programas, principalmente los especializados en chismes de personajes famosos. Pero ahora concentrémonos sólo en los dos mencionados: Big Brother y Día de Perros.

Lo que vemos en tales productos es una intromisión en la vida privada de los participantes, a quienes se despoja absolutamente de su privacidad. Televisa, en el primer caso, puede argumentar que no se trata de una intrusión arbitraria, debido a que cuenta con el consentimiento de los concursantes, pero el hecho de que éstos acepten su virtual reclusión, durante un tiempo determinado, en un sitio en que su intimidad resulta anulada por el emplazamiento de cámaras que trasmiten todo el día a quienes compran el dudoso privilegio de observarlos, constituye un entremetimiento.

Tal intrusión puede ser pactada, pero no por ello es legal, porque los derechos humanos son irrenunciables. Por ello, la violación al Artículo 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en lo relativo a la vida privada de los participantes en el Big Brother, VIP o no, es patente. En el caso de Día de Perros la injerencia es clarísima.

En lo que hace a los participantes comunes en estas emisiones, los mecanismos que aplica Televisa son más perversos aún, porque la renuncia a uno de los más elementales derechos humanos, que es la privacidad, se da a cambio de una fama tan efímera como la que logró Dennise, aquella espigada secretaria a la cual pocos televidentes recuerdan por su nombre propio, pero muchos --entre ellos los compradores de la revista Play Boy en que apareció desnuda-- evocan como la Mapacha.

Thomas Hobbes, el filósofo inglés, nacido en 1588, sintetizó su concepción del ser humano en el aforismo "el hombre es lobo del hombre". Decía que el instinto humano de conservación ocasiona la "guerra constante de todos contra todos". Si recordamos la forma en que se anunció a la generación anterior del Big Brother, Adela Micha aparecía a cuadro invitando al público a un complot.

Es necesario que nos detengamos en la definición de esta palabra. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, cuya segunda acepción define: "Confabulación entre dos o más personas contra otra u otras." De esa descripción debemos remitirnos a la voz confabular, de la cual se dice, en el mismo compendio: "Ponerse de acuerdo para emprender algún plan, generalmente ilícito." Ambos vocablos son muy esclarecedores respecto a la intención con que se creó el programa, que es importado, como sabemos.

George Orwell, en 1984, describe un régimen dictatorial, en el cual el Hermano Mayor --al que se alude en el título del programa ideado por Joop Van Ende y John de Mol-- vigila a cada una de las personas que viven bajo su poder.

Ambos elementos, en mi opinión, evidencian la inclinación totalitaria de la empresa televisiva dado que, en resumen, se invita al público a participar en una confabulación por medio de la cual se le vende al espectador la idea de que tiene en sus manos la suerte de un grupo de personas, cuya vida puede alterar, al expulsar a alguien de la Casa Big Brother, solamente con una llamada telefónica.

¿Existe algún valor o algún principio ligado a los derechos humanos en estos presuntos entretenimientos engañosamente interactivos? ¿Qué clase de sociedad se está promoviendo por medio de programas de esta naturaleza?

No hay valores ni principios. Se invita al televidente a intervenir en un juego ultrajante, basado en una competencia feroz que se fomenta, en el caso Big Brother, entre los enclaustrados, quienes tratan de evitar que se les desaloje de un antiparaíso en el que están aislados del exterior.

En Día de Perros ahora se invita a un adulterado "derecho de réplica", según indicaron los conductores en una entrevista reciente. Tras ese eufemismo esconden la verdadera idea: una revancha de las víctimas contra los autores de las "bromas pesadas" o "contra alguien de su elección". Uno de los perjudicados, en alguna de las transmisiones, afirmó que no le importa quién se la hizo, sino quién se la va a pagar.

Estos programas se nos presentan con la apariencia de pasatiempos, simples entretenimientos, que sirven supuestamente para que estudiemos las conductas de personas comunes, como nosotros o las VIP, las importantes según la arbitraria visión de la empresa.

No nos dejemos engañar. No se trata de un entretenimiento inocente: es todo lo contrario y por ello debemos ponernos en guardia, debido a que mientras más se nos ofrece la creencia de que podemos interactuar con la televisión, más cerca estamos no sólo de aceptar como normal la violación de los derechos humanos, sino de participar en ella o ser sus víctimas.

La penetración de estos programas en la mentalidad de los espectadores es tan aguda que puede ilustrarla una anécdota: durante una fiesta infantil a la que asistí, mientras los adultos conversábamos se acercó una niña, papel en mano, para preguntarnos si votábamos por Pedro Fernández o Niurka. Los demás emitieron su juicio y yo me abstuve. Un momento después se presentó, llorosa, una pequeña de seis años. Cuando su padre y yo le preguntamos la razón de sus lágrimas nos respondió: "es que me nominaron y me expulsaron". La mayor parte de quienes la escucharon soltó una carcajada y a mí me pareció francamente deplorable.

Nuestros hijos asimilan la ausencia de valores y principios y la competencia salvaje que promueve, en este caso, Big Brother, como si fuera un juego. Por ello debemos estar prevenidos. Como televidentes y consumidores pagamos los programas que trasmiten las televisoras.

Es urgente que comencemos a integrar los observatorios de medios que han surgido en países tan distintos como Estados Unidos, Colombia, África y Suiza, a los cuales une la inquietud por tener televisoras que respondan a los intereses de sus ciudadanías. Algunos de dichos observatorios han llegado a boicotear mercancías que se anuncian en programas a los que consideran nocivos para la sociedad. Podemos aprender mucho de ellos.

Insisto: protejámonos porque existen violaciones a los derechos humanos que, además de ser tales, inciden en la forma en que vemos la vida, minan nuestros valores y tratan de acabar con principios universales.