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Periodismo: una situación
crítica
Humberto
Musacchio
Periodista
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Por explicable paradoja, el periodismo mexicano recorre
una etapa de amplísima libertad de expresión y, paralelamente,
atraviesa por una situación crítica en la que menudean
los asesinatos de informadores, numerosos colegas realizan su trabajo
en precarias condiciones laborales y se despliega un vergonzoso
hostigamiento contra medios insumisos.
Para ganar el derecho a la libre expresión, la gente del
oficio informativo durante muchos años dio una batalla que
culminó en 1994, cuando el barco del viejo régimen
empezó a hacer agua por todos los lados y fallaron los mecanismos
de control que empleaban los gobiernos priístas para mantener
aherrojado al periodismo. Hoy ejercemos una libertad que conquistamos
al precio de decenas de colegas asesinados y explicablemente hay
irritación en los poderes institucionales y rabia homicida
en el campo de intereses de los poderes fácticos, muy especialmente
del narcotráfico.
En la omnipresencia del narcotráfico hay que buscar el motivo
de muchos de los asesinatos de periodistas, 17 en lo que va del
sexenio, a lo que debemos agregar varios atentados criminales y
la desaparición, desde hace 50 días, de Alfredo Jiménez
Mota, reportero de El Imparcial de Hermosillo. Estos casos
exhiben la indefensión en la que se desenvuelve el ejercicio
periodístico, pero mal haríamos en señalar
la actuación de las mafias como única causa de las
desgracias gremiales.
Hay que felicitarnos de que la prensa del viejo régimen haya
pasado o esté en trance de pasar a mejor vida. Aquellas empresas
periodísticas que tenían a orgullo sus buenas relaciones
con el gobierno y su perruna fidelidad al Presidente en turno son
cosa del pasado. Qué bueno, pero anotemos que entre los saldos
indeseables de ese final de época esté la quiebra
de varias empresas del ramo, el desempleo y la pérdida de
salario y prestaciones de los trabajadores.
En otros casos, como ocurre en el Canal 40, la ineptitud de la empresa
ha lesionado durante años a los trabajadores, que ahora han
decidido emplear el arma legal de la huelga para obligar a su patrón
a pagar el adeudo de más de seis meses de salarios. Hay que
decir que el Canal 40, candil de la calle, ha realizado una labor
informativa y crítica que se agranda por las limitaciones
que se autoimponen los dos grandes consorcios de la televisión,
pero ninguna libertad puede florecer al precio de escamotear a los
trabajadores el salario, indispensable para mantener y reproducir
la fuerza laboral.
Los periodistas tenemos responsabilidad legal por lo que publicamos
y hemos de sopesar cada palabra para no entrar en el campo de lo
punible. Los códigos están llenos de sanciones que
penden sobre lo que decimos quienes estamos en los medios. Sin embargo,
durante el viejo régimen todo aquello era letra muerta, pues
bastaba la intervención del gobernante para silenciar a los
medios respondones o para mandar al desempleo al periodista indócil.
Tan fue así, que desde los años veinte hasta los noventa
no hubo un juicio contra periodistas o periódicos que llegara
a la última instancia. No era necesario.
Sin embargo, hoy se han generalizado las demandas contra colegas
y publicaciones. Sin defender en modo alguno ese "periodismo"
que se mete bajo las sábanas y escudriña en la intimidad
de los personajes públicos, es obvio que la demanda de Marta
Sahagún contra Olga Wornat y la revista Proceso no
contribuye a la distensión de las relaciones entre prensa
y poder. Es más sano dejar a los lectores y no a un tribunal
el juicio último sobre los que mezclan materia excrementicia
con la información. En el caso del tráfico de influencias
o mal uso de recursos públicos, toca a las figuras públicas
defenderse y hacer los deslindes necesarios. Pero no parece sensato
hacer de un libro mediocre el eje de nuestra vida pública.
Hasta ahora, en México habíamos evitado caer en algo
que es común en Estados Unidos: juzgar la actuación
pública a partir de que la vida privada de un funcionario
o de su familia no se ajusta a las normas morales de ciertos sectores
sociales. No es fácil separar una cosa de la otra. Lo cierto
es que el periodismo nos pone todos los días ante dilemas
éticos para los cuales no hay un manual que permita optar
por el mejor camino, pero hasta ahora había sido el gremio
el que había sabido confinar ese periodismo soez e indeseable
a los bajos fondos del oficio. Lo mejor sería dejar que siguiera
ahí.
Un problema más serio, por la confrontación directa
que implica, es la embestida de algunos gobernadores que a su arbitrio
disponen de los dineros públicos para favorecer a medios
complacientes mientras tratan de ahogar a los órganos que
muestran independencia de criterio. El artículo sexto de
la Constitución dice que "el derecho a la información
será garantizado por el Estado". Después de un
cuarto de siglo ese derecho no ha podido ser reglamentado, pero
se trata del derecho de los ciudadanos a estar debidamente informados.
Lamentablemente, hasta ahora en algunas entidades se emplean los
recursos públicos para hacer publicidad en beneficio de las
autoridades, no para garantizar que los ciudadanos estén
bien informados. En ciertos estados lo frecuente es que bajo amenazas
y diversas formas de coerción se obligue a los medios a no
publicar información u opinión que el gobernante juzga
adversa.
En San Luis Potosí, el gobernador panista Marcelo de los
Santos ya consiguió que quedara fuera del aire el programa
radial Zona Crítica 750 y de plano niega al periódico
La Jornada San Luis no sólo publicidad, sino incluso
la información que se le solicita y hasta los ordinarios
boletines de prensa. Este periódico es dirigido por Julio
Hernández López, un colega apreciado por su rigor
profesional y valentía. Pero el señor gobernador De
Los Santos no quiere comprar espacio para publicidad, sino en realidad
todo el periódico y a sus directivos, de ahí el boicot
que ha declarado contra el citado rotativo. Para mayor desagrado
del "gobernador", los lectores ya salieron a la calle
dispuestos a defender su derecho a estar informados.
En Oaxaca las cosas no están mejor. Ahí, el periódico
Noticias ha resistido heroicamente el embate de dos gobernadores,
pues sus problemas empezaron cuando Nelson Murat desgobernaba la
entidad y han continuado ahora, con la irrefrenable vocación
caciquil del señor Ulises Ruiz, el mismo que sin el indispensable
permiso del INAH y por encima del ayuntamiento y de la opinión
pública decidió reconstruir el zócalo de la
vieja Antequera, pues los priístas bien saben que las obras
públicas proporcionan el lubricante del sistema, y mucho
se va a necesitar para hacer candidato del PRI a Roberto Madrazo,
por quien ha echado su resto el Ejecutivo oaxaqueño.
Para perjudicar a Noticias, las autoridades del estado primero
presionaron a su director, Ericel Gómez Nucamendi. Le regatearon
la publicidad e intentaron que otros anunciantes le declararan un
boicot. Como eso falló, un grupo de paracaidistas movidos
desde el gobierno tomó por la fuerza el predio donde Noticias
guarda papel y otros insumos y, por si algo faltara, las autoridades
empujaron a un liderzuelo de la CROC para que declarara la huelga
en la empresa, lo que fue rechazado terminantemente por los trabajadores,
que en defensa mutua han mantenido una solidaridad ejemplar con
la empresa.
Lo anterior tiene todos los rasgos de una crisis propia de la transición.
El viejo régimen se cayó en pedazos, pero subsisten
muchas de sus lacras. La libertad de expresión está
sometida a una dura prueba en amplias porciones del país,
pero los periodistas, algunos medios y los lectores hemos aprendido
que las libertades se conquistan y se defienden todos los días.
Así ha de ser en esta ocasión frente al poder de caciques
como Marcelo de los Santos o Ulises Ruiz, contra la furia homicida
de los capos del narcotráfico y aun frente a la abulia y
la corrupción de las autoridades.
Artículo
publicado en Reforma el 24 de Mayo de 2005
Agradecemos al autor su autorización para reproducirlo
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