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La
política se hace en los medios y para
los medios
Supermercado político y democracia
Luis
Fernando Sánchez
Alumno
de la Especialidad en Comunicación Social, en la
maestría en Ciencias Sociales de la Universidad de
Guadalajara
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¿Está en riesgo la
democracia a causa de la aplicación de los principios y procedimientos
del marketing político en la conducción de
las campañas electorales de los partidos y candidatos? Y,
si es así, ¿en qué? y ¿de qué
manera?
Si bien algunos autores mencionan los diversos beneficios
de la utilización del marketing político para
las organizaciones sociales, y en particular para los partidos políticos
e incluso para la democracia,1 también es
cierto que su aplicación en el proceso político ha
traido consigo ciertos efectos y problemas que aún faltan
por estudiar.2
Pese a lo anterior, se pueden encontrar algunos argumentos
que establecen no pocos daños a causa de la utilización
de esta técnica en el ámbito político, entre
los cuales es factible considerar los fenómenos relacionados
con la personalización de la política, la crisis de
credibilidad y representación de los partidos políticos,
el surgimiento de los partidos mediáticos, la disminución
del debate de ideas y programas de gobierno, la reconfiguración
de la legitimidad en términos del mercado y, por supuesto,
la crisis del sistema político y legitimidad en las instituciones
democráticas.
Construcción
de la imagen y personalización de la política
La competencia por el poder entre los partidos políticos
así como la presencia de diversos factores en el sistema
político y, en particular, la nueva naturaleza de los medios
de comunicación, instituidos como el espacio público
y lugar privilegiado de la política, son elementos que han
sido determinantes en la aparición del marketing político.
Los medios, con sus reglas comerciales (y políticas),
no le han dejado hasta el momento a los actores políticos
otra salida que ajustarse a sus criterios y, en consecuencia, los
han empujado a incursionar en la escena mediática a través
del uso del marketing como respuesta ante la capacidad de
influencia de los medios sobre el espacio de la comunicación
política y del presunto poder de la imagen sobre el discurso
racional.
En tal sentido, el uso del marketing político
se puede pensar como una consecuencia relacionada con el poder de
los medios en tanto que su papel en el campo de la comunicación
política tiene que ver con su capacidad de influencia sobre
los medios, con sus reglas comerciales (y políticas), no
le han dejado hasta el momento a los actores políticos otra
salida que ajustarse a sus criterios y, en consecuencia, los han
empujado a incursionar en la escena mediática a través
del uso del marketing como respuesta ante la capacidad de
influencia de los medios sobre el espacio de la comunicación
política y del presunto poder de la imagen sobre el discurso
racional, y en particular sobre la opinión pública,
aunque, por supuesto, no se puede dejar de lado su influencia en
la agenda informativa de los medios.3
Entonces, ¿cómo afecta el marketing
político a la democracia? Un lugar común, al que parecen
dirigirse ciertos autores como el principal problema de la aplicación
del marketing político durante los procesos electorales,
es el relacionado con el contenido de las campañas electorales.4
Es una tesis que establece que la democracia está siendo
reducida a unos procesos electorales competidos pero con escaso
o nulo debate de ideas y propuestas políticas, en los que
los partidos y candidatos sustentan las campañas políticas
no tanto en sus propuestas y planteamientos ideológicos,
sino en torno a las características carismáticas de
los candidatos, procurando seguir casi siempre las pautas del mercado
político. Constituye un fenómeno que se puede advertir
en los mensajes o temas insertos en la propaganda política
apoyada en los estudios de marketing político, y transmitida
a través de los medios, en donde los políticos más
que exponer al público sus programas de gobierno e ideas,
proponen personas para solucionar los conflictos sociales.
De esa manera, el uso de la propaganda política
en los medios sobresale no tanto por informar sino por persuadir,
por valerse de las emociones, seducir, y si presenta alguna información,
ésta debe servir para apoyar la idea central del mensaje:
el candidato y no los programas de gobierno.5
Así, la disminución del debate de ideas
en la democracia trae consigo un factible peligro para el sostenimiento
del sistema democrático, pues la democracia liberal se fundamenta,
entre otros aspectos, en el debate racional de los asuntos de interés
general, en un espacio denominado comunicación política6,
que sirve a priori o a posteriori -en unión
con el espacio público- a la toma de decisiones en la entidad
política. Por tanto, el menoscabo de la democracia se verifica
en la medida que es más frecuente la presencia de campañas
repletas de información banal de lo político, en donde
lo más importante es la vida personal (lo privado), la imagen,
el escándalo, las propuestas engañosas pero electoralmente
atractivas (en términos mexicanos: computadoras para todas
las escuelas públicas, y acabar con el problema de Chiapas
en 15 minutos), que las denominadas políticas a las que hacia
referencia Downs y que permitían a los partidos ganar elecciones:
Los partidos políticos formulan políticas que les
permitan ganar elecciones en lugar de ganar elecciones con el fin
de formular políticas.7
Esta tesis hoy por hoy pareciera mostrar lo contrario:
los partidos pretenden ganar elecciones a veces con el fin de formular
políticas.
De esa manera, el contenido de las campañas
electorales se ve reducido a las características del candidato
que vienen a ser lo que en sustancia se propone; cuestión
que además se puede ajustar de acuerdo con las pautas del
mercado electoral, y que no precisamente revelan la personalidad
del político; antes bien, éste es instruido a actuar
frente a la cámaras, a lucir creíble, honesto, presidenciable,
más que a formular un programa político. En fin: casi
como estrellas del espectáculo -guardando las debidas proporciones-
procuran mantener sus índices de popularidad ante el electorado
permanente y ser objeto de noticia por parte de los medios.
La política se hace entonces en los medios
y para los medios.8 Esto, como señala Thompson,
no niega la influencia y existencia de la política tradicional,
sino que implica la preeminencia entre los actores sociales de la
manifestación de sus demandas a través de los medios
antes que en las calles o plazas públicas. Así, sin
propuestas de gobierno, o con la disminución de las pretensiones
de las prácticas políticas, se corre el riesgo
de conducir y reducir a la democracia a una forma mecanicista.9
El problema del marketing político es
que a pesar de ser una técnica encaminada a promover una
ideología, las prácticas políticas nos muestran
una versión contraria de lo que la teoría del marketing
político señala. En lugar de promover ideas, se promueven
candidatos como soluciones a los problemas públicos. Los
consultores políticos, más que buscar un rasgo ideológico
distintivo del actor político, trabajan en una característica
personal para promoverla.10 Lo que importa entonces
es la persona y no tanto su proyecto de gobierno.
Así, mientras la propaganda política
se caracterizaba por tener un fuerte contenido ideológico
(izquierda versus derecha, capitalismo versus socialismo),
el marketing político no alude a otro principio ideológico
que no sea el de las necesidades y deseos no siempre afines de la
demanda del mercado político.
Las ideas, que antes caracterizaban y conformaban
el concepto de propaganda política (en contraposición
con el de publicidad comercial), desaparecen con el marketing
político, no tanto en su concepto pero sí en la praxis.11
El desvanecimiento de las ideas conduce entonces a
la futilidad de los discursos y de la acción política,
pues si se toma en consideración que el debate de ideas (discursos,
programas de gobierno) manifiesta la postura de un actor político
sobre cómo debe dirigirse una entidad política, la
ausencia -o disminución- de las mismas, señala Weber,
llevan a una indefinición con respecto a la búsqueda
de un objetivo material o ideal sobre adónde debe dirigirse
un país y bajo qué condiciones.12
La cuestión anterior nos lleva al problema
relativo de la personalización de la política. Expresado
de una manera tosca, se puede decir que consiste en poner el acento
en los individuos: en creer que los problemas sociales pueden ser
resueltos por un individuo (o algunos) sin considerar los aspectos
estructurales; en reducir la política a una simple competencia
y enfrentamiento entre personalidades que detentan el poder. Y aunque
la personalización de la política "debe ser considerada
como una característica inherente a la vida política"
e incluso como "una clave de comunicación en ciertos
momentos"13, su exacerbación, explica
Gringas, produce efectos importantes en la comprensión de
los asuntos públicos.14
La explicación de los problemas sociales se
da a partir de los individuos y no desde aspectos de fondo que también
influyen decisivamente en la comprensión de los problemas
sociales.
De esta manera, el desvanecimiento de los programas
de gobierno es aprovechado en función de la personalización
de la política y la exaltación de la imagen (en sus
dos sentidos, tanto como es percibido en el imaginario social un
actor político como en su sentido restrictivo de visibilidad
al que alude Thompson15); y aunque esta manifestación
no se puede considerar estrictamente como un efecto propio del marketing
político, sí contribuye a su acentuación.
Otro de los efectos de esta técnica es la que
se puede advertir a través del cambio que ha originado al
interior de las organizaciones políticas16
en el sentido de que los políticos se han convertido en los
actores principales de la contienda y no los partidos: aquellos
dependen menos de las estructuras organizativas pero más
de expertos en marketing político y de recursos económicos
que soporten los gastos de campaña. Del mismo modo, la importancia
(y dirección) de los partidos se supedita al carisma de los
aspirantes al poder político, pues ya no es el partido el
mediador entre el gobierno y los ciudadanos, sino el candidato.
Tal problema se materializa a través del uso del marketing
político, que si bien no es responsable único del
debilitamiento del sistema de partidos, si es un acicate importante
para ello.
Por ende, la manifestación más significativa
del cambio en las organizaciones políticas (y su afectación
por parte del marketing político) es la supeditación
del partido al videolíder, que trae consigo la (de)formación
del primero en el partido mediático (media-party),
el cual se caracteriza por una mayor autonomía del líder
y por formas de populismo electrónico que facilitan los vínculos
discursivos entre los líderes partidistas y el público
tanto general como el especifico. Ese partido mediático
también responde a los cambios de opinión del electorado
(por lo que es, en mayor o menor medida desideologizado), es versado
en el arte de la self-presentation en el público y
en los medios, y se preocupa por establecer más vínculos
con los electores que con los miembros del partido. En tal sentido,
los ejemplos más representativos de esta transformación
son Forza Italia, el partido italiano creado por Silvio Berlusconi,
y el New Labour Party de Inglaterra.17
Consideraciones
finales
La democracia involucra una competencia entre las
diversas fuerzas políticas que se disputan no sólo
la obtención de los cargos públicos, sino la dirección
o influencia sobre la trayectoria de la entidad política;
supone la manifestación y debate público de las propuestas
políticas, de la elección por parte de los ciudadanos,
de la mejor oferta que dirigirá los intereses de una
colectividad, y presume en consecuencia que los ganadores de la
contienda cumplan (o procuren hacerlo) lo antes expresado en sus
promesas de campaña.
Pues bien, el marketing político -pese a lo
que sus defensores indiquen- no promueve propuestas de gobierno
o alguna ideología, sino personas, y cuanto más, su
imagen. Expresado en mejores términos: el principal menoscabo
que ha tenido el uso de dicha técnica en la política
está en la desaparición (o disminución) de
planteamientos ideológicos, en el contenido de las campañas
electorales sobre el ámbito de la comunicación política,
pues los temas que se discuten giran cada vez más alrededor
del carisma de los candidatos, de asuntos banales, de argumentaciones
simplonas. Así, otros de los efectos (y problemas) del uso
del marketing político es el relativo al nivel de
acercamiento entre el discurso de los actores políticos con
los problemas reales a los que se enfrenta la sociedad.
Cada vez más la referencia a la cual acude
un candidato para exponer sus propuestas políticas (cuando
existen), es la derivada de sí mismo, de su carisma,
tal vez confeccionada de acuerdo con la demanda del mercado, y no
de un objetivo material o de valor que oriente la trayectoria de
la entidad política.
Los electores entonces legitiman personalidades y
no tanto propuestas políticas, menoscabando de esa forma
la legitimidad de las instituciones democráticas (como los
órganos de representación y de gobierno, los partidos,
y los mismos programas políticos).
Los procesos electorales, por ende, corren el peligro
de verse reducidos a meras luchas por la consecución del
poder por el poder mismo, volviendo fútil no sólo
los discursos sino la acción política, en tanto que
los partidos quedan convertidos, como diría alguna vez Weber,
a meros cazadores de cargos y sin convicciones, pero con propuestas
políticas mutables en cada elección, pues el objetivo
vital se reduce tan sólo a ganar la elección.
Con propuestas políticas elaboradas acorde
con la demanda del mercado político, la entidad política
queda al abandono de posibles y probables políticos demagogos
y populistas, pues es aquél quien legitima sus acciones u
omisiones, poco importa la veracidad o beneficio que se desprenda
de una propuesta en tanto se venda bien y gane tanto adeptos
como votos. El marketing político se justifica en
la medida que provee éxito político.
El espacio público mediatizado es ahora el
escenario en el que se efectúan, cada vez más, las
disputas por el poder político, es el lugar en el que también
no pocos electores acuden para enterarse de la política,
y en particular de los mensajes de los diversos actores políticos,
mensajes que sirven como medios para obtener, en ultima instancia,
espacios de poder.
No sorprende, entonces, el uso del marketing
político como herramienta comunicacional. Lo que sorprende
tal vez sea la pretensión de reducir la democracia a un supermercado
político, abundante siempre en deseos y necesidades. Cierto
es que éste último es inherente a la democracia, pero
también lo es la comunicación política.18
Resulta poco probable que las instituciones democráticas
mantengan su legitimidad si los discursos provenientes de los diversos
actores políticos no guardan relación con la realidad,
si abordan temas fútiles o simplifican sus argumentaciones,
o bien si sus discursos son una representación fiel de la
realidad pero débiles en su capacidad de acción.
NOTAS
1) Rafael Reyes Arce y Lourdes
Munich, Comunicación y mercadotecnia política,
Noriega, México, 1998; Andrés Valdez, Mercadotecnia
política. El estado actual de la disciplina en México,
Arrayán, México, 2000; Luis Ignacio Arbesú,
"Mercadotecnia política", en Tomás Miklos
(eds.), Las decisiones políticas. De la planeación
a la acción, IFE, Siglo XXI, México, 2000.
2) Stephan Hennerberg, "Understanding political
marketing", en Nicholas J. O'Shaughnessy, Stephan C. M. Hennerberg
(eds.), The Idea of Political Marketing, Praeger, London,
2002. A este respecto Hennerberg menciona que son escasos los estudios
relacionados con el marketing político y su influencia
en la democracia.
3) Manuel Castells, La era de la información,
Vol. 2 Siglo XXI, México, 1999; Francisco Aceves González,
Los medios de comunicación y el electorado tapatío
en las elecciones presidenciales de 1994. La construcción
de la imagen pública de los candidatos presidenciales y su
impacto en la percepción de los usuarios, Tesis de doctorado
en Ciencias Sociales, Universidad de Guadalajara CIESAS de Occidente,
México, 2000; Raúl Trejo Delarbre, Mediocracia
sin mediaciones. Prensa, televisión y elecciones, Cal
y Arena, México, 2001.
4) Javier del Rey Morato, La comunicación
política (El mito de las izquierdas y derechas),
Eudema, España, 1989; Terence H. Qualter, Publicidad y
democracia en la sociedad de masas, Paidós, España,
1994; Eulalio Ferrer, De la lucha de clases a la lucha de frases,
Taurus, México, 1995; Giovanni Sartori, Homo videns. La
sociedad teledirigida, Taurus, México, 1998; Harry Wray,
"Through a glass darkly television and american electoral politics",
en Bruce I. Newman (ed.), Handbook of political marketing,
Sage, 1999; Raúl Trejo Delarbre, op.cit.
5) Lynda Lee Kaid, "Political Advertising:
A summary of research findings", en Bruce I. Newman (ed.),
Handbook of political marketing, Sage, Estados Unidos, 1999.
6) Anne-Marie Gringas, "El impacto de las comunicaciones
en las prácticas políticas", en G. Guatire, A.
Gosselin y J. Mouchon (eds.), Comunicación y política,
Gedisa, España, 1998. El presente estudio parte de la tesis
Woltoniana relativa al concepto de Comunicación Política,
la cual se puede entender como "el espacio en el que se intercambian
los discursos contradictorios de los tres actores que legítimamente
se expresan en público sobre la política y que son
los políticos, los periodistas y la opinión pública
a través de los sondeos". Véase en Dominique
Wolton, "Las contradicciones de la comunicación política",
en G. Gauthier, A. Gosselin, J. Mouchon (eds.), op.cit. p. 110.
7) Anthony Downs, Teoría Económica
de la Democracia, Aguilar, España, 1973, p. 30.
8) Anne-Marie Gringas, op. cit., p. 38, Francisco
Aceves, op. cit., p. 40, Raúl Trejo Delarbre, op. cit., p.
137.
9) Anne-Marie Gringas, op. cit.
10) Javier del Rey Morato, op. cit., pp. 96; Eulalio
Ferrer, op cit., pp. 148-150; Francisco Aceves, op. cit., pp. 40-42;
Philippe Maarek, Marketing político y comunicación.
Claves para una buena información política, Paidós,
España, 1997, pp. 58-59; Fritz Plasser, Christian Scheucher,
Christian Senft, "Is there a European Style of Political Marketing:
A Survey of Political Managers and Consultants", en Bruce I.
Neuman (ed.). Handbook of political marketing, Sage, Estados
Unidos, 1999, pp. 97-98; Frank Priess, "La hegemonía
del marketing político en América Latina",
Etcétera, mayo, 2000; Raúl Trejo, op cit.,
pp. 102-108. De acuerdo con una encuesta realizada por Plasser &
Scheucher & Senft a los consultores y expertos europeos en marketing
político, muestra que 75% de los encuestados consideran que
un punto crucial de una campaña electoral es el candidato,
es decir, establecer, transmitir y definir el perfil o la imagen
del producto, el cual está constituido por la personalidad
del candidato.
11) Eulalio Ferrer, op cit., pp. 369-370.
12) Max Weber, El político y el científico,
Colofón, México, 1998.
13) Anne-Marie Gringas, op. cit., p. 34.
14) Idem.
15) John Thompson, "La transformación
de la visibilidad", en Comunicación y Sociedad,
Núm. 38, julio-diciembre, Universidad de Guadalajara, 2000.
16) Barrie Axford y Richard Huggins, "Political
marketing and Aestheticisación of Politics: Modern Politics
and Postmodern Trends", en Nicholas J. O'Shaughnessy, Stephan
C. M. Hennerberg (eds.), The Idea of Political Marketing,
Praeger, London, 2002.
17) Ibid.
18) De acuerdo con diversos autores el marketing
político debe ser ubicado en el ámbito de la comunicación
política. Javier Morato, op cit.; Philippe Maarek, op cit.;
Luis Arbesú, op cit.; Lourdes Martín, Marketing
politico. Arte y ciencia de la persuasión en democracia,
Paidós, Barcelona, 2002.
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