V I D A S  E J E M P L A R E S  E N  L A S  L E T R A S

A 21 años del asesinato de Manuel Buendía

"No me dejes morir..."



Miguel Ángel Sánchez de Armas

Presidente Honorario de la Fundación Manuel Buendía AC

    
  


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Hay hombres que forjan su propia leyenda. En el periodismo de vez en cuando surgen figuras que rompen el molde, no como un reto, sino porque ello es parte misma de su naturaleza. Un John Reed, un Manuel Buendía, una Oriana Falacci o un Ryszard Kapuscinski son algunos ejemplos.

¿Qué singulariza a esos seres? ¿Qué los diferencia de la multitud? Estas son preguntas que no admiten respuestas sencillas. Quienquiera que los haya leído, sea o no periodista, habrá sentido vibrar su pecho con el acorde de una prosa limpia y matizada como un solo de violín. Y habrá deseado, si periodista fuere, alcanzar la gracia de una virtud semejante. Bueno, supongo que algunos, porque triste es reconocer que en mi oficio el adocenamiento y la mediocridad son la norma y no la excepción.

En el fondo de todo lo que se pueda analizar de esos seres está, creo, un sólido código ético, un conjunto inviolable de principios que es el cimiento de un edificio espiritual que puede crecer cuanto sea necesario... o cuanto sea permitido.

Escuchemos a dos de esos hombres. Nacidos en las antípodas, tienen sin embargo mucho en común, incluso el macizo aspecto físico, la mirada penetrante, la energía a flor de piel: el mexicano Manuel Buendía, asesinado hace 21 años en un vano intento por silenciar su pluma, y el polaco Ryszard Kapuscinski.

Buendía, a mediados de 1982, escribía:
El periodismo es una de las profesiones más exigentes de la sociedad moderna. Nadie debería permitirse jugar al periodista porque hace un daño en diversas escalas a la comunidad. [...] Ésta no es una tarea que admita inconstancias ni actitudes caprichosas. Se trata en verdad de una forja que pone a prueba a veces la clase de reservas espirituales que tiene el individuo.

Por su parte Kapuscinski dijo al diario Reforma a fines de julio de 1996:
Un periodista debe ser un hombre abierto a otros hombres, a otras razones y a otras culturas, tolerante y humanitario. No debería haber sitio en los medios para las personas que los utilizan para sembrar el odio y la hostilidad, y para hacer propaganda. El problema de nuestra profesión es más bien ético.

Palabras para enmarcarse y colocar en la redacción, muy visibles desde nuestra mesa de trabajo periodístico.

La tentación del juego intelectual -y emocional- de imaginar quién sería hoy el autor de "Red Privada" y quiénes sus lectores asalta fácilmente. ¿Habría sido tolerado en los sexenios siguientes, puesto que el sexenio sigue siendo la medida inevitable de nuestra vida pública? No hablo sólo del poder: ¿tendría alguien como él un espacio en nuestros medios actuales?

La idea de un Buendía investigando periodísticamente los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu; los pormenores de los procesos de parientes incómodos; la insurrección chiapaneca o las nuevas complejidades en la relación con Estados Unidos, es un anhelo que se torna doloroso al ver que el vacío de "Red Privada" sigue ahí, enorme, apenas eventualmente tocado por los columnistas contemporáneos. Pues con las excepciones que todos conocemos, resulta inevitable preguntarse -por lo menos me resulta inevitable a mí-: ¿por qué la generación de Buendía, de Martínez de la Vega, de Gómez Arias, dejó tan escasa descendencia profesional?

Recordamos a Buendía de muchas maneras. Su cálida amistad y el sentido del humor con que engalanaba su trato; la solidaridad y el culto a la amistad; su profunda convicción de estar transitando por el mejor de los caminos profesionales... Una tarde escribió:
Ni siquiera el último día de su vida, un verdadero periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría y la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros en pleno tránsito de esta vida a la otra y lamentándose así para sus adentros: "hoy he descubierto algo importante, pero ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!"

Un hombre comprometido y eficaz. Un periodista preocupado por definir el oficio:
El periodismo no nos permite vivir de lo que fue, de lo que el viento se llevó. Al contrario: nos obliga a vivir para lo que es. Un periodista no puede permitir que sus amigos le organicen, como a un pintor, exposiciones retrospectivas.

¿Buendía fue víctima de su propio éxito? No lo sabemos. Pero murió como hubiese querido, con los zapatos puestos, sin soltar los remos, con un legado que ya es ejemplo imborrable para las nuevas generaciones de periodistas, en cuyas filas algunos tenemos la esperanza de que se estén incubando otros profesionales de la talla del autor de "Red Privada".

Que su obra no fue efímera lo demuestra la continuada lectura de textos suyos que nos siguen sorprendiendo por su actualidad y la profundidad con que analizan temas que, hoy lo constatamos, son recurrentes en nuestro país.

Después, de 21 años, dos de quienes fueron encontrados culpables del asesinato -un poderoso ex jefe de la policía política y un gatillero de poca monta- están en la cárcel; otros han sido puestos en libertad. Los supuestos motivos para la ejecución del periodista fueron tan endebles que hoy nadie los recuerda y muchos aún se preguntan si realmente se llegó al fondo del asunto.

Sin embargo eso ya no importa, porque don Manuel vive en sus amigos, en sus alumnos, en sus lectores, en los jóvenes que lo descubrieron en sus libros. Pensándolo bien, Buendía nunca se fue. El cadáver que vimos aquella tarde en una acera de Insurgentes fue un recipiente abandonado por una fuerza que se quedó entre nosotros y será para siempre referencia y punto de encuentro.

Todo o casi todo se ha dicho sobre el ejemplo de ética y rigor profesional y personal que fue don Manuel. Como apunta Javier González Rubio en el prólogo de Ejercicio periodístico, el libro que recoge sus conferencias y reflexiones sobre el oficio: Buendía sigue entre nosotros por la sencilla razón de que la esencia del periodismo en la que él creía sigue siendo la misma.

El lado personal, humano de Buendía es menos conocido. Pero explica los rumbos que tomó su vida.

José Manuel Buendía Tellezgirón nació en Zitácuaro, Michoacán. Fue hijo de un mecánico instalador de molinos de nixtamal, segundo de cuatro hermanos. Su primer destino fue el seminario, de donde salió cuando su padre fue asesinado por unos malvivientes a pocas cuadras de su casa y después de la muerte de su hermano mayor en un accidente de motocicleta. Para ayudar a la manutención de la familia dio clases de primaria en un instituto particular y muy joven emigró a la Ciudad de México con una beca para un colegio privado a cargo de religiosos y poblado por jóvenes de familias acomodadas en donde quedó marcado por la diferencia que se le imponía dado su origen humilde.

Fue hospedado en la casa de un pariente lejano, comerciante de La Merced, y pagaba el cuarto y la comida como mecapalero del negocio. Una memoria viva de aquellos años fue la de un limosnero con lugar fijo en la calle de Carretones que parecía llevar a cuestas su figura andrajosa. Su reclamo era un murmullo que comenzaba: "¡ñacaridá...!" y se desvanecía hasta hacerse ininteligible. Como era ya parte del paisaje, muchas monedas levantaba el mendigo aquél. Un día Manuel, picado por la curiosidad, se le acercó por la espalda y pudo descifrar la frase, repetida una y otra vez: "¡ñacaridá...!", audible más o menos, y a continuación, aspirado: "¡...hijos de su pinche madre...!"

En su vida adulta, la personalidad de Buendía era aplastante. Como funcionario público renunció a los servicios de los secretarios particulares cuando descubrió que no duraban con él porque no soportaban el peso de su mirada ni su teutónica meticulosidad profesional. Manuel detestaba el ahí se va y la mediocridad. Pero al mismo tiempo era un hombre tierno, un caballero decimonónico que no toleraba palabras altisonantes en presencia de una dama, que secretamente costeaba los estudios de muchachos y muchachas y cuyo corazón se dolía con facilidad ante la tragedia de otros.

Durante años admiré en una pared de su despacho la instantánea de un bebé. Al reverso, en letra femenina, una leyenda sin firma asentaba: "Se llama Manuel, porque gracias a usted, vive". Era el hijo de una refugiada a quien la policía mexicana, en alianza con homólogos argentinos de la dictadura de Videla, deportaría al Río de la Plata con ocho meses de embarazo, para entregarla a la tortura y a la desaparición. Una llamada a tiempo de Buendía a Fernando Gutiérrez Barrios logró que la mujer fuera rescatada del avión que ya tomaba pista a Buenos Aires. Buendía no platicaba esa historia, una de muchas que protagonizó a favor de seres humanos concretos, con nombre y apellido.

El 20 de agosto de 1982 viajó a Guadalajara, a la ceremonia de graduación de alumnos de periodismo de la Universidad del Valle de Atemajac. Ahí dijo a los jóvenes que lo escuchaban con el aliento en suspenso:
De vez en cuando, las balas no respetan la credencial de un periodista, y éste queda ahí, muerto [...] Y creo que ésa es una forma apropiada de morir. Los periodistas no debiéramos morir de viejos, o así nomás [...]

Y entonces compartió con ellos una poesía que había escrito semanas atrás en un especial estado de ánimo:
"No me dejes morir / con los pies desnudos / descansando en la suave hierba / que nace en la otra orilla. / No quiero morir contemplando con mansedumbre el río. / Prefiero ahogarme en el intento / de remar hacia el principio secreto / de las aguas. / Sólo por saber / cuánto soportan mis brazos / y en qué momento ya no soy capaz / de sostener los remos / que han de parecer fusiles. / Quisiera derrumbarme al doblar la esquina / rumbo a la máquina de escribir / después de haber hollado / el pavimento cálido / con mis zapatos de reportero. / No me dejes morir ahíto / de goces y de lágrimas. / Prefiero la lívida / sensación del pánico / que sube del estómago y genera las palabras. / No dejes que me sorprenda el fin / meciéndome en la telaraña / de una insulsez. / Quiero más bien / escuchar el último fragor de la batalla.