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Hay hombres que forjan su propia
leyenda. En el periodismo de vez en cuando surgen figuras que rompen
el molde, no como un reto, sino porque ello es parte misma de su
naturaleza. Un John Reed, un Manuel Buendía, una Oriana Falacci
o un Ryszard Kapuscinski son algunos ejemplos.
¿Qué singulariza a esos seres? ¿Qué
los diferencia de la multitud? Estas son preguntas que no admiten
respuestas sencillas. Quienquiera que los haya leído, sea
o no periodista, habrá sentido vibrar su pecho con el acorde
de una prosa limpia y matizada como un solo de violín.
Y habrá deseado, si periodista fuere, alcanzar la gracia
de una virtud semejante. Bueno, supongo que algunos, porque triste
es reconocer que en mi oficio el adocenamiento y la mediocridad
son la norma y no la excepción.
En el fondo de todo lo que se pueda analizar de esos seres está,
creo, un sólido código ético, un conjunto inviolable
de principios que es el cimiento de un edificio espiritual que puede
crecer cuanto sea necesario... o cuanto sea permitido.
Escuchemos a dos de esos hombres. Nacidos en las antípodas,
tienen sin embargo mucho en común, incluso el macizo aspecto
físico, la mirada penetrante, la energía a flor de
piel: el mexicano Manuel Buendía, asesinado hace 21 años
en un vano intento por silenciar su pluma, y el polaco Ryszard Kapuscinski.
Buendía, a mediados de 1982, escribía:
El periodismo es una de las profesiones más exigentes
de la sociedad moderna. Nadie debería permitirse jugar al
periodista porque hace un daño en diversas escalas a la comunidad.
[...] Ésta no es una tarea que admita inconstancias ni actitudes
caprichosas. Se trata en verdad de una forja que pone a prueba a
veces la clase de reservas espirituales que tiene el individuo.
Por su parte Kapuscinski dijo al diario Reforma a fines de
julio de 1996:
Un periodista debe ser un hombre abierto a otros hombres, a otras
razones y a otras culturas, tolerante y humanitario. No debería
haber sitio en los medios para las personas que los utilizan para
sembrar el odio y la hostilidad, y para hacer propaganda. El problema
de nuestra profesión es más bien ético.
Palabras para enmarcarse y colocar en la redacción, muy visibles
desde nuestra mesa de trabajo periodístico.
La tentación del juego intelectual -y emocional- de imaginar
quién sería hoy el autor de "Red Privada"
y quiénes sus lectores asalta fácilmente. ¿Habría
sido tolerado en los sexenios siguientes, puesto que el sexenio
sigue siendo la medida inevitable de nuestra vida pública?
No hablo sólo del poder: ¿tendría alguien como
él un espacio en nuestros medios actuales?
La idea de un Buendía investigando periodísticamente
los asesinatos de Colosio y Ruiz Massieu; los pormenores de los
procesos de parientes incómodos; la insurrección chiapaneca
o las nuevas complejidades en la relación con Estados Unidos,
es un anhelo que se torna doloroso al ver que el vacío de
"Red Privada" sigue ahí, enorme, apenas eventualmente
tocado por los columnistas contemporáneos. Pues con las excepciones
que todos conocemos, resulta inevitable preguntarse -por lo menos
me resulta inevitable a mí-: ¿por qué la generación
de Buendía, de Martínez de la Vega, de Gómez
Arias, dejó tan escasa descendencia profesional?
Recordamos a Buendía de muchas maneras. Su cálida
amistad y el sentido del humor con que engalanaba su trato; la solidaridad
y el culto a la amistad; su profunda convicción de estar
transitando por el mejor de los caminos profesionales... Una tarde
escribió:
Ni siquiera el último día de su vida, un verdadero
periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría
y la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros
en pleno tránsito de esta vida a la otra y lamentándose
así para sus adentros: "hoy he descubierto algo importante,
pero ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!"
Un hombre comprometido y eficaz. Un periodista preocupado por definir
el oficio:
El periodismo no nos permite vivir de lo que fue, de lo que el
viento se llevó. Al contrario: nos obliga a vivir para lo
que es. Un periodista no puede permitir que sus amigos le organicen,
como a un pintor, exposiciones retrospectivas.
¿Buendía fue víctima de su propio éxito?
No lo sabemos. Pero murió como hubiese querido, con los zapatos
puestos, sin soltar los remos, con un legado que ya es ejemplo imborrable
para las nuevas generaciones de periodistas, en cuyas filas algunos
tenemos la esperanza de que se estén incubando otros profesionales
de la talla del autor de "Red Privada".
Que su obra no fue efímera lo demuestra la continuada lectura
de textos suyos que nos siguen sorprendiendo por su actualidad y
la profundidad con que analizan temas que, hoy lo constatamos, son
recurrentes en nuestro país.
Después, de 21 años, dos de quienes fueron encontrados
culpables del asesinato -un poderoso ex jefe de la policía
política y un gatillero de poca monta- están en la
cárcel; otros han sido puestos en libertad. Los supuestos
motivos para la ejecución del periodista fueron tan endebles
que hoy nadie los recuerda y muchos aún se preguntan si realmente
se llegó al fondo del asunto.
Sin embargo eso ya no importa, porque don Manuel vive en sus amigos,
en sus alumnos, en sus lectores, en los jóvenes que lo descubrieron
en sus libros. Pensándolo bien, Buendía nunca se fue.
El cadáver que vimos aquella tarde en una acera de Insurgentes
fue un recipiente abandonado por una fuerza que se quedó
entre nosotros y será para siempre referencia y punto de
encuentro.
Todo o casi todo se ha dicho sobre el ejemplo de ética y
rigor profesional y personal que fue don Manuel. Como apunta Javier
González Rubio en el prólogo de Ejercicio periodístico,
el libro que recoge sus conferencias y reflexiones sobre el oficio:
Buendía sigue entre nosotros por la sencilla razón
de que la esencia del periodismo en la que él creía
sigue siendo la misma.
El lado personal, humano de Buendía es menos conocido. Pero
explica los rumbos que tomó su vida.
José Manuel Buendía Tellezgirón nació
en Zitácuaro, Michoacán. Fue hijo de un mecánico
instalador de molinos de nixtamal, segundo de cuatro hermanos. Su
primer destino fue el seminario, de donde salió cuando su
padre fue asesinado por unos malvivientes a pocas cuadras de su
casa y después de la muerte de su hermano mayor en un accidente
de motocicleta. Para ayudar a la manutención de la familia
dio clases de primaria en un instituto particular y muy joven emigró
a la Ciudad de México con una beca para un colegio privado
a cargo de religiosos y poblado por jóvenes de familias acomodadas
en donde quedó marcado por la diferencia que se le imponía
dado su origen humilde.
Fue hospedado en la casa de un pariente lejano, comerciante de La
Merced, y pagaba el cuarto y la comida como mecapalero del negocio.
Una memoria viva de aquellos años fue la de un limosnero
con lugar fijo en la calle de Carretones que parecía llevar
a cuestas su figura andrajosa. Su reclamo era un murmullo que comenzaba:
"¡ñacaridá...!" y se desvanecía
hasta hacerse ininteligible. Como era ya parte del paisaje, muchas
monedas levantaba el mendigo aquél. Un día Manuel,
picado por la curiosidad, se le acercó por la espalda y pudo
descifrar la frase, repetida una y otra vez: "¡ñacaridá...!",
audible más o menos, y a continuación, aspirado:
"¡...hijos de su pinche madre...!"
En su vida adulta, la personalidad de Buendía era aplastante.
Como funcionario público renunció a los servicios
de los secretarios particulares cuando descubrió que no duraban
con él porque no soportaban el peso de su mirada ni su teutónica
meticulosidad profesional. Manuel detestaba el ahí se
va y la mediocridad. Pero al mismo tiempo era un hombre tierno,
un caballero decimonónico que no toleraba palabras altisonantes
en presencia de una dama, que secretamente costeaba los estudios
de muchachos y muchachas y cuyo corazón se dolía con
facilidad ante la tragedia de otros.
Durante años admiré en una pared de su despacho la
instantánea de un bebé. Al reverso, en letra
femenina, una leyenda sin firma asentaba: "Se llama Manuel,
porque gracias a usted, vive". Era el hijo de una refugiada
a quien la policía mexicana, en alianza con homólogos
argentinos de la dictadura de Videla, deportaría al Río
de la Plata con ocho meses de embarazo, para entregarla a la tortura
y a la desaparición. Una llamada a tiempo de Buendía
a Fernando Gutiérrez Barrios logró que la mujer fuera
rescatada del avión que ya tomaba pista a Buenos Aires. Buendía
no platicaba esa historia, una de muchas que protagonizó
a favor de seres humanos concretos, con nombre y apellido.
El 20 de agosto de 1982 viajó a Guadalajara, a la ceremonia
de graduación de alumnos de periodismo de la Universidad
del Valle de Atemajac. Ahí dijo a los jóvenes que
lo escuchaban con el aliento en suspenso:
De vez en cuando, las balas no respetan la credencial de un periodista,
y éste queda ahí, muerto [...] Y creo que ésa
es una forma apropiada de morir. Los periodistas no debiéramos
morir de viejos, o así nomás [...]
Y entonces compartió con ellos una poesía que había
escrito semanas atrás en un especial estado de ánimo:
"No me dejes morir / con los pies desnudos / descansando
en la suave hierba / que nace en la otra orilla. / No quiero morir
contemplando con mansedumbre el río. / Prefiero ahogarme
en el intento / de remar hacia el principio secreto / de las aguas.
/ Sólo por saber / cuánto soportan mis brazos / y
en qué momento ya no soy capaz / de sostener los remos /
que han de parecer fusiles. / Quisiera derrumbarme al doblar la
esquina / rumbo a la máquina de escribir / después
de haber hollado / el pavimento cálido / con mis zapatos
de reportero. / No me dejes morir ahíto / de goces y de lágrimas.
/ Prefiero la lívida / sensación del pánico
/ que sube del estómago y genera las palabras. / No dejes
que me sorprenda el fin / meciéndome en la telaraña
/ de una insulsez. / Quiero más bien / escuchar el último
fragor de la batalla.
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