Dos la escriben y uno la firma. Dos voluntades y
una sola pieza informativa. Dos emisores y un solo mensaje. El
periodista compone el guión: "Esto lo pregunto; esto
no", prevé. "Si no responde, le pregunto esto
otro", calcula, presupone, imagina, especula. "Ésta
le molestará, y ésta no querrá responderla",
"¿Qué me responderá a esto?". Tiene
autor, la entrevista, como todo texto. Alguien la realiza. Como
un relato, como un cuento, como una crónica, como un poema,
como un reportaje, como una novela, tiene autor, pero esta vez
el autor no es el dueño de los personajes, no controla
su voluntad, no decide sus respuestas. No las dicta ni puede borrarlas.
En directo y ante una cámara, los entrevistados dicen
lo que quieren y el autor de la entrevista escucha, tiene que
atender. ¿Qué otra cosa puede hacer con el público
mirando al otro lado de la pantalla?
Hablamos de televisión, platicamos de información,
disertamos de un guión que se escribe mientras se ejecuta.
Y ante los ojos del público. Se pulsa el botón rojo,
grabando; ya no hay vuelta atrás. Hablamos de directo
-y también de espacios grabados con la técnica del
directo, lo que se conoce como entrevistas en diferido-.
El día que se termina de redactar este texto, el primer
canal de la televisión pública española,
TVE 1, abre su telediario de la edición de las 15:00 horas
con una entrevista que hubiera hecho suspender el examen de prácticas
de cualquier estudiante en cualquier facultad de Periodismo de
cualquier país del mundo en el que los profesores no fueran
unos ignorantes. La casa real española ha anunciado a las
11:00 horas que los príncipes de Asturias esperan un hijo.
El programa informativo abre edición con esta noticia mediante
una entrevista al único personaje de la monarquía
española que esa mañana ha estado a disposición
de los medios, el rey. El monarca se encuentra en Montmeló
(Barcelona), debido a un acontecimiento deportivo, y allí
la periodista le pregunta: "¿Está feliz la
familia?". El entrevistado contesta que sí, y la periodista
sigue: "¿Y los nuevos papás?", y el monarca
también le sigue con escuetas -y lógicas- afirmaciones.
No contenta con estas dos preguntas cerradas, susceptibles de
ser respondidas con monosílabos, la redactora suelta una
tercera: "¿Va a ser éste un nieto especial?",
y vuelve a encontrar, claro, los mismos resultados.
Los medios ofrecen a diario muchas entrevistas, especialmente
la televisión y la radio. La entrevista es un género
muy frecuente, muy utilizado, lo cual no significa necesariamente
que los periodistas que lo utilizan conozcan y apliquen sus técnicas.
Armand Balsebre, en la introducción a un trabajo sobre
la entrevista publicado por Cátedra, expone que después
de numerosos años de experiencia su práctica y análisis
le lleva a dos conclusiones, paradójicas ambas: la primera
es que, debido a que el periodista considera la entrevista como
algo espontáneo y natural, la entrevista resulta ser el
género más difícil en el Periodismo; y la
segunda es que, debido a que el periodista considera la entrevista
como algo que no considera preparación y es fácil,
la entrevista resulta ser el género más difícil
en el Periodismo.1
Efectivamente: un error repetido muchas veces sigue siendo un
error. Una práctica incorrecta de la entrevista reiterada
de forma cotidiana no convierte a nadie en un buen entrevistador,
más probablemente le ayudará a espesar el velo perceptivo
que le impide apreciar sus errores. Balsebre insiste en que tener
experiencia no garantiza haber alcanzado profesionalidad. El aprendizaje
de la entrevista requiere tres elementos: conocer el cómo
-normas, técnicas, principios, teorías
-; acumular
experiencias de buen ejercicio profesional y adquirir una madurez
personal, una capacidad personal de relacionarse con el entorno
social, conocerlo, entenderlo, apreciarlo.
No es fácil reunir esos requisitos, y proyectarlos eficazmente
en programas de televisión, aún menos.
En la entrevista televisiva en directo todo ocurre al mismo tiempo:
diseño, realización y lectura. Mientras el guión
se va componiendo, se va grabando y el público va viendo.
Es una conversación seguida por muchos espías. Mientras
el periodista del diario escrito se cita discretamente con su
entrevistado en una habitación de hotel donde nadie les
molesta, el periodista de televisión se cita a la vista
de todos. Allá en el hotel -o en su despacho, su oficina,
su casa
-, el entrevistado se siente seguro, o relativamente
seguro: no se preocupa por las arrugas de su traje ni por su cabello
despeinado, habla con el periodista y le propone pactos. Comienzan
la entrevista y sabe que en su mano siempre queda la posibilidad
de negarse a seguir. Nadie les ve, nadie les controla. Si algo
no les gusta, lo cambian. Si algo falla, lo corrigen. Tienen su
acuerdo y el carácter privado, secreto, de su encuentro
les ampara. En su intimidad se pueden prometer mutuamente matizar
aspectos: "Esto no lo pongas. Vale, no lo pongo, pero dime
aquello". Ese margen de opacidad deja fuera del alcance del
público del periodismo escrito buena parte de los datos
del desarrollo de una entrevista. A veces no hay encuentro directo
entre entrevistador y entrevistado, el teléfono sustituye
al hotel; este cambio de escenario modifica las mareas internas
de la confianza bilateral, pero mantiene intacto el carácter
privado del encuentro.
En televisión, el entrevistador se ve, en efecto, con el
entrevistado. Señala Montserrat Quesada2
que entrevista deriva de la palabra francesa entrevoir,
"verse el uno al otro". Yo entiendo que este requisito
literalmente sólo se cumple de forma ineludible en televisión.3
Quesada explica que de ese verse mutuamente se desprende un mecanismo
de interacciones que determinan el éxito de la entrevista.
Esa química de la colisión afecta a todas las entrevistas,
sin duda, se trate del medio que se trate, y, al contrario de
lo que ocurre con otros géneros, esa química significa
un factor colateral que reduce, restringe, le roba parcialmente
al periodista el control del texto final. Ese supuesto robo sí
repercute en todas entrevistas de periódicos, revistas
impresas, programas de radio y programas de televisión;
sí, en todos, pero no en todos con la misma intensidad.
El porcentaje de control arrebatado no es el mismo para todos
los medios. En la televisión y en directo alcanza niveles
máximos: el periodista de televisión pierde más
control sobre la entrevista que el periodista de radio o de prensa.
Y control que uno pierde, otro lo gana. ¿Quién lo
gana? Parcialmente lo gana el entrevistado: el periodista no puede
mentir sobre los gestos que hace el entrevistado, ni sobre su
tono de voz, sus pausas, sus titubeos, su agilidad para contestar.
No puede describirlos según le parezca porque los espectadores
lo ven. Por eso, parte del control que pierde el redactor lo gana
el entrevistado. Pero no todo. La entrevista en televisión
-tanto en directo, como en diferido o grabada y editada con cualquier
tipo de montaje- es controlada por un numeroso grupo de personas:
entrevistador, entrevistado, operador de cámara, realizador,
sonidista, maquillador
Por todos y por ninguno. Por si acaso
era poco tratar de controlar al entrevistado, el periodista de
televisión tiene además que controlar un elenco
de autores invitados que dejan su huella en el resultado final.
A eso lo llamo: autoría múltiple o dispersa de
la entrevista en televisión.
La
adherencia significante de la imagen, un autor más
Entrevistado y entrevistador se ven y el espectador
ve cómo se ven. Pero el entrevistador no ve, no puede ver,
cómo está mirando el espectador; el periodista no
ve, no puede ver ni controlar de qué manera la mirada del
espectador se fija, se detiene, recorre o lee la imagen. Se traza
una trama de miradas simultáneas en la que quedan atrapadas
las estrategias de la entrevista. Esa danza es triangular y pone
en activo muchos mecanismos de significación que quedan
fuera del control del periodista.
Uno de los inconvenientes que presenta el medio audiovisual para
realizar información es que la imagen es exhaustiva en
la concreción: todo se convierte en significante. El ojo
del espectador lee lo que queremos que lea y mucho más;
también, lo que no desearíamos que viera; por ejemplo,
la corbata de nuestro entrevistado, los pliegues de su piel en
torno a los labios, sus movimientos, los nuestros, nuestra camisa
Si alguno de estos datos fuera interesante, el redactor del periódico
lo describiría; si no, no. Y si no los describiese, el
lector nunca los vería, no repararía en ellos. En
televisión quedan a la vista, es el ojo del espectador
el que decide prestarles atención o no. En cierto modo,
el editor último del relato-entrevista que consume el espectador
es él mismo, guiado por el recorrido de su atención.
En la radio, cualquiera de esos datos figura si nosotros como
redactores-locutores de la entrevista los hacemos constar; si
no, tampoco. A los oyentes de radio les queda también una
libertad de atención que no subsiste en los lectores: las
entonaciones, las pausas, la velocidad, la intensidad, los titubeos
son rasgos que el entrevistador de periódicos puede mostrar
u ocultar, pero que siempre quedan presentes en radio y en televisión.
Cada medio tiene sus peculiaridades.
El periodista, como dice Rosa Berganza,4 es un
observador que ha de comprender lo que ocurre a su alrededor y
saber transmitirlo, por el medio que sea y a través del
género informativo que sea, para lo cual ha de seleccionar
asuntos y personas, valorar, enfocar los temas y desarrollarlos
con conocimientos y honestidad. Y esos conocimientos, según
Berganza, se configuran en una doble vertiente:
Destrezas teórico-intelectuales, puesto que éste
es el modo de acceder a los conocimientos.
Y destrezas retóricas exigidas por el medio en el que cada
periodista trabaja, necesarias para hacer llegar los acontecimientos
al ciudadano.
En televisión no elegimos los detalles que llaman la atención
de los espectadores, y tampoco los que convocan la atención
del entrevistado. No elegimos su nerviosismo y, sin embargo, su
inquietud, sus titubeos, sus despistes -y los nuestros-, su estado
de ánimo, participan en nuestra entrevista como elementos
significantes; entran en el texto como adjetivos y adverbios autónomos,
adheridos a la presencia del entrevistado. Significan, generan
significado, actúan como autores autónomos.
Cuando entramos en directo, en falso directo (grabación
sin interrupción) o en lo que hemos llamado entrevista
diferida, las cartas están echadas. En prensa no se produce
nunca un momento psicológico equivalente a ese encendido
rojo de la televisión cuando la entrevista empieza
a salir al aire o el operador pulsa record y sacude la
mano hacia abajo para indicar al periodista que la cinta está
grabando. Aunque grabe la entrevista, el redactor de periodismo
escrito sabe que lo que está registrando es sólo
un material de partida para su trabajo, una materia prima, no
es el resultado final, no es lo que tendrá que enseñar
a sus lectores. En la televisión, en cambio, lo que se
graba es lo que se enseña.
Una entrevista es siempre un riesgo, una incertidumbre abierta
por ese entre dos que decía Quesada. Pero en televisión
es un riesgo retórico de distinto calado. Por eso, el periodista
de televisión tiene que desarrollar destrezas particulares
del medio, que decía Berganza.
El
encendido rojo o ¿cuándo empieza la entrevista?
Una entrevista -siempre, y especialmente en televisión-
es un riesgo porque su autor la hace pero no la controla por completo.
Hay un coautor, que no es periodista habitualmente, que no sabe
de titulares ni de ritmos atencionales de la audiencia, no sabe
de estrategias de comprensibilidad, de códigos gestuales
ni de connotación no verbal. El entrevistado, en principio,
no es un especialista, no se dedica a este negocio de la fabricación
del discurso informativo (aunque pudiera ser que sí, pero
lo veremos más adelante).
La pieza resultante ha de ser informativa, televisiva, interesante,
comprensible, atractiva
Ha de cumplir muchos requisitos:
normas de estilo, principios periodísticos, de género,
de código expresivo, de ética, de estrategia enunciativa.
Uno de los -hasta el momento- dos coautores no tiene presente
nada de todo esto, y además puede que esté nervioso,
cohibido, inseguro, prevenido.
Antes de que llegue el momento de pulsar el botón rojo
hay que dar al entrevistado un curso rápido de periodismo,
procurando, si embargo, que no se dé cuenta de que le estamos
dando un curso rápido. Si va a ser nuestro socio en el
guión y el producto final ha de ser uno, resulta conveniente
que unifiquemos al máximo nuestras intenciones.
La entrevista empieza cuando el encendido rojo, sí,
pero sólo para la audiencia. Si lo que tratamos de proponerle
a los espectadores no es el producto casual de un vídeo
casero, sino un producto periodístico, informativo, entonces,
debería haber empezado antes. La entrevista empieza antes
de la entrevista.
El redactor de periódicos puede componer luego. En televisión
hay que componer antes. Y como la trama de las miradas cruzadas
permite que se incorporen muchos coautores que van a cargar
la entrevistas de significaciones imprevistas, lo importante es
desarrollar estrategias de control de esa autoría múltiple.
La
dirección de autores o ¿quién domina el texto?
El entrevistado nunca es imparcial. Está de parte de sí
mismo, como es lógico. Y está de su parte de una
forma activa, es decir, actúa. Manuel Artero Rueda, un
reportero con larga experiencia en Televisión Española,
abre la introducción de un libro suyo sobre el reportaje5
con esta cita de Carlos Castilla del Pino:
Nadie se presenta ante el otro con la imagen que tiene de sí,
sino con la que compone para que su propuesta de relación
tenga éxito.
Dado que el entrevistado va a componer su imagen, desde el principio
el redactor ha de presentarse a él como fuente de inspiración
que puede guiarle en ese trabajo de auto-composición, auto-recreación,
que va a hacer.
El entrevistado se preguntará por qué le hemos elegido.
Si se siente elegido por algo que le complace, hará lo
posible por responder a ello, por estar a la altura: "Sabemos
que usted se ha opuesto y hay personas que nos han preguntado
por qué no lo explicábamos", "Es sorprende
lo que ha hecho, mucha gente quisiera saber cómo
",
"Nos ha parecido interesante que
", "Pensamos
que es justo que usted
", "No es habitual que una
persona (como usted)
".
Si queremos jugar la estrategia de la dirección de autores
debemos asignarle un papel, describirle un perfil, atribuirle
un rol, reconocerle una importancia particular: "Queríamos
las palabras de un especialista y usted
", "Nos
parece destructivo lo que han pretendido hacer sus adversarios
con usted
", "Suponemos que usted tiene razones
distintas
", "Quisiéremos mostrar también
su visión como
", "Pensamos que la audiencia
también debe saber...", "Es interesante, chocante,
insólito, muy meritorio, extraordinario que alguien como
usted
".
Al entrevistado hay que hablarle de su papel, plantearle el marco
de su rol narrativo. Si no quiere, puede que no lo siga, pero
si no se lo planteamos, seguro que no lo hará. Las estrategias
de control de la entrevista funcionan por acumulación:
ninguna táctica asegura un control completo, pero la combinación
de varias mejoras el resultado.
Debemos, por tanto, exponer una razón clara y atractiva
para solicitar al entrevistado sus palabras. Si no tenemos una
causa manifiesta, deberemos fabricarla y comunicársela
abiertamente. De él o ella, que es una persona, debemos
hacer un personaje, es decir, un elemento dramático que
contribuya al desarrollo de la trama que nos parece necesaria
a nosotros, autores primarios y diseñadores de la entrevista.
Hemos de mostrarle, hacerle ver, ese rol dramático. Nuestro
objetivo es programar su interpretación.
En estas línea de interpretación, Halperín6
ha definido la entrevista como "el arte del vínculo",
entendiendo que la principal tarea del entrevistador es dirigir
al entrevistado, conseguir que confíe, se confíe,
lograr con él un equilibrio entre acercamiento y distancia,
dejarse fascinar, pero también dominarle.
No todos los entrevistados presentan el mismo perfil. Halperín
los divide en tres:
Los célebres, muy entrenados e hiperentrevistados; los
ignotos, sin experiencia, protegidos por su desconocimientos de
las dificultades y consecuencias que tiene hablar en público;
y, en el medio, el grupo más numeroso, los sujetos que
no son demasiado ingenuos pero que tampoco calculan el efecto
de cada respuesta.
Otros autores los clasifican de otros modos: resistentes y compulsivos,
por ejemplo. Pero no enfoco este artículo sobre las clasificaciones
de los entrevistados, sino sobre la multiplicación de controles
de la autoría de la entrevista en televisión, por
lo cual no nos interesa desplegar las múltiples clasificaciones
de entrevistados, sino señalar que nuestra estrategia como
autores que tratan de controlar a los otros -ineludibles- coautores
de la entrevista, nuestra estrategia, digo, debe acomodarse a
los rasgos de ese coautor entrevistado.
En el caso de los personajes hiperentrevistados, resabiados, la
estrategia no ha de tratar de fomentar la confianza en sí
mismos de nuestros invitados, al contrario. Estos entrevistados
están ya adiestrados, entrenados -por la experiencia o
por sus jefes de prensa o de imagen-. Los políticos profesionales
son el caso más popular. Se colocan ante la cámara
con soltura, incluso saben mirar fijamente al objetivo cuando
piensan que les interesa conectar directamente con la audiencia
-sus votantes-. Si el periodista les deja desarrollar su estrategia,
dominarán la entrevista. Con ellos no es necesario implementar
la confianza, sino la duda. El periodista no ha de darle tantas
indicaciones y mimos, sino sustos: hacerle ver que conoce cosas
de él, que domina el tema, que tiene información
En definitiva, que debe tener cuidado con lo que dice porque puede
ser rebatido en público. Para este fin el tono de nuestras
frases previas de conversación varía respecto a
lo que hemos visto antes. Hay que decirle: "¿Es cierto
lo que dicen de usted?". La estrategia de la hipótesis
inventada funciona y despierta cautela. "¿Qué
es lo que dicen de mí" suena en la mente del entrevistado,
aunque quizá no lo pregunte porque faltan unos minutos
para comenzar la entrevista y no tiene ganas de salten sobre al
mesa asuntos que quizá no le conviene que salten.
En una ocasión, una mujer, posible candidata a ser la cabeza
de la lista por el PSOE para regir el ayuntamiento de la capital
de La Rioja (España), desveló a un periodista su
intención de autoproponerse como tal. Todo el mundo en
el entorno político y mediático se lo estaba preguntando,
y a su partido no le interesaba transmitir una imagen de división
interna con varios candidatos compitiendo entre sí. Un
periodista le dijo a la política en una entrevista: "Me
han dicho que se va a presentar como candidata". Ella, en
lugar de preguntar, a su vez, ¿Quién te lo ha dicho?,
contestó, guiada por el sentimiento de sentirse descubierta,
"Pues
sí". Yo confirmé más
tarde lo que había sospechado al conocer el asunto: que
el periodista no sabía nada en realidad, se inventó
que le habían dicho. Esa confirmación fingida suele
dar resultados con los hiperentrevistados.
Puede ocurrir también que no podamos decirle francamente
al entrevistado por qué le queremos entrevistar, que llevemos
intenciones ocultas. En ese caso deberemos tener una versión
de trabajo que cumpla los fines que hemos marcado. Pero nunca
manifestaremos más tarde la versión real. Trabajaremos
de forma lateral aceptando acercarnos al blanco lo más
posible y admitiendo que quizá no lleguemos. Es decir,
la intención oculta debe mantenerse escondida hasta el
final, pues si en medio de la entrevista cambiamos el pacto, la
ruptura del diálogo puede ser fulminante.
Si no logramos la cooperación -que no significa que le
demos la razón, sino que le hagamos sentir su papel y considerar
que vamos a apreciar el valor de ese papel- nos quedarán
la desconexión de las partes: dos discursos fragmentados
que no interactúan, no conectan, no generan un sentido
común y difícilmente despiertan interés o
apenas pueden ser seguidos por la audiencia.
Los parlamentos de entrevistador y entrevistado nunca deben competir.
El entrevistado no conversa con el entrevistador para tener más
o menos razón. Es un factor de orden, su tarea es ordenar
el discurso del invitado, hacerlo salir, seguir, doblar, girar,
subir, bajar, recopilar
Su tarea es manipular en directo
-en el momento, en caso de las entrevistas diferidas- las palabras
del otro con los mismos esquemas que cuando redacta titulares,
entradillas, texto en off
Ha de subrayar, fragmentar, cortar
las intervenciones del invitado, ha de moverle a poner un punto
y aparte, abordar nuevos aspectos, seguir un orden de asuntos
sin saltos o retrocesos que confundan, con secuencias que vayan
desvelando datos pero también reservando datos, con cadencia
informativa y de interés
Ha de hacer periodismo televisivo
con las palabras de otro, pero periodismo.
Y las dificultades no terminan ahí: también lo ojos
van a ser de otro.
El
tercer ángulo: el autor de los autores
Antes hemos descrito un triángulo de miradas: entrevistador
y entrevistado se entreven -se ven uno a otro-, ahí hay
dos puntos. Se suma un tercero, el espectador, que ve a ambos
y, por tanto, ve cómo se ven. Este tercero no podemos decir
que sea autor. Es cierto que le hemos reconocido una cierta capacidad
para seleccionar los detalles interesantes de la entrevista, los
pormenores en que se fija él y quizá no otro espectador.
Pero no es coautor en realidad, no en cuento a espectador.
Ocurre, sin embargo, que como espectador está ausente en
el triángulo: la entrevista se desarrolla casi siempre
sin su presencia. Quien está presente de forma inevitable
es la cámara. ¿Y? ¿Acaso ahora vamos a nombrar
coautora a la cámara, un aparato sin cerebro?
En la entrevista antes de la entrevista, en televisión,
siempre hay otra figura moviéndose en el escenario: el
operador de cámara, si estamos en la calle, o varios técnicos,
si estamos en plató. El operador toca al entrevistado,
le coloca el micrófono de corbata, le pide pruebas de voz,
le indica dónde colocarse
Nuestro entrevistado tiende
a prestar atención al operador, sabe que le está
mirando a través de su cámara y esto le inquieta,
le ocupa. A veces, el entrevistado llega a decir "Por favor,
sáqueme guapo. Sáqueme bien". Es natural esta
tendencia y hay que contar con ella; hay que prever cómo
gestionarla. Y, además, hay que minimizar la desorientación
técnica que sufre el entrevistado al entrar en el plató
o ser conectado con un micrófono a la cámara de
vídeo o ser iluminado por una antorcha que le deslumbra
y detrás de la cual intuye la presencia del reportero mirándole
a través del objetivo.
Casi todos los autores que analizan la entrevista en televisión
desarrollan este punto: la influencia de los medios de producción
televisiva sobre el entrevistado. El entrevistador ya conoce el
entorno, está familiarizado con él. Manuel Mateu7
presenta así unas pautas que pueden garantizar el buen
gobierno de la entrevista:
Hay que explicarle al entrevistado cuál es su ángulo
de mirada natural entre su cámara y el entrevistador.
Que no mire nunca fuera de campo.
Que procure mostrarse tal como es y no se deje condicionar por
las cámaras, los focos o los profesionales que trabajan
en plató.
Que procure responder con brevedad, pero nunca con monosílabos
(el entrevistador no puede formular preguntas que conduzcan a
una respuesta de sí o no).
Detallar todas las orientaciones posibles sería interminable.
El tiempo del antes de la entrevista -algo que a veces
sólo dura unos minutos- es el único tiempo del que
disponemos como autores de la entrevista para detectar y prevenir
dificultades que nuestro personaje pueda encontrar más
adelante para comportarse con naturalidad. Hay que trabajar deprisa,
observarle, intuir, imaginar, anticiparse e incluso manifestar
por él las incomodidades que está sintiendo. Haber
realizado muchas entrevistas ayuda y además proporciona
ideas: se pueden recurrir al catálogo de anécdotas
que tengamos con otros personajes para demostrar a nuestro invitado
presente que sus dificultades no significan limitaciones personales
suyas. Eso le tranquilizará, aunque no deje de escapársele
la atención hacia lo que hacen nuestros compañeros
técnicos.
La atención del entrevistado tiende a dividirse continuamente.
El triángulo de miradas es un triángulo atencional
y provoca una dispersión que dificulta que el entrevistado
se concentre en su papel narrativo. La relación entre el
autor y el personaje sufre así una carcoma tangencial que
puede desestabilizarla. Hay varias estrategias posibles:
a) El operador se propone un papel discreto, mudo, silencioso
y olvidable. Procura hacerse invisible. Entonces corresponde al
entrevistador dar las orientaciones técnicas necesarias
al entrevistado sobre cómo se va a grabar, cuándo
se empieza, dónde debe mirar, dónde o cómo
sentarse o moverse
b) El operador, sociable y abierto, prefiere y se siente capaz
de adoptar un papel más activo, dar confianza al entrevistado;
halagando, por ejemplo, el tono de su voz, su gestualidad, su
naturalidad, su fotogenia, la ropa que ha elegido
No siempre
se cuenta con un operador dispuesto y capaz de desarrollar este
rol, pero si se dispone de él o de ella, no hay que perder
la oportunidad de aprovecharlo.
Mientras más información maneje el camarógrafo
sobre la intención y objetivos de nuestra entrevista, más
puede aportar a su desarrollo. La cámara tiene un ojo de
óptica mecánica, pero su corazón y su pensamiento
son humanos, son los de nuestro compañero reportero. En
ese momento, él o ella están prestando su cerebro
a la cámara, para que registre la conversación,
busque los gestos, seleccione los detalles. En los trabajos en
directo en lugar del reportero tenemos al operador de cámara,
y también al realizador que va dando la pauta al operador
sobre los tipos de plano que quiere en cada momento: primer plano,
detalle de las manos, plano más largo
El
autor de los autores
Cuenta Gabriel Pérez8 que
en Alemania, en 1976, Hans Mathias Kepplinger realizó una
investigación de campo para conocer el comportamiento de
los profesionales de televisión ante la tarea de retratar
audiovisualmente a los políticos. Intentaba determinar
si de alguna forma su profesionalidad sufría modificaciones
debido a sus afectos y desafectos personales por los distintos
líderes y candidatos en las elecciones al Bundestag.
Hans realizó una encuesta a 100 reporteros gráficos,
les preguntó sobre cuál era la forma más
fiel de retratar a alguien sin deformarlo. Prácticamente
todos respondieron que utilizando el primer plano y la cámara
a la altura del ojo del sujeto. El investigador analizó
después la imagen que los camarógrafos consultados
habían tomado para las informaciones de la campaña
electoral. El resultado fue que más de la mitad de ellos
había traicionado ese principio, en función de sus
convicciones, para favorecer a los candidatos afines y desfavorecer
a los contrarios. Ahí, el corazón y las preferencias
políticas dirigieron el ojo de la cámara de forma
evidente.
La cámara no tiene cerebro, pero ve lo que el cerebro de
su operador quiere que vea. Y sólo lo que ese operador
enfoque aparecerá finalmente en la entrevista. Así
es cómo los dos coautores del inicio quedan a merced de
un tercer coautor: ellos aparecen porque él les retrata,
así es que él se convierte en el autor de los autores.
Este tercer autor, como hemos señalado, en televisión
no suele ser único, se incluyen en él todo el equipo
de técnicos, ayudantes, responsables de realización.
Ni el productor queda libre de carga autorial. Dice Mercedes Milá,
una popular periodista española que ha realizado multitud
de entrevistas en televisión y que generó varias
polémicas por su recurso a la comunicación táctil
con los entrevistados de sus programas, que, entre otras cosas,
una entrevista también es obra de la persona que logra
convencer al entrevistado para que acepte.
Las
instituciones sociales, como control último
Nos hemos detenido en describir los focos de la
dispersión de la autoría en las entrevistas en televisión
porque este medio presenta esas particularidades del aparato tecnológico
mediador y del código televisual con su incapacidad para
retratar lo abstracto y su necesidad de hablar siempre a través
de la imagen de objetos concretos llenos de rasgos concretos.
En todos los medios, sin embargo, la entrevista viene a ser obra
también del código social mantenido a través
de las instituciones.
La entrevista entre dos pasa a ser entrevista con muchos cuando
se publica. Incluso antes: desde que se sabe que va a ser publicada.
La entrevista es controlada antes de la entrevista por el buen
pensar social.
De modo que una entrevista periodística desde su génesis
deja de parecerse a una conversación natural, privada,
relajada, espontánea, entre dos individuos. Los ojos imaginarios,
el juicio y la opinión -temida- de los que supuestos espectadores
pululan por el espacio como fantasmas que disparan la paranoia
del personaje entrevistado, según afirma Halperín.10
El entrevistado responde al entrevistador, pero habla para el
público, para sus colegas, sus posibles electores, sus
amigos, sus clientes, sus enemigos, sus vecinos, sus socios
Lo que todos estos autores ausentes esperan de él
-o él imagina que esperan de él- condiciona el guión
de sus respuestas. Y el periodista no es más libre que
su invitado. Sobre el periodista pesan sus propios fantasmas:
sus jefes, sus colegas, los sostenedores de su prestigio
Estas presiones, insisto, pesan sobre todas las entrevistas periodísticas
por su condición de cosa que se va a publicar.
Descubrir la verdad en medio de tantos condicionantes no es tarea
fácil. Aquella definición formulada por Northcliffe,
antiguo propietario del diario The Times: "Noticia
es algo que alguien, en alguna parte, intenta ocultar" ,11
se vuelve totalmente pertinente en el caso de la entrevista. Nuestro
personaje esconde cosas, datos, ideas, recuerdos, opiniones, apreciaciones...
y pretendemos que las saque. Si logramos que la interacción
con nosotros fluya como mutua influencia basada en una virtual
identificación (complicidad, conexión...) habremos
logrado un antes de la entrevista muy prometedor, pues
nos habremos instituido en guía para marcarle el camino.
Obtendríamos éxito si lograse inaugurar una relación
de espejo con él o ella. Si se instaurara esa relación,
después podríamos dirigirle por reflejos. Para ello
es preciso asentar en el primer contacto elementos de identificación,
a través de nuestra principal herramienta, que es la conversación
(verbal, gestual, táctil). Si queremos de alguien que nos
cuente sus secretos, por ejemplo, ¿por qué no contarle
uno nuestro? Si queremos que hable con naturalidad, habrá
que hablarle con naturalidad; si queremos que nos mire a nosotros
(que nos deje ver sus ojos), habrá que mirarle a él
(dejarle ver los nuestros). Si ese juego prende antes de la
entrevista, habremos empezado bien.
Entrevistar no es lo mismo que dejar hablar, no es semejante a
grabar respuestas, no es igual que hacer preguntas, no es similar
a pegar monólogos sucesivos. El proceso de mutua influencia,
interinfluencia, que se desencadena al inicio de una entrevista
entre entrevistador y entrevistado, esa interacción de
la que hablaba Quesada -y tantos otros- es una hidra de muchas
cabezas que el autor periodista debe tratar de controlar, preferiblemente
antes del encendido rojo.
NOTAS
1) Balsebre, Armand; Mateu,
Manuel y Vidal, David, 1998: La entrevista en radio, televisión
y prensa. Madrid: Cátedra (pp. 10-11).
2) Eric Frattini y Montse Quesada, 1994: La entrevista
/ El arte y la ciencia. Madrid: Eudema (p. 235).
3) Existe alguna posibilidad de que no se lleguen
a ver, o que se vean mediante imágenes electrónicas,
puesto que son posibles las entrevistas en dúplex o múltiplex,
pero no son lo más frecuente. Por ejemplo: el entrevistador
en plató preguntando desde plató y el entrevistado
respondiendo desde exteriores, mostrados sucesivamente o a la
vez mediante la división de la pantalla en ventanas.
4) María Rosa Berganza Conde, 2005: Periodismo
especializado. Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias
(pp. 100-101).
5) Artero Rueda, Manuel, 2004: El guión,
en el reportaje informativo. Un guiño a la noticia. Madrid:
Instituto Oficial de Radio y Televisión, IORT (p. 17).
6) Halperín, Jorge, 1995: La entrevista
periodística. Intimidades de la conversación pública.
Buenos Aires: Paidós (p. 24).
7) Ibídem.
8) Pérez, Gabriel, 2003: Curso básico
de periodismo audiovisual. Pamplona: Eunsa (p. 130), citando a
Kepplinger, H.M., "Optische Kommentierung inder Fernsehnerichterstattung
über den Bundestagwahlkampf", 1976, en Ellwein, Th.
(Ed.), Politikfeld-Analysen. Westdeutscher Verlag, Opladen (pp.
163-169).
9) Ib. Balsebre, Mateu y Vidal, 1998. "Entrevista
a Mercedes Milá" (pp. 42-43).
10) Ib. Halperín, Jorge, 1995 (p. 14).
11) Citado por Rodríguez Pastoriza, Francisco,
2003: La mirada en el cristal. La información en televisión.
Madrid: Fragua (p. 52).