Hablar del agua, pareciera fácil. Estamos todos tan acostumbrados
a utilizarla en distinta cantidad y calidad a diario, que nuestro
nivel de conciencia sobre su cuidado es muy variable. Quien la
posee en demasía, poco la valora no sólo económica
sino socialmente. Por el contrario, quien poco la tiene, sabe
lo que cuesta llevarla hasta donde se necesita, más allá
del precio que paga por ella. Lo obvio es que se vuelve un elemento
esencial para nuestra vida. Podríamos estar dos, tres o
cuatro semanas sin comer, pero sin agua sólo unos cuantos
días. Es decir, no importa quienes seamos o dónde
estemos, mujer u hombre, obeso, delgado, deportista, sedentario,
rico, pobre
sin agua no podemos vivir.
Lo mismo pasa con el campo y con las ciudades. Donde no hay agua,
no hay posibilidad de desarrollo. Los campos secos son campos
que no producen, las ciudades sin agua son centros urbanos con
grandes carencias, sin posibilidades de atraer inversión
y como consecuencia incapaces de crear más fuentes de empleo,
más riqueza para todos.
La falta de agua también ocasiona problemas entre quienes
la tienen y quienes la necesitan. Comunidades enteras han entrado
en conflictos importantes en disputa por ella.
El concepto cultura del agua se relaciona con la cantidad de información
y los conocimientos que uno tiene sobre el recurso, porque sólo
así uno toma conciencia sobre la realidad del agua en el
mundo y sobre el verdadero problema que enfrentamos como humanidad.
Suelo preguntar a las personas si conocen el porcentaje de agua
dulce que existe en nuestro planeta. La ilusión de su abundancia
se vuelve inmediatamente respuesta. Sólo cuando empezamos
hablar con cifras claras sobre este vital líquido, nuestra
mente empieza a reflexionar y a generar nuevas actitudes frente
a su cuidado.
Cuando comentamos que en el mundo sólo el 1% es agua dulce
disponible para nuestro uso y que con ella debemos vivir más
de seis mil millones de personas, entonces la atención
se vuelve mayor. Abundar en el tema de la calidad del agua se
torna todavía más complejo, más aún
si entendemos que diariamente alrededor de cinco mil personas
mueren en el planeta a causa de una enfermedad de origen hídrico
y que de éstas, el 90% son niños.
Cuando hay un accidente aéreo, la noticia y la tristeza
invaden al planeta en unos cuantos minutos, sin embargo la cifra
arriba mencionada sigue creciendo, lo que equivaldría a
decir que alrededor de 10 aviones 747 se estrellaran diariamente
y que no hubiese sobreviviente alguno. De hecho, nadie toma conciencia
de ello, a pesar de tener la realidad frente a nosotros.
Hace unos cuantos meses tuve el privilegio de incorporarme a la
Comisión Nacional del Agua (Conagua). Mi labor consistiría,
fundamentalmente, en llevar el tema del agua a todos aquellos
que no contaran con la suficiente información para entender
lo que significa, entre otras cosas, que 11 millones de mexicanos
en nuestro país aún no gocen de ella.
Venimos realizando un esfuerzo integral en Conagua para poner
el tema en la mente y boca de todos. Ahora más que nunca
resulta preciso no sólo subir el tema a los medios de comunicación
a través de la difusión de spots en radio, televisión
y cine, sino posicionarlo en otros medios alternativos como tarjetas
Ladatel, anuncios espectaculares, parabuses, dovelas en el metro,
sonorización de mensajes en los centros comerciales, cineminuto
y cápsulas informativas en los autobuses urbanos y foráneos,
reportajes en lo noticiarios, escenificación de tramas
relativas a la escasez del recurso en diversos programas de televisión
para su consecuente mención o discusión.
Sólo así, a través del acercamiento al tema,
siendo actores de la película de la realidad, empezaremos
a hacer un uso más eficiente de ella.
Todo lo anterior puede lograrse a partir de una estrategia de
marketing social, cuyo principal objetivo sea cambiar no sólo
la imagen y las ideas que uno tiene frente a este vital líquido,
sino provocar modificaciones contundentes de actitud y una consecuente
toma de consciencia para el cuidado del agua.
¿Se acabará el agua? La respuesta es no. Sin embargo
cada día es menos suficiente para todos. La población
crece, pero la cantidad de agua es la misma desde siempre. El
ciclo hidrológico hace lo suyo, pero nosotros debemos aprender
a respetar la vida de las generaciones futuras. Si bien es cierto
que con recursos se podría construir mucha infraestructura,
ésta no serviría de nada si no hubiese agua suficiente
que corriera a través de ella.
Y entonces caemos en una pregunta básica: ¿cuánto
pagaríamos por el agua si no la tuviésemos?
El agua que desperdiciamos se la estamos quitando a alguien más.
¿Es necesario tener a la persona enfrente y negarle un
vaso de agua para saber lo que estamos haciendo?
Por ello, aprendamos más sobre el agua y asumamos la responsabilidad
que nos toca: cuidarla, cobrarla, pagarla o legislar a su favor.
Y, desde luego, promoviendo desde los medios informativos una
cultura del agua. Sólo así protegeremos la vida
en nuestro planeta.