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Más
allá del interrrogatorio nervioso o despiadado
Conversación dirigida
Juan
Cantavella
Catedrático
de Periodismo en la Universidad
San
Pablo-CEU, en Madrid
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La entrevista periodística no es exactamente
como la conversación cotidiana, pero si examinamos todos
los tipos de intercambio dialógico entre los hablantes es,
sin duda, el que guarda mayor parecido con ella. Podríamos
añadir que la entrevista es una conversación dirigida
por el periodista, casi siempre con un fin predeterminado, que después
se trasladará a los lectores u oyentes para su información
u orientación; es un encuentro que no se suele dejar que
transcurra al azar, pues el periodista busca llevar las riendas
para obtener el máximo provecho de tal plática.
Evidentemente, tal como hemos presentado la base de
estos textos, que después aparecen en los medios escritos
o audiovisuales con la denominación de entrevista,
se apartan radicalmente de otras manifestaciones conversacionales.
Por ejemplo, no tiene nada que ver con los ritos sociales que se
consideran obligados entre personas educadas, ni con la banalidad
de ciertos encuentros que forman parte de nuestra vida de todos
los días, donde imperan los saludos, las preguntas y respuestas
estereotipadas, donde la información o los sentimientos que
se intercambian suelen ser intrascendentes.
Entre nosotros circula una broma respecto a ello, cuando alguien
pregunta por costumbre y sin interés en profundizar: "¿Qué
tal está usted?" y recibe como respuesta: "¿Qué
quiere que le diga? ¿Qué estoy bien o prefiere que
le cuente la verdad?" O sea, ¿qué es preferible:
que siga los caminos trillados y convencionales que se utilizan
en estos casos, o realmente está preocupado por lo que me
ocurre y me está solicitando una explicación sincera?
Tampoco tiene nada que ver con el interrogatorio policial o judicial,
al que algunos periodistas tienden a imitar en cuanto acercan el
micrófono a un personaje. Desde la altura de aquellas autoridades,
las preguntas surgen como disparos de escopeta, con la seguridad
de que el sujeto se verá obligado a responder si no quiere
que empeore su situación, ya de por sí deteriorada,
pero no tiene nada que ver con la voluntariedad de quien acepta
someterse a este ejercicio con ánimo constructivo. Es llamativo
el afán que prevelace en algunos profesionales de los medios
por seguir esta línea y situarse en una posición dominante.
Deberían tener en cuenta lo que se escribía en un
temprano manual de redacción:
Sólo a los jueces y a los periodistas les es lícito
el preguntarlo todo; pero el juez tiene autoridad para exigir la
respuesta y el periodista ha de obtenerla por habilidad al preguntar.1
No está de acuerdo Milán Kundera con este planteamiento,
porque le atribuye al periodista una posición que está
lejos de ocupar, pues nos ve dotados del "sagrado derecho de
preguntar", algo que precisará más adelante:
"El poder del periodista no está basado en el derecho
a preguntar, sino en el derecho a exigir respuestas" (¡qué
más quisiéramos nosotros!).2 También
se equivocan quienes piensan que a los policías y jueces
se les presenta fácil la tarea de averiguar la verdad, dada
la autoridad que emana de su función:
Únicamente se logra el éxito -afirmaba un experto
en estas lides- con habilidad, laboriosidad y constancia. Quien
crea poder obtener éxito en interrogatorios y esclarecimiento
de delitos, valiéndose tan sólo de artimañas
y trucos sensacionales, se equivoca, y corre el riesgo de aparecer
pronto en ridículo ante los ojos de las mismas personas sujetas
a sus procedimientos.3
En un manual muy trabajado, que se ha convertido en libro de texto
para alumnos de periodismo de España y América, hemos
definido la entrevista como una conversación4
y el término no está elegido al azar, sino que es
fruto de una reflexión teórica sobre la ya abundante
bibliografía existente y una experiencia profesional basada
en los miles de entrevistas que hemos realizado. Tampoco responde
a una propuesta originalísima, por cuanto son varios los
autores que han puesto énfasis en esta ubicación concreta
dentro del amplio espectro de su ejercicio, que abarca distintas
manifestaciones. Nos alegra que otros estudiosos se sitúen
en esta línea, que nosotros pretendemos analizar aquí
para obtener todo el fruto que puede derivarse de esta consideración.
Por ejemplo, la argentina Arfuch5 se refiere a
este género informativo en "su vecindad con la conversación
cotidiana", ya que:
El funcionamiento del lenguaje en la entrevista nos remite a
formas de las cuales tenemos una experiencia cotidiana: el diálogo,
la conversación. A pesar de que el principio dialógico
determina aquí que "uno pregunta y el otro responde",
los recorridos son siempre azarosos.
Más adelante insiste en esta posición (que tildará
en otro momento de engañosa):
Si nos preguntaran cuál es la diferencia con respecto
a nuestras charlas cotidianas probablemente diríamos que,
salvando las distancias que nos separan de algunos protagonistas,
se trata de la misma práctica.
La tesis con la que el profesor Fernando Martínez alcanzó
el doctorado era un estudio que se hallaba centrado básicamente
en el análisis lingüístico de estos textos y
sus relaciones con la conversación.6 Del
estudio de las características que concurren en estos tipos
de intercambios orales deduce que la entrevista periodística:
Es un tipo particular de diálogo -y, por lo tanto, de
conversación- ya que en ella hay interacción; y cumple
los otros requisitos: a) no se tolera que se hable o pregunte
sobre temas que no están concertados a menos que se dé
un acuerdo entre los interlocutores, al respecto; b) busca
llegar a un fin informativo para el público a través
de las respuestas; c) es equilibrada en los turnos, puesto
que a las preguntas de los periodistas siguen las respuestas de
los entrevistados; d) es cerrada; e) termina también
cuando el entrevistador no sabe -o no quiere- contestar a las preguntas
sobre el tema, y también cuando el entrevistador no tiene
más preguntas que hacer o ha obtenido lo que buscaba; f)
utiliza el lenguaje como forma de comunicación, incluso aunque
sea escrito; y g) tiene en cuenta los turnos anteriores:
el entrevistado debe responder a lo que se le ha preguntado y el
periodista puede modificar alguna de las preguntas preparadas a
partir de un nuevo dato que le da el entrevistado.
Podríamos continuar con una relación de autores que
se sitúan en esta línea, pero sólo nos detendremos
en dos de ellos, que unen su reflexión a la experiencia almacenada.
El primero es Manuel del Arco, un periodista español que
mantuvo durante décadas un encuentro diario con alguno de
los personajes que llegaban o residían en Barcelona. En un
capítulo que dedicó a este género en una obra
colectiva afirma sin embages que "una interviú
no es, ni más ni menos, que una conversación llevada
a la letra impresa".7 Así es como él
quiere realizarla, aunque en su caso, al ser tan breve, parece que
se trate de un fragmento que hemos seleccionado de ese encuentro.
El segundo es José Acosta Montoro, cuyo análisis del
periodismo en relación con la literatura es conocido por
quienes se han sentido interpelados por estas cuestiones.8
En sus explicaciones sobre el género del que nos estamos
ocupando parte de las palabras de Del Arco, anteriormente citadas,
para afinar en sus apreciaciones:
No cabe duda de que trasladando una conversación a la
letra impresa se consigue una entrevista como género periodístico.
Para ello el periodista tiene que encontrar a otra persona, abordarla,
hablarle, escucharla y manifestarse con la suficiente agudeza y
sagacidad para que, de alguna manera, el interlocutor diga algo
más de lo que en principio hubiera querido decir.
O sea, que se trata de una conversación, pero llevada con
la intuición y la penetración que cabe esperar de
un periodista cuya tarea principal se dirige a obtener buenos resultados
a través de esta técnica.
Lecciones
Es evidente que si se aprecia una coincidencia entre
numerosos autores sobre la relación de la entrevista con
la conversación cotidiana habrá que concluir que muchas
características de ésta son de aplicación a
aquélla. Tal conclusión no es exclusiva del ámbito
teórico, pues si examinamos la praxis profesional observaremos
hasta qué punto la entrevista periodística sigue sus
marcas, tanto en su concepción global como en una serie de
puntos de los protocolos que suelen utilizarse para llevar a cabo
este trabajo. Ponerlos de relieve es la tarea que nos hemos impuesto
en esta ocasión, porque de ese seguimiento se pueden desprender
una serie de lecciones que nos ayudarán a realizar nuestra
labor de una manera más eficiente y reconocida.
En cuanto a la preparación, habría que pensar que
hay aquí una separación entre ambas, porque nadie
toma precauciones ante la conversación cotidiana que piensa
mantener (en la mayoría de las ocasiones ésta surge
sin que una intención expresa nos lleve a ella). Pero no
ocurre lo mismo con aquellas que prevemos, que hemos solicitado
o acordado con antelación. Ante éstas, es verdad que
reflexionamos o nos documentamos sobre lo que deseamos transmitir
o a dónde queremos llegar, qué informaciones anhelamos
conocer o qué mensajes pensamos inculcar. Al menos tenemos
una idea general de nuestros propósitos últimos.
Pero, en cambio, cuando nos planteamos la forma de mantener el diálogo
nos tienen que servir como guías ciertas características
que encontramos en la diaria conversación. Mencionaremos
algunas que siempre resultan de utilidad para extraer el máximo
beneficio del encuentro. Por ejemplo, el crear un clima tranquilo,
apacible, donde el diálogo fluya con naturalidad y sin estridencias
ayuda mucho a que el entrevistado se vuelque al interior de sí
mismo para ofrecer pensamientos, opiniones, experiencias y recuerdos
dotados de la mayor sinceridad y profundidad. Para ello, el periodista
no debe situarse en una posición exclusivamente inquisidora,
ametrallando con sus preguntas al sujeto que tiene enfrente, sino
propiciando una conversación amigable, en la que las cuestiones
se plantean de manera tan natural que no sea posible escabullirse
y que resulte casi una descortesía el no responder con el
mismo talante colaborador.
Intercambio
Conversacional
El hecho de que aceptemos que se trata de una
conversación no debe hacernos pensar que nosotros adoptaremos
la actitud relajada que es frecuente en la mayoría de las
que llevamos a cabo como ciudadanos corrientes. Nuestra posición
tiene que ser activa, que es lo contrario de esperar tumbados a
que caiga la manzana del árbol. Nadie nos va a regalar buenas
respuestas si nosotros no las buscamos, si no pensamos de qué
forma vamos a intervenir en el diálogo y aportar nuestros
conocimientos y nuestra perspicacia para provocar respuestas productivas.
Pero no se tiene que notar nuestra presencia ni caer en el error
de mostrar protagonismo: no estamos para hacerle sombra al personaje
que tenemos enfrente.
Precisamente por su parecido con la conversación cotidiana
hay que adoptar una actitud que no reduzca el diálogo a una
serie de preguntas que se formulan una a continuación de
otra, según el guión tras el que nos parapetamos y
casi sin escuchar las respuestas, ya que las suponemos pertinentes
y suficientes para los fines que nos hemos propuesto. Si nos comportamos
de tal forma, lo que estamos realizando es casi una caricatura de
la verdadera entrevista, en la que debe primar, como decíamos,
un auténtico intercambio conversacional. Éste consiste,
en primer lugar, en una escucha atenta a lo que expresan los interlocutores,
porque sin estar pendientes de lo que se nos dice no tiene sentido
continuar hablando: ya no es que sea periodísticamente improductiva,
sino ni siquiera educada. Después, no realizar preguntas
independientes unas de otras, sino engarzadas en una provechosa
cadencia, como ocurre habitualmente: de esa manera una pregunta
conduce a una respuesta, ésta a la siguiente pregunta y así
sucesivamente. ¡Cuántas veces asistimos a intervenciones
del periodista en el transcurso del encuentro que no sería
trasladable en modo alguno a la vida diaria, por lo forzado que
se halla el diálogo!
Es que no se trata de que se sucedan únicamente interrogaciones
para alcanzar nuestro objetivo, porque en la conversación
cotidiana no lanzamos sólo preguntas, por interesados que
nos hallemos en conocer respuestas. Lo que se hace es transmitir
opiniones o información, de tal manera que las dos partes
se enriquecen con tal intercambio. Unas veces se inquiere, pero
otras se afirma, se niega, se pone en duda, se alaba o ataca, hay
nuevas aportaciones que cambian el signo de las opiniones que se
mantenían previamente. Para Mier y Carbonell:
La entrevista [...] goza y sufre de los componentes de la conversación
[...]. No es, entonces, la resultante de contestar un cuestionario
previo (aunque esto sea válido en algunos casos), sino diálogo
abierto donde cada respuesta señala nuevas interrogantes
y marca nuevos rumbos. En la entrevista -y esta es una de sus ventajas
sobre la simple recolección de información- se puede
y se debe repreguntar, puntualizar aspectos, impugnar afirmaciones,
señalar contradicciones, regresar al principio con nuevos
argumentos, etcétera.
La conclusión de la reflexión anterior según
los citados autores es la siguiente:
La entrevista es el resultado de una relación dialéctica
entre entrevistado y entrevistador, que genera nuevas respuestas
e interrogantes a propósito de algo, es decir que genera
conocimiento.9
Por eso es importante consignar las preguntas, ya que muchas afirmaciones
no parten exclusivamente de la voluntad del entrevistado, sino que
son consecuencia de una incitación que se les hizo. Igualmente
por esa causa no es productiva la aceptación del cuestionario
escrito para obtener unas contestaciones. Así no se llega
muy lejos en el conocimiento del personaje, porque se trata de un
acercamiento frío que únicamente ofrece palabras desangeladas,
donde no se establece una relación personal y, por tanto,
falta la confianza que lleva a la profundización y al desnudamiento.
Hasta dudamos que el coloquio telefónico pueda aportar la
suficiente cercanía, por más que haya un acercamiento
anterior y una voluntad de entendimiento.
Hay que introducir una cierta lógica en el diálogo,
porque las conversaciones normales entre dos amigos la tienen. Los
temas se abordan con interés y se retuercen hasta agotarlos,
contemplándolos desde vertientes diversas. Sin prisas, sin
nervios, sin saltos en el vacío cuando no conviene. ¿Es
posible llegar a esta actitud personal desenfadada, casi idílica,
cuando se trata de la entrevista periodística? No es fácil,
desde luego. Nos encontramos, por lo general, ante un personaje
importante, que tiene su carácter y su aura, que no dispone
de todo el tiempo para nosotros, poseedor de un caudal de conocimientos
o de experiencias que es necesario exprimir en beneficio de los
lectores. Ante él se sitúa el periodista, al que tampoco
le sobra el tiempo, que sabe mucho menos del tema en cuestión
(a veces, sólo lo que ha preparado para tal encuentro) y
que puede sentirse en dificultades para acceder a unas explicaciones
abstrusas o para abrir la espita de las confidencias de su interlocutor.
Ése es el panorama que se nos presenta, pero el buen profesional
tiene que ser capaz de afrontarlo con garbo y sacar adelante lo
que parecía imposible: sin prisas y sin nervios, claro está.
NOTAS
1) Rafael Mainar, El
arte del periodista, Barcelona, Sucesores de Manuel Soler, 1906,
p. 96.
2) Milan Kundera, La inmortalidad. Barcelona,
Tusquets, 1990, p. 135.
3) F. Meinert, Técnica del interrogatorio.
Santander, s.i., s.f., p. 4.
4) A nuestro juicio, "la entrevista es la conversación
entre el periodista y una o varias personas con fines informativos
(importan sus conocimientos, opiniones o el desvelamiento de la
personalidad) y que se transmite a los lectores como tal diálogo,
en estilo directo o indirecto", en el Manual de la entrevista
periodística, Barcelona, Ariel, 1996, p. 26.
5) Leonor Arfuch, La entrevista, una invención
dialógica. Barcelona, Paidós, 1995.
6) Fernando Martínez Vallvey, La entrevista
desde el punto de vista conversacional. Salamanca, Universidad
Pontificia, 1995. En una línea semejante a esta obra y a
la de Leonor Arfuch hay que situar el ensayo de Teresa Velázquez:
Los políticos y la televisión. Aportaciones de
la teoría del discurso al discurso televisivo. Barcelona,
Ariel, 1992. Allí afirma que "toda entrevista, como
texto interactivo, funciona como un determinado tipo de conversación.
El primer elemento que podemos considerar, y que caracteriza la
conversación, es la estructura dialógica en que está
basada. La organización de sus temas está articulada
en bloques secuenciales de pregunta-respuesta entre los participantes
de esta situación comunicativa en proceso de interacción".
p. 55.
7) Manuel del Arco, "La interviú",
en Nicolás González Ruiz, El periodismo. Teoría
y práctica. Barcelona, Noguer, 1960, p. 403.
8) José Acosta Montero, Periodismo y literatura
(2 vols.). Madrid, Guadarrama, 1973.
9) Luis Javier Mier y Dolores Carbonell, Periodismo
interpretativo. Entrevistas con ocho escritores mexicanos. México,
Trillas, 1981, p. 28.
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