R E F U G I O S  P E R I O D Í S T I C O S

Recordando a Ricardo Garibay

Espíritu fiero y desenfadado

Jorge Meléndez Preciado


                                                                                  Periodista de El Financiero, El Universal,
                                                                                                                   Radio Educacion, entre otros medios

      



 







































 


















































































































Una de las voces más importantes de la literatura mexicana: en novelas, cuentos, dramaturgía, reportajes, guiones de cine y televisión y muchas cosas más.

Me llegan los volúmenes 9 y 10 de las Obras Reunidas de Ricardo Garibay (FCE). En librerías, sobre todo en el sur de esa importante casa editorial, ya está el 11. Espero tenerlo pronto a la mano. En el noveno hay teatro y cine. Entre los incluidos en el segundo asunto están: Los hermanos del hierro y La casa que arde de noche, muy valorados por cinéfilos. El antologador no incluyó uno que conmocionó a mi generación: El milusos, sobre todo ahora que en una encuesta reciente sabemos claramente del racismo mexicano a los indígenas. Cada quien sus preferencias. En los libros 9 y 10 hay inéditos. No encuentro sus charlas en el Instituto Mexicano de la Radio (Imer) ni las que realizó en televisión con diferentes personajes y en ocasiones solo.

En estos últimos terrenos, televisión y radio, tuve un acercamiento leve, superficial pero importante con Ricardo Garibay. En el caso del Imer, Garibay y yo tuvimos varios años series que tenían un solo elemento en común: la productora: Margarita Pacheco. Joven que me contaba lo difícil de trabajar con este genio y las pocas ocasiones en que era amable, seductor y hasta galante con las mujeres.

Eso sí: Ricardo siempre andaba con apremios económicos, por eso insistía que le pagaran, incluso por adelantado, sus comentarios. En la inmensa mayoría de las ocasiones, improvisaba dada su amplia y vasta cultura.

En cierta ocasión quise entrevistarlo. Margarita hizo los arreglos pero la plática no tuvo lugar ya que él venía de Cuernavaca, Morelos, donde vivió sus últimos años y se retrasó más de una hora, por lo que el tiempo de estudio asignado a mi persona se había agotado. Cuando salía de la estación, lo vi llegar con un chofer que era muchas veces su asistente para otros menesteres. Por cierto, el entonces director del Imer, Carlos Lara Sumano, fue muy generoso con la familia del hidalguense: continuó transmitiendo las cápsulas un año después del fallecimiento del autor de Las glorias del gran Púas y pagó mensualmente los honorarios. Algo que debe resaltarse ya que en este mundo donde todo es desechable, pocos son quienes respetan la memoria y la obra de los maestros.

Este material radiofónico es sumamente rescatable, sobre todo por los énfasis, las precisiones, las divagaciones y los silencios que hay en el cuadrante. La Universidad Autónoma de Hidalgo, si algo puede hacer de novedoso en su escuela de comunicación, sería analizar a fondo ese tipo de comentarios.

En televisión no era nada aburrido. La ponderación que le daba a sus comentarios, las referencias literarias que traía a colación, los momentos reflexivos que mostraba en ocasiones, transmitían una personalidad interesante, recia, que se quedaba en la mente. Quizás le gane en tal aspecto Juan José Arreola, quien era un auténtico mago hasta en su vestimenta: con una capa, bastón y hasta sombrero muy estilizado. Pero Garibay que era menos pretencioso en su atuendo, tenía más posibilidades de pasar como un profesional que encarnó: la de un boxeador que se subía a cualquier escenario para fajarse con el más pintado.

En la pantalla chica hizo mancuerna con varios. Incluso pudo conjuntar a dos notables: Germán Dehesa e Ikram Antaki. El experimento duró poco, ya que ambos tenían la suficiente explosividad para marcar sus distancias a la menor provocación. No obstante ello, que Germán e Ikram aceptaran estar con uno de los espíritus más fieros y desenfadados de México y aceptaran su tutoría, es algo que debemos resaltar.

En una ocasión, hace bastantes años, fui a comer con Froylán López Narváez a uno de sus sitios preferidos de entonces: el Bali Hai-Ochoa -lugar donde en cierta ocasión iban a liquidar a Amado Carrillo Fuentes, el llamado Señor de los Cielos- que todavía se ubica frente a un supermercado muy cerca de lo que era el cine Manacar y ahora hay una buena cantidad de salas del llamado séptimo arte (por cierto, ¿qué se haría el telón del Manacar, decorado por el gran artista plástico, guatemalteco de origen, Carlos Mérida?). Froy llegó con Ricardo Garibay y yo estaba con dos grandes y buenas amigas: Carlota Villagrán y Olga Durón.

La plática comenzó y Garibay, como solía hacerlo, tomó la iniciativa. Dijo que venía de hablar con Julio Scherer -el local de Proceso está a pocas cuadras-, que su economía andaba mal y por eso le habían prestado diez mil pesos y que, obviamente, estaba preparando uno más de sus libros.

Entre las bromas, los albures y las ocurrencias de López Narváez, la mala leche y las cábulas de Carlota y Olga y algunos apuntes míos, transcurrieron varias horas. Desde luego que Ricardo platicó cuentos de todo tipo, anécdotas, enfrentamientos con sus enemigos y su independencia a toda costa, no obstante que estuvo cerca de varios presidentes de la República y les escribió discursos. Por entonces ya vivía en Morelos y venía una sola vez a la semana a la Gran Smogtitlán.

Yo en ese tiempo estaba retirado del maravilloso alcohol, por lo tanto en cierto momento decidí huir.
Al día siguiente me enteré que Garibay se había ido de reventón con Carlota y Olga, que estuvo en una reunión de mujeres, coqueteó con muchas pero no se ligó a ninguna y extravío su bolsa donde venía el cheque del préstamo. Localicé a Carlota, y muerta de risa me dijo que seguramente se había quedado en casa de otra amiga, lo cual se comprobó a los pocos minutos.

El remolino de Ricardo, como nos sucede a todos, se volvió un hombre bueno y preocupado al sentir la cruda moral y los excesos a que nos llevan algunas infusiones.

Ricardo Garibay es una de las voces más importantes de la literatura mexicana: en novelas, cuentos, dramaturgia, reportaje, guiones de cine y televisión y muchas cosas más. A mi una de sus obras que más llegaron hasta el fondo, quizá porque anduve de capa caída por un amor, fue Triste domingo (1991).