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Una de las voces más
importantes de la literatura mexicana: en novelas, cuentos, dramaturgía,
reportajes, guiones de cine y televisión y muchas cosas más.
Me llegan los volúmenes 9 y 10 de las
Obras Reunidas de Ricardo Garibay (FCE). En librerías,
sobre todo en el sur de esa importante casa editorial, ya está
el 11. Espero tenerlo pronto a la mano. En el noveno hay teatro
y cine. Entre los incluidos en el segundo asunto están: Los
hermanos del hierro y La casa que arde de noche, muy
valorados por cinéfilos. El antologador no incluyó
uno que conmocionó a mi generación: El milusos,
sobre todo ahora que en una encuesta reciente sabemos claramente
del racismo mexicano a los indígenas. Cada quien sus preferencias.
En los libros 9 y 10 hay inéditos. No encuentro sus charlas
en el Instituto Mexicano de la Radio (Imer) ni las que realizó
en televisión con diferentes personajes y en ocasiones solo.
En estos últimos terrenos, televisión y radio, tuve
un acercamiento leve, superficial pero importante con Ricardo Garibay.
En el caso del Imer, Garibay y yo tuvimos varios años series
que tenían un solo elemento en común: la productora:
Margarita Pacheco. Joven que me contaba lo difícil de trabajar
con este genio y las pocas ocasiones en que era amable, seductor
y hasta galante con las mujeres.
Eso sí: Ricardo siempre andaba con apremios económicos,
por eso insistía que le pagaran, incluso por adelantado,
sus comentarios. En la inmensa mayoría de las ocasiones,
improvisaba dada su amplia y vasta cultura.
En cierta ocasión quise entrevistarlo. Margarita hizo los
arreglos pero la plática no tuvo lugar ya que él venía
de Cuernavaca, Morelos, donde vivió sus últimos años
y se retrasó más de una hora, por lo que el tiempo
de estudio asignado a mi persona se había agotado. Cuando
salía de la estación, lo vi llegar con un chofer que
era muchas veces su asistente para otros menesteres. Por cierto,
el entonces director del Imer, Carlos Lara Sumano, fue muy generoso
con la familia del hidalguense: continuó transmitiendo las
cápsulas un año después del fallecimiento del
autor de Las glorias del gran Púas y pagó mensualmente
los honorarios. Algo que debe resaltarse ya que en este mundo donde
todo es desechable, pocos son quienes respetan la memoria y la obra
de los maestros.
Este material radiofónico es sumamente rescatable, sobre
todo por los énfasis, las precisiones, las divagaciones y
los silencios que hay en el cuadrante. La Universidad Autónoma
de Hidalgo, si algo puede hacer de novedoso en su escuela de comunicación,
sería analizar a fondo ese tipo de comentarios.
En televisión no era nada aburrido. La ponderación
que le daba a sus comentarios, las referencias literarias que traía
a colación, los momentos reflexivos que mostraba en ocasiones,
transmitían una personalidad interesante, recia, que se quedaba
en la mente. Quizás le gane en tal aspecto Juan José
Arreola, quien era un auténtico mago hasta en su vestimenta:
con una capa, bastón y hasta sombrero muy estilizado. Pero
Garibay que era menos pretencioso en su atuendo, tenía más
posibilidades de pasar como un profesional que encarnó: la
de un boxeador que se subía a cualquier escenario para fajarse
con el más pintado.
En la pantalla chica hizo mancuerna con varios. Incluso pudo conjuntar
a dos notables: Germán Dehesa e Ikram Antaki. El experimento
duró poco, ya que ambos tenían la suficiente explosividad
para marcar sus distancias a la menor provocación. No obstante
ello, que Germán e Ikram aceptaran estar con uno de los espíritus
más fieros y desenfadados de México y aceptaran su
tutoría, es algo que debemos resaltar.
En una ocasión, hace bastantes años, fui a comer con
Froylán López Narváez a uno de sus sitios preferidos
de entonces: el Bali Hai-Ochoa -lugar donde en cierta ocasión
iban a liquidar a Amado Carrillo Fuentes, el llamado Señor
de los Cielos- que todavía se ubica frente a un supermercado
muy cerca de lo que era el cine Manacar y ahora hay una buena
cantidad de salas del llamado séptimo arte (por cierto, ¿qué
se haría el telón del Manacar, decorado por
el gran artista plástico, guatemalteco de origen, Carlos
Mérida?). Froy llegó con Ricardo Garibay y yo estaba
con dos grandes y buenas amigas: Carlota Villagrán y Olga
Durón.
La plática comenzó y Garibay, como solía hacerlo,
tomó la iniciativa. Dijo que venía de hablar con Julio
Scherer -el local de Proceso está a pocas cuadras-, que su
economía andaba mal y por eso le habían prestado diez
mil pesos y que, obviamente, estaba preparando uno más de
sus libros.
Entre las bromas, los albures y las ocurrencias de López
Narváez, la mala leche y las cábulas de Carlota
y Olga y algunos apuntes míos, transcurrieron varias horas.
Desde luego que Ricardo platicó cuentos de todo tipo, anécdotas,
enfrentamientos con sus enemigos y su independencia a toda costa,
no obstante que estuvo cerca de varios presidentes de la República
y les escribió discursos. Por entonces ya vivía en
Morelos y venía una sola vez a la semana a la Gran Smogtitlán.
Yo en ese tiempo estaba retirado del maravilloso alcohol, por lo
tanto en cierto momento decidí huir.
Al día siguiente me enteré que Garibay se había
ido de reventón con Carlota y Olga, que estuvo en una reunión
de mujeres, coqueteó con muchas pero no se ligó a
ninguna y extravío su bolsa donde venía el cheque
del préstamo. Localicé a Carlota, y muerta de risa
me dijo que seguramente se había quedado en casa de otra
amiga, lo cual se comprobó a los pocos minutos.
El remolino de Ricardo, como nos sucede a todos, se volvió
un hombre bueno y preocupado al sentir la cruda moral y los excesos
a que nos llevan algunas infusiones.
Ricardo Garibay es una de las voces más importantes de la
literatura mexicana: en novelas, cuentos, dramaturgia, reportaje,
guiones de cine y televisión y muchas cosas más. A
mi una de sus obras que más llegaron hasta el fondo, quizá
porque anduve de capa caída por un amor, fue Triste domingo
(1991).
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