En el mundo actual buena parte de los procesos sociales de conocimiento,
interpretación y reinterpretación de la realidad,
pasan por los medios de comunicación y de manera específica
por el ejercicio periodístico.
Van Dijk asegura que "la mayor parte de nuestro conocimiento
social y político y nuestras opiniones sobre el mundo proceden
de docenas de reportajes, de informaciones, que leemos y vemos
cada día". Tan sólo por eso vale la pena cuestionarse
cuál es la calidad y qué tan bueno o qué
tan malo es el periodismo político que practicamos hoy
en día.
Como toda buena investigación sobre el tema surgen de principio
tres preguntas cuyas respuestas no daré en esta exposición,
por supuesto, sino que trataré de esbozar tres líneas
o hipótesis sobre el papel que juega hoy el día
y las condiciones en las que se mueve el periodismo mexicano en
general y particularmente el veracruzano del primer lustro del
siglo XXI.
¿De
qué trata el periodismo?
El periodismo nos da cuenta del presente. A la manera de Lorenzo
Gomis, mantiene actualizado el presente social para recordarnos
el día a día de nuestra realidad.
La primera pregunta, entonces, en relación con la calidad
del periodismo nacional y veracruzano sería: ¿de
qué trata el periodismo hoy en día?
No puede haber una respuesta única a tal interrogante.
Para responderla será necesario llevar a cabo una investigación
profunda y representativa de las temáticas, de las categorías
y de las concepciones que de la realidad realizan, perciben y
transmiten los periodistas.
No obstante una primera aproximación que intente responder
esa interrogante, sin duda alguna se enfrentará con un
hecho irrefutable: la mayor parte de las informaciones aparecidas
en los medios de comunicación tanto nacionales como veracruzanos
son declaraciones.
Abunda la entrevista de banqueta, los dimes y diretes entre actores
políticos, la declaración fácil y sin sustento
de los actores públicos, que no se cuestiona ni se confronta
con datos duros o con documentación que se sustente.
Hoy en día, basta con que un actor político -entendiendo
a éste como aquel personaje que forma parte de la elite
social que define o marca el rumbo de una comunidad- aparezca
en el escenario mediático a dar una declaración
para que ésta se reproduzca o difunda con profundidad y
como la verdad absoluta.
El periodista veracruzano de hoy en día, por ejemplo, esta
preocupado y ocupado por obtener la nota, que regularmente significa
la declaración del día; la entrevista de banqueta
o la conferencia de prensa convocado u obtenida por un tropel
de periodistas de distintos medios, en una amalgama singular de
torna homogénea a una masa (o muta, a la manera de Canetti),
de grabadoras y micrófonos.
Una revisión somera de las primera planas o de las secciones
de información general de los medios veracruzanos o de
algunas otras entidades de la República, o de las principales
notas radiofónicas o televisivas, nos daría como
resultado que en un alto porcentaje son dichos y no datos, son
rostros de personajes públicos dando declaraciones o bien
que se les arrancan a fuerza de preguntas muchas veces obvias
o repetitivas.
Me aventuro pues a la primera hipótesis de esta disertación:
un importante segmento del periodismo mexicano, y específicamente
del periodismo veracruzano de nuestros días, se articula
hoy en día a partir de la declaracionitis. Defino
a este término como ya lo he expresado líneas arriba,
a la repetición constante y continua de declaraciones de
los personajes o actores públicos y sus repercusiones o
confrontaciones con otros personajes o actores públicos.
Un lunes cualquiera, el personaje A hace una declaración
-regularmente de banqueta o de conferencia matinal- sobre un asunto
cualquiera en Xalapa.
Al martes siguiente, el personaje B refuta o refuerza,
dependiendo de sus filiaciones, la declaración anterior.
Para el miércoles, los personajes C y D también
han opinado y declarado en torno al tema.
Llegado el jueves, el personaje A vuelve a declarar sobre
lo mismo, en otra plaza, por ejemplo en Veracruz, Córdoba
o Poza Rica.
El fin de semana, viernes o sábado, la declaración
ha obtenido ya más declaraciones y opiniones de otros personajes
(E, F, G, H, I) en otras plazas y en otros escenarios.
Pareciera que desde el periodismo actual lo importante no es lo
que se diga sino quién lo diga. Y como el quién
abunda en nuestro entorno, mientras más repercusiones,
mientras más declaraciones se obtengan de un mismo tema,
más notas y más páginas se llenarán.
En un día cualquiera, se pueden contar hasta 40 notas periodísticas
en las llamadas primeras secciones o sección política
de los diarios veracruzanos. En un 90% de éstas son entrevistas
o declaraciones. Lo mismo pasa en la radio y en la televisión.
Abundan los textos periodísticos redactados con los típicos
"dijo", "añadió", "comentó",
"señaló", "sostuvo", "aseveró".
Con estos elementos, a la aventurada hipótesis señalada
líneas arriba, podríamos agregarle lo siguiente:
Ello ocurre así porque un sector de los periodistas mexicanos,
y específicamente veracruzanos, sólo se ocupan de
buscar o reportear declaraciones y/o entrevistas, regularmente
colectivas, es decir no exclusivas, entre los personajes o actores
públicos.
Entramos aquí con esta hipótesis a un problema central
del periodismo nacional de nuestros días: la falta de exclusividad.
Es éste un fenómeno que no es menor ni menos importante
de atender. Se trata de un elemento esencial que cruza de manera
horizontal la profesión y actividad periodística
de nuestros días.
Los reporteros buscan la nota en equipo, en conjunto, como si
todos trabajaran juntos o para los mismos diarios. Se ha perdido,
en ese sentido, la vocación por la exclusividad, por la
exposición de los temas desde la perspectiva individual,
para pasar a una pretendida colectividad gremial y profesional.
Ello implica que la misma nota, con las mismas declaraciones,
de los mismos actores o personajes públicos aparece reproducida
y magnificada en diferentes medios, casi con los mismos elementos
o las mismas palabras.
La
opinión pública secuestrada
Si la primera función esencial del periodismo es la información,
la segunda más importante es la opinión. Históricamente
fue ésta la que nutrió los entresijos del periodismo
moderno. Las columnas o artículos con opiniones fueron
los antecedentes más remotos del periodismo que daba cuenta
de los hechos, aderezado con los comentarios favorables o no a
cierta postura.
Era un periodismo evidentemente ideológico o, si me permite
el término, ideologizado, con autores o escritores perfectamente
identificados con cierta tendencia o preferencia política.
Este elemento no ha cambiado sustancialmente salvo por una cuestión:
cada día más los comentaristas, articulistas, columnistas
o editorialistas se esfuerzan por parecer químicamente
puros.
Hay un temor inherente a manifestar abiertamente posturas o fijar
posiciones, amén del afán obsesivo por situarse
en el centro político.
Esa condición permea en prácticamente todo el periodismo
de opinión que se practica en Veracruz.
Jürgen Habermas, el filósofo de la acción comunicativa,
sostiene que la discusión pública es la única
posibilidad de superar los conflictos sociales, gracias a la búsqueda
de consensos que permiten el acuerdo y la cooperación,
a pesar de los disensos.
Y advertía que el espacio público se presenta como
el lugar donde surge la opinión pública, que puede
ser manipulada y deformada, pero que constituye el eje de la cohesión
social, de la construcción y legitimación (o deslegitimación)
política.
De ese tamaño es la importancia del periodismo de opinión,
que construye con su retroalimentación de los temas públicos,
de los asuntos de la agenda común, la orientación
social necesaria respecto de las grandes decisiones públicas.
Pero ¿cómo es en México, y particularmente
en Veracruz, ese periodismo de opinión?, ¿qué
características tiene?, ¿por qué medios se
expresa?, ¿con qué recursos lo hace?
Una hipótesis que aventuro al respecto es la siguiente:
El periodismo de opinión que se practica en un amplio espectro
de nuestro país, y en específico de Veracruz, se
expresa fundamentalmente en columnas políticas (de autor
único o colectivo, de periodicidad continua) que sirven
como correas de transmisión de mensajes entre los actores
o personajes públicos.
Es decir: hoy en día en los medios de comunicación
veracruzanos abunda el comentario fácil, el cotilleo o
la diatriba. Las columnas, los artículos, las editoriales,
sirven para exhibir o denostar a los adversarios del régimen
en turno o para enviar mensajes cifrados o cruzados entre los
actores políticos.
Para muestra, basten dos ejemplos. El pasado domingo 8 de mayo
apareció el siguiente comentario en una de las principales
columnas políticas que se escriben en los medios veracruzanos:
Hay amigos cercanos a Fidel Herrera que con sus actitudes,
negativas y de revanchas, estuvieron a punto de provocar que perdiera
la elección de gobernador en septiembre pasado. Sin embargo,
fueron disculpados y en una muestra de que Fidel tiene en alto
concepto el valor, la amistad, los colocó en diversos cargos
en su gobierno. Lamentablemente esos amigos son los que ahora
más problemas le acarrean e incluso hay quienes desatienden
los problemas a su cargo, por ejemplo, de apoyo a gente necesitada.
Algunos lo que buscan es colocarse en la lista de candidatos a
puestos de elección popular, sin importar la encomienda
que recibieron. ¡Aguas, no sea que haya sorpresas! Sería
bueno que no alucinaran.
Ese mismo día, en la columna dominical de otro periódico
de la localidad apareció el siguiente comentario:
Muy abusados deben andar algunos amigos de años del
gobernador Fidel Herrera Beltrán, los mismos que estuvieron
de provocar que el PRI perdiera la elección a gobernador;
sin embargo, el Ejecutivo, mostrando su don de gente y reconociendo
la amistad, los perdonó y los incorporó a cargos
públicos, pero ahora son ellos quienes provocan más
problemas a su amigo y hasta se candidatean para sucederlo dentro
de cinco años. Esto, aquí y en China, se llama traición.
La columna política es uno de los géneros periodísticos
que más abunda en el entorno nacional. A reserva de una
investigación más a fondo del tema, podríamos
adelantar que no hay periódico, revista o noticiario radiofónico
o televisivo que no cuente con un espacio fijo dedicado a hacer
la glosa de los temas del día.
La columna política se caracteriza por su capacidad para
influir y orientar en la agenda diaria de los hechos públicos,
a los imaginarios sociales.
Se identifica además por su periodicidad específica
(puede ser diaria, de días fijos en la semana, etcétera),
el nombre genérico que la hace exclusiva y el autor (o
autores) propios, cuyo criterio y capacidad de análisis,
investigación y síntesis le permiten argumentar
-con una carga ideológica que no puede estar ausente- sobre
los temas o asuntos de la esfera pública.
En palabras de Pastora Moreno Espinosa:
La columna es el género periodístico que analiza,
interpreta y orienta al público sobre un determinado suceso
con una asiduidad, extensión y ubicación concretas
en un medio determinado. La columna es un arte y una técnica
que se adapta, por tanto, a la personalidad del articulista. De
ahí el fuerte grado de identificación que existe
entre el comentarista y el lector.
Y continúa:
Es un ejemplo de lenguaje periodístico personal, un
instrumento de comunicación que persigue la defensa de
unas ideas, la creación de un estado de opinión
y la adopción de una postura determinada respecto a un
hecho actual y relevante.
Es un comentario -continúa Moreno-- valorativo, analítico
y razonador con una finalidad idéntica a la del editorial:
crear opinión a partir de la propia.
Bajo estas premisas de la doctora Moreno sería literalmente
imposible que dos columnistas, de distintos medios, de diferenciada
ideología, pudieran ser capaces de opinar o comentar con
los mismos argumentos y, casi, con los mismos términos,
un tema o asunto de interés público.
En los dos ejemplos arriba anotados no sólo ocurre eso:
es literalmente el mismo tema escrito con ligeras variaciones,
pero sin un componente esencial del columnismo político,
la identificación clara del tema, de sus involucrados y
de las consecuencias.
Estamos ante un ejemplo de especulación pura, de cotilleo,
como ya mencioné, que ratifica mi hipótesis, que
habría que ahondar e investigar más profundamente,
de que el periodismo de opinión hoy es un simple transmisor
de los mensajes cifrados entre la clase política; que sirve
como correa de enlace cuando se trata de enviar algunas señales
o cuando se trata de denostar o injuriar a los actores de la vida
pública.
Es un asunto a todas luces lamentable y brutal de nuestra realidad
periodística veracruzana que tiene que ver con la tercera
hipótesis que abordo este día.
La
ética extraviada
No es casual que para uno de los más grandes sociólogos
europeos de principios del siglo XX, la profesión periodística
tuviera una relevancia central equiparable a la de los filósofos
de la antigüedad. Pero por lo mismo, es una profesión
cuya actividad permanece en el colectivo social a partir de los
errores o equivocaciones que cometen algunos de sus integrantes.
En su obra El político y el científico, Max
Weber sostiene:
Como lo que se recuerda es, naturalmente, la obra periodística
irresponsable, a causa de sus funestas consecuencias, pocas gentes
saben apreciar que la responsabilidad del periodista es mucho
mayor que la del sabio y que, por término medio, el sentido
de la responsabilidad del periodista honrado en nada le cede al
de cualquier otro intelectual. Nadie quiere creer que, por lo
general, la discreción del buen periodista es mucho mayor
que la de las demás personas, y sin embargo así
es. Las tentaciones incomparablemente más fuertes que rodean
esta profesión, junto con todas las demás condiciones
en que se desarrolla la actividad del periodismo moderno, originaron
consecuencias que han acostumbrado al público a considerar
la prensa con una mezcla de desprecio y de lamentable cobardía.
La responsabilidad social que tenemos los periodistas entraña
directamente al poder que ejercemos en la sociedad. No se trata,
como en la clásica concepción, de un poder que esté
sustentado en la capacidad de diatriba o que se equipare al de
los poderes públicos. Hace tiempo que dejamos de ver o
de pensar en la prensa como el cuarto poder, como el brazo de
la Constitución, como el contrapeso de gobierno.
Nuestro poder, define Javier Darío Restrepo, va más
allá de eso y es más trascendente porque tiene que
ver directamente con nuestra influencia social, con nuestra capacidad
de generar conciencia y con la labor callada y constante que realizamos
para decirle a la gente qué ha pasado en el mundo.
El ejercicio de un periodismo libre atañe a la responsabilidad
social del mismo. Presentar todos los aspectos, todas las caras,
todos los rostros, todas las versiones de un hecho de relevancia
pública es su misión principal. El respeto a los
valores éticos es su objetivo.
Estos valores se identifican en el colectivo social como principios
fundamentales a los que debe apegarse el periodismo moderno: honestidad,
imparcialidad, neutralidad y veracidad no son términos
abstractos extraídos de un manual de ética o de
un tratado de deberes.
Son valores esenciales de la práctica profesional que nos
exige la sociedad para confiar en nosotros, para permitirnos entrar
en la conciencia colectiva, para ejercer nuestro poder ante la
sociedad.
Y el principal activo que tenemos para lograrlo es la credibilidad.
Un periodista sin credibilidad es como un barco en medio del desierto:
sirve para nada.
La credibilidad --cito a Restrepo-- es un argumento moral, silencioso,
con la fuerza de lo que es así y no de otra manera, es
el premio mayor que le da a uno la vida profesional. Ocurre, cuando
muchos años después de ejercer la profesión
se encuentra uno a personas que te sintonizan por televisión,
leen tu columna o te escuchan por la radio y la única explicación
que tienen de hacerlo es: "porque a ese señor sí
se le puede creer".
Cuando llega ese día --sostiene Restrepo-- estás
graduado, como periodista, para la inmortalidad. Se entiende que
eso es lo que se busca con todos los trabajos y ejercicios como
periodistas: la credibilidad. No hay nada mejor ni que tenga más
valor.
Y del mismo autor, comparto con ustedes sus seis elementos de
poder para que el periodismo deje huella:
1) Entrar en la conciencia social, lo cual significa
despertar el interés del receptor que escoge horarios,
lugares y medios para informarse de acuerdo con sus necesidades
de consumo de información.
2) Guiar esa conciencia social, al seleccionar las noticias
y mostrarlas como uno quiere ver la realidad, destacando ciertos
hechos o volviendo triviales otros. El periodista guía,
educa, bien o mal, pero educa, mostrando los acontecimientos según
su libre albedrío.
3) Mostrar el futuro, para ver las consecuencias de los
hechos, las repercusiones de los acontecimientos, el qué
pasará mañana con lo que nos ha sacudido hoy. Mostrar
el futuro así le quita a éste su carga azarosa o
de maldición, lo desmitifica y evita la resignación
ante lo incierto.
4) Entrar en el terreno de lo posible, explorar, experimentar
y comprender para aventurarse en aquello que se desconoce pero
que se sabe puede lograrse. Este es el principio que ha sustentado
los grandes hallazgos científicos, los descubrimientos
de continentes enteros, las novedades. Al lograr esto se consigue:
5) Cambiar el futuro, condicionarlo, programarlo, para
convertirlo en un reto diario que es posible modificar y lograr
que sea de otra manera. Al cambiar el futuro hacemos posible:
6) Crear esperanza en la sociedad de que otro mundo es
posible, otro mundo mejor, claro, incierto pero también
modificable. Dejar de ser enumeradores de desgracias, contadores
de tragedias, contabilizadores de muertos y damnificados, para
pasar a ser propositivos y ofrecerle al público un reforzamiento
de valores sociales indispensables, a fin de tener las cosas bajo
nuestro control, con rumbo y visión.
La hipótesis que aventuro sobre este tema en particular
es la siguiente: Hoy en día, un significativo segmento
del periodismo mexicano tiene ausente su vocación ética.
Mantiene extraviados los principios y valores que rigen el quehacer
periodístico, por una confusión orgánica,
mental y estructural: que el periodismo es una forma coadyuvante
de ejercer el poder.
Contrario sensu de lo que piensan algunos "poderosos"
empresarios de la comunicación o "influyentes"
columnistas o articulistas políticos o "intocables"
directivos de la prensa estatal, el periodismo no debiera servir
para hacer negocios, para obtener canonjías o prebendas,
para hacerse concesiones de servicios públicos, ni tampoco
para imponer u obtener posiciones políticas en dependencias
o espacios de la administración pública.
El periodismo no es para eso. Esa no es su vocación. Se
equivocan quienes creen que pueden hacer todo ello y seguirse
diciendo periodistas.
Pero existe hoy en día una ética periodística
extraviada, no sólo porque vuelve banal o trivial los asuntos
públicos, sino por su marcada exacerbación del escándalo,
por su capacidad de adaptación a prácticas corruptas
del régimen político.
De hecho, hoy en los medios lo que está ausente son espacios
de reflexión y compromiso ético. No me refiero sólo
a la ausencia de códigos o libros de ética internos,
que de nada sirven si no se asumen ni se cumplen, si sólo
se redactan para cumplir con el requisito. Me refiero fundamentalmente
a que no se repara en lo que se hace bien o lo que se hace mal.
No se reflexiona qué impacto se causó con la publicación
o difusión de una noticia, de una fotografía, de
una imagen de video.
Nunca se cuestionan si hubo un abuso del amarillismo, del escándalo
fácil, si se lastimó la dignidad de las personas
con el tratamiento informativo dado a ciertas notas o a ciertas
imágenes fotográficas.
Nada, no hay nada de esto y no hay preocupación en los
medios, ni en las empresas, ni en los directivos, ni en los periodistas,
por detenerse un momento y retroalimentarse, hacer y cumplir el
famoso feedback que se da en cualquier proceso de comunicación,
para que se vuelva efectivamente eso: comunicación.
A
manera de conclusión
Este recorrido aventurado y especulativo de las condiciones en
que se encuentra el periodismo mexicano en general, y el veracruzano
en particular, es tan sólo una aproximación y de
ningún modo constituye un análisis exhaustivo del
mismo.
Es simplemente una primera aproximación que deberá
someterse en todo caso a una investigación más profunda
y profesional del tema, con el uso de distintas herramientas e
instrumentos de estudio, para de manera efectiva abrir una línea
que nos permita debatir y reflexionar a fondo sobre el tema.
Está en nuestras preocupaciones hacerlo. Deberá
estarlo también en nuestras ocupaciones para mejorar en
todo lo posible nuestra profesión y nuestras prácticas
periodísticas. Creo que aún estamos a tiempo para
construir un periodismo del siglo XXI, que deje atrás los
lastres heredados de viejas prácticas políticas,
de contubernios y acuerdos con el poder político, para
darle mayores espacios a la sociedad y para que ésta de
manera efectiva pueda conocer y entender los asuntos relevantes
del espacio público.
Esa es nuestra tarea.
Bibliografía
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el comentario y la columna", en Revista Latina de Comunicación
Social, número 30, de junio de 2000, La Laguna (Tenerife),
en la siguiente dirección electrónica (URL): http://www.ull.es/publicaciones/latina/aa2000qjn/89pastora.html
WEBER, Max. El político y el científico. Alianza
Editorial