William Faulkner dijo que el novelista
puede ser amoral y no vacilar ante nada que le impida completar
su obra, pues en la literatura el fin justifica los medios. Mas
en el periodismo ni el mejor de los fines justifica la inmoralidad
de los medios. Evidentemente, Janet Cooke no sabía de Faulkner,
como tampoco Jayson Blair. Y, para ser justos, muy pocos de quienes
hoy leemos en la prensa nacional.
Ambos nos dejan una gran enseñanza a todos los periodistas...
y a los cuentistas que
se sienten reporteros.
Janet Cooke es una hermosa y vital negra con aire dramático
y un extraordinario talento para escribir. También es la
cruz que el periodismo -especialmente el Washington Post y
en particular Benjamin C. Bradlee- llevará a cuestas
para siempre. A los 26 años escribió una vívida
y dolorosa historia sobre un heroinómano de ocho años
a quien el concubino de la madre inyectaba periódicamente.
La información se publicó en primera plana el domingo
28 de septiembre de 1980 y tuvo en vilo a la ciudad durante semanas.
El 13 de abril de 1981 ganó para Cooke el Premio Pulitzer.
En las primeras horas del 15 de abril de 1981, Janet Cooke
confesó que era una invención: Jimmy no existía,
y tampoco el concubino. Desde ese momento la expresión
"Janet Cooke" se hizo sinónimo de lo peor en
el periodismo norteamericano, tal como la palabra "Watergate"
significó lo mejor.
Así inicia Ben Bradlee, el legendario director del Washington
Post, el capítulo de su autobiografía dedicado
a otro de los grandes escándalos periodísticos del
siglo, antecedente en línea directa del "caso Jayson
Blair", que adelante referimos.
Bradlee fue uno de los héroes de mi generación.
Después del estreno de Todos los hombres del Presidente
pedíamos a la Virgen un director como él, bajo cuya
batuta pudiéramos emular, así fuera un poquito,
a Woodward y Bernstein. Pero ese director nunca nos llegó.
Y luego supimos de Janet Cooke.
William Faulkner dijo que el novelista puede ser amoral y no
vacilar ante nada que le impida completar su obra, pues en la
literatura el fin justifica los medios. Mas en el periodismo ni
el mejor de los fines justifica la inmoralidad de los medios.
Evidentemente, la Cooke no sabía de Faulkner, como tampoco
el Blair; y, para ser justos, muy pocos de quienes hoy leemos
en la prensa nacional.
Janet fue, en palabras de Bradlee, "el sueño del
periódico". Una negra con inigualables credenciales
académicas, políglota, vital, elegante y, por si
fuera poco, gran escritora. A mediados de los setenta, el Washington
Post estaba rezagado en su meta de aumentar el porcentaje
femenino y de minorías raciales en la redacción
y ella sola llenaba dos huecos. Una bendición. "¡Contratémosla
antes de que la ganen el Times o Newsday!", fue la
consigna entre los mandos que la entrevistaron. En sus primeros
ocho meses en el Post firmó 55 notas, hazaña
no menor. Proporcionalmente, cuando su falsificación fue
descubierta apareció un rosario de mentiras: no se había
graduado en Vassar, no había estudiado en La Sorbona, no
hablaba más que inglés, no... vaya, aparentemente
lo único cierto de su currículo es que era negra,
y que escribía muy bien.
¿Qué sucedió? En 1982 en una entrevista
de televisión dijo que había inventado a Jimmy
como consecuencia de la terrible presión interna del Washington
Post, en cuya redacción se seguía viviendo el
ambiente de competencia generado a principios de la década
anterior con los éxitos periodísticos del affaire
Watergate. Al parecer algunos informadores le habían
insinuado la existencia de niños drogadictos, pero al no
dar con ninguno decidió inventar a Jimmy para aplacar
a los editores del periódico que la presionaban para escribir
sobre esos casos. Janet se equivocó. El dramático
artículo sí merecía el Pulitzer... pero de
literatura. Tiempo después de que la verdad quedara al
descubierto para la eterna vergüenza del diario y de su director,
Janet se casó con un diplomático y se mudó
a París. En 1996 vendió su historia a la revista
GQ y los derechos cinematográficos por un millón
y medio de dólares.
Como lo haría el Times 15 años después
con su propio tropiezo, el "caso Blair", el Post
ordenó una investigación interna que se publicó
con entrada en primera y cuatro planas interiores. En su libro,
Bradlee recuerda que tomó la decisión de que nadie
revelaría más del asunto que el propio periódico.
"De mis años en la marina aprendí que para
salvar a un buque lo más importante es el control de daños".
Y el único control de daños era decir la verdad,
toda la verdad y nada más que la verdad.
La casa
de mi amo
Con el sugerente título de Incendiando la morada de
mis amos, recientemente apareció el testimonio de Jayson
Blair, el reportero del New York Times que hace tres años
protagonizó uno de los grandes escándalos de la
profesión al ser evidenciado como un contumaz, si bien
talentoso, plagiario.
Jayson Blair es un caso alucinante. A los 27 años se decía
que iba en camino de convertirse en una versión negra de
George Polk. En breve tiempo transitó de la escuela de
comunicación al periodismo estudiantil, a las prácticas
profesionales, al trabajo en medios, al ascenso rutilante y al
despeñadero. Bastó que una colega detectara sospechosas
similitudes entre un reportaje suyo y otro de Jason para sacar
a luz una pasmosa historia de decepciones, mitomanía, artificios,
embustes, enredos e invenciones que arrastró a los mentores
del reportero y aniquiló sus largas y honrosas carreras,
y puso un ojo negro al legendario periódico que publicó
los documentos del Pentágono.
Desde el desorden de su pequeño departamento neoyorquino,
Blair escribió reportajes y artículos sobre lugares
que no conocía, con declaraciones de personas a las que
nunca entrevistó y descripciones de paisajes que jamás
vio, para las páginas de uno de los más influyentes
rotativos del mundo.
¿El mayor fraude periodístico desde el escándalo
de Janet Cooke? Sí y no. (A Cooke, reportera del Washington
Post, le fue retirado el Premio Pulitzer cuando se descubrió
que había inventado a los personajes de "El mundo
de Jimmy").
Jayson se convirtió en el protagonista de la nota roja
del oficio y levantó una ola que aún no pierde del
todo su fuerza. La zarabanda obligó al Times a ofrecer
disculpas a sus lectores y conducir una extensa pesquisa sobre
las prácticas y conductas de la compañía
para aplicar correctivos de fondo. Además fue una amarga
lección para la arrogante comunidad periodística
cuyo lema es "All the News That's Fit to Print"
("Todas las noticias que merecen ser publicadas").
Blair pertenece simultáneamente a varias minorías:
es negro, espléndido redactor, mitómano, drogadicto
y alcohólico. Pero también es un enfermo a quien
no se le diagnosticó a tiempo un cuadro maniaco-depresivo
que se fue agravando bajo la presión de la brutal competencia
profesional y las exigencias del diario, hasta que reventó.
En los periodos de euforia podía trabajar día y
noche, viajar por el país y producir literalmente docenas
de reportajes. Cuando lo atrapaba la depresión sus jornadas
eran igualmente largas pero dedicadas al consumo de alcohol y
cocaína, a la fiesta y al escándalo.
Un día inventó el nombre de un entrevistado y de
ahí en caída libre: notas de otros diarios, reportes
radiofónicos o de televisión y el archivo histórico
del mismo Times, fueron los cotos en donde cotidianamente
plagiaba para historias que hilaba y presentaba con su firma.
Pero no había maldad en su conducta. Blair es bipolar.
Cuando los editores del Times lo interrogaron, él
sostuvo que, como es común en el oficio, citaba otras fuentes.
Y realmente no tenía conciencia de las dimensiones de su
desvío ético.
"Engañé a las mentes más brillantes",
diría en una entrevista poco después de su desafuero.
Y así fue. También humilló y desilusionó
a amigos, colegas y conocidos que lo apoyaron cuando era investigado
porque supusieron que se trataba de un caso de discriminación
racial. En palabras de uno de los ofendidos, puso en peligro los
logros profesionales de las minorías en el periodismo norteamericano.
Blair no pretende justificarse. Su libro no es una diatriba contra
el establisment blanco, anglosajón y protestante
confabulado contra el negro que lo desafió. No. Jason acepta
que él mismo destruyó "la morada de su amo"
-es decir, su propia vida, en parodia del versículo-. Además,
como lo hiciera el novelista William Styron en su conmovedor libro
Memoria de la locura, da una voz de alerta contra la amenaza
de una enfermedad silenciosa que, como el cáncer, puede
matar si no es tratada a tiempo: la depresión.
Tal vez sin proponérselo, el libro también echa
luz sobre un territorio por definición oscuro: la vida
interna de los medios. Las empresas de noticias son las más
agresivas militantes a favor de la transparencia para el resto
del mundo y los demás mortales, mas pídaseles reciprocidad
y brincarán como demonios y denunciarán ataques
"a la libertad de expresión". Esto pasa en todas
partes, pero el libro de Jason permite una comparación
interesante: acá es muy fácil mentir, calumniar
y difamar con impunidad. Allá, la presión
del mercado obliga, por lo menos, a un farisaico mea culpa.
Cooke y Blair nos dejan una gran enseñanza a todos los
periodistas... y a los cuentistas que se sienten reporteros.