De Janet Cooke a Jayson Blair


Escándalos periodísticos



Miguel Ángel Sánchez de Armas



                                                                               
 Presidente Honorario de la Fundación
                                                    Manuel Buendía AC

                                                                                            
                                                                                              
                               

  


 

William Faulkner dijo que el novelista puede ser amoral y no vacilar ante nada que le impida completar su obra, pues en la literatura el fin justifica los medios. Mas en el periodismo ni el mejor de los fines justifica la inmoralidad de los medios. Evidentemente, Janet Cooke no sabía de Faulkner, como tampoco Jayson Blair. Y, para ser justos, muy pocos de quienes hoy leemos en la prensa nacional.

Ambos nos dejan una gran enseñanza a todos los periodistas... y a los cuentistas que
se sienten reporteros.

Janet Cooke es una hermosa y vital negra con aire dramático y un extraordinario talento para escribir. También es la cruz que el periodismo -especialmente el Washington Post y en particular Benjamin C. Bradlee- llevará a cuestas para siempre. A los 26 años escribió una vívida y dolorosa historia sobre un heroinómano de ocho años a quien el concubino de la madre inyectaba periódicamente. La información se publicó en primera plana el domingo 28 de septiembre de 1980 y tuvo en vilo a la ciudad durante semanas. El 13 de abril de 1981 ganó para Cooke el Premio Pulitzer.

En las primeras horas del 15 de abril de 1981, Janet Cooke confesó que era una invención: Jimmy no existía, y tampoco el concubino. Desde ese momento la expresión "Janet Cooke" se hizo sinónimo de lo peor en el periodismo norteamericano, tal como la palabra "Watergate" significó lo mejor.

Así inicia Ben Bradlee, el legendario director del Washington Post, el capítulo de su autobiografía dedicado a otro de los grandes escándalos periodísticos del siglo, antecedente en línea directa del "caso Jayson Blair", que adelante referimos.

Bradlee fue uno de los héroes de mi generación. Después del estreno de Todos los hombres del Presidente pedíamos a la Virgen un director como él, bajo cuya batuta pudiéramos emular, así fuera un poquito, a Woodward y Bernstein. Pero ese director nunca nos llegó. Y luego supimos de Janet Cooke.

William Faulkner dijo que el novelista puede ser amoral y no vacilar ante nada que le impida completar su obra, pues en la literatura el fin justifica los medios. Mas en el periodismo ni el mejor de los fines justifica la inmoralidad de los medios. Evidentemente, la Cooke no sabía de Faulkner, como tampoco el Blair; y, para ser justos, muy pocos de quienes hoy leemos en la prensa nacional.

Janet fue, en palabras de Bradlee, "el sueño del periódico". Una negra con inigualables credenciales académicas, políglota, vital, elegante y, por si fuera poco, gran escritora. A mediados de los setenta, el Washington Post estaba rezagado en su meta de aumentar el porcentaje femenino y de minorías raciales en la redacción y ella sola llenaba dos huecos. Una bendición. "¡Contratémosla antes de que la ganen el Times o Newsday!", fue la consigna entre los mandos que la entrevistaron. En sus primeros ocho meses en el Post firmó 55 notas, hazaña no menor. Proporcionalmente, cuando su falsificación fue descubierta apareció un rosario de mentiras: no se había graduado en Vassar, no había estudiado en La Sorbona, no hablaba más que inglés, no... vaya, aparentemente lo único cierto de su currículo es que era negra, y que escribía muy bien.

¿Qué sucedió? En 1982 en una entrevista de televisión dijo que había inventado a Jimmy como consecuencia de la terrible presión interna del Washington Post, en cuya redacción se seguía viviendo el ambiente de competencia generado a principios de la década anterior con los éxitos periodísticos del affaire Watergate. Al parecer algunos informadores le habían insinuado la existencia de niños drogadictos, pero al no dar con ninguno decidió inventar a Jimmy para aplacar a los editores del periódico que la presionaban para escribir sobre esos casos. Janet se equivocó. El dramático artículo sí merecía el Pulitzer... pero de literatura. Tiempo después de que la verdad quedara al descubierto para la eterna vergüenza del diario y de su director, Janet se casó con un diplomático y se mudó a París. En 1996 vendió su historia a la revista GQ y los derechos cinematográficos por un millón y medio de dólares.

Como lo haría el Times 15 años después con su propio tropiezo, el "caso Blair", el Post ordenó una investigación interna que se publicó con entrada en primera y cuatro planas interiores. En su libro, Bradlee recuerda que tomó la decisión de que nadie revelaría más del asunto que el propio periódico. "De mis años en la marina aprendí que para salvar a un buque lo más importante es el control de daños". Y el único control de daños era decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

La casa de mi amo

Con el sugerente título de Incendiando la morada de mis amos, recientemente apareció el testimonio de Jayson Blair, el reportero del New York Times que hace tres años protagonizó uno de los grandes escándalos de la profesión al ser evidenciado como un contumaz, si bien talentoso, plagiario.

Jayson Blair es un caso alucinante. A los 27 años se decía que iba en camino de convertirse en una versión negra de George Polk. En breve tiempo transitó de la escuela de comunicación al periodismo estudiantil, a las prácticas profesionales, al trabajo en medios, al ascenso rutilante y al despeñadero. Bastó que una colega detectara sospechosas similitudes entre un reportaje suyo y otro de Jason para sacar a luz una pasmosa historia de decepciones, mitomanía, artificios, embustes, enredos e invenciones que arrastró a los mentores del reportero y aniquiló sus largas y honrosas carreras, y puso un ojo negro al legendario periódico que publicó los documentos del Pentágono.

Desde el desorden de su pequeño departamento neoyorquino, Blair escribió reportajes y artículos sobre lugares que no conocía, con declaraciones de personas a las que nunca entrevistó y descripciones de paisajes que jamás vio, para las páginas de uno de los más influyentes rotativos del mundo.

¿El mayor fraude periodístico desde el escándalo de Janet Cooke? Sí y no. (A Cooke, reportera del Washington Post, le fue retirado el Premio Pulitzer cuando se descubrió que había inventado a los personajes de "El mundo de Jimmy").

Jayson se convirtió en el protagonista de la nota roja del oficio y levantó una ola que aún no pierde del todo su fuerza. La zarabanda obligó al Times a ofrecer disculpas a sus lectores y conducir una extensa pesquisa sobre las prácticas y conductas de la compañía para aplicar correctivos de fondo. Además fue una amarga lección para la arrogante comunidad periodística cuyo lema es "All the News That's Fit to Print" ("Todas las noticias que merecen ser publicadas").

Blair pertenece simultáneamente a varias minorías: es negro, espléndido redactor, mitómano, drogadicto y alcohólico. Pero también es un enfermo a quien no se le diagnosticó a tiempo un cuadro maniaco-depresivo que se fue agravando bajo la presión de la brutal competencia profesional y las exigencias del diario, hasta que reventó.

En los periodos de euforia podía trabajar día y noche, viajar por el país y producir literalmente docenas de reportajes. Cuando lo atrapaba la depresión sus jornadas eran igualmente largas pero dedicadas al consumo de alcohol y cocaína, a la fiesta y al escándalo.

Un día inventó el nombre de un entrevistado y de ahí en caída libre: notas de otros diarios, reportes radiofónicos o de televisión y el archivo histórico del mismo Times, fueron los cotos en donde cotidianamente plagiaba para historias que hilaba y presentaba con su firma. Pero no había maldad en su conducta. Blair es bipolar. Cuando los editores del Times lo interrogaron, él sostuvo que, como es común en el oficio, citaba otras fuentes. Y realmente no tenía conciencia de las dimensiones de su desvío ético.

"Engañé a las mentes más brillantes", diría en una entrevista poco después de su desafuero. Y así fue. También humilló y desilusionó a amigos, colegas y conocidos que lo apoyaron cuando era investigado porque supusieron que se trataba de un caso de discriminación racial. En palabras de uno de los ofendidos, puso en peligro los logros profesionales de las minorías en el periodismo norteamericano.

Blair no pretende justificarse. Su libro no es una diatriba contra el establisment blanco, anglosajón y protestante confabulado contra el negro que lo desafió. No. Jason acepta que él mismo destruyó "la morada de su amo" -es decir, su propia vida, en parodia del versículo-. Además, como lo hiciera el novelista William Styron en su conmovedor libro Memoria de la locura, da una voz de alerta contra la amenaza de una enfermedad silenciosa que, como el cáncer, puede matar si no es tratada a tiempo: la depresión.

Tal vez sin proponérselo, el libro también echa luz sobre un territorio por definición oscuro: la vida interna de los medios. Las empresas de noticias son las más agresivas militantes a favor de la transparencia para el resto del mundo y los demás mortales, mas pídaseles reciprocidad y brincarán como demonios y denunciarán ataques "a la libertad de expresión". Esto pasa en todas partes, pero el libro de Jason permite una comparación interesante: acá es muy fácil mentir, calumniar y difamar con impunidad. Allá, la presión del mercado obliga, por lo menos, a un farisaico mea culpa.

Cooke y Blair nos dejan una gran enseñanza a todos los periodistas... y a los cuentistas que se sienten reporteros.