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La
ética y las filtraciones ayer y hoy
El
efecto Buendía
Rogelio
Hernández López
Tomado de: Revista Mexicana de Comunicación,
Núm. 86, abril - mayo 2004.
Una forma de repensar al periodista Manuel Buendía
Tellezgirón, 20 años después de
su asesinato, es hacerlo sin las ligas sentimentales
de haber sido su alumno y/o su amigo, y sin el compromiso
de impulsar su pensamiento y obra como miembro de la
Fundación que lleva su nombre.
De
ese modo, desde fuera de sus círculos concéntricos,
también pueden resultar interesantes algunas
reflexiones enfocadas solamente a tres aspectos: el
efecto de su trabajo, la ética y las filtraciones,
asuntos importantes para el ejercicio cotidiano del
periodismo.
Primero
hay que reconocer que son ciertas las aseveraciones
colectivas y reiterarlas aunque sean verdades de Perogrullo.
Por ejemplo, que desde 1984, los 30 de mayo quedaron
marcados en México como el día en que
debe recordarse que mataron a uno de sus mejores y más
influyentes periodistas.
Coincidimos
también en que, 20 años después
de no estar físicamente, el columnista sigue
siendo recordado por muchos periodistas y políticos
en todo el país, un tanto por las labores de
la Fundación y un mucho porque el periodista
tenía el tamaño suficiente para no ser
olvidado.
Sobre
su presencia actual, esa lastimadura colectiva que provocó
su violento asesinato ha ido menguando gracias a lo
que aportó Buendía al ejercicio profesional.
Los que ordenaron su crimen sin duda alguna querían
detenerlo a él, y por efecto colisión
también a su modo de hacer periodismo, pero no
pudieron desaparecerlo.
Ahora
sabemos que el crimen sólo impidió, y
temporalmente, divulgar los temas que traía en
su agenda esos días, pero no logró contener
el efecto Buendía en el periodismo mexicano.
El
modo Buendía de hacer periodismo hizo
escuela. De eso, ya no hay duda. La Fundación
Manuel Buendía, Miguel Ángel Sánchez
de Armas y Omar Raúl Martínez ayudaron
a crear ese efecto. Pero se necesitan más Buendías.
En
su tiempo ya se decía en las aulas y en las pláticas
de café, o ante copas, que el mejor periodismo
debía respetar esencialmente ciertas actitudes
de trabajo y una vocación ética. Buendía
lo hacía.
Una
vocación es la de interesarse de cualquier asunto
político de interés periodístico
e investigarlo, por sistema, hasta lograr esclarecerlo
o reconstruir sus historias ocultas. No quedarse con
las declaraciones o lo fenoménico. Investigar,
pues, como primera condición del periodista.
Otra
debe ser la persistencia en ubicar los hechos o fenómenos,
por nimios que parezcan, en el ámbito de lo trascendente,
en la esfera de lo que afecta e interesa a la mayor
parte de la población. Lo contrario es preferir
lo que afecta a las sensaciones.
El
otro elemento es el estilo para presentar las historias,
que en Buendía era harto reconocido. Una buena
redacción, como lo saben los periodistas, se
logra con persistencia, con autocrítica hasta
llegar al dominio del lenguaje y al uso del criterio
de cercanía sin demérito del manejo de
los datos más sólidos.
También
en esto y quizá más singularmente Buendía
enriqueció el estilo, más que humorístico,
sardónico y lapidario que varios columnistas
siguen intentando. Esta es una de las referencias que
más se siguen escuchando del periodista.
Componente
para investigar
Sobre
lo ético, antes y después de aquel 30
de mayo Buendía era sujeto de un cuestionamiento
mayor. Se corría que por sus contactos, relaciones
y temas que abordaba era un periodista de Estado.
El
único punto de apoyo para esa aseveración,
según recuerdo, era que la mayor parte de sus
asuntos provenían de filtraciones que se usaban
para servir a políticos del poder en sus ajustes
de cuentas.
Antes
esa afirmación sacudía. Hoy se tienen
más elementos que demuestran que provenía
del reino de la estupidez o de la mala leche desde el
nacimiento.
Claro
que Buendía trabajaba con filtraciones. Nadie
puede negar que en la misma medida que él crecía
en profesionalidad e influencia, igual le llegaban
más filtradores que a ningún otro periodista,
fuese reportero, directivo o columnista.
Pero,
¿eso lo hacia mal periodista o rechazable? Al
contrario, implicaba otro elemento de su ejercicio periodístico
que en su caso lo hacía mejor que muchos.
Las
filtraciones son inmanentes al periodismo y cuando aparecen
son de distinto tamaño, intención y alcances.
A veces sólo llegan en forma de un dato
para investigar, otras traen explicación, las
más interesadas traen datos, secuencia, proyección
de secuela y hasta presuntos responsables.
En
cualquier lugar del mundo las filtraciones han sido,
y son, uno de los componentes de la información
periodística, incluso debe considerarse como
elemento básico para la investigación
periodística de lo desconocido, como dice el
lugar común, aquí y en China.
El
manejo de las filtraciones, por supuesto, implica retos
enormes. El periodista bien formado, maduro, sabe utilizarlas
como elemento de punta de madeja o de confirmación
de investigaciones propias, no hacerlo implica servir
de instrumentos de golpeteo del filtrador.
Manuel
Buendía sabía todo eso porque buena parte
de sus temas, que tenía bajo control en sus archivos,
eran detonados por filtraciones que confirmaban o agregaban
lo más nuevo a sus seguimientos.
Ahora,
las filtraciones aquí, como en otros países,
son cada vez más notorias porque corren proporcionalmente
al crecimiento de la competencia política, la
organización social y la autonomía de
los medios.
Los
filtradores eligen medio y periodista
Hoy
los periodistas, de casi todos los medios mexicanos,
diariamente divulgan asuntos nuevos, trascendentes,
que hacen temer a muchos actores de la política.
Es seguro que buena parte de sus asuntos se originan
de filtraciones y su efecto hace crecer la idea de que
el periodismo es también, cada día más,
el vehículo privilegiado de la contraloría
social.
¿Cómo
se comportaba Manuel Buendía frente a las filtraciones?
Cabe un ejemplo hipotético: ¿Qué
habría hecho Manuel Buendía frente al
ciclo de filtraciones desatado recientemente en México?
Hay
dos casos que deben observarse bajo microscopio, por
el efecto que provocaron y que dividieron a los periodistas
entre dos tesis:
Por un lado, algunos sostienen que era necesario divulgarlas
al botepronto por pertenecer al ámbito
del ejercicio reprobable de los funcionarios o políticos.
Por
el otro, algunos pensamos que era indispensable investigar
más, confirmar y dilucidar cada actuación
antes de hacerlo público y así evitar
los daños que produjeron.
Uno
es el caso de Miguel Cavallo, argentino acusado de ser
torturador en su país que, con personalidad disfrazada,
se coló en México hasta la dirección
del Registro Nacional de Vehículos (Renave).
Al filtrarse que su presencia fue posible por la responsabilidad
de Raúl Miguel Ramos Tercero, entonces subsecretario
de Normatividad y Servicios a la Industria de la Secofi,
éste se suicidó y según su carta
póstuma, del 7 de septiembre del 2000, fue por
culpa de la prensa que lo acusó y condenó
sin miramientos y sin esperar un juicio legal.
El
otro fue la divulgación de la filtración
de los videos que implicaron manejos irregulares de
dinero y cargos públicos al menos cinco dirigentes
del Partido de la Revolución Democrática
en marzo del 2004.
Buendía,
pienso yo, habría recibido ambas filtraciones,
pero no las divulgaría hasta no haber investigado,
confirmado, desenredado antes las tramas que se diseccionaron
abierta e inmisericordemente en todos los medios, con
demasiado estruendo, y construyendo un demoledor ambiente
torquemadista.
Buendía
habría averiguado, en el caso de los perredistas,
quién era el filtrador (Carlos Ahumada) y que
su móvil era la venganza porque sus apoyos financieros
a esos políticos no habían logrado el
efecto que quería para obtener más ganancias
en empresas reales y fantasmas de la construcción.
Quizá
Buendía habría cabeceado, en ese su estilo:
“El señor de los sobornos se dice chantajeado”.
Y hasta podría haber denunciado y relatado la
ruta y la secuela destructiva que se habían planeado
para esos videos.
Pero
los videos se filtraron calculadoramente al medio y
a los periodistas elegidos. Éstos los usaron
diligentemente porque eran mercancía pura, vendible,
abracadabrante debido a lo que implicaban,
aunque se menospreciara que llevaban el sentido de lastimar,
como lo hicieron, al acelerar una crisis a ese partido,
colisionar a su entorno político, a lo gubernamental,
a lo legal, al sistema de partidos, desgajar la carrera
política de los involucrados. Todo eso lograron,
aunque también sus efectos se revirtieron contra
el filtrador principal.
De
la ética profesional de Buendía, los más
jóvenes han aprehendido poco. Los veteranos,
sólo algunos. Los que no eran de su círculo
menos.
Lo
ético, como todos sabemos, se aplica a todas
las profesiones y actividades trascendentes y son esas
finas líneas de servicio y respeto a lo social
que el ejercicio del periodismo también debe
respetar, porque su fin primero es el de informar socialmente.
Esa
elemental visión ética del periodismo
se desborda con mucha facilidad. La competencia en la
política se extiende a la prensa cuando el mercado
ofrece suficiente espacio a los medios, como ley ineludible
y concita a que, en aras de ganar la nota,
de vender, se vuele la información (se
interprete en falso), se divulguen temas insuficientemente
investigados aunque con ello se afecten de forma injusta
procesos de vidas, humanas o sociales.
Mas
esos filos del riesgo de violentar la ética por
vender una nota insuficientemente investigada o calculada
en sus efectos, no pareció crearle problemas
a Buendía, o al menos no hay indicios de que
haya causado ese tipo de daños y tan injustificadamente.
En
una visión de 20 años, considero que el
modo Buendía de hacer periodismo sí hizo
escuela, pero no fue suficiente su fuerza.
De cualquier manera, recordar a Buendía es como
invocar uno de esos vientos refrescantes que soplan
intermitentes, junto con los que provienen de la revista
Proceso, de los que formaron parte de la Unión
de Periodistas Democráticos y de otros que supieron
entender y atender las exigencias de la sociedad mexicana
y los cambios de la profesión en el mundo.
Los
cambios y Buendía
De
los cambios que han ocurrido para mejorar al periodismo
mexicano algunos tienen el influjo Buendía, especialmente
en prácticas individuales.
Su
aporte es como la imagen anticipatoria de un comportamiento
paradigmático que, a pesar de su fuerza, aún
no se reproduce en decenas de periodistas mexicanos.
Sobre
los cambios hay lecciones elementales de las ciencias
sociales que no deben olvidarse.
Los
cambios, como en todo y especialmente en esta profesión
que es del mayor interés público, obedecen
conjuntamente a su entorno y a su proceso interno. Influyen
los distintos procesos económicos y políticos,
los movimientos sociales que por sus necesidades van
imponiendo ajustes o cambios drásticos, las más
de las veces a contracorriente de los políticos.
Todo
el entorno modifica ineludiblemente a la industria y
al mercado de la información y hace que los sujetos
acumulen pautas de evolución o de involución.
El
periodismo mexicano, en promedio, ha cambiado mucho
en los últimos 20 años. Ha ganado en libertad
para bien de la sociedad, pero su desarrollo es muy
defectuoso y desigual.
En
ese tiempo hemos visto llegar muchos fenómenos,
presentes casi todos, que ya no corresponden al modelo
del periodismo político dependiente, el de las
muchas ligas y mutuas conveniencias con los gobiernos,
porque ese modelo está agotado en México.
Hoy
quiere enraizarse otro modelo, de mayor autonomía,
más profesionalidad, más investigación
pero contradictoriamente no puede llegar porque se hace
más dependiente de un mercado voraz de la información
y que provoca nuevas contradicciones.
El
mercado se agranda, se achican las ganancias y se devalúa
la información de servicio social. El imperio
de lo fugaz ha sido impuesto por los medios electrónicos.
Los diarios en occidente se han reducido a su mínima
expresión.
La
competencia por la publicidad se hace feroz y ello conlleva
el desbordamiento de la prensa popular, la
amarillista, a los diarios regalados, a la conversión
del lector en espectador, a la reducción –cual
obrero industrializado– del periodista.
Pero,
como reiteraba Buendía en sus conferencias, anticipándose
a las depresiones de Ramonet: los periodistas no desparecerán.
Se necesitan no sólo como informadores sino porque
su creciente labor de contraloría social impone,
con hechos y denuncias, los nuevos filos de la ética.
Pero para eso se necesitan muchos como Manuel Buendía
que puedan adaptarse al nuevo mercado sin ser domeñados.
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