Foro Universitario de Comunicación Iberoamericana
en línea

El maestro de maestros del periodismo mexicano

REGINO HERNÁNDEZ LLERGO

Antonio Sierra García

Regino Hernández Llergo salió de la cárcel, con el uniforme puesto, sin un centavo y muerto de frío. Caminaba por las calles del centro, todavía con el grito pegado a la oreja: ¡Absuelto!.

Llegó a la Alameda. Busco alguna banca y se acomodó con la intensión de dormir. Era bastante. No se explicaba por qué lo perdonaron, sobre todo, si estaba en iguales condiciones que sus compañeros del Colegio Militar. Al ser cerrada la institución, cada quién tomo su bando. Regino y sus amigos optaron por Huerta.

Fueron aprehendidos y sometidos a un Consejo de Guerra. La mayoría cayó frente a un pelotón de fusilamiento, extrañamente Hernández Llergo estaba vivo, sin un centavo y con un perdón que él no había solicitado.

Pretendía ser general y su malograda carrera terminaba así, después de escasos dos años.

En la Alameda, durmió algunas horas y al despertar, todavía en la oscuridad, continuó su paso por las calles vacías. Entre las casas y edificios enmudecidos miró una puerta abierta de donde provenía un sonido semejante al galope apresurado de los caballos.

Era El Universal de Palavicini. Con el frío en la espalda se paró y le pidió un café al primer hombre que encontró. El trabajador conmovido por la imagen del joven, lo atendió y le susurró: "puedes dormir ahí entre los recortes de papel".

Y Regino durmió con el ruido mecedor de las máquinas de imprenta que después él limpiaría.

Estas y otras anécdotas novelescas permanecen indelebles en la memoria de los familiares de Hernández Llergo. El destino o la casualidad hicieron posible que yo escuchara estos pasajes en voz de Bertha Hernández, hija de Regino; Raúl Osorio, yerno de don Francisco Hernández Llergo, hermano menor del periodista que entrevistó a Villa en 1922.

El soldado que quiso ser general

-Nata, Nata se sabe fechas, se sabe todo- dice don Francisco, refiriéndose a Natalia Hernández, hermana de Regino.

Los rasgos de Francisco son parecidos a los de Regino. Es muy alegre; dicen que así era su hermano, siempre contento. Es de las personas que nunca pierden la jovialidad.

Después de intercambiar algunas frases protocolarias, Francisco entra en materia.
-Tú hiciste la tesis sobre Regino.

- Si, le respondí.

Al atardecer, llegamos a la casa de Bertha Hernández, en el sur de la ciudad.

Con la tesis en la mano, expliqué de la manera más concisa que fue capaz de realizar la investigación De la Revolución Mexicana a la Revolución del Periodismo, donde hablaba de la aportación de su padre en la prensa nacional, y expuse un poco de lo contenido.

Luego, con pasos ligeros y con la mayor discreción como evitando interrumpir la visible conversación apareció su esposo, Raúl Osorio.

Nadie recuerda con precisión la fecha en que salió de Cunduarán, Tabasco, pero los familiares apuntan que tenía 17 años de edad. Dejaba su tierra y el aire fresco que sólo la provincia ofrece, para emprender el viaje a la Ciudad de México, con el propósito de estudiar. Francisco Hernández Llergo mencionó que Regino salió sin nadie que le acompañara en aquella aventura.

Regino estudió dos años en el Colegio Militar, pero no pudo concluir ya que estalló la revolución y cerraron la escuela. El joven optó por las filas huertistas sin imaginar que esa elección le costaría la vida a varios de sus compañeros.

Bertha comentó que su padre se salvó del perdón porque sus compañeros del Colegio Militar habían hecho un pacto. El convenio consistía en apoyarse en cualquier circunstancia, sin importar el grupo revolucionario que eligieran.


Relato la historia que sobrepasa cualquier fantasía: El día que se realizó el consejo, varios de los presos fueron sentenciados y fusilados. Sin embargo, cuando le toco el turno a Regino, uno de los capitanes reconoció al joven tabasqueño y al escuchar el nombre, gritó ¡Absuelto!

Hernández Llergo no adivinó el motivo de aquel perdón. No se acordaba del acuerdo que algún día hiciera con sus compañeros.

El capitán que lo salvó conseguiría el sueño que la vida le negó a Regino: el grado de general.

Hernández Llergo después de recobrar su libertad encontraría su verdadera vocación: el periodismo.

El general escribió en la revista Impacto que editó Regino en 1949. Era una muestra de afecto por aquella deuda impagable, no podía negarle un espacio a quien le había salvado la vida. Por eso la orden de Regino fue contundente: "Escribe pura pendejada, pero escriba lo que escriba se le publicará".

El juicio de Lucio Blanco

La conversación con la familia Hernández Llergo fluía entre risas y comentarios de uno de los periodistas más significativos de esta centuria. Todos escuchábamos a Bertha y Raúl que alegres rememoraban las hazañas de Regino. Refirieron al día en que inició como reportero del periódico El Universal, donde la casualidad no deja de sorprender, pues dos jurados señalaron el camino de Regino; uno lo expulsó de la milicia y otro lo recibió como periodista.

Roberto Blanco Moheno, en el libro Memorias de un reportero, homenaje y reconocimiento a la carrera de Hernández Llergo, narra como fue el inicio de Regino en la vida periodística:

"Como a las once de la noche correspondiente a la tarde del juicio de Lucio Blanco, Félix Palavicini, que ha dejado a su esposa en casa después de asistir al teatro... pregunta a Quiroz, su jefe de redacción:

- ¿Cómo está la nota sobre Lucio? ¿Lo absolvieron o lo fusilan mañana, como me aseguraron?

La tragedia había iniciado. No hubo nadie que cubriera el juicio de Lucio Blanco. Félix Palavicini se fue hasta le redacción, pero no encontró a ningún reportero, pues ya era tarde. En ese instante, Regino le dijo a Palavicini:

-¡Yo voy!

- Pero cómo vas a ir, si tú no eres periodista, contesto Palavicini.

- Yo voy.

Regino se fue apresurado a la cárcel de Belén para presenciar el juicio. Se metió por el tragaluz porque ya no dejaban entrar; ahí tomó notas trepado en el domo. Regresó a la redacción y con sus dedos inexpertos comenzó a golpear las teclas de una máquina de escribir. Los golpes interminables anunciaban el nacimiento de un reportero. Anotó todo cuanto observó aquella noche y contrario a lo que se esperaba entregó no una, sino varias páginas que daban cuenta de aquel suceso.

Cuando llegó Palavicini, Hernández Llergo le pidió que leyera su primer trabajo periodístico. El director y sus colaboradores permanecieron mudos ante la capacidad del joven que había narrado con todo detalle el juicio de Lucio Blanco. Al día siguiente El universal publicó la nota a ocho columnas"

Villa; un hombre muy tierno

Durante la entrevista, se tocaron diversos temas. Entre los recuerdos no pudo faltar la entrevista, memorable por sus revelaciones, que Regino realizó en 1922: Una semana con Villa en Canutillo.

Raúl expuso que Regino admiraba al Centauro del Norte. "A raíz de la muerte de Francisco Villa, Hernández Llergo empezó a luchar con todo su corazón y con toda sus fuerzas para que reconocieran al general como un héroe y logró las letras de oro en la Cámara de Diputados. También consiguió que la glorieta de avenida Universidad llevará el nombre del General "

Fue muy polémico el trabajo, tanto que "en los libros de historia de 1950, decía que Regino había matado a Francisco Villa. Eso se estudiaba entonces. Él a través de toda su historia periodística, logró desaparecer esa imagen".

En aquella entrevista, lo único que hizo Regino fue decir la verdad. "Publicó lo que le dijo Francisco Villa y nada más".

"Villa era una gente ignorante. Robaba en los Estados Unidos, robaba bancos en la frontera de Chihuahua, en el tiempo de la revolución. Villa formó un bando y no se separó. Regino decía que Canutillo era como un estado ejemplar. El Centauro nunca compró en mercados, en la hacienda se producía todo lo que se consumía. Vivía gente por montones"

Sentado en su sofá, Raúl continúa con su relato, hablaba pausado y con claridad, al escucharlo parece que uno se encuentre frente a un orador. Por momentos, levantaba la mano y la movía al mismo tiempo que revelaba aquellos recuerdos de las cenas con Regino.

En aquel tiempo, Villa era el único que no se dejaba entrevistar. Nadie podía entrar a Canutillo, ningún periodista. Regino le solicitó en varias ocasiones, y siempre recibía respuestas desalentadoras. Hasta que convenció al General. El periodista le insistió:

-Yo quiero convencerlo a usted, cómo le puedo hacer.

-Léeme en las noches a ver si sabes leer, contestó Villa.

El general le anunció que quedaba prohibido tomar alguna nota. "Sólo lo que te lleves en la cabeza". El periodista insistió a Villa si podía publicar la entrevista y el general le respondió:

-Lo que te lleves aquí, y Raúl levantaba el dedo índice señalando la cabeza; lo que quiera, pero diga la verdad.

En Canutillo, Regino se dio cuenta cómo vivía la gente. Decía que la hacienda era un ejemplo, un orden, hasta cuando se emborrachaban. La imagen que dejó el Centauro de aquella entrevista que se publicó en 15 idiomas, era la de "un hombre muy tierno".

"Pero lo realmente bonito, es que en las noches le leía Regino a Francisco Villa. Le leía libros y de lo que se decía de él".

Por otra parte, Raúl refirió algunos datos de la carrera periodística de Hernández Llergo. "Antes de ingresar al periódico El Globo, hubo un intervalo en El Universal". Regino fundó El Universal Gráfico y después El Universal Taurino, sin saber nada de toros.

Le gustaba la fiesta porque antes significaba mucho, era un punto de reunión de la élite, no sólo artística, sino política y cultural. Así Regino dirigió por primera vez una revista taurina.

Contrario a lo que se supondría, nunca le gustó el diario. " Le gustaba la revista y el reportaje, decía que el periódico servía para el baño y era material para el boiler" además consideraba que el diario no tenía la trascendencia que el semanario. Lo más relevante del periodista, mencionó Raúl, "fue haber sido el iniciador del mundo revisteril".

Las bondades de don Regino

Bertha y Raúl no solamente hablaron del periodista, sino también de las bondades del tabasqueño. La hija de Regino recordó con alegría que su padre llegaba a su casa a las dos y media de la tarde, en Río Pánuco N. 41, y había todos los días del año, una fila de cómo 30 personas en calle, desde la puerta hasta que daba la vuelta en Río Rhin.

La gente que solicitaba alguna ayuda, esperaba al director de Impacto. Las señoras junto con sus hijos, aguardaban sentadas, lo mismo que los señores que necesitaban dinero para la compra de sus medicamentos. Tenían la certeza de que sus urgencias serían cubiertas.

Cuando llegaba Hernández Llergo, antes de entrar a su despacho, introducía su mano al bolsillo de su pantalón y comenzaba a repartir su dinero a aquellas personas. Bertha recordó cuando Raúl era su novio y le reclamó:

-Oiga don Regino, una de las señoras trae una receta vieja, con la fecha de hace un año, le están tomando el pelo.
-Usted cree que me están tomando el pelo - contestó.
-Mire, mire la receta.
-A mí que me importa la receta, si están allí parados tres horas es porque lo necesitan.

La casa de Regino estaba abierta a todo el que quería entrar, desde los ministros hasta las personas más humildes. A todo el mundo lo trataba de caballero. La hija de Regino, expuso con una sonrisa en los labios, que era muy curioso lo que pasaba en su domicilio, porque hablando de temas importantes de la política y la cultura, las personas entraban por el patio; se iban hacia la cocina y salían por otro camino con bolsas llenas de fruta.

"Afuera de la casa había un cilindrero que tocaba dos o tres canciones". Las melodías de aquel hombre acompañaban a Regino durante la comida. Cuando lo dejaba de escuchar, el periodista interrumpía la plática y interrogaba con un gesto de preocupación si había comido antes de partir y enviaba a alguno de sus trabajadores con la misión de regresar con el cancionero. Al volver Regino se levantaba de la mesa y en tono amable decía: señor, porque se fue si es la hora de la comida, me hace usted el honor de pasar a comer".

Esas historias se hicieron costumbre en el domicilio del periodista.
Cerca de la casa había una iglesia. La gente iba a pedir ayuda y el mismo sacerdote los mandaba a la casa "vayan a la vuelta en Río Pánuco N. 41".

Las anécdotas que contaba la familia de Hernández Llergo fueron durante los últimos años de su vida. Regino estaba como director de la revista Impacto, que editó en 1949, para ese tiempo, ya no asistía a las reuniones ni aceptaba invitaciones ni regalas de nadie.

Bertha, fiel a sus recuerdos acotaba que en su casa comenzaban a llegar regalos desde principios de diciembre. "Llegaban canastas de tres pisos, porcelanas". Eran obsequios de presidentes, ministros, gobernadores; antes de navidad la casa adquiría la apariencia de un almacén de regalos.

"Y nunca le interesó alguno. Le llevaban plumas de oro con su nombre, relojes, sin embargo, nunca usó reloj ni anillos". Mejor optó por regalar los obsequios sin la menor preocupación.

Un despacho de asesorías

La relación de amistad de los presidentes con Regino, casi siempre fue de cordialidad. En ocasiones tuvo dificultades con algunos de ellos, pero fácilmente las libraba. Fue amigo de Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines y muchos políticos de entonces.

-Con Miguel Alemán, por ejemplo, mantuvo una gran amistad y fue compañero hasta de parrandas.

Hernández Llergo fue un hombre que aprendió a escuchar, eso lo ayudó mucho, las personas acudían a él para pedirle algún consejo. Raúl comenta que cuando murió el ex gobernador de Tabasco, Carlos Madrazo, en un accidente aéreo en 1969, don Regino cayó enfermo. Era su compadre. El día anterior a la tragedia estuvo en casa del periodista, hablaron en privado. Madrazo se iba a postular como candidato a la presidencia e indiscutiblemente quería saber la opinión de Regino y al final, el periodista le refrendó su apoyo.

Al día siguiente, cuando le dieron la noticia, la gente que estaba cerca del director de Impacto, contaría que Regino sólo exclamó: "¡Carajo!, se lo dije".

La oficina de Regino se convirtió en un lugar de asesorías, pues iban políticos, artistas y todo el que quería una opinión o consejo. El periodista daba la confianza de platicar de cualquier asunto, los que no lo conocían se cohibían al verlo, pero después de esbozar algunas palabras eso terminaba.

Siempre dedicado a su trabajo, sentado frente a su escritorio, con la vista alerta a sus documentos. Cuando se percataba de la presencia de alguien, alzaba la cabeza, subía ligeramente sus anteojos y fijaba la mirada en la persona.

La discreción, esa compañera que pocos conservan para guardar los secretos, fue amiga de Regino. La rectitud aumentó cuando de mujeres se trataba. "Fue un buen enamorado". Algunos indiscretos quisieron indagar sus misterios y ante sus constantes preguntas sólo obtuvieron como respuesta una frase terminante: La discreción ante todo".

Bertha Lomelí, la esposa que acompaño al periodista hasta el final de su vida, mencionaría en alguna ocasión que eligió al tabasqueño por la personalidad y seguridad que le inspiraba el carismático personaje.

Las revistas de Regino

Después de haber contado algunas de las andanzas del tabasqueño, la familia se remontó, a las épocas donde el trabajo periodístico de Regino permanece oculto. En 1925 se fue de México, exiliado a los Estados Unidos por un problema que tuvo con Luis N. Morones, entonces líder de la poderosa Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM).

Una aventura forzosa lo esperaba, en esta ocasión, no dejaba su provincia sino su país. Refugiado en el norte, colaboró en el diario La Opinión que editó junto con Lozano. Todo el material periodístico permanece en los archivos de aquel periódico.

Raúl indicó que quisieron entrar periódicos mexicanos a los Estados Unidos para competir con La opinión, pero nadie lo logró. Pretendió ingresar El Sol de México, El Universal, Excelsior y nunca pudieron con el diario más importante de habla hispana.

Colaboró poco más de una década con el diario de Los Ángeles. Después de conocer todos los secretos del diarismo decidió regresar a su país para consagrar un sueño que sí se le cumpliría. Fundó la revista Hoy en 1937, sin duda un semanario importante en la época, no sólo por los temas y las personalidades que escribieron, sino por introducir aspectos técnicos inexistentes en el país.

Así inició la revista a gran formato; también fue importante porque el periodista le dedicó un espacio considerable al reportaje. En cada publicación, sin falta, había una o dos entregas con investigaciones relevantes.

Cinco años después de aquella innovación salió de Hoy, era la segunda revista que le cerraban, la primera fue Rotofoto que fundó en 1939; contenía fotoreportajes. El director fue José Pagés Llergo, su primo, y sólo se publicaron 13 números. Las fotos escandalosas no fueron bien recibidas por el presidente Lázaro Cárdenas y menos cuando publicaron una del general en calzoncillos.

Sin embargo, el problema de Hoy, fue una confrontación que tuvo con el presidente Manuel Ávila Camacho. No le pareció al entonces Jefe del Ejecutivo la forma en que publicaron una nota en la revista.

El 10 de mayo de 1941, el periodista publicó una nota donde narraba una fiesta infantil que se le había hecho al hijo de Lázaro Cárdenas; Cuauhtémoc Cárdenas para celebrar sus siete años.

Ávila Camacho consideró que la nota fue indiscreta y escrita con humorismo más o menos auténtico, que se enderezaba contra los concurrentes a una fiesta de niños, estimó que en la narración hubo "malevolencia disfrazada de jovialidad".

Después del incidente, hubo una aparente reconciliación, sin embargo, poco a poco entró la mano del presidente y terminó con Hoy.

Manuel Suárez, un agiotista y compadre del presidente, tenía la misión de introducirse al semanario prestándole dinero al director, aprovechando que las finanzas no eran nada optimistas por la escasa publicidad que en ese momento tenía la revista. No le quedó más remedio al periodista que aceptar el dinero que le ofrecía Suárez.

Las deudas se acrecentaron y un día Manuel Suárez llegó al despacho de Regino con la finalidad de cobrarle el dinero.

-Vengo a cobrarte no porque yo quiera que me pagues, sino porque tengo órdenes superiores.
-No tengo dinero- contestó Regino.
-No hay nada más que hacer, aquí está la revista, quédate con ella.

"El periodista se levantó de su escritorio, fue hasta el perchero, tomó su sombrero y se marchó".

Así, terminó Hoy, el semanario que publicó los reportajes nacionales e internacionales como los de José Pagés Llergo, corresponsal de México en la Segunda Guerra Mundial.

El tabasqueño, otra vez sin dinero, inició una nueva empresa al fundar la revista Mañana en 1943.

Raúl Osorio considera que Hernández Llergo fue hábil para los negocios. No recibía dinero de nadie. "Nunca vendió su pluma y respetaba siempre a los reporteros, pero siempre y cuando tuvieran pruebas".

Además de las revistas mencionadas, los familiares apuntan que editó la revista Alarma, que tenía un tiraje de dos millones a la semana sin devolución. La competencia era Alerta, que tuvo que cerrar cuando no aguanto el tiraje de Alarma.

En alguna ocasión, Salvador Abdo Haddad, un periodista tabasqueño que iba con cierta regularidad a casa de Regino, preguntó por qué no cerraba Alarma, pues consideraba que la publicación lo demeritaba.

-Yo le voy a pedir un favor, usted me da mi cheque de lo que me deja la revista y yo la cierro, respondía Regino.

Entre otras publicaciones de Hernández Llergo se encontraba Diversión, revista de crucigramas que tenía un tiraje de 60 mil ejemplares; otro de los negocios fue Casos de Alarma, el suceso más nombrado de Alarma y la fotonovela Valle de Lágrimas.

Después de 23 años de la muerte de Regino, poco se sabe ya del periodista y empresario tabasqueño. Se ha difundido más la figura de José Pagés, primo y discípulo de Hernández Llergo, que al propio maestro de varias generaciones de periodistas.

Jacobo Zabludovsky fue una de las personas que más difundió la labor de José Pagés quedando disminuida la presencia de Hernández Llergo. Las injusticias comenzaron cuando cambiaron el nombre de Regino por el de Pagés, de la avenida principal de Villahermosa, Tabasco.

La misma suerte hubiera ocurrido en México, pues el día que se le hizo una estatua a José Pagés, le apuntaron créditos que nunca le correspondieron. Muy a tiempo, la familia Hernández Llergo logró que le quitaran aquellas glorias inmerecidas. Acudieron con el entonces regente Manuel Camacho Solis para reclamar los derechos que le pertenecían a Regino. Jacobo Zabludovsky informaría que la familia Hernández Llergo había quitado algunos créditos de las publicaciones que fundó Pagés.

Las historias de Regino fueron variadas y se recordaron como en una película, breves tramos de la vida del personaje. La conversación se situó más en conocer al hombre que había detrás del reportero y empresario. Siempre apoyando a todo el que necesitaba y sobre todo a los tabasqueños. Su empeño por ayudar a la gente lo llevaría a fundar las Clínicas Prensa.

Así, terminaba el encuentro con la familia del periodista que murió dos veces. La primera; que terminaría con la ilusión de obtener un grado militar y la segunda; en 1974 cuando la vida se le acabó al "último periodista del siglo", diría José Pagés.

Hay que mencionar que las declaraciones de la familia Hernández Llergo, permitieron conocer un poco al hombre tabasqueño. Regino nunca olvido que en muchas ocasiones lo ayudaron; siempre hubo alguien que le brindó su apoyo para seguir su camino. Y cuando estuvo en la posibilidad de hacer algo por los que necesitaban su ayuda, lo hizo sin dudarlo.

Muchas personas que lo conocieron, resaltaron el sentido humano del tabasqueño. Esto es algo que los periodistas y cualquier profesionista no deben olvidar, porque sólo así se podrá apreciar a los hombres; para que las preocupaciones y demandas de la sociedad no sean indiferentes.

En los homenajes que se le hicieron en vida, los periodistas que hablaban de Hernández Llergo, no dejaban de expresar la historia del hombre que calificaban como "terriblemente humano". Quizás, si se pretendiera buscar algún vínculo entre el trabajo periodístico y la vida del tabasqueño, esté se reflejaría en el reportaje que desarrolló y promovió entre sus discípulos.

Sabía que para conocer las demandas de la sociedad no se logra en un escritorio; se necesita salir y encontrarse con la realidad, escuchar lo que la gente reclama. Y eso hizo Regino.

Finalmente, habría que retomar las palabras del periodista polaco, Ryszard Kapuscinski cuando señaló que un reportero "debe ser un hombre abierto a otros hombres, a otras razones y a otras culturas, tolerante y humanitario. No debería de haber sitio en los medios para las personas que las utilizaran para sembrar el odio y la hostilidad, y para hacer propaganda. El problema de nuestra profesión es más bien ético".

 

 

Revista Mexicana de Comunicación Fundación Manuel Buendia A.C. Guaymas 8-408 Col. Roma, C.P. 06700 México D.F. Tels.(0155) 5208 77 56 - 5208 42 61