EL
RATING Y LA PIEDRA
José
Alejandro Arceo Contreras
Universidad Nacional Autónoma
de México (UNAM)
"A
menos pensamiento, pensamiento más tiránico
y absorbente"
Miguel de Unamuno
Una
introducción necesaria
Francisco
Jorge Stanley Albaitero, más reconocido en
vida con el mote de Paco Stanley: desinhibido animador
televisivo, ameno locutor de radio, ocasionalmente
actor, conspicuo declamador de poemas, "galanazo"
por antonomasia, supo ganarse la simpatía de
un público mexicano acostumbrado a pasar muchas
horas frente a la televisión (también
conocida como "caja idiota"). Cuando permanecían
apagados los reflectores que tanta luz le brindaron,
Stanley pudo labrarle la cara adicional a esa moneda
-tan voladora por el aire- que constituyó su
vida misma. Como en el icono alegórico del
teatro, unidas indisolublemente, la comedia (la cara
alegre) y la tragedia (la cara triste), alternadamente,
impulsaron toda clase de vivencias en la existencia
del personaje en turno.
Aún con las enormes cuotas de popularidad registradas
a cada paso suyo por los medios de comunicación
¿amerita el recuerdo de Stanley, la redacción
de un ensayo? Si lo que se desea es responder a la
anterior incógnita -un tanto complicada por
cierto-, es importante no olvidar el trabajo interdisciplinario
en las ciencias sociales. Al respecto, desde terrenos
propios de la ciencia política, es factible
preguntar: ¿acaso no merece importancia la
utilización, por parte de los partidos políticos,
de rostros afamados para el apuntalamiento de sus
respectivas campañas electorales?
Aunque efímeramente, a Stanley le nació
cierta pasión por el poder político,
y nominado por el Partido Revolucionario Institucional
(el PRI o "RIP", como le denominara el monero
Rius), buscó en el marco de las elecciones
federales de 1988, una curul en la entonces naciente
Asamblea de Representantes del Distrito Federal (ARDF).
Para su mala fortuna, en esos comicios, los electores
capitalinos, y quizá el resto de los empadronados
a nivel nacional, le dieron la espalda al partido
hegemónico desde 1929 frustrando la posibilidad
de registro, en la historia política de la
Ciudad de México, de un asambleísta
Francisco Stanley1. (Al transcurrir
el tiempo, la figura del asambleísta, como
se recuerda, se extinguió en 1997, para dar
paso a la de diputado local).
Con el conocimiento en psicología social, es
posible advertir acerca de los peligros derivados
de la imitación de modelos de conducta extraídos
de la televisión. Al asumir conductas responsables,
no suelen observarse grandes problemas, en caso de
que lo "modelable" entre en acción;
pero ¿qué sucede cuando aquel se inmiscuye,
por ejemplo, en el tenebroso mundo de las drogas?
Drogas-farándula, se constituyen en una relación
estrecha, sumamente velada, auténtico secreto
a voces, matriz de una realidad ocultada, en muchos
casos bien documentados, con sutiles dosis de hipocresía,
útiles para presentar y justificar una supuesta
"soledad" de quienes trabajan en el ambiente
artístico, como la "causante" de
la tentación -y posterior caída en las
drogas- por parte del farandulero o farandulera, según
sea el caso.
Y para no variar, el popular señor Stanley,
en compañía de sus inseparables compañeros
Benito Castro y Mario Bezares, de vez en cuando, consumían
respetables cantidades de cocaína2.
Sabiendo, a partir de esta introducción, que
el otrora show man, fue un personaje ambivalente,
una mala copia del relato del Dr. Jekil y Mr. Hyde
¿se podrá escribir algo más
que una pobre biografía de poca relevancia,
para analizar el devenir de una "celebridad"
olvidable, quizá, en poco tiempo?3
Es fundamental para los objetivos de este trabajo,
mencionar, sin embargo, la más trascendental
victoria política de Paco Stanley: ese cenit
que su nombre logró alcanzar... después
de muerto. Con su deceso, y por inconmensurable que
pareciera, se intentó afectar fuertemente,
en consecuencia, la transición política
en la Ciudad de México, muy frágil en
sus primigenios años (fragilidad que aún
persiste, cabe señalarlo).
Ese hombre, Francisco Jorge Stanley Albaitero, obtuvo
nada más en el sólo día de su
muerte, 7 de junio de 1999, más fama y poder,
que en los casi 57 años de imparables latidos
de su corazón (pues arribó a nuestro
valle de lágrimas un 3 de julio de 1942).
Fama que no alcanzó a saborear, por cierto.
Como versa aquel recordado corrido ranchero, La
muerte del gallero (cantado por Vicente Fernández
y llevado al cine por Antonio Aguilar): "nadie
soñaba el día, ni como habría
de acabar". El lunes 7 de junio de 1999, transcurrió,
hasta las once del día, de manera rutinaria
para Stanley, ya que asistió, en compañía
de su escolta (que de mucho no le serviría
aquel día), como era costumbre, a desayunar
a El charco de las ranas, una taquería
cercana a las instalaciones de TV Azteca, empresa
en la cual venía trabajando desde hacía
poco tiempo. Le acompañaron, esa mañana
(una vez concluido Una tras otra, su programa
matinal), Mario Bezares y Jorge Gil, destacados miembros
de su equipo de trabajo. Tras pagar la cuenta y abordar
su camioneta (esperando retornar al trabajo cotidiano),
el animador fue sorprendido por dos sujetos que, sabiendo
capitalizar el factor sorpresa, le dispararon a quemarropa,
con armas cortas y automáticas. Fueron más
que suficientes para matarle, cuatro certeros impactos
de bala en la cabeza.
Los ejecutores de aquel crimen, a decir de los testigos,
no tuvieron grandes impedimentos en la hora determinante.
Cruzaron tranquilamente el puente que cruza el Anillo
Periférico, y arribando hasta el estacionamiento
del restaurante, sin contar con resistencia alguna
por parte de los desarmados escoltas, lograron cabalmente
su objetivo. No obstante, cuando se disponían
a huir, los agresores fueron repelidos a tiros, por
dos policías que estaban cerca de la escena
del crimen, dando lugar a una relativamente nutrida
balacera. Los sicarios pudieron darse a la fuga, hasta
llegar al otro extremo del puente, donde les aguardaba
un tercer cómplice, al volante de un automóvil
Jetta, color gris, modelo del año, que había
robado pocos días antes (vehículo localizado,
horas después, en calles de la Colonia Morelos,
cerca del centro de la ciudad, después de ser
abandonado). El saldo de aquella ejecución,
lamentablemente, se acrecentó con la muerte
accidental de Juan Manuel de Jesús Núñez,
cuya desgracia consistió en haber desayunado,
en una hora y lugar equivocados, pues al momento de
salir de El charco de las ranas, quedó
en medio de un fuego cruzado, entre los policías
y "gatilleros". Por si dos muertes hubieran
sido poca cosa, Lourdes Hernández (esposa de
Núñez), Pablo García (acomodador
de autos del restaurante) y el propio Jorge Gil, salieron
con heridas de diversa gravedad.
Ese breve instante y por demás violento, narrado
en renglones previos, no puede ser el comienzo formal
del ensayo. Menos aún, podría representar
el final. Si bien marcaron una muy inesperada conclusión
para la existencia física de dos hombres, los
acontecimientos del 7 de junio de 1999, fungieron
como intermediarios en un proceso puesto en marcha,
desde tiempo atrás, con un todavía largo
desenvolvimiento futuro, donde tendrían que
intervenir muchos actores, algunos, bien cercanos
a Stanley, y otros, aunque poco relacionados con él
(políticos estrechamente ligados con el negocio
televisivo), terminaron por adueñarse de su
memoria, para usarla como ariete de guerra.
I. Un fantasma recorre la Ciudad de México:
el fantasma cardenista
Hacía finales del siglo pasado, encontrándose
desgastado y desacreditado el partido que nació
del poder y se adueñó del mismo desde
19294, la Ciudad de México,
como otras pocas entidades federativas mexicanas,
transitó, moderadamente, rumbo a formas de
gobierno democráticas, sin el tufo priísta
de antaño. En 1997, a cuenta del voto popular,
las puertas del gobierno capitalino, le fueron abiertas
a la administración conducida por Cuauhtémoc
Cárdenas, que previamente había ganado,
con el abanderamiento del Partido de la Revolución
Democrática (PRD), la disputa por la flamante
figura de jefe de gobierno, durante las elecciones
federales del 6 de julio de ese año.
El 5 de diciembre de ese mismo año, con la
toma de posesión del hijo del ex presidente
Lázaro Cárdenas, se restituyó
formalmente a los capitalinos, la determinación
para elegir al gobernante de su ciudad, facultad de
la que habían sido despojados por el invencible
general Álvaro Obregón, en cuya presidencia,
se optó por nombrar, para el gobierno de la
Ciudad de México, a un regente designado por
el Ejecutivo Federal. Con el triunfo perredista en
la capital mexicana, faltando poco tiempo para el
arribo al tercer milenio, se daría formal clausura
-con sabor a victoria- a un ciclo trascendental en
los claroscuros recuerdos de la izquierda mexicana.
Ciclo iniciado con la lucha encarnada en el llamado
movimiento neocardenista, el cual sembró sus
primeras semillas en Michoacán, dando nacimiento
a un árbol, cuyas raíces, paulatinamente,
se expandieron hacía todos los confines de
la nación mexicana.
En 1980, paradójicamente, aún en las
filas del PRI (organismo a quien le atestaría
los más duros golpes, después de la
dura experiencia de 1968), Cuauhtémoc Cárdenas
debutó como gobernador de la entidad que vio
nacer a su estirpe, comenzando de esa manera una lucha
a futuro, al obtener el apoyo de sus coterráneos,
quienes le apoyarían, como quedó demostrado
pocos años adelante, dentro o fuera del otrora
partido -mexicano- de Estado.
Transcurridos seis años como gobernador, en
pleno 1986, finalizó su mandato en el gobierno,
y en opinión de Enrique Krauze: "Una
corriente 'crítica' nació dentro del
PRI exigiendo democracia. La encabezaba el ex gobernador
de Michoacán, el hijo del 'Tata Lázaro',
un hombre que en su nombre y apellido concentraba
simbólicamente el nacionalismo popular de la
historia mexicana: Cuauhtémoc Cárdenas.
Junto con otros priístas destacados (como el
ex presidente del PRI y ex secretario de Trabajo y
Educación, Porfirio Muñoz Ledo) recogería
la bandera democrática que Miguel De la Madrid
había despreciado y se la llevaría con
él, de ser preciso, fuera del PRI. Cuauhtémoc
Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo se salieron
del PRI. Sin haber organizado un partido para las
elecciones de 1988, Cárdenas aceptó
su postulación por una pequeña coalición
de pequeños partidos" (Krauze, 1999, p.
90-91).
La corrupción imbatible en todas sus variopintas
manifestaciones: untes, coimas, mordidas, sobornos,
cohechos, embutes; el fingimiento democrático;
el creciente número de mexicanos que arribaban
a estadios de pobreza cada vez más graves;
el enriquecimiento constante y sonante de los socios
de la "empresa del poder" y los patriarcas
de la "familia revolucionaria"; la enorme
dependencia con Estados Unidos, con la leve pero encaminada
pérdida de la identidad nacional, fueron temas
de análisis para el clásico ensayo de
Daniel Cosío Villegas, La crisis de México,
publicado en 1947. En ese trabajo, el fundador de
El Colegio de México (Colmex), formuló
una conclusión contundente: los gobernantes
mexicanos, con su pequeñez moral y política,
se quedaron cortos al momento de cristalizar los anhelos
que detonaron el inicio de la revolución mexicana,
a la cual, en beneficio de unos pocos, se le dio un
nuevo rumbo, después de 1940, una vez concluida
la primera experiencia cardenista.
Para la década de los 80's, después
de su segundo año, y una vez cancelada de manera
abrupta "la última oportunidad de la revolución
mexicana"5, otro cambio en el
curso social y político para México,
empeoró, hasta niveles nunca antes reconocidos
en la era posrevolucionaria, las condiciones materiales
de la inmensa mayoría de la población
nacional. Las proporciones de la crisis característica
de la década perdida, asentaron las condiciones
propicias para el resurgimiento del cardenismo. Parafraseando
las palabras iniciales de El manifiesto del partido
comunista, un arquetípico actor político
de aquel decenio, Superbarrio Gómez,
definió con suma nitidez, a finales de 1987,
el presente y futuro del movimiento neocardenista:
"Un fantasma recorre México: el fantasma
de Lázaro Cárdenas. Lo creíamos
muerto, pero no fue así. El gobierno creyó
muerto a Lázaro Cárdenas, pero los grandes
hombres no se entierran, se siembran [...]" (Tirado,
1990, p. 11 en Cuéllar, 1993, p. 156). Los
enormes sacrificios sociales impuestos con el Programa
Inmediato de Reordenación Económica
(PIRE), en 1983; los quemantes recuerdos de
San Juan Ixhuatepec, en 1984; los temblores de 1985;
la lucha contra "el fraude patriótico"
en Chihuahua, en 1986; la quiebra de la Bolsa de Valores,
con su amargo resultado: el Pacto de Solidaridad Económica
(PSE), en 1987; fueron, todos, agravios contra una
que optó por consolidar, como líder
opositor al gobierno neoliberal de Miguel de la Madrid
(1982-1988), a Cuauhtémoc Cárdenas,
con miras a las elecciones federales de 1988. Los
más altos operadores políticos del régimen,
ni en sus más horrendas pesadillas, previeron
una situación como la presentada el 6 de julio
de 1988. Hasta el moderno sistema de cómputo,
comprado específicamente para brindar información
electoral "minuto a minuto" (según
presumiera Manuel Bartlett), "se cayó",
factiblemente, por el susto que le ocasionó
el fantasma cardenista.
Aún con la gran fuerza adquirida por el movimiento
neocardenista, en un final hasta cierto punto previsible,
el triunfo electoral se le adjudicó, al candidato
oficial, Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), autor
intelectual de las políticas económicas
repudiadas por los votantes. Con Cuauhtémoc
Cárdenas al frente, las agrupaciones independientes
de trabajadores, las amas de casa, los universitarios,
varios pueblos indígenas, incluso algunos sectores
intelectuales, formaron un frente opositor contra
la imposición de resultados tan dudosos, como
los registrados en esas votaciones. En verdad, no
lograron impedir (ni llenando hasta el tope el Zócalo
capitalino, amenazando con tomar, de manera violenta,
el Palacio Nacional) la toma de posesión, como
"presidente constitucional", de Salinas
de Gortari.
Dentro de la Ciudad de México y sus territorios
aledaños, el triunfo cardenista fue reconocido,
incluso, por las autoridades en materia. Pero la falta
de experiencia política, conjuntada con una
escasa visión a futuro de algunos dirigentes
locales del Frente Democrático Nacional (FDN)6,
propició que el PRI se apoderara de espacios
que pudieron ser para la oposición, al no haber
postulado candidatos comunes a la Primera Legislatura
de la Asamblea Legislativa del D.F. El 1 de diciembre
de 1988, quedó finiquitada una parte de la
contemporánea lucha cardenista y, en pocos
días, comenzaría otro trecho en su lucha
por la democracia.
Con la fundación del Partido de la Revolución
Democrática (PRD), hecho consumado, gracias
a la utilización del registro legal del ahora
extinto Partido Mexicano Socialista (PMS), quedaba
más o menos firme, el proyecto de una izquierda
unificada. La cuenta a pagar por los militantes y
simpatizantes del PRD, a cambio de su reconocimiento
oficial, fue saldada con represión, tortura
y muerte. Solamente en el periodo 1988-1994, se tienen
registradas muchas muertes relacionadas con la afiliación
o simple simpatía para el partido del sol azteca,
más notoriamente en zonas rurales. El propio
Cuauhtémoc Cárdenas, en alguna ocasión,
declaró atinada e irónicamente, que
"el PRD ponía los muertos".
Para las huestes perredistas, en términos estrictamente
electorales, el sexenio salinista fue un claro revés
de los aires triunfalistas respirados en 1987 y 19887.
Desde la residencia oficial de Los Pinos, aferrado
a su adagio "ni los veo ni los oigo", el
presidente, moviéndose astutamente en dos frentes,
el político y el económico, logró
neutralizar al PRD, incluso en sus zonas de influencia.
Poco o nada obtuvieron los colores amarillo y negro,
en el estado de México, Morelos, Guerrero,
en el propio Michoacán y, particularmente,
en la Ciudad de México. Las elecciones intermedias
de 1991, corolario a las varias derrotas izquierdistas
de ese sexenio, terminaron por apuntalar al Ejecutivo,
que con el timón bien firme, se lanzó
a ejercer, sin trabas, su "salinastroika"
(perestroika sin glásnot) o,
en otras palabras, reformular por completo el sistema
económico, relegando a segundos términos
lo concerniente a los cambios políticos, invirtiendo
el esquema implementado en la extinta Unión
Soviética por Mijail Gorbachov.
Con el entramado político a su favor, Salinas
de Gortari y su gabinete de tecnócratas, no
vacilaron en vender, en el marco de su discurso "modernizador",
la idea de un México de "primer mundo".
El camino menos sacrificante, afirmaban, era la firma
de un tratado de libre comercio con Estados Unidos
y Canadá, aspiración concretizada en
1992. Otras reformas, muy criticadas y finalmente
realizadas, fueron: 1) la modificación al Texto
Constitucional, en lo concerniente al, por muchos
años, intocable artículo 27; 2) la nueva
relación entre las Iglesias y el Estado, fruto
de otra enmienda constitucional: al artículo
130; 3) la privatización de la mayoría
de los activos que el Estado poseía en Teléfonos
de México (Telmex), la banca y, notoriamente,
en los medios de comunicación (ésta
última sería una desregulación
que daría mucho de que hablar en los años
venideros).
En la capital, poco a poco, perdían color las
rémoras cardenistas. Con Manuel Camacho Solís
como regente, las aguas no se desbordaron, como parecía
ocurrir en 1988. Quien fuera negociador número
uno por parte del PRI después del proceso electoral
que, apuradamente, diera el derecho de portar la banda
presidencial a Salinas de Gortari, tuvo que conformarse
con el ya desaparecido Departamento del Distrito Federal.
En la mente de Camacho, figuraban, por su estrecha
y añeja amistad con el presidente (desde sus
tiempos en la Facultad de Economía de la Universidad
Nacional), secretarías de la importancia de
Gobernación o Relaciones Exteriores, y no logró
instalarse en el liderazgo de alguna de ellas, por
no pertenecer al "gabinete compacto" (núcleo
central del poder durante el gobierno salinista),
o sea, al grupo liderado José María
Córdoba Montoya, (especie de vicepresidente
de facto), donde convergían funcionarios de
la talla de Luis Donaldo Colosio, Ernesto Zedillo
y Emilio Lozoya. Previendo que Camacho adquiriría
demasiada fuerza, suficiente para obtener el dedazo
rumbo a 1994, el poderoso Córdoba obtuvo el
convencimiento presidencial, para remitir al ex académico
del Colmex, a una zona socavada: la Ciudad de México,
anhelando su desgaste y posterior defunción
política.
A pesar de todo, muy cerca se quedó el regente
de obtener el deseadísimo dedazo, pues no se
estropeó notoriamente, gracias a sus habilidades
negociadoras, mismas que si bien no le permitieron
el arreglo definitivo de las múltiples vicisitudes
capitalinas, le posibilitaron, cuando menos, la contención
de las mismas.
Perdió, en 1993, una cerradísima lucha
con Luis Donaldo Colosio, hijo político del
"gran elector" en turno. Colosio, el sonorense,
era un hombre que fundía, en sí mismo,
todas las cualidades de un tecnócrata brillante
y un político experimentado. Egresado del Instituto
Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey
(ITESM) y post graduado de la renombrada Northwestern
University, en Estados Unidos, Colosio, además,
había sido diputado, senador y presidente del
PRI, sin olvidar su declarada fe católica.
Era, en suma, el candidato perfecto para el proyecto
salinista, merced a su respetuoso y amplio conocimiento
de los designios de la economía neoliberal,
armónicamente conjugados con su experiencia
en la arena de la real politik, atributo que borraría
la mala imagen de los tecnócratas, acusados
de adueñarse del poder, sin haber transitado
por puestos de elección popular.
Camacho, el perdedor, parecía no resignarse,
y por poco le ocasiona otra ruptura a su partido.
Con la Cancillería como premio de consolación,
quedó conjurado el peligro de una escisión
priísta, que sin olvidar la lección
de hacía seis años antes, hubiera resultado
fatal con los comicios de 1994 a la vuelta de la esquina.
A Manuel Aguilera Gómez, funcionario experimentado,
se le confirió la responsabilidad del gobierno
capitalino. El último año de la administración
salinista, era concebido como el de la plena "consolidación"
económica de México, gracias a la entrada
en vigor del Tratado de Libre Comercio para América
del Norte (TLCAN), y a la continuidad de las políticas
económicas que dieron forma al mismo, con el
aval representado en la figura de Luis Donaldo Colosio.
Pero todo terminó en desilusión, cuando
un no muy grande grupo de indígenas chiapanecos,
comandados por un tal Subcomandante Marcos, justo
el primer día de aquel año tan aguardado,
terminaron por arruinar la fiesta, levantándose
en armas contra el Estado, dando a conocer su presencia
muy rápidamente, merced a la cobertura de los
medios de comunicación, escritos y electrónicos,
nacionales y extranjeros, que hicieron acto de presencia
en el lugar de los hechos: los altos de Chiapas.
Para colmo de males, el candidato oficial, el mandatario
en ciernes que garantizaría la permanencia
en el poder de los neoliberales, hasta el año
2024, como vaticinara José Ángel Gurría8
(funcionario clave en los años venideros),
no acababa de convencer, ni al presidente ni a su
partido. Por momentos, en su campaña, parecía
distanciarse de la prédica que estaba obligado
a reproducir: el libre mercado es el único
camino.
El 1 de marzo, durante un discurso enmarcado en el
aniversario de la fundación del PRI, Colosio,
bajo la influencia de la lastimera revuelta indígena
en Chiapas, develó el rumbo que seguiría
su administración, presumiblemente lejana de
los deseos de quien no se resignaría a ser
un simple antecesor: Salinas de Gortari. El 24 de
marzo, en Lomas Taurinas, una paupérrima colonia
de Tijuana, la vida le fue arrebatada por Mario Aburto
Martínez. O al menos eso fue lo reconocido
por las autoridades que investigaron el caso. El sucesor
en la candidatura oficial, un oscuro economista que
respondía al nombre de Ernesto Zedillo Ponce
de Léon, se vería obligado a contender
con políticos experimentados y totalmente encaminados
en la justa electoral, la cual tuvo que ser abandonada,
parcialmente, por el partido del presidente. Cuauhtémoc
Cárdenas, por la izquierda concentrada en el
PRD, y Diego Fernández de Cevallos, representante
de la derecha, eran las figuras a vencer.
Dentro del PRD, para los comicios federales de 1994,
Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz
Ledo, aspiraban a lidiar por La Grande. Por
mucho, los dirigentes máximos del PRD, empezaron
ese año una disputa político-personal,
que tiempo adelante se volvería más
enconada.
El saldo de las elecciones, realizadas el 21 de julio,
terminó por formar un claro retroceso para
el PRD. Su candidato quedó relegado hasta el
tercer puesto, por debajo de El Jefe Diego,
y del ganador, Ernesto Zedillo (1994-2000), más
beneficiado por los "votos del miedo"9
que por su plataforma política, y garante seguro
de la continuidad en el modelo económico salinista-neoliberal.
El 1 de diciembre, como lo estipula la Constitución,
Zedillo recibió la estafeta, poniendo punto
final, a un año, no de consolidación,
sí de violencia y desencanto. No únicamente
tendría su gobierno que arrastrar el lastre
chiapaneco, pues el lastimero recuerdo de Colosio,
y la sacudida que causó al país el asesinato
de otro priísta connotado, José Francisco
Ruiz Massieu, hacían reflexionar sobre el cada
vez más evidente divorcio entre la política
y la economía. Aún cuando la economía
no adolecía de absolutamente nada, como afirmaban
hasta el cansancio los encargados de las finanzas
nacionales, a los veinte días de iniciada la
era zedillista, quedó demostrado lo contrario,
lo que nadie deseaba ver: la economía estaba
tanto o más podrida que la política.
El 20 de diciembre, las cada vez más fuertes
presiones sobre el tipo de cambio, terminaron por
doblar a los operadores económicos estatales.
La devaluación, como en 1976, 1982 y en 1987,
brindó, en vez de aplausos, sonadas rechiflas
para despedir a las administraciones salientes, además
de obligar a remar en contracorriente, a las administraciones
entrantes. Claro que los sacrificios más grandes,
no los asumió el gobierno; los asumió
el resto de la población mexicana, que en 1995
tendría que salir de los sueños salinistas
para entrar a una realidad frustrante y desesperanzadora:
inflación, desempleo, aumento galopante de
la inseguridad pública, más un largo
etcétera. Era el momento -emergente - de recomponer
las relaciones políticas entre el Estado y
el PRI, entre el Estado y los partidos de oposición
y, a grandes rasgos, entre el Estado y la sociedad.
La relación entre Zedillo y su partido, en
los caóticos inicios de 1995, no terminaba
de aclararse. En el aire, flotaba, para el PRI, la
amenaza latente de perder fuerza ante a la oposición.
Por si fuera poco, el Ejecutivo, empecinado en evitar
que la economía se hundiera más, tomaba
en cuenta a su partido cada vez menos, acercándolo
al punto de convertirlo en mero apéndice de
las decisiones más importantes.
El triunfo electoral sin precedentes, forjado por
una participación electoral cercana al 77.7
por ciento, le ofreció a Zedillo la posibilidad
de llevar adelante una política dura en el
plano económico, donde el PRI iba a tener un
papel ínfimo que desempeñar. La concepción
tecnocrática del poder de Ernesto Zedillo,
buscó trasladar un posible debate sobre la
situación del país a un terreno inofensivo,
donde las decisiones pueden darse en el mediano y
largo plazos.
Ante un tormentoso horizonte, la prioridad era, como
al principio del gobierno de José López
Portillo, ceder espacios políticos, con la
intención de suavizar el descontento social,
causado de la crisis económica. López
Portillo y su secretario de Gobernación, Jesús
Reyes Heroles, idearon una Ley de Operaciones y Procesos
Políticos y Electorales (LOPPE), fundamental
para el aseguramiento de espacios (reducidos) en el
Congreso, a los partidos opositores. Zedillo, adecuándose
a sus tiempos, se abstuvo de impulsar la creación
de una ley del calibre de la LOPPE, a cambio de obligar
al PRI, a ceder, cada vez más espacios, en
terrenos propios del Poder Legislativo (local y federal)
y Ejecutivo (municipal y estatal).
En la Ciudad de México, donde los conflictos
sociales se agravaron peligrosamente, teniendo en
los controles a un regente falto de pericia política,
Oscar Espinosa Villareal, el camino para una eventual
embestida antipriísta, se hallaba tanto o más
transitable que en 1988. Reducir al PRI a su mínima
expresión resultaba muy necesario, a fin de
negociar un pacto de gobierno con la oposición.
Concesiones evidentes en la ley electoral, más
otras tantas disimuladas fueron allanando el camino
a Cuauhtémoc Cárdenas, para resultar
elegido jefe de gobierno del Distrito Federal, en
una disputa de previsible resultado, no sólo
por las tendencias que arrojaban las encuestas, sino
por la voluntad expresa de no buscar un candidato
fuerte del PRI.
Escoger a Alfredo del Mazo para contender contra Cárdenas,
equivalía a rendirse antes de empezar el combate.
Contra la práctica inaugurada por Salinas de
Gortari de negociar después de la elección,
no hubo un convenio directo a cambio de aceptar una
decisión del gobierno, que implicaba perder
el Distrito Federal, que de todos modos no habría
podido ganar el PRI. "Por primera vez desde 1521,
Cuauthémoc ha vuelto a tomar su ciudad",
escribió Carlos Fuentes, una vez que el dos
veces candidato presidencial, dejó en el camino
por obtener la jefatura de gobierno del Distrito Federal,
a Porfirio Muñoz Ledo (nuevamente al interior
del PRD), Alfredo del Mazo (PRI) y Carlos Castillo
Peraza (PAN). En el mismo artículo, sugiere
el autor de La muerte de Artemio Cruz: "Que
la tentación de ser Tlatoani Máximo
no le distraiga de las tareas del ciudadano mínimo"
(Fuentes, "La ciudad minada" en La Jornada,
3 de diciembre de 1997, p. 1).
Ese gobierno perredista, aunque contó, ahora
sí, con la mayoría absoluta en la Asamblea
Legislativa, se vio bajo constantes arremetidas en
varios frentes: recortes presupuestales (desde el
Legislativo Federal), falta de cooperación
en problemas conjuntos (con el vecino estado de México)
y un abanico enorme de patologías dentro de
su propia jurisdicción. Por si lo anterior
hubiera sido poca cosa, el -desde un principio- inevitable
choque con el Ejecutivo Federal terminó por
arrojar saldos negros para el bando cardenista.
Pese a su inobjetable origen democrático-electoral,
el gobierno de Cárdenas también se topó
con un escollo no previsto, de inmenso poder, oscuros
antecedentes y turbias relaciones con la cúpula
política de México. Ese escollo está
ubicado hoy en las faldas del Ajusco y responde al
nombre de TV Azteca.
II. El juez electrónico y su génesis
pervertida
Con
lo importante que resulta, al día de hoy, analizar
la relación que guardan los medios de comunicación
y la democracia, es conveniente ubicar un error muy
repetitivo, constantemente ubicado en trabajos de
investigación avocados al tema. Dicha equivocación
consiste en concebir a los medios de comunicación
como un resultado abstracto de lo que el público
"desea ver y saber".
Pensar así, deja al margen elementos sustantivos
de la composición interna, así como
de la intencionalidad externa de los propios medios
de comunicación. Intencionalidad capaz, en
una experiencia del pasado reciente, de confrontar
abiertamente a un depositario de la democracia: el
gobierno de la Ciudad de México. Esa confrontación
partió de intereses de grupo, no por "el
deseo" de los televidentes.
Tan importante es crear conocimiento sobre los aportes
ofrecidos a la democracia por los medios de comunicación,
como necesario es profundizar sobre los impactos regresivos
que puede llegar a ejercer la comunicación
de corte político, sobre lo concerniente a
la construcción, difusión y evaluación
de la democracia.
Hubo un actor que no se presentó, estrictamente,
en términos políticos o sociales, tomando
en cuenta que los motores que impulsaron su nacimiento
y desarrollo fueron algunos experimentos técnicos,
destinados a capturar imágenes para su posterior
emisión a distancia. El resultante de tales
experimentos es conocido, actualmente, con el nombre
de televisión.
Efectivamente, la televisión constituye -al
tiempo que no era sensato meter en una misma bolsa
a todos los medios de comunicación por igual-
un segundo elemento de reflexión (el primero
fue el gobierno perredista de la Ciudad de México,
con sus antecedentes). Asimismo, se analizará
en las líneas posteriores, a una sola compañía
televisora, la que vino a ocupar el sitio del Instituto
Mexicano de Televisión (Imevisión)10,
para dar pie a la actual TV Azteca.
Ahora bien, cabe preguntarse: ¿por qué
estudiar a TV Azteca? Para responder a esa interrogante,
se demanda revisar, una vez más, lo acontecido
el 7 de junio de 1999, fecha importante no tanto por
la muerte de Paco Stanley, sino por la actitud asumida
por la empresa para la cual trabajó los últimos
meses de su ajetreada vida.
Impulsándose con la muerte de uno de sus más
reconocidos empleados, TV Azteca desató un
huracán mediático poderoso, verdaderamente
inédito, confrontando abiertamente, a la administración
capitalina. En un primer acercamiento al problema
es posible opinar que nada, absolutamente nada, tenía
que pelearle una televisora a una autoridad que, más
allá de las diferentes posturas políticas
de los lectores de este ensayo11,
ejecutaba legalmente todas las funciones conferidas
por las leyes, al tiempo de no impedir u obstaculizar
el libre accionar de empresa televisora alguna12.
En TV Azteca, sus más reconocidos trabajadores13,
a cuadro, con un dramatismo inédito, se desgarraron
las vestiduras, autonombrándose depositarios
del "clamor social", usando por igual el
recuerdo en vida, como el asesinato de su efímero
compañero, para retomar y maximizar una línea
editorial que presentaba (y sigue presentando) al
Distrito Federal como una zona perdida, donde todos
peleamos contra todos, para devorar y evitar ser devorados
en una clara aplicación de ley de la selva.
Que la antigua México-Tenochtitlán,
en otros tiempos capital del Imperio Azteca, ya se
había trasformado, en una metrópoli
donde vivir resultaba riesgoso, era una verdad indiscutible
que convenientemente fue manipulada para salvaguardar
oscuros intereses.
A los televidentes, cual si fueran monigotes sin poder
de razonamiento, se les proyectaron bastantes imágenes
de Stanley, tanto vivo como muerto, con reiterativos
reportes desde el lugar del crimen, del traslado del
cadáver al forense, del velorio y, para coronar
aquella campaña, del entierro del personaje.
Momentáneamente, la realidad del crimen en
la ciudad fue confundida para dar la idea de que Stanley
fue víctima del clima de inseguridad pública14,
tan característico en la capital. Sin embargo,
según el modus operandi de los asesinos, todo
parece indicar que al animador fueron directamente
a ejecutarlo, con planeación previa, y ello
quedó parcialmente demostrado en una reconstrucción
de los hechos (el 21 de junio de 1999) que contó
con la presencia de Bezares y Gil. Se desprende por
la cobertura dada a la noticia, que lo importante
no era buscar quién la hizo, sino quien la
pagara, resultando como el más idóneo
pagador de los platos rotos, el gobierno de la Ciudad
de México.
A los poco minutos de ocurridos los asesinatos de
marras, principió una cobertura por demás
tendenciosa, presentando opiniones y testimoniales
entre los empleados de TV Azteca, con la intención
de amarrar navajas a los televidentes, como si se
pretendiera lanzarlos contra las autoridades locales.
Jorge Garralda, el conocido conductor del programa
A quien corresponda -con fama de filántropo,
aunque el señor, en realidad, no es más
que un simple gestor de ayuda brindada por terceras
personas- declaró, rabiosamente:
"Yo lo hago a usted responsable, ingeniero
Cárdenas, porque no ha cumplido lo que nos
prometió" (Citado en La Jornada, 8 de
junio de 1999, p. 5).
Ricardo Salinas Pliego, jefe de Garralda, dirigió
a los televidentes de su compañía, la
noche del 7 de junio, un mensaje verdaderamente intimidante,
con tintes subversivos, buscando inducir, en apariencia,
la insurrección social contra las autoridades;
el siguiente extracto corresponde a aquella proclama:
"Hoy le tocó a Paco, mañana
le puede tocar a usted o a mí o a cualquiera.
La impunidad nos aplasta y ¿dónde está
la autoridad?, pregunto yo, preguntamos todos. ¿Dónde
está la autoridad?, ¿para qué
pagamos impuestos?, ¿para qué tenemos
elecciones?, ¿para qué tenemos tres
poderes?, ¿para qué tanto gobierno cuando
no hay autoridad? En esta ciudad, como en muchas otras
ciudades de México, la impunidad, la ineptitud
de la autoridad, y también la indiferencia
de los ciudadanos, ya llegó al límite.
Hoy lloramos por Paco y mañana ¿por
quién lloraremos? Está claro que las
autoridades han fallado [...] " (Ibid, p. 6).
Para machacar, en un comunicado de prensa difundido
por TV Azteca ese aciago día, pudo leerse lo
siguiente: "Si no son capaces de hacerlo (vencer
al crimen) que renuncien".
La mañana del 7 de junio de 1999, terminó
quedando inscrita en los anales históricos
de la política y la televisión mexicanas,
en parte, por la manera violenta en que le fue arrebatada
la vida a Stanley, y complementariamente, por la virulenta
reacción de TV Azteca. Perjudicada, en suma,
resultó la transición democrática
en la Ciudad de México.
TV Azteca no es una empresa de nacimiento transparente.
Para entender su pasado reciente, se necesita hurgar
en su génesis, lo cual conduce a un encuentro
ineludible con la élite del poder político
mexicano, con los colores del aún poderoso
PRI. Pese a que durante algún tiempo, se alardeó
de ser "una privatización exitosa",
fueron, en su momento, muchos los secretos que rodearon
su salida del patrimonio nacional para una posterior
inclusión en la Iniciativa Privada.
Recuerda José Agustín:
"A fines de marzo de 1992 se supo que el Canal
13 sería desincorporado, pero el anuncio oficial
lo hizo la Secretaria de Hacienda hasta noviembre
[del mismo año]. Se trataba de [...] Corporación
Mexicana de Radio y Televisión, compuesta por
los canales 13 y 7 con sus respectivas redes nacionales
[...]
A principios de 1993 ya se habían apuntado
cuatro grupos de compradores. El más fuerte
e idóneo parecía ser Medcom, compuesto
por Joaquín Vargas (de Multivisión,
que transmitía por cable; Stéreorey,
Globo Stéreo y Multiradio Digital), Clemente
Serna (de Radio Red, Radio Programas de México
y el Canal 6 de Guadalajara) y Adrián Sada
(del Grupo Monterrey). También se le daban
posibilidades al grupo GEO, del guadalajareño
Raymundo Gómez. Después venía
Cosmovisión, un heterogéneo grupo encabezado
por Javier Pérez de Anda, y hasta la cola quedaba
el Grupo Televisora del Centro, encabezado por Ricardo
Salinas Pliego (de la red de tiendas Elektra) y la
familia Aguirre, dueña de la cadena Radio Centro,
pero los Aguirre finalmente se pasaron a Cosmovisión,
por lo que Salinas Pliego se quedó a la cabeza
del grupo. Sus planes consistían en 'mantener
estricta colaboración con el gobierno y obedecer
las direcciones de comunicación social de las
secretarías de Estado'.
En julio de 1993 la gran sorpresa fue cuando el
grupo de Ricardo Salinas Pliego, que no tenía
ninguna experiencia en los medios de difusión,
ganó la subasta al ofrecer 645 millones de
dólares, superiores en 30, 45 y 60 por ciento
a las ofertas de Cosmovisión, Medcom y GEO.
Salinas Pliego explicó que obtuvo el dinero
mediante un crédito sindicado de varios bancos,
pero apenas tres días antes de la entrega de
su postura aún no lo tenía. 'Luego le
doy los nombres', le contestó Salinas Pliego
a Pedro Aspe (en ese entonces, secretario de Hacienda)
cuando éste le preguntó si ya tenía
socios, y 'en esas ando', le dijo a Rafael García
Rosas, el director de la Unidad de Desincorporación
de Hacienda. Después se supo que Raúl
Salinas de Gortari, el Hermano Incómodo del
presidente, le había pasado treinta millones
de dólares a su tocayo de apellido" (Agustín,
1998, p. 203-204).
A la postre, saldrían a relucir los estrechos
contactos entre el poder (político) de la familia
del ex presidente Salinas de Gortari, con el poder
(financiero) del multimillonario empresario en cuestión,
descendiente de los fundadores de la cadena de tiendas
Salinas y Rocha. Respecto a tales negocios, efectuados
bajo el amparo del poder, en la revista Proceso, otro
de los hombres más ricos de México,
el neoleonés Adrián Sada González
(del grupo Vitro), reveló que:
"[...] Carlos y Raúl (Salinas de Gortari)
le propusieron en 1992, antes de la desincorporación
del paquete de medios que, con otros inversionistas,
participara en la subasta de 'una empresa estatal
de comunicación. El presidente y su hermano
querían ser accionistas financieros de manera
oculta en la empresa televisora' [...]" (Proceso,
no. 1161)
Como resultado de diversas investigaciones judiciales,
se supo que Raúl Salinas llegó a tener,
depositados en Suiza, poco más de 100 millones
de dólares. Después del escándalo
suscitado por el descubrimiento de tan enormes cuentas
bancarias a nombre de un ex servidor público
mexicano, las autoridades del país helvético
investigaron el origen de los cuantiosos fondos. Como
un desprendimiento de esas pesquisas se evidenció
la realización de un depósito de 15
millones de dólares, realizado en la localidad
de Schaffausen, a una cuenta en la que Ricardo Salinas
Pliego aparecía como "apoderado con derecho
a firma".
Para completar ese grotesco cuadro, en algún
momento que fue citado a declarar por la Procuraduría
General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF),
Salinas Pliego tuvo que reconocer, con relación
al origen de su empresa televisora, que Raúl
Salinas le facilito, a préstamo, 29.8 millones
de dólares, para que no dejara de estar a la
altura de los demás participantes en la subasta
antes referida. Aceptó, igualmente, que el
plazo para finiquitar el adeudo venció en 1999.
Es necesario reconocer que después del estrecho
y primigenio nexo entre la familia Salinas de Gortari
y TV Azteca, muchos de los contactos relacionados
con esos turbios negocios, se mantuvieron cubiertos
con tupidas cortinas de humo.
Poco tiempo después de que Ernesto Zedillo
ocupara la presidencia, entró a laborar en
TV Azteca, otro actor de primera importancia: Tristán
Canales Nájar, por mucho tiempo vicepresidente
de Noticias, responsable directo, en su momento, de
la línea editorial de la empresa.
Licenciado en Derecho por la UNAM, con especialidad
en finanzas públicas, Canales inició
una ascendente carrera política en el PRI,
bajo el padrinazgo de Carlos Sánsores Pérez,
presidente de ese instituto político durante
los primeros meses del sexenio de José López
Portillo. Primero se desempeñó como
tesorero de la Cámara de Diputados, responsabilidad
a la que le sucedieron la oficialía mayor del
Senado, la secretaría de Finanzas del PRI,
una diputación federal plurinominal y, previo
a las elecciones de 1988, la coordinación de
Participación Ciudadana en el Distrito Federal.
Dentro de la secretaría de Gobernación
(ya con Salinas de Gortari como presidente) fungió
como director general de Gobierno, antes de ocupar
la Subsecretaria de Desarrollo Político, siendo
éste el puesto más alto que logró
alcanzar en la administración pública
federal.
Canales, por cierto, no fue el único ex funcionario
de Gobernación que ocupó altos puestos
en TV Azteca. Jorge Mendoza, por algún tiempo
presidente ejecutivo de Información, y Felipe
Solís Acero, director general de Políticas
de Información, laboraron tanto en la casona
de Bucareli como en la televisora del Ajusco.
De la misma dependencia federal, encargada de sobrellevar
la política interna, se desprendieron más
ingredientes que terminaron por agravar, todavía
más, las estrepitosas consecuencias del asesinato
de Stanley. En las ropas que vestía el personaje
en cuestión, al momento que le dieron muerte,
se detectó, además de cocaína,
una credencial expedida por la secretaría de
Gobernación, donde se le declaraba "funcionario
público facultado para portar armas de fuego".
También su hijo Francisco Adrián Stanley
Pedroza y su patiño Bezares, portaban
semejantes documentos apócrifos. Como era de
esperarse, en Gobernación nadie quería
saber nada. La explicación que se dio a la
existencia de la "charola" en cuestión,
no pudo ser más burda, pues el documento, supuestamente,
se había otorgado a solicitud expresa de Stanley,
de acuerdo a las atribuciones de la Dirección
General de Normatividad y Supervisión en Seguridad.
Se considero, además, que había sido
asaltado en cuatro veces, y por desempeñar
labores en horarios nocturnos, le apremiaba contar
con un documento que le amparara portar un arma para
su legítima defensa. Por lo anterior, se le
otorgó la licencia para portar un arma de fuego.
III. La doble cara de una privatización
TV Azteca no siguió un camino diferente al
de la mayoría de las privatizaciones efectuadas
por el gobierno salinista. Los nuevos propietarios
de las instituciones bancarias, autopistas de cuota
y Telmex, al poco tiempo de iniciar operaciones, no
se empeñaron en mejorar notablemente los servicios
prestados al cliente (que además se vio obligado
a pagar, por los mismos servicios, más que
en el pasado). Y esto en el mejor de los casos, en
tanto que, en situaciones extremas, hasta tuvieron
que subvencionar los clientes, el rescate de algunas
de esas empresas, por la vía del erario público
para evitar su quiebra, tal como aconteció
con la banca.
En el caso de la televisión es necesario admitir
que su situación financiera no ha demandado,
hasta el momento, la intervención del presupuesto
federal para un posible salvamento financiero. (Sin
considerar, claro está, las enormes entradas
de recursos públicos, emanadas de los gastos
en publicidad televisiva de los partidos políticos
para las campañas electorales en el año
2000).
Como es sabido, uno de los más destacados principios
de la política económica neoclásica
(neoliberal), es impulsar el adelgazamiento del Estado,
a fin de restarle importancia en los aspectos económico-productivos.
Asimismo, se hace patente, en opinión de los
teóricos de esa postura (Friedman, Von Hayeck),
la necesidad de forjar competencia para contener a
los monopolios, a partir de la privatización
de empresas del sector público, lo cual, al
menos en el plano ideal, redundará en beneficios
por partida doble: reducir el déficit estatal,
a la vez de mejorar el desempeño de todo el
sistema económico, gracias a una competición
más equitativa entre los productores de bienes
y servicios. Para lo concerniente al problema de la
televisión privada, de manera crítica,
apunta Giovanni Sartori:
"[Una] respuesta de rigor es que la televisión
mejorará cuando de verdad haya un orden plural
y competitivo, estimulado por la concurrencia de las
televisoras privadas. Antes de proclamar que las privatizaciones
mejoran las cosas, es bueno tener presente que para
los grandes magnates europeos de hoy -los Murdoch
o los Berlusconi- el dinero lo es todo, y el interés
cívico o cultural es nulo. Y lo irónico
de esta situación es que Berlusconi y Murdoch,
en su escalada hacía los desmesurados imperios
televisivos, se venden como 'demócratas' que
ofrecen al público lo que el público
desea, mientras que la televisión pública
es 'elitista' y ofrece al público la televisión
'que debería querer' [...] Además, tenemos
el hecho de que la televisión privada que más
cuenta no mejora, si acaso promete bajar el nivel
de los productos televisivos" (Sartori, 1997,
p. 144).
No debe extrañar, entonces, que de acuerdo
a la especializada revista norteamericana Forbes,
Ricardo Salinas Pliego, detentara, en el año
2001, la fortuna número 277 en el mundo, estimada
en 1.6 billones de dólares, mientras que Emilio
Ázcarraga Jean, hombre fuerte de Televisa e
hijo de El Tigre, Emilio Ázcarraga Milmo
(autonombrado alguna vez como "el soldado número
uno del PRI), posea, dentro del mismo periodo, la
fortuna número 445 a nivel también mundial,
con 1.0 billón de dólares.15
Privatizar se convirtió para el salinismo,
y también para la posterior administración
de Ernesto Zedillo Ponce de León, en una inmejorable
oportunidad de ganarse, a su modo, un eventual reconocimiento
de la historia, impulsando un proyecto transexenal,
capitalizador de intereses de grupo. No obstante que
la deuda externa se disparó al concluir el
gobierno de José López Portillo, por
pagar solamente el servicio de la deuda, se detuvo
el crecimiento de la economía nacional, durante
el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado. Aunque
Salinas de Gortari heredó un enorme adeudo,
cercano a los 103 mil millones de dólares,
de diciembre 1988 en adelante, las desregulaciones
de industrias y servicios estatales, fueron utilizadas,
en parte para el pago de la deuda externa, en parte
para introducir la competitividad interna. La economía,
en resumen, era tomada como si fuera un torpe e inamovible
elefante. En concordancia, el merito histórico
del salinismo consistió en "mejorar"
la imagen hacía el exterior y el desempeño
al interior, en un clásico movimiento de matar
dos pájaros de un tiro.
Hasta cierto punto, el presidente doctorado en Harvard,
lo logró. Aunque lo hizo con y para gente afín,
desde familiares hasta amigos familiares. Al magnate
Carlos Slim, el hombre más rico de toda América
Latina, le confeccionó el aún existente
monopolio de Telmex; a Grupo Maseca, capitaneado por
Roberto González Barrera, le vendía
el mejor maíz producido en México, a
inmejorables precios subsidiados, al mismo tiempo
que continuaba la apertura de las fronteras a la importación
de granos de dudosa calidad; a personas de incierta
experiencia, como los empresarios Carlos Cabal Peniche,
Ángel Isidoro Rodríguez Sáenz
y Jorge Lankenau Rocha, les confirió el control
de la banca, actividad fundamental para el sistema
capitalista.
Por cierto, a muchos de los que hizo trepar a lo más
alto del hit parade de los ricos, les pidió
generosas aportaciones para su partido, siendo esa
la finalidad de aquella cena verificada en casa del
ex secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, en
1993. Esa noche, con miras al proceso electoral del
año siguiente, según escribe Alejandra
Salas-Porras (1999), el presidente logró recabar
25 millones de dólares por cada uno de los
25 acaudalados invitados (aunque existen diversas
versiones sobre el monto percibido por persona y para
el saldo final).
Anterior a la aparición de TV Azteca, el negocio
era un claro monopolio, controlado por Televisión
Vía Satélite (Televisa). Su control
sobre el mercado de la producción era tal,
que el destino de la inmensa mayoría de los
anunciantes en el medio, se enfocaba rumbo a su oferta
de espacios publicitarios. Si bien se lanzaron aires
"democratizadores" del mercado televisivo
a la entrada en competencia de TV Azteca, eso significó
la continuidad de muchos vicios intrínsecos
a los vínculos con el gobierno. De ser estatal,
la empresa privada del Ajusco se conformó pro
estatal, como la había sido Televisa, en prácticamente
toda su existencia (descontando los períodos
críticos de mediados de los años
70s.)
En cuanto a fórmulas de trasmisión,
pese al resquemor de Televisa a causa de la incursión
de TV Azteca en su, por muchos años, mercado
cautivo, a la postre, se gestó una afinidad
oligopólica entre las dos televisoras. Ambas
producían telenovelas16,
compartían el control absoluto sobre los equipos
de Primera División en el fútbol mexicano,
importaban y exhibían mucho cine (primordialmente
norteamericano, para agravar todavía más
la aguda crisis en que se encontraba el cine mexicano),
desarrollaron el concepto de programas chismosos
(de "crítica e investigación periodística")
y dieron rienda suelta a los llamados talk shows,
fórmula importada. En la difusión de
noticias, sin menoscabo ni cortapisas, el nuevo sistema
televisivo dual, como en antaño, continuó
tapando los desatinos y dando apoteosis de la acción
gubernamental, desde el Ejecutivo y hasta dónde
éste quisiera. (Sin ser nada condescendiente
con la oposición, incluido el gobierno de la
Ciudad de México, con relación a lo
que se ha venido señalando líneas atrás).
Darle cabida a todas las voces, sonantes y disonantes,
fue un precepto democrático que sencillamente
se saltaron las televisoras privadas. Tal cual ha
sido el paso de la acción privatizadora en
los últimos tres gobiernos federales mexicanos.
Abrir la válvula económica para darle
paso a un grupo privilegiado de compradores, en aras
de simular cierta apertura, brindando espacios reducidos
a la disidencia. Con la privatización televisiva,
muchas situaciones cambiaron para seguir igual que
antes. Pero con las privatizaciones en general, las
cosas cambiaron para, en muchos aspectos, estar peor
que antes.
Conclusiones
Dotado de una rigurosidad y lucidez únicas
en el mundo de la sociología, Pierre Bourdieu
-recientemente desaparecido- sostuvo que la televisión
es un peligro real para la democracia y la vida política
(1997). Para el autor de obras de la talla de El
oficio del sociólogo y Sobre la televisión,
la política, al mostrarse anuente para su difusión
por medio de transmisiones electrónicas, redunda
en un franco prejuicio social: la censura invisible.
Para la conformación de una censura invisible,
Bourdieu afirma que ésta se encuentra antecedida
por una construcción social a dos niveles.
Realizando una analogía con lo acontecido en
los juegos olímpicos desde tiempo atrás,
desde Los Ángeles 1984 (cuando los sponsors
privados se adueñaron del espectáculo
olímpico), Bourdieu discierne:
"[...] en el juego deportivo el campeón,
velocista de los cien metros lisos o atleta de decatlón,
no es más que el sujeto aparente de un espectáculo
que en cierto modo se representa dos veces17:
la primera para todo un conjunto de agentes, atletas,
entrenadores, médicos, organizadores, jueces,
cronometradores, escenográfos de todo lo ceremonial,
que contribuyen al buen desarrollo de la competición
deportivo en el estadio, y la segunda para todos los
que producen la reproducción en imágenes
[...] (Bourdieu, 1996, p. 123-124).
En espacios propios de la televisión, ésta
censura visiblemente (para decidir que se transmite
y que no) a partir de instituciones que proponen y
promulgan leyes y ejercen autoridad competente. Asimismo,
censura invisiblemente, cuando el rating -fiel reflejo
del estado que guarda el negocio- induce a sacar al
aire los materiales más rentables, quitando
a los que ofrecen menos posibilidades de lucro.
De los registros emanados del caso Stanley, se desprende
una nítida relación entre TV Azteca
y el ejecutivo federal. En otras palabras, la historiografía
de la empresa asentada en las faldas del Ajusco aporta
elementos utilizables para concluir que la acometida
contra el gobierno conducido por Cuauhtémoc
Cárdenas, tenía por objetivo, colocarle
una piedra en el camino rumbo al proceso electoral
del año 2000.
Las acciones de las hordas de Ricardo Salinas Pliego
forjaron un tipo novedoso de comunicación política,
carente de ética, censurando claramente el
papel de la administración capitalina, censurando
invisiblemente, la labor de los propios comunicadores
de TV Azteca.
La respectiva construcción social a dos
niveles, comenzó, en el caso Stanley, con
la supeditación televisiva a compromisos adquiridos
con la cúpula del poder político mexicano,
demostrable con:
1) el proceso privatizador de TV Azteca, solidificado
con recursos financieros de dudosa procedencia; 2)
el empleo de ex altos funcionarios de la secretaria
de Gobernación en TV Azteca; 3) los beneficios
ilegales, otorgados por Gobernación, a empleados
de TV Azteca, a partir del otorgamiento de permisos
para la portación de armas de fuego; y 4) el
pasado priísta del propio Stanley.
El complemento se estableció cuando se impuso
el gran rating registrado por TV Azteca, con posterioridad
a la cobertura informativa a los hechos del 7 de junio
de 1999. Poco más de 48 puntos para ser exactos18.
Sólo para concluir, es totalmente deseable
que nunca jamás se repita la experiencia comunicativa
del séptimo día de junio de 1999. Esa
democracia que benefició al PRD, al brindarle
la posibilidad de acceder al poder en la Ciudad de
México (devolviendo a los capitalinos la facultad
de elegir a sus gobernantes), se vio muy afectada
a raíz de los acontecimientos descritos previamente.
Y cómo no, si las instituciones que debieran
asegurar la plena consolidación democrática
de México, se confabularon, por intereses políticos,
con la televisión (otro agente con grandes
responsabilidades relacionadas a la política).
Esa lamentable censura invisible, se gestó
por partida doble, en la total ausencia de regulación
-a cambio de la complicidad institucional-, y en la
rendición al todopoderoso rating.
Desafortunadamente, el panorama en el futuro cercano
no es todo lo halagüeño que se deseara.
Al persistir las condiciones analizadas por Daniel
Cosío Villegas en los años 40s, es muy
difícil pensar que la televisión modificará
su contexto de operación, en un contexto nacional,
e incluso global, propicio para mantener el orden
actual en su relación con la política
convertida en negocio privado.
NOTAS
1) "La 'China Mendoza' y Paco
Stanley atribuyen su derrota al resentimiento de la
gente", disponible en: http://www.proceso.com.mx:8880/proceso/template_hemeroteca_interior.html?aid=0612N28.RTF.
2) "Sí corría la
coca, dice Benito Castro", en El Universal,
sábado 30 de octubre de 1999, Sección
Ciudad, p. 1.
3) Para más detalles de su
vida pública y privada, véase http://www.esmas.com/noticias/mexico/72262.html.
4) Considerando las transformaciones,
de forma y fondo, que sufrió al compás
de sus tres distintos nombres, Partido Nacional Revolucionario
(PNR), Partido Mexicano Revolucionario (PMR) y Partido
Revolucionario Institucional (PRI), como ahora se
le conoce.
5) Apotegma personal y autodefinitorio
del gobierno de José López Portillo
(1976-1982).
6) Nombre tomado por la coalición
de partidos que postuló a Cuauhtémoc
Cárdenas para presidente.
7) Ni siquiera pudo ganar, en 1989,
la disputa por la gubernatura de Michoacán,
territorio quintaesencial de la izquierda tutelada
por el recuerdo cardenista.
8) Según refiere José
Agustín en su libro Tragicomedia mexicana,
p. 234.
9) Los electores, amedrentados por
la revuelta indígena en Chiapas y por los asesinatos
políticos del último año del
sexenio salinista, cayeron en la trampa tendida por
el gobierno, el cual urdió una astuta estrategia,
en la cual, sutilmente, alertaba a no votar por la
oposición, so pena de impulsar el "caos"
total para México.
10) Privatizado en 1993.
11) Incluyéndome como autor.
12) Accionar encauzado, únicamente,
por medio de los preceptos legales que reglamentan
el lucrativo negocio de la televisión privada.
Dicho sea de paso, tales preceptos legales no contemplan
el uso de la imagen, para promover la crítica
malintencionada, deformante y entorpecedora del quehacer
gubernamental, en cualquiera de sus tres niveles para
el caso mexicano: municipal, estatal y federal.
13) Javier Alatorre, Jorge Garralda,
Lucía Méndez, Patricia Chapoy, y otras
personalidades más.
14) Un robo o intento de secuestro.
15) http://www.forbes.com/2002/02/28/billionaires.html.
16) La empresa del Ajusco se caracterizó
por importar teledramas, algunos de alto éxito,
como Café con aroma de mujer, obra colombiana.
17) Un indicador brutal del peso
real de los diferentes actores del showbusiness olímpico
son los obsequios entregados por las autoridades coreanas
a las diferentes personalidades, cuyo valor iba de
1.100 dólares para los miembros del COI a 110
dólares para los atletas. (Véase V.
Simson y A. Jennings, Main basse sur les JO, op. Cit.,
pág. 201). (Cita del propio Bourdieu).
18) www.proceso.com.mx:8880/proceso/template_hemeroteca_interior.html?aid=1180N08.RTF
BIBLIOGRAFÍA
1. Agustín,
José; Tragicomedia mexicana 3; México,
Planeta, 1999.
2. Bourdieu, Pierre; Sobre la televisión;
Barcelona, Anagrama, 1996, 138 pp.
3. Cosío Villegas, Daniel; La crisis de
México; México; Clío; 1997;
71 pp.
4. Cuellar, Angélica; La noche es de ustedes,
el amanecer es nuestro: Asamblea de Barrios y Superbarrio
Gómez en la Ciudad de Mexico; México;
FCPyS-UNAM; 1993; 200 pp.
5. Krauze, Enrique; El sexenio de Carlos Salinas;
México, Clío; 1999.
6. Salas-Porras, Alejandra; "¿Hacia un
nuevo mecenazgo político? Democracia y participación
electoral de los grandes empresarios en México"
en Estudios sociológicos XVIII; México;
Colmex; 2000; p. 53-84.
7. Sartori, Giovanni; Homo videns: la sociedad
teledirigida; Madrid; Taurus; 1998; 159 pp.