Foro Universitario de Comunicación Iberoamericana
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EL RATING Y LA PIEDRA

José Alejandro Arceo Contreras

Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)

"A menos pensamiento, pensamiento más tiránico y absorbente"
Miguel de Unamuno

Una introducción necesaria

Francisco Jorge Stanley Albaitero, más reconocido en vida con el mote de Paco Stanley: desinhibido animador televisivo, ameno locutor de radio, ocasionalmente actor, conspicuo declamador de poemas, "galanazo" por antonomasia, supo ganarse la simpatía de un público mexicano acostumbrado a pasar muchas horas frente a la televisión (también conocida como "caja idiota"). Cuando permanecían apagados los reflectores que tanta luz le brindaron, Stanley pudo labrarle la cara adicional a esa moneda -tan voladora por el aire- que constituyó su vida misma. Como en el icono alegórico del teatro, unidas indisolublemente, la comedia (la cara alegre) y la tragedia (la cara triste), alternadamente, impulsaron toda clase de vivencias en la existencia del personaje en turno.

Aún con las enormes cuotas de popularidad registradas a cada paso suyo por los medios de comunicación ¿amerita el recuerdo de Stanley, la redacción de un ensayo? Si lo que se desea es responder a la anterior incógnita -un tanto complicada por cierto-, es importante no olvidar el trabajo interdisciplinario en las ciencias sociales. Al respecto, desde terrenos propios de la ciencia política, es factible preguntar: ¿acaso no merece importancia la utilización, por parte de los partidos políticos, de rostros afamados para el apuntalamiento de sus respectivas campañas electorales?

Aunque efímeramente, a Stanley le nació cierta pasión por el poder político, y nominado por el Partido Revolucionario Institucional (el PRI o "RIP", como le denominara el monero Rius), buscó en el marco de las elecciones federales de 1988, una curul en la entonces naciente Asamblea de Representantes del Distrito Federal (ARDF). Para su mala fortuna, en esos comicios, los electores capitalinos, y quizá el resto de los empadronados a nivel nacional, le dieron la espalda al partido hegemónico desde 1929 frustrando la posibilidad de registro, en la historia política de la Ciudad de México, de un asambleísta Francisco Stanley1. (Al transcurrir el tiempo, la figura del asambleísta, como se recuerda, se extinguió en 1997, para dar paso a la de diputado local).

Con el conocimiento en psicología social, es posible advertir acerca de los peligros derivados de la imitación de modelos de conducta extraídos de la televisión. Al asumir conductas responsables, no suelen observarse grandes problemas, en caso de que lo "modelable" entre en acción; pero ¿qué sucede cuando aquel se inmiscuye, por ejemplo, en el tenebroso mundo de las drogas? Drogas-farándula, se constituyen en una relación estrecha, sumamente velada, auténtico secreto a voces, matriz de una realidad ocultada, en muchos casos bien documentados, con sutiles dosis de hipocresía, útiles para presentar y justificar una supuesta "soledad" de quienes trabajan en el ambiente artístico, como la "causante" de la tentación -y posterior caída en las drogas- por parte del farandulero o farandulera, según sea el caso.

Y para no variar, el popular señor Stanley, en compañía de sus inseparables compañeros Benito Castro y Mario Bezares, de vez en cuando, consumían respetables cantidades de cocaína2.

Sabiendo, a partir de esta introducción, que el otrora show man, fue un personaje ambivalente, una mala copia del relato del Dr. Jekil y Mr. Hyde ¿se podrá escribir algo más que una pobre biografía de poca relevancia, para analizar el devenir de una "celebridad" olvidable, quizá, en poco tiempo?3

Es fundamental para los objetivos de este trabajo, mencionar, sin embargo, la más trascendental victoria política de Paco Stanley: ese cenit que su nombre logró alcanzar... después de muerto. Con su deceso, y por inconmensurable que pareciera, se intentó afectar fuertemente, en consecuencia, la transición política en la Ciudad de México, muy frágil en sus primigenios años (fragilidad que aún persiste, cabe señalarlo).

Ese hombre, Francisco Jorge Stanley Albaitero, obtuvo nada más en el sólo día de su muerte, 7 de junio de 1999, más fama y poder, que en los casi 57 años de imparables latidos de su corazón (pues arribó a nuestro valle de lágrimas un 3 de julio de 1942). Fama que no alcanzó a saborear, por cierto. Como versa aquel recordado corrido ranchero, La muerte del gallero (cantado por Vicente Fernández y llevado al cine por Antonio Aguilar): "nadie soñaba el día, ni como habría de acabar". El lunes 7 de junio de 1999, transcurrió, hasta las once del día, de manera rutinaria para Stanley, ya que asistió, en compañía de su escolta (que de mucho no le serviría aquel día), como era costumbre, a desayunar a El charco de las ranas, una taquería cercana a las instalaciones de TV Azteca, empresa en la cual venía trabajando desde hacía poco tiempo. Le acompañaron, esa mañana (una vez concluido Una tras otra, su programa matinal), Mario Bezares y Jorge Gil, destacados miembros de su equipo de trabajo. Tras pagar la cuenta y abordar su camioneta (esperando retornar al trabajo cotidiano), el animador fue sorprendido por dos sujetos que, sabiendo capitalizar el factor sorpresa, le dispararon a quemarropa, con armas cortas y automáticas. Fueron más que suficientes para matarle, cuatro certeros impactos de bala en la cabeza.

Los ejecutores de aquel crimen, a decir de los testigos, no tuvieron grandes impedimentos en la hora determinante. Cruzaron tranquilamente el puente que cruza el Anillo Periférico, y arribando hasta el estacionamiento del restaurante, sin contar con resistencia alguna por parte de los desarmados escoltas, lograron cabalmente su objetivo. No obstante, cuando se disponían a huir, los agresores fueron repelidos a tiros, por dos policías que estaban cerca de la escena del crimen, dando lugar a una relativamente nutrida balacera. Los sicarios pudieron darse a la fuga, hasta llegar al otro extremo del puente, donde les aguardaba un tercer cómplice, al volante de un automóvil Jetta, color gris, modelo del año, que había robado pocos días antes (vehículo localizado, horas después, en calles de la Colonia Morelos, cerca del centro de la ciudad, después de ser abandonado). El saldo de aquella ejecución, lamentablemente, se acrecentó con la muerte accidental de Juan Manuel de Jesús Núñez, cuya desgracia consistió en haber desayunado, en una hora y lugar equivocados, pues al momento de salir de El charco de las ranas, quedó en medio de un fuego cruzado, entre los policías y "gatilleros". Por si dos muertes hubieran sido poca cosa, Lourdes Hernández (esposa de Núñez), Pablo García (acomodador de autos del restaurante) y el propio Jorge Gil, salieron con heridas de diversa gravedad.

Ese breve instante y por demás violento, narrado en renglones previos, no puede ser el comienzo formal del ensayo. Menos aún, podría representar el final. Si bien marcaron una muy inesperada conclusión para la existencia física de dos hombres, los acontecimientos del 7 de junio de 1999, fungieron como intermediarios en un proceso puesto en marcha, desde tiempo atrás, con un todavía largo desenvolvimiento futuro, donde tendrían que intervenir muchos actores, algunos, bien cercanos a Stanley, y otros, aunque poco relacionados con él (políticos estrechamente ligados con el negocio televisivo), terminaron por adueñarse de su memoria, para usarla como ariete de guerra.

I. Un fantasma recorre la Ciudad de México: el fantasma cardenista

Hacía finales del siglo pasado, encontrándose desgastado y desacreditado el partido que nació del poder y se adueñó del mismo desde 19294, la Ciudad de México, como otras pocas entidades federativas mexicanas, transitó, moderadamente, rumbo a formas de gobierno democráticas, sin el tufo priísta de antaño. En 1997, a cuenta del voto popular, las puertas del gobierno capitalino, le fueron abiertas a la administración conducida por Cuauhtémoc Cárdenas, que previamente había ganado, con el abanderamiento del Partido de la Revolución Democrática (PRD), la disputa por la flamante figura de jefe de gobierno, durante las elecciones federales del 6 de julio de ese año.

El 5 de diciembre de ese mismo año, con la toma de posesión del hijo del ex presidente Lázaro Cárdenas, se restituyó formalmente a los capitalinos, la determinación para elegir al gobernante de su ciudad, facultad de la que habían sido despojados por el invencible general Álvaro Obregón, en cuya presidencia, se optó por nombrar, para el gobierno de la Ciudad de México, a un regente designado por el Ejecutivo Federal. Con el triunfo perredista en la capital mexicana, faltando poco tiempo para el arribo al tercer milenio, se daría formal clausura -con sabor a victoria- a un ciclo trascendental en los claroscuros recuerdos de la izquierda mexicana. Ciclo iniciado con la lucha encarnada en el llamado movimiento neocardenista, el cual sembró sus primeras semillas en Michoacán, dando nacimiento a un árbol, cuyas raíces, paulatinamente, se expandieron hacía todos los confines de la nación mexicana.

En 1980, paradójicamente, aún en las filas del PRI (organismo a quien le atestaría los más duros golpes, después de la dura experiencia de 1968), Cuauhtémoc Cárdenas debutó como gobernador de la entidad que vio nacer a su estirpe, comenzando de esa manera una lucha a futuro, al obtener el apoyo de sus coterráneos, quienes le apoyarían, como quedó demostrado pocos años adelante, dentro o fuera del otrora partido -mexicano- de Estado.

Transcurridos seis años como gobernador, en pleno 1986, finalizó su mandato en el gobierno, y en opinión de Enrique Krauze: "Una corriente 'crítica' nació dentro del PRI exigiendo democracia. La encabezaba el ex gobernador de Michoacán, el hijo del 'Tata Lázaro', un hombre que en su nombre y apellido concentraba simbólicamente el nacionalismo popular de la historia mexicana: Cuauhtémoc Cárdenas. Junto con otros priístas destacados (como el ex presidente del PRI y ex secretario de Trabajo y Educación, Porfirio Muñoz Ledo) recogería la bandera democrática que Miguel De la Madrid había despreciado y se la llevaría con él, de ser preciso, fuera del PRI. Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo se salieron del PRI. Sin haber organizado un partido para las elecciones de 1988, Cárdenas aceptó su postulación por una pequeña coalición de pequeños partidos" (Krauze, 1999, p. 90-91).

La corrupción imbatible en todas sus variopintas manifestaciones: untes, coimas, mordidas, sobornos, cohechos, embutes; el fingimiento democrático; el creciente número de mexicanos que arribaban a estadios de pobreza cada vez más graves; el enriquecimiento constante y sonante de los socios de la "empresa del poder" y los patriarcas de la "familia revolucionaria"; la enorme dependencia con Estados Unidos, con la leve pero encaminada pérdida de la identidad nacional, fueron temas de análisis para el clásico ensayo de Daniel Cosío Villegas, La crisis de México, publicado en 1947. En ese trabajo, el fundador de El Colegio de México (Colmex), formuló una conclusión contundente: los gobernantes mexicanos, con su pequeñez moral y política, se quedaron cortos al momento de cristalizar los anhelos que detonaron el inicio de la revolución mexicana, a la cual, en beneficio de unos pocos, se le dio un nuevo rumbo, después de 1940, una vez concluida la primera experiencia cardenista.

Para la década de los 80's, después de su segundo año, y una vez cancelada de manera abrupta "la última oportunidad de la revolución mexicana"5, otro cambio en el curso social y político para México, empeoró, hasta niveles nunca antes reconocidos en la era posrevolucionaria, las condiciones materiales de la inmensa mayoría de la población nacional. Las proporciones de la crisis característica de la década perdida, asentaron las condiciones propicias para el resurgimiento del cardenismo. Parafraseando las palabras iniciales de El manifiesto del partido comunista, un arquetípico actor político de aquel decenio, Superbarrio Gómez, definió con suma nitidez, a finales de 1987, el presente y futuro del movimiento neocardenista:

"Un fantasma recorre México: el fantasma de Lázaro Cárdenas. Lo creíamos muerto, pero no fue así. El gobierno creyó muerto a Lázaro Cárdenas, pero los grandes hombres no se entierran, se siembran [...]" (Tirado, 1990, p. 11 en Cuéllar, 1993, p. 156). Los enormes sacrificios sociales impuestos con el Programa Inmediato de Reordenación Económica (PIRE), en 1983; los quemantes recuerdos de San Juan Ixhuatepec, en 1984; los temblores de 1985; la lucha contra "el fraude patriótico" en Chihuahua, en 1986; la quiebra de la Bolsa de Valores, con su amargo resultado: el Pacto de Solidaridad Económica (PSE), en 1987; fueron, todos, agravios contra una que optó por consolidar, como líder opositor al gobierno neoliberal de Miguel de la Madrid (1982-1988), a Cuauhtémoc Cárdenas, con miras a las elecciones federales de 1988. Los más altos operadores políticos del régimen, ni en sus más horrendas pesadillas, previeron una situación como la presentada el 6 de julio de 1988. Hasta el moderno sistema de cómputo, comprado específicamente para brindar información electoral "minuto a minuto" (según presumiera Manuel Bartlett), "se cayó", factiblemente, por el susto que le ocasionó el fantasma cardenista.

Aún con la gran fuerza adquirida por el movimiento neocardenista, en un final hasta cierto punto previsible, el triunfo electoral se le adjudicó, al candidato oficial, Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), autor intelectual de las políticas económicas repudiadas por los votantes. Con Cuauhtémoc Cárdenas al frente, las agrupaciones independientes de trabajadores, las amas de casa, los universitarios, varios pueblos indígenas, incluso algunos sectores intelectuales, formaron un frente opositor contra la imposición de resultados tan dudosos, como los registrados en esas votaciones. En verdad, no lograron impedir (ni llenando hasta el tope el Zócalo capitalino, amenazando con tomar, de manera violenta, el Palacio Nacional) la toma de posesión, como "presidente constitucional", de Salinas de Gortari.

Dentro de la Ciudad de México y sus territorios aledaños, el triunfo cardenista fue reconocido, incluso, por las autoridades en materia. Pero la falta de experiencia política, conjuntada con una escasa visión a futuro de algunos dirigentes locales del Frente Democrático Nacional (FDN)6, propició que el PRI se apoderara de espacios que pudieron ser para la oposición, al no haber postulado candidatos comunes a la Primera Legislatura de la Asamblea Legislativa del D.F. El 1 de diciembre de 1988, quedó finiquitada una parte de la contemporánea lucha cardenista y, en pocos días, comenzaría otro trecho en su lucha por la democracia.

Con la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), hecho consumado, gracias a la utilización del registro legal del ahora extinto Partido Mexicano Socialista (PMS), quedaba más o menos firme, el proyecto de una izquierda unificada. La cuenta a pagar por los militantes y simpatizantes del PRD, a cambio de su reconocimiento oficial, fue saldada con represión, tortura y muerte. Solamente en el periodo 1988-1994, se tienen registradas muchas muertes relacionadas con la afiliación o simple simpatía para el partido del sol azteca, más notoriamente en zonas rurales. El propio Cuauhtémoc Cárdenas, en alguna ocasión, declaró atinada e irónicamente, que "el PRD ponía los muertos".

Para las huestes perredistas, en términos estrictamente electorales, el sexenio salinista fue un claro revés de los aires triunfalistas respirados en 1987 y 19887. Desde la residencia oficial de Los Pinos, aferrado a su adagio "ni los veo ni los oigo", el presidente, moviéndose astutamente en dos frentes, el político y el económico, logró neutralizar al PRD, incluso en sus zonas de influencia. Poco o nada obtuvieron los colores amarillo y negro, en el estado de México, Morelos, Guerrero, en el propio Michoacán y, particularmente, en la Ciudad de México. Las elecciones intermedias de 1991, corolario a las varias derrotas izquierdistas de ese sexenio, terminaron por apuntalar al Ejecutivo, que con el timón bien firme, se lanzó a ejercer, sin trabas, su "salinastroika" (perestroika sin glásnot) o, en otras palabras, reformular por completo el sistema económico, relegando a segundos términos lo concerniente a los cambios políticos, invirtiendo el esquema implementado en la extinta Unión Soviética por Mijail Gorbachov.

Con el entramado político a su favor, Salinas de Gortari y su gabinete de tecnócratas, no vacilaron en vender, en el marco de su discurso "modernizador", la idea de un México de "primer mundo". El camino menos sacrificante, afirmaban, era la firma de un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, aspiración concretizada en 1992. Otras reformas, muy criticadas y finalmente realizadas, fueron: 1) la modificación al Texto Constitucional, en lo concerniente al, por muchos años, intocable artículo 27; 2) la nueva relación entre las Iglesias y el Estado, fruto de otra enmienda constitucional: al artículo 130; 3) la privatización de la mayoría de los activos que el Estado poseía en Teléfonos de México (Telmex), la banca y, notoriamente, en los medios de comunicación (ésta última sería una desregulación que daría mucho de que hablar en los años venideros).

En la capital, poco a poco, perdían color las rémoras cardenistas. Con Manuel Camacho Solís como regente, las aguas no se desbordaron, como parecía ocurrir en 1988. Quien fuera negociador número uno por parte del PRI después del proceso electoral que, apuradamente, diera el derecho de portar la banda presidencial a Salinas de Gortari, tuvo que conformarse con el ya desaparecido Departamento del Distrito Federal. En la mente de Camacho, figuraban, por su estrecha y añeja amistad con el presidente (desde sus tiempos en la Facultad de Economía de la Universidad Nacional), secretarías de la importancia de Gobernación o Relaciones Exteriores, y no logró instalarse en el liderazgo de alguna de ellas, por no pertenecer al "gabinete compacto" (núcleo central del poder durante el gobierno salinista), o sea, al grupo liderado José María Córdoba Montoya, (especie de vicepresidente de facto), donde convergían funcionarios de la talla de Luis Donaldo Colosio, Ernesto Zedillo y Emilio Lozoya. Previendo que Camacho adquiriría demasiada fuerza, suficiente para obtener el dedazo rumbo a 1994, el poderoso Córdoba obtuvo el convencimiento presidencial, para remitir al ex académico del Colmex, a una zona socavada: la Ciudad de México, anhelando su desgaste y posterior defunción política.

A pesar de todo, muy cerca se quedó el regente de obtener el deseadísimo dedazo, pues no se estropeó notoriamente, gracias a sus habilidades negociadoras, mismas que si bien no le permitieron el arreglo definitivo de las múltiples vicisitudes capitalinas, le posibilitaron, cuando menos, la contención de las mismas.

Perdió, en 1993, una cerradísima lucha con Luis Donaldo Colosio, hijo político del "gran elector" en turno. Colosio, el sonorense, era un hombre que fundía, en sí mismo, todas las cualidades de un tecnócrata brillante y un político experimentado. Egresado del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y post graduado de la renombrada Northwestern University, en Estados Unidos, Colosio, además, había sido diputado, senador y presidente del PRI, sin olvidar su declarada fe católica. Era, en suma, el candidato perfecto para el proyecto salinista, merced a su respetuoso y amplio conocimiento de los designios de la economía neoliberal, armónicamente conjugados con su experiencia en la arena de la real politik, atributo que borraría la mala imagen de los tecnócratas, acusados de adueñarse del poder, sin haber transitado por puestos de elección popular.

Camacho, el perdedor, parecía no resignarse, y por poco le ocasiona otra ruptura a su partido. Con la Cancillería como premio de consolación, quedó conjurado el peligro de una escisión priísta, que sin olvidar la lección de hacía seis años antes, hubiera resultado fatal con los comicios de 1994 a la vuelta de la esquina. A Manuel Aguilera Gómez, funcionario experimentado, se le confirió la responsabilidad del gobierno capitalino. El último año de la administración salinista, era concebido como el de la plena "consolidación" económica de México, gracias a la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN), y a la continuidad de las políticas económicas que dieron forma al mismo, con el aval representado en la figura de Luis Donaldo Colosio.

Pero todo terminó en desilusión, cuando un no muy grande grupo de indígenas chiapanecos, comandados por un tal Subcomandante Marcos, justo el primer día de aquel año tan aguardado, terminaron por arruinar la fiesta, levantándose en armas contra el Estado, dando a conocer su presencia muy rápidamente, merced a la cobertura de los medios de comunicación, escritos y electrónicos, nacionales y extranjeros, que hicieron acto de presencia en el lugar de los hechos: los altos de Chiapas.

Para colmo de males, el candidato oficial, el mandatario en ciernes que garantizaría la permanencia en el poder de los neoliberales, hasta el año 2024, como vaticinara José Ángel Gurría8 (funcionario clave en los años venideros), no acababa de convencer, ni al presidente ni a su partido. Por momentos, en su campaña, parecía distanciarse de la prédica que estaba obligado a reproducir: el libre mercado es el único camino.

El 1 de marzo, durante un discurso enmarcado en el aniversario de la fundación del PRI, Colosio, bajo la influencia de la lastimera revuelta indígena en Chiapas, develó el rumbo que seguiría su administración, presumiblemente lejana de los deseos de quien no se resignaría a ser un simple antecesor: Salinas de Gortari. El 24 de marzo, en Lomas Taurinas, una paupérrima colonia de Tijuana, la vida le fue arrebatada por Mario Aburto Martínez. O al menos eso fue lo reconocido por las autoridades que investigaron el caso. El sucesor en la candidatura oficial, un oscuro economista que respondía al nombre de Ernesto Zedillo Ponce de Léon, se vería obligado a contender con políticos experimentados y totalmente encaminados en la justa electoral, la cual tuvo que ser abandonada, parcialmente, por el partido del presidente. Cuauhtémoc Cárdenas, por la izquierda concentrada en el PRD, y Diego Fernández de Cevallos, representante de la derecha, eran las figuras a vencer.

Dentro del PRD, para los comicios federales de 1994, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, aspiraban a lidiar por La Grande. Por mucho, los dirigentes máximos del PRD, empezaron ese año una disputa político-personal, que tiempo adelante se volvería más enconada.

El saldo de las elecciones, realizadas el 21 de julio, terminó por formar un claro retroceso para el PRD. Su candidato quedó relegado hasta el tercer puesto, por debajo de El Jefe Diego, y del ganador, Ernesto Zedillo (1994-2000), más beneficiado por los "votos del miedo"9 que por su plataforma política, y garante seguro de la continuidad en el modelo económico salinista-neoliberal.

El 1 de diciembre, como lo estipula la Constitución, Zedillo recibió la estafeta, poniendo punto final, a un año, no de consolidación, sí de violencia y desencanto. No únicamente tendría su gobierno que arrastrar el lastre chiapaneco, pues el lastimero recuerdo de Colosio, y la sacudida que causó al país el asesinato de otro priísta connotado, José Francisco Ruiz Massieu, hacían reflexionar sobre el cada vez más evidente divorcio entre la política y la economía. Aún cuando la economía no adolecía de absolutamente nada, como afirmaban hasta el cansancio los encargados de las finanzas nacionales, a los veinte días de iniciada la era zedillista, quedó demostrado lo contrario, lo que nadie deseaba ver: la economía estaba tanto o más podrida que la política.

El 20 de diciembre, las cada vez más fuertes presiones sobre el tipo de cambio, terminaron por doblar a los operadores económicos estatales. La devaluación, como en 1976, 1982 y en 1987, brindó, en vez de aplausos, sonadas rechiflas para despedir a las administraciones salientes, además de obligar a remar en contracorriente, a las administraciones entrantes. Claro que los sacrificios más grandes, no los asumió el gobierno; los asumió el resto de la población mexicana, que en 1995 tendría que salir de los sueños salinistas para entrar a una realidad frustrante y desesperanzadora: inflación, desempleo, aumento galopante de la inseguridad pública, más un largo etcétera. Era el momento -emergente - de recomponer las relaciones políticas entre el Estado y el PRI, entre el Estado y los partidos de oposición y, a grandes rasgos, entre el Estado y la sociedad.

La relación entre Zedillo y su partido, en los caóticos inicios de 1995, no terminaba de aclararse. En el aire, flotaba, para el PRI, la amenaza latente de perder fuerza ante a la oposición. Por si fuera poco, el Ejecutivo, empecinado en evitar que la economía se hundiera más, tomaba en cuenta a su partido cada vez menos, acercándolo al punto de convertirlo en mero apéndice de las decisiones más importantes.

El triunfo electoral sin precedentes, forjado por una participación electoral cercana al 77.7 por ciento, le ofreció a Zedillo la posibilidad de llevar adelante una política dura en el plano económico, donde el PRI iba a tener un papel ínfimo que desempeñar. La concepción tecnocrática del poder de Ernesto Zedillo, buscó trasladar un posible debate sobre la situación del país a un terreno inofensivo, donde las decisiones pueden darse en el mediano y largo plazos.

Ante un tormentoso horizonte, la prioridad era, como al principio del gobierno de José López Portillo, ceder espacios políticos, con la intención de suavizar el descontento social, causado de la crisis económica. López Portillo y su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, idearon una Ley de Operaciones y Procesos Políticos y Electorales (LOPPE), fundamental para el aseguramiento de espacios (reducidos) en el Congreso, a los partidos opositores. Zedillo, adecuándose a sus tiempos, se abstuvo de impulsar la creación de una ley del calibre de la LOPPE, a cambio de obligar al PRI, a ceder, cada vez más espacios, en terrenos propios del Poder Legislativo (local y federal) y Ejecutivo (municipal y estatal).

En la Ciudad de México, donde los conflictos sociales se agravaron peligrosamente, teniendo en los controles a un regente falto de pericia política, Oscar Espinosa Villareal, el camino para una eventual embestida antipriísta, se hallaba tanto o más transitable que en 1988. Reducir al PRI a su mínima expresión resultaba muy necesario, a fin de negociar un pacto de gobierno con la oposición. Concesiones evidentes en la ley electoral, más otras tantas disimuladas fueron allanando el camino a Cuauhtémoc Cárdenas, para resultar elegido jefe de gobierno del Distrito Federal, en una disputa de previsible resultado, no sólo por las tendencias que arrojaban las encuestas, sino por la voluntad expresa de no buscar un candidato fuerte del PRI.

Escoger a Alfredo del Mazo para contender contra Cárdenas, equivalía a rendirse antes de empezar el combate. Contra la práctica inaugurada por Salinas de Gortari de negociar después de la elección, no hubo un convenio directo a cambio de aceptar una decisión del gobierno, que implicaba perder el Distrito Federal, que de todos modos no habría podido ganar el PRI. "Por primera vez desde 1521, Cuauthémoc ha vuelto a tomar su ciudad", escribió Carlos Fuentes, una vez que el dos veces candidato presidencial, dejó en el camino por obtener la jefatura de gobierno del Distrito Federal, a Porfirio Muñoz Ledo (nuevamente al interior del PRD), Alfredo del Mazo (PRI) y Carlos Castillo Peraza (PAN). En el mismo artículo, sugiere el autor de La muerte de Artemio Cruz: "Que la tentación de ser Tlatoani Máximo no le distraiga de las tareas del ciudadano mínimo" (Fuentes, "La ciudad minada" en La Jornada, 3 de diciembre de 1997, p. 1).

Ese gobierno perredista, aunque contó, ahora sí, con la mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa, se vio bajo constantes arremetidas en varios frentes: recortes presupuestales (desde el Legislativo Federal), falta de cooperación en problemas conjuntos (con el vecino estado de México) y un abanico enorme de patologías dentro de su propia jurisdicción. Por si lo anterior hubiera sido poca cosa, el -desde un principio- inevitable choque con el Ejecutivo Federal terminó por arrojar saldos negros para el bando cardenista.

Pese a su inobjetable origen democrático-electoral, el gobierno de Cárdenas también se topó con un escollo no previsto, de inmenso poder, oscuros antecedentes y turbias relaciones con la cúpula política de México. Ese escollo está ubicado hoy en las faldas del Ajusco y responde al nombre de TV Azteca.

II. El juez electrónico y su génesis pervertida

Con lo importante que resulta, al día de hoy, analizar la relación que guardan los medios de comunicación y la democracia, es conveniente ubicar un error muy repetitivo, constantemente ubicado en trabajos de investigación avocados al tema. Dicha equivocación consiste en concebir a los medios de comunicación como un resultado abstracto de lo que el público "desea ver y saber".

Pensar así, deja al margen elementos sustantivos de la composición interna, así como de la intencionalidad externa de los propios medios de comunicación. Intencionalidad capaz, en una experiencia del pasado reciente, de confrontar abiertamente a un depositario de la democracia: el gobierno de la Ciudad de México. Esa confrontación partió de intereses de grupo, no por "el deseo" de los televidentes.

Tan importante es crear conocimiento sobre los aportes ofrecidos a la democracia por los medios de comunicación, como necesario es profundizar sobre los impactos regresivos que puede llegar a ejercer la comunicación de corte político, sobre lo concerniente a la construcción, difusión y evaluación de la democracia.

Hubo un actor que no se presentó, estrictamente, en términos políticos o sociales, tomando en cuenta que los motores que impulsaron su nacimiento y desarrollo fueron algunos experimentos técnicos, destinados a capturar imágenes para su posterior emisión a distancia. El resultante de tales experimentos es conocido, actualmente, con el nombre de televisión.

Efectivamente, la televisión constituye -al tiempo que no era sensato meter en una misma bolsa a todos los medios de comunicación por igual- un segundo elemento de reflexión (el primero fue el gobierno perredista de la Ciudad de México, con sus antecedentes). Asimismo, se analizará en las líneas posteriores, a una sola compañía televisora, la que vino a ocupar el sitio del Instituto Mexicano de Televisión (Imevisión)10, para dar pie a la actual TV Azteca.

Ahora bien, cabe preguntarse: ¿por qué estudiar a TV Azteca? Para responder a esa interrogante, se demanda revisar, una vez más, lo acontecido el 7 de junio de 1999, fecha importante no tanto por la muerte de Paco Stanley, sino por la actitud asumida por la empresa para la cual trabajó los últimos meses de su ajetreada vida.

Impulsándose con la muerte de uno de sus más reconocidos empleados, TV Azteca desató un huracán mediático poderoso, verdaderamente inédito, confrontando abiertamente, a la administración capitalina. En un primer acercamiento al problema es posible opinar que nada, absolutamente nada, tenía que pelearle una televisora a una autoridad que, más allá de las diferentes posturas políticas de los lectores de este ensayo11, ejecutaba legalmente todas las funciones conferidas por las leyes, al tiempo de no impedir u obstaculizar el libre accionar de empresa televisora alguna12.

En TV Azteca, sus más reconocidos trabajadores13, a cuadro, con un dramatismo inédito, se desgarraron las vestiduras, autonombrándose depositarios del "clamor social", usando por igual el recuerdo en vida, como el asesinato de su efímero compañero, para retomar y maximizar una línea editorial que presentaba (y sigue presentando) al Distrito Federal como una zona perdida, donde todos peleamos contra todos, para devorar y evitar ser devorados en una clara aplicación de ley de la selva. Que la antigua México-Tenochtitlán, en otros tiempos capital del Imperio Azteca, ya se había trasformado, en una metrópoli donde vivir resultaba riesgoso, era una verdad indiscutible que convenientemente fue manipulada para salvaguardar oscuros intereses.

A los televidentes, cual si fueran monigotes sin poder de razonamiento, se les proyectaron bastantes imágenes de Stanley, tanto vivo como muerto, con reiterativos reportes desde el lugar del crimen, del traslado del cadáver al forense, del velorio y, para coronar aquella campaña, del entierro del personaje.

Momentáneamente, la realidad del crimen en la ciudad fue confundida para dar la idea de que Stanley fue víctima del clima de inseguridad pública14, tan característico en la capital. Sin embargo, según el modus operandi de los asesinos, todo parece indicar que al animador fueron directamente a ejecutarlo, con planeación previa, y ello quedó parcialmente demostrado en una reconstrucción de los hechos (el 21 de junio de 1999) que contó con la presencia de Bezares y Gil. Se desprende por la cobertura dada a la noticia, que lo importante no era buscar quién la hizo, sino quien la pagara, resultando como el más idóneo pagador de los platos rotos, el gobierno de la Ciudad de México.

A los poco minutos de ocurridos los asesinatos de marras, principió una cobertura por demás tendenciosa, presentando opiniones y testimoniales entre los empleados de TV Azteca, con la intención de amarrar navajas a los televidentes, como si se pretendiera lanzarlos contra las autoridades locales. Jorge Garralda, el conocido conductor del programa A quien corresponda -con fama de filántropo, aunque el señor, en realidad, no es más que un simple gestor de ayuda brindada por terceras personas- declaró, rabiosamente:

"Yo lo hago a usted responsable, ingeniero Cárdenas, porque no ha cumplido lo que nos prometió" (Citado en La Jornada, 8 de junio de 1999, p. 5).

Ricardo Salinas Pliego, jefe de Garralda, dirigió a los televidentes de su compañía, la noche del 7 de junio, un mensaje verdaderamente intimidante, con tintes subversivos, buscando inducir, en apariencia, la insurrección social contra las autoridades; el siguiente extracto corresponde a aquella proclama:

"Hoy le tocó a Paco, mañana le puede tocar a usted o a mí o a cualquiera. La impunidad nos aplasta y ¿dónde está la autoridad?, pregunto yo, preguntamos todos. ¿Dónde está la autoridad?, ¿para qué pagamos impuestos?, ¿para qué tenemos elecciones?, ¿para qué tenemos tres poderes?, ¿para qué tanto gobierno cuando no hay autoridad? En esta ciudad, como en muchas otras ciudades de México, la impunidad, la ineptitud de la autoridad, y también la indiferencia de los ciudadanos, ya llegó al límite. Hoy lloramos por Paco y mañana ¿por quién lloraremos? Está claro que las autoridades han fallado [...] " (Ibid, p. 6).

Para machacar, en un comunicado de prensa difundido por TV Azteca ese aciago día, pudo leerse lo siguiente: "Si no son capaces de hacerlo (vencer al crimen) que renuncien".

La mañana del 7 de junio de 1999, terminó quedando inscrita en los anales históricos de la política y la televisión mexicanas, en parte, por la manera violenta en que le fue arrebatada la vida a Stanley, y complementariamente, por la virulenta reacción de TV Azteca. Perjudicada, en suma, resultó la transición democrática en la Ciudad de México.

TV Azteca no es una empresa de nacimiento transparente. Para entender su pasado reciente, se necesita hurgar en su génesis, lo cual conduce a un encuentro ineludible con la élite del poder político mexicano, con los colores del aún poderoso PRI. Pese a que durante algún tiempo, se alardeó de ser "una privatización exitosa", fueron, en su momento, muchos los secretos que rodearon su salida del patrimonio nacional para una posterior inclusión en la Iniciativa Privada.

Recuerda José Agustín:

"A fines de marzo de 1992 se supo que el Canal 13 sería desincorporado, pero el anuncio oficial lo hizo la Secretaria de Hacienda hasta noviembre [del mismo año]. Se trataba de [...] Corporación Mexicana de Radio y Televisión, compuesta por los canales 13 y 7 con sus respectivas redes nacionales [...]

A principios de 1993 ya se habían apuntado cuatro grupos de compradores. El más fuerte e idóneo parecía ser Medcom, compuesto por Joaquín Vargas (de Multivisión, que transmitía por cable; Stéreorey, Globo Stéreo y Multiradio Digital), Clemente Serna (de Radio Red, Radio Programas de México y el Canal 6 de Guadalajara) y Adrián Sada (del Grupo Monterrey). También se le daban posibilidades al grupo GEO, del guadalajareño Raymundo Gómez. Después venía Cosmovisión, un heterogéneo grupo encabezado por Javier Pérez de Anda, y hasta la cola quedaba el Grupo Televisora del Centro, encabezado por Ricardo Salinas Pliego (de la red de tiendas Elektra) y la familia Aguirre, dueña de la cadena Radio Centro, pero los Aguirre finalmente se pasaron a Cosmovisión, por lo que Salinas Pliego se quedó a la cabeza del grupo. Sus planes consistían en 'mantener estricta colaboración con el gobierno y obedecer las direcciones de comunicación social de las secretarías de Estado'.

En julio de 1993 la gran sorpresa fue cuando el grupo de Ricardo Salinas Pliego, que no tenía ninguna experiencia en los medios de difusión, ganó la subasta al ofrecer 645 millones de dólares, superiores en 30, 45 y 60 por ciento a las ofertas de Cosmovisión, Medcom y GEO. Salinas Pliego explicó que obtuvo el dinero mediante un crédito sindicado de varios bancos, pero apenas tres días antes de la entrega de su postura aún no lo tenía. 'Luego le doy los nombres', le contestó Salinas Pliego a Pedro Aspe (en ese entonces, secretario de Hacienda) cuando éste le preguntó si ya tenía socios, y 'en esas ando', le dijo a Rafael García Rosas, el director de la Unidad de Desincorporación de Hacienda. Después se supo que Raúl Salinas de Gortari, el Hermano Incómodo del presidente, le había pasado treinta millones de dólares a su tocayo de apellido" (Agustín, 1998, p. 203-204).

A la postre, saldrían a relucir los estrechos contactos entre el poder (político) de la familia del ex presidente Salinas de Gortari, con el poder (financiero) del multimillonario empresario en cuestión, descendiente de los fundadores de la cadena de tiendas Salinas y Rocha. Respecto a tales negocios, efectuados bajo el amparo del poder, en la revista Proceso, otro de los hombres más ricos de México, el neoleonés Adrián Sada González (del grupo Vitro), reveló que:

"[...] Carlos y Raúl (Salinas de Gortari) le propusieron en 1992, antes de la desincorporación del paquete de medios que, con otros inversionistas, participara en la subasta de 'una empresa estatal de comunicación. El presidente y su hermano querían ser accionistas financieros de manera oculta en la empresa televisora' [...]" (Proceso, no. 1161)

Como resultado de diversas investigaciones judiciales, se supo que Raúl Salinas llegó a tener, depositados en Suiza, poco más de 100 millones de dólares. Después del escándalo suscitado por el descubrimiento de tan enormes cuentas bancarias a nombre de un ex servidor público mexicano, las autoridades del país helvético investigaron el origen de los cuantiosos fondos. Como un desprendimiento de esas pesquisas se evidenció la realización de un depósito de 15 millones de dólares, realizado en la localidad de Schaffausen, a una cuenta en la que Ricardo Salinas Pliego aparecía como "apoderado con derecho a firma".

Para completar ese grotesco cuadro, en algún momento que fue citado a declarar por la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), Salinas Pliego tuvo que reconocer, con relación al origen de su empresa televisora, que Raúl Salinas le facilito, a préstamo, 29.8 millones de dólares, para que no dejara de estar a la altura de los demás participantes en la subasta antes referida. Aceptó, igualmente, que el plazo para finiquitar el adeudo venció en 1999.

Es necesario reconocer que después del estrecho y primigenio nexo entre la familia Salinas de Gortari y TV Azteca, muchos de los contactos relacionados con esos turbios negocios, se mantuvieron cubiertos con tupidas cortinas de humo.

Poco tiempo después de que Ernesto Zedillo ocupara la presidencia, entró a laborar en TV Azteca, otro actor de primera importancia: Tristán Canales Nájar, por mucho tiempo vicepresidente de Noticias, responsable directo, en su momento, de la línea editorial de la empresa.

Licenciado en Derecho por la UNAM, con especialidad en finanzas públicas, Canales inició una ascendente carrera política en el PRI, bajo el padrinazgo de Carlos Sánsores Pérez, presidente de ese instituto político durante los primeros meses del sexenio de José López Portillo. Primero se desempeñó como tesorero de la Cámara de Diputados, responsabilidad a la que le sucedieron la oficialía mayor del Senado, la secretaría de Finanzas del PRI, una diputación federal plurinominal y, previo a las elecciones de 1988, la coordinación de Participación Ciudadana en el Distrito Federal. Dentro de la secretaría de Gobernación (ya con Salinas de Gortari como presidente) fungió como director general de Gobierno, antes de ocupar la Subsecretaria de Desarrollo Político, siendo éste el puesto más alto que logró alcanzar en la administración pública federal.

Canales, por cierto, no fue el único ex funcionario de Gobernación que ocupó altos puestos en TV Azteca. Jorge Mendoza, por algún tiempo presidente ejecutivo de Información, y Felipe Solís Acero, director general de Políticas de Información, laboraron tanto en la casona de Bucareli como en la televisora del Ajusco.

De la misma dependencia federal, encargada de sobrellevar la política interna, se desprendieron más ingredientes que terminaron por agravar, todavía más, las estrepitosas consecuencias del asesinato de Stanley. En las ropas que vestía el personaje en cuestión, al momento que le dieron muerte, se detectó, además de cocaína, una credencial expedida por la secretaría de Gobernación, donde se le declaraba "funcionario público facultado para portar armas de fuego".

También su hijo Francisco Adrián Stanley Pedroza y su patiño Bezares, portaban semejantes documentos apócrifos. Como era de esperarse, en Gobernación nadie quería saber nada. La explicación que se dio a la existencia de la "charola" en cuestión, no pudo ser más burda, pues el documento, supuestamente, se había otorgado a solicitud expresa de Stanley, de acuerdo a las atribuciones de la Dirección General de Normatividad y Supervisión en Seguridad. Se considero, además, que había sido asaltado en cuatro veces, y por desempeñar labores en horarios nocturnos, le apremiaba contar con un documento que le amparara portar un arma para su legítima defensa. Por lo anterior, se le otorgó la licencia para portar un arma de fuego.

III. La doble cara de una privatización

TV Azteca no siguió un camino diferente al de la mayoría de las privatizaciones efectuadas por el gobierno salinista. Los nuevos propietarios de las instituciones bancarias, autopistas de cuota y Telmex, al poco tiempo de iniciar operaciones, no se empeñaron en mejorar notablemente los servicios prestados al cliente (que además se vio obligado a pagar, por los mismos servicios, más que en el pasado). Y esto en el mejor de los casos, en tanto que, en situaciones extremas, hasta tuvieron que subvencionar los clientes, el rescate de algunas de esas empresas, por la vía del erario público para evitar su quiebra, tal como aconteció con la banca.

En el caso de la televisión es necesario admitir que su situación financiera no ha demandado, hasta el momento, la intervención del presupuesto federal para un posible salvamento financiero. (Sin considerar, claro está, las enormes entradas de recursos públicos, emanadas de los gastos en publicidad televisiva de los partidos políticos para las campañas electorales en el año 2000).

Como es sabido, uno de los más destacados principios de la política económica neoclásica (neoliberal), es impulsar el adelgazamiento del Estado, a fin de restarle importancia en los aspectos económico-productivos. Asimismo, se hace patente, en opinión de los teóricos de esa postura (Friedman, Von Hayeck), la necesidad de forjar competencia para contener a los monopolios, a partir de la privatización de empresas del sector público, lo cual, al menos en el plano ideal, redundará en beneficios por partida doble: reducir el déficit estatal, a la vez de mejorar el desempeño de todo el sistema económico, gracias a una competición más equitativa entre los productores de bienes y servicios. Para lo concerniente al problema de la televisión privada, de manera crítica, apunta Giovanni Sartori:

"[Una] respuesta de rigor es que la televisión mejorará cuando de verdad haya un orden plural y competitivo, estimulado por la concurrencia de las televisoras privadas. Antes de proclamar que las privatizaciones mejoran las cosas, es bueno tener presente que para los grandes magnates europeos de hoy -los Murdoch o los Berlusconi- el dinero lo es todo, y el interés cívico o cultural es nulo. Y lo irónico de esta situación es que Berlusconi y Murdoch, en su escalada hacía los desmesurados imperios televisivos, se venden como 'demócratas' que ofrecen al público lo que el público desea, mientras que la televisión pública es 'elitista' y ofrece al público la televisión 'que debería querer' [...] Además, tenemos el hecho de que la televisión privada que más cuenta no mejora, si acaso promete bajar el nivel de los productos televisivos" (Sartori, 1997, p. 144).

No debe extrañar, entonces, que de acuerdo a la especializada revista norteamericana Forbes, Ricardo Salinas Pliego, detentara, en el año 2001, la fortuna número 277 en el mundo, estimada en 1.6 billones de dólares, mientras que Emilio Ázcarraga Jean, hombre fuerte de Televisa e hijo de El Tigre, Emilio Ázcarraga Milmo (autonombrado alguna vez como "el soldado número uno del PRI), posea, dentro del mismo periodo, la fortuna número 445 a nivel también mundial, con 1.0 billón de dólares.15

Privatizar se convirtió para el salinismo, y también para la posterior administración de Ernesto Zedillo Ponce de León, en una inmejorable oportunidad de ganarse, a su modo, un eventual reconocimiento de la historia, impulsando un proyecto transexenal, capitalizador de intereses de grupo. No obstante que la deuda externa se disparó al concluir el gobierno de José López Portillo, por pagar solamente el servicio de la deuda, se detuvo el crecimiento de la economía nacional, durante el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado. Aunque Salinas de Gortari heredó un enorme adeudo, cercano a los 103 mil millones de dólares, de diciembre 1988 en adelante, las desregulaciones de industrias y servicios estatales, fueron utilizadas, en parte para el pago de la deuda externa, en parte para introducir la competitividad interna. La economía, en resumen, era tomada como si fuera un torpe e inamovible elefante. En concordancia, el merito histórico del salinismo consistió en "mejorar" la imagen hacía el exterior y el desempeño al interior, en un clásico movimiento de matar dos pájaros de un tiro.

Hasta cierto punto, el presidente doctorado en Harvard, lo logró. Aunque lo hizo con y para gente afín, desde familiares hasta amigos familiares. Al magnate Carlos Slim, el hombre más rico de toda América Latina, le confeccionó el aún existente monopolio de Telmex; a Grupo Maseca, capitaneado por Roberto González Barrera, le vendía el mejor maíz producido en México, a inmejorables precios subsidiados, al mismo tiempo que continuaba la apertura de las fronteras a la importación de granos de dudosa calidad; a personas de incierta experiencia, como los empresarios Carlos Cabal Peniche, Ángel Isidoro Rodríguez Sáenz y Jorge Lankenau Rocha, les confirió el control de la banca, actividad fundamental para el sistema capitalista.

Por cierto, a muchos de los que hizo trepar a lo más alto del hit parade de los ricos, les pidió generosas aportaciones para su partido, siendo esa la finalidad de aquella cena verificada en casa del ex secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, en 1993. Esa noche, con miras al proceso electoral del año siguiente, según escribe Alejandra Salas-Porras (1999), el presidente logró recabar 25 millones de dólares por cada uno de los 25 acaudalados invitados (aunque existen diversas versiones sobre el monto percibido por persona y para el saldo final).

Anterior a la aparición de TV Azteca, el negocio era un claro monopolio, controlado por Televisión Vía Satélite (Televisa). Su control sobre el mercado de la producción era tal, que el destino de la inmensa mayoría de los anunciantes en el medio, se enfocaba rumbo a su oferta de espacios publicitarios. Si bien se lanzaron aires "democratizadores" del mercado televisivo a la entrada en competencia de TV Azteca, eso significó la continuidad de muchos vicios intrínsecos a los vínculos con el gobierno. De ser estatal, la empresa privada del Ajusco se conformó pro estatal, como la había sido Televisa, en prácticamente toda su existencia (descontando los períodos críticos de mediados de los años 70s.)

En cuanto a fórmulas de trasmisión, pese al resquemor de Televisa a causa de la incursión de TV Azteca en su, por muchos años, mercado cautivo, a la postre, se gestó una afinidad oligopólica entre las dos televisoras. Ambas producían telenovelas16, compartían el control absoluto sobre los equipos de Primera División en el fútbol mexicano, importaban y exhibían mucho cine (primordialmente norteamericano, para agravar todavía más la aguda crisis en que se encontraba el cine mexicano), desarrollaron el concepto de programas chismosos (de "crítica e investigación periodística") y dieron rienda suelta a los llamados talk shows, fórmula importada. En la difusión de noticias, sin menoscabo ni cortapisas, el nuevo sistema televisivo dual, como en antaño, continuó tapando los desatinos y dando apoteosis de la acción gubernamental, desde el Ejecutivo y hasta dónde éste quisiera. (Sin ser nada condescendiente con la oposición, incluido el gobierno de la Ciudad de México, con relación a lo que se ha venido señalando líneas atrás).

Darle cabida a todas las voces, sonantes y disonantes, fue un precepto democrático que sencillamente se saltaron las televisoras privadas. Tal cual ha sido el paso de la acción privatizadora en los últimos tres gobiernos federales mexicanos. Abrir la válvula económica para darle paso a un grupo privilegiado de compradores, en aras de simular cierta apertura, brindando espacios reducidos a la disidencia. Con la privatización televisiva, muchas situaciones cambiaron para seguir igual que antes. Pero con las privatizaciones en general, las cosas cambiaron para, en muchos aspectos, estar peor que antes.

Conclusiones

Dotado de una rigurosidad y lucidez únicas en el mundo de la sociología, Pierre Bourdieu -recientemente desaparecido- sostuvo que la televisión es un peligro real para la democracia y la vida política (1997). Para el autor de obras de la talla de El oficio del sociólogo y Sobre la televisión, la política, al mostrarse anuente para su difusión por medio de transmisiones electrónicas, redunda en un franco prejuicio social: la censura invisible.

Para la conformación de una censura invisible, Bourdieu afirma que ésta se encuentra antecedida por una construcción social a dos niveles. Realizando una analogía con lo acontecido en los juegos olímpicos desde tiempo atrás, desde Los Ángeles 1984 (cuando los sponsors privados se adueñaron del espectáculo olímpico), Bourdieu discierne:

"[...] en el juego deportivo el campeón, velocista de los cien metros lisos o atleta de decatlón, no es más que el sujeto aparente de un espectáculo que en cierto modo se representa dos veces17: la primera para todo un conjunto de agentes, atletas, entrenadores, médicos, organizadores, jueces, cronometradores, escenográfos de todo lo ceremonial, que contribuyen al buen desarrollo de la competición deportivo en el estadio, y la segunda para todos los que producen la reproducción en imágenes [...] (Bourdieu, 1996, p. 123-124).

En espacios propios de la televisión, ésta censura visiblemente (para decidir que se transmite y que no) a partir de instituciones que proponen y promulgan leyes y ejercen autoridad competente. Asimismo, censura invisiblemente, cuando el rating -fiel reflejo del estado que guarda el negocio- induce a sacar al aire los materiales más rentables, quitando a los que ofrecen menos posibilidades de lucro.

De los registros emanados del caso Stanley, se desprende una nítida relación entre TV Azteca y el ejecutivo federal. En otras palabras, la historiografía de la empresa asentada en las faldas del Ajusco aporta elementos utilizables para concluir que la acometida contra el gobierno conducido por Cuauhtémoc Cárdenas, tenía por objetivo, colocarle una piedra en el camino rumbo al proceso electoral del año 2000.

Las acciones de las hordas de Ricardo Salinas Pliego forjaron un tipo novedoso de comunicación política, carente de ética, censurando claramente el papel de la administración capitalina, censurando invisiblemente, la labor de los propios comunicadores de TV Azteca.

La respectiva construcción social a dos niveles, comenzó, en el caso Stanley, con la supeditación televisiva a compromisos adquiridos con la cúpula del poder político mexicano, demostrable con:

1) el proceso privatizador de TV Azteca, solidificado con recursos financieros de dudosa procedencia; 2) el empleo de ex altos funcionarios de la secretaria de Gobernación en TV Azteca; 3) los beneficios ilegales, otorgados por Gobernación, a empleados de TV Azteca, a partir del otorgamiento de permisos para la portación de armas de fuego; y 4) el pasado priísta del propio Stanley.

El complemento se estableció cuando se impuso el gran rating registrado por TV Azteca, con posterioridad a la cobertura informativa a los hechos del 7 de junio de 1999. Poco más de 48 puntos para ser exactos18.

Sólo para concluir, es totalmente deseable que nunca jamás se repita la experiencia comunicativa del séptimo día de junio de 1999. Esa democracia que benefició al PRD, al brindarle la posibilidad de acceder al poder en la Ciudad de México (devolviendo a los capitalinos la facultad de elegir a sus gobernantes), se vio muy afectada a raíz de los acontecimientos descritos previamente. Y cómo no, si las instituciones que debieran asegurar la plena consolidación democrática de México, se confabularon, por intereses políticos, con la televisión (otro agente con grandes responsabilidades relacionadas a la política). Esa lamentable censura invisible, se gestó por partida doble, en la total ausencia de regulación -a cambio de la complicidad institucional-, y en la rendición al todopoderoso rating.

Desafortunadamente, el panorama en el futuro cercano no es todo lo halagüeño que se deseara. Al persistir las condiciones analizadas por Daniel Cosío Villegas en los años 40s, es muy difícil pensar que la televisión modificará su contexto de operación, en un contexto nacional, e incluso global, propicio para mantener el orden actual en su relación con la política convertida en negocio privado.

NOTAS

1) "La 'China Mendoza' y Paco Stanley atribuyen su derrota al resentimiento de la gente", disponible en: http://www.proceso.com.mx:8880/proceso/template_hemeroteca_interior.html?aid=0612N28.RTF.

2) "Sí corría la coca, dice Benito Castro", en El Universal, sábado 30 de octubre de 1999, Sección Ciudad, p. 1.

3) Para más detalles de su vida pública y privada, véase http://www.esmas.com/noticias/mexico/72262.html.

4) Considerando las transformaciones, de forma y fondo, que sufrió al compás de sus tres distintos nombres, Partido Nacional Revolucionario (PNR), Partido Mexicano Revolucionario (PMR) y Partido Revolucionario Institucional (PRI), como ahora se le conoce.

5) Apotegma personal y autodefinitorio del gobierno de José López Portillo (1976-1982).

6) Nombre tomado por la coalición de partidos que postuló a Cuauhtémoc Cárdenas para presidente.

7) Ni siquiera pudo ganar, en 1989, la disputa por la gubernatura de Michoacán, territorio quintaesencial de la izquierda tutelada por el recuerdo cardenista.

8) Según refiere José Agustín en su libro Tragicomedia mexicana, p. 234.

9) Los electores, amedrentados por la revuelta indígena en Chiapas y por los asesinatos políticos del último año del sexenio salinista, cayeron en la trampa tendida por el gobierno, el cual urdió una astuta estrategia, en la cual, sutilmente, alertaba a no votar por la oposición, so pena de impulsar el "caos" total para México.

10) Privatizado en 1993. 

11) Incluyéndome como autor.

12) Accionar encauzado, únicamente, por medio de los preceptos legales que reglamentan el lucrativo negocio de la televisión privada. Dicho sea de paso, tales preceptos legales no contemplan el uso de la imagen, para promover la crítica malintencionada, deformante y entorpecedora del quehacer gubernamental, en cualquiera de sus tres niveles para el caso mexicano: municipal, estatal y federal.

13) Javier Alatorre, Jorge Garralda, Lucía Méndez, Patricia Chapoy, y otras personalidades más.

14) Un robo o intento de secuestro.

15) http://www.forbes.com/2002/02/28/billionaires.html.

16) La empresa del Ajusco se caracterizó por importar teledramas, algunos de alto éxito, como Café con aroma de mujer, obra colombiana.

17) Un indicador brutal del peso real de los diferentes actores del showbusiness olímpico son los obsequios entregados por las autoridades coreanas a las diferentes personalidades, cuyo valor iba de 1.100 dólares para los miembros del COI a 110 dólares para los atletas. (Véase V. Simson y A. Jennings, Main basse sur les JO, op. Cit., pág. 201). (Cita del propio Bourdieu).

18) www.proceso.com.mx:8880/proceso/template_hemeroteca_interior.html?aid=1180N08.RTF

BIBLIOGRAFÍA


1. Agustín, José; Tragicomedia mexicana 3; México, Planeta, 1999.
2. Bourdieu, Pierre; Sobre la televisión; Barcelona, Anagrama, 1996, 138 pp.
3. Cosío Villegas, Daniel; La crisis de México; México; Clío; 1997; 71 pp.
4. Cuellar, Angélica; La noche es de ustedes, el amanecer es nuestro: Asamblea de Barrios y Superbarrio Gómez en la Ciudad de Mexico; México; FCPyS-UNAM; 1993; 200 pp.
5. Krauze, Enrique; El sexenio de Carlos Salinas; México, Clío; 1999.
6. Salas-Porras, Alejandra; "¿Hacia un nuevo mecenazgo político? Democracia y participación electoral de los grandes empresarios en México" en Estudios sociológicos XVIII; México; Colmex; 2000; p. 53-84.
7. Sartori, Giovanni; Homo videns: la sociedad teledirigida; Madrid; Taurus; 1998; 159 pp.

 

 

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