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Trazos
de la memoria
Las
campanas, por don Manuel
Miguel
Ángel Sánchez de Armas
Presidente Fundador Honorario de la Fundación
Manuel Buendía A. C.
Tomado de: Revista Mexicana de Comunicación,
Num. 86, abril - mayo 2004.
Los compromisos a medias no existen. Se es profesional
o se es mediocre. Y si en muchas profesiones el único
peligro que acarrea el éxito es una eventual
indigestión después de algún homenaje,
llegar a ser el columnista político más
influyente del país conlleva otro tipo de riesgos.
Riesgos mortales.
Este
caballero de aspecto hosco y contingente, reservado,
que guarda la mirada tras gafas casi negras es, pues,
don Manuel Buendía. A esta hora y en estas fechas
lo encontramos siempre tras el no tan nuevo y no tan
grande escritorio, las manos enlazadas sobre la pulida
superficie o describiendo gestos en el aire, según
sea que escuche o tenga la palabra. De vez en vez, la
derecha sube hasta su cabeza, los dedos muy abiertos,
y el meñique traza una línea.
Este
día de verano del primer año de la séptima
década atiende a un jovenzuelo que se inicia
en el periodismo y oculta su inseguridad tras la arrogancia.
Don Manuel escucha atento. Podría reír,
pero sabe que los periodistas jóvenes son así:
con el tiempo unos crecen y otros empeoran. Decide probar
de qué manera está hecho este ejemplar
–que ahora pide, exige, demanda, reclama información,
abundante y en el menor tiempo posible; es decir, mientras
vacía la taza de café– y don Manuel,
el periodista, no el señor Buendía, funcionario,
toma la palabra. Es cordial pero implacable:
Si usted no precisa antes que nada los términos
y alcances del tema que pretende abordar, si no le pone
límites claramente definidos, se va a meter en
un berenjenal espantoso. Créame. No hay oficina
de prensa que pueda ayudar a un reportero que no sabe
desde el principio qué es lo que quiere. ¿Usted
pretende ser un profesional de la información?
Comience por actuar como tal.
No
es posible que usted se presente aquí con una
solicitud de datos más larga que la lista de
necesidades del país. ¿Está usted
seguro de que quiere escribir un reportaje? Porque más
pareciera que anda recopilando documentación
para una enciclopedia. No permita que una oficina de
prensa haga el trabajo de usted, compañero, porque
entonces habrá dado el primer paso en ese cortísimo
camino que conduce a la mediocridad profesional.
El
azoro en la expresión y un creciente rubor en
las mejillas son la respuesta de este joven periodista,
que balbucea una rápida despedida ya camino a
la puerta. La mirada de don Manuel lo sigue y el dedo
meñique vuelve a trazar un surco, de la coronilla
a la nuca.
Viva
amistad
Las
formalidades de la cena concluyeron hace más
de dos horas y durante ese mismo tiempo, en la improvisada
tertulia, la última copa se ha multiplicado al
calor del diálogo vehemente. ¿Tiene este
país el periodismo que necesita? ¿Son
los columnistas un efectivo contrapeso político?
“¡Las oficinas de la prensa fueron diseñadas
para manipular la información!” El joven
reportero habla sin azoro o rubor. En estos últimos
días del tercer año de la séptima
década, su bitácora se ha engrosado. Hay
aplomo en sus juicios, no importa que sean atropellados.
Don Manuel, el del elegante terno azul oscuro y la corbata
discretamente contrastante, asiste en silencio a esta
parte de la discusión. Dos días después
hará llegar un recado al joven reportero. Y en
el primer mes del cuarto año de la séptima
década, el señor Buendía y el reportero
se convierten primero en compañeros de trabajo
y después son amigos. En los años siguientes
el respeto, la confianza, la cordialidad, la camaradería,
la simpatía, el afecto y la devoción,
van siendo otros tantos nudos en esa amistad. Hasta
que al atardecer del trigésimo día del
quinto mes del cuarto año de la década
octava, esa amistad se vuelve recuerdo. Profundo, vivo,
vehemente. Pero recuerdo al fin.
Periodista
completo
Diálogo
del periodista consigo mismo:
—Si un lector de don Manuel se acercara a ti para
conocer su personalidad, ¿tendrías palabras
para llenar el recuerdo?
—Quizás,
aunque en estos momentos las palabras parecen haber
perdido fuerza. Diría sin embargo que a lo largo
de estos años nunca dejó de maravillarme
la intensidad con que él vivía, su pródiga
vida interior, la vehemencia de su compromiso profesional,
su valentía, honestidad y patriotismo. Fue un
enemigo declarado de la mediocridad, de la solemnidad
y de la prepotencia. Solía decir:
No hay enemigo más peligroso que la secreta
fraternidad de los mediocres. Están por todas
partes, y como cierta clase de individuos, se reconocen
entre sí como un leve movimiento de pestañas,
y a veces sin pestañear siquiera. La primera
ley de los mediocres es la consigna de destruir a los
que no lo son. Para pasarla bien tranquilos –dicen–,
no hay como ser medianos.
—Me
parece que Don Manuel fue un periodista completo.
—Eso
opinábamos muchos. En los últimos siete
años se le tuvo por el más influyente
columnista político mexicano, pero él
nunca se apoltronó en esa cómoda butaca.
Siempre buscaba afinar su desempeño profesional.
Una vez dijo a unos jóvenes de una generación
de periodistas a la que apadrinó, que la formación
del periodista jamás concluye. “Un minuto
antes de la muerte debemos estar contentos porque supimos
algo nuevo, pero ansiosos porque quizá ya no
tengamos tiempo de comunicarlo”. Él sabía
que un periodista nunca puede llegar a sentirse completo.
—Entonces
fue maestro de muchos...
—Pero
en la medida en que supo a su vez reconocer maestros
propios. Don Manuel predicaba que la responsabilidad
de un ser humano es la construcción de sí
mismo, y eso entraña una labor cotidiana en el
estudio, en la reflexión, en la autocrítica,
en el ejercicio profesional diario. Supone también
acercarse a otros seres humanos y aprender de ellos.
En este sentido él tuvo muchos maestros. Cuando
el periodista cree haber llegado a la cima, solía
decir, en ese mismo instante comienza su decadencia...
entre otras cosas porque las cimas suelen ser espacios
muy reducidos.
—¿Cuál
sería otra de sus características profesionales?
—Que
si bien destacó en la praxis, como reportero,
director de un diario, columnista y funcionario, la
teoría no le fue ajena. A través de la
cátedra –que ejerció hasta el último
día– y la reflexión profunda, aportó
valiosos elementos para la edificación de una
teoría mexicana de la comunicación social.
No fue éste un trabajo de gabinete y, por lo
tanto, el producto de sus observaciones se difundió
en algunos círculos, aunque de manera no sistemática
o masiva.
—Recuerdo
que don Manuel insistía constantemente en que
la comunicación social es un elemento constitutivo
del poder. En alguna ocasión dijo que una comunicación
democrática ayuda decisivamente a construir una
sociedad democrática, mientras que una comunicación
autoritaria es causa y efecto de una sociedad autoritaria.
—También
dijo que de la clase de periodismo que tenga un país
dependerán en mayor medida su éxito o
retraso en la búsqueda de la justicia y la democracia,
su independencia política y económica,
el desarrollo de la consolidación de sus instituciones
nacionales.
—Pero
el señor Buendía no se limitó a
declarar su interés por lograr una comunicación
social al servicio de las mejores causas nacionales.
Por ejemplo, durante su paso como funcionario del Consejo
Nacional de Ciencia y Tecnología, organizó
un programa de formación de recursos humanos
para la comunicación social que incluía
desde seminarios y conferencias hasta becas de grado
y especialización técnica en el extranjero.
—¿Y
que me dices de los manuales y guías que entregó
a dependencias oficiales y organizaciones cívicas
como una contribución para ayudar a mejorar la
comunicación entre gobierno y gobernados?
—Sí.
Tuvo una gran capacidad de trabajo. Decía que
la comunicación es el proceso humano por excelencia.
Y nada que atañera al hombre y a su sociedad
le fue ajeno.
Imágenes
en una nuez
Buceamos
en el recuerdo y vamos sacando las piezas de un rompecabezas
con el que armamos una imagen que creíamos harto
conocida, pero que ahora vemos que tenía más
dimensiones:
“Cuando me enteré que había sido
asesinado, con el dolor tuve una enorme sensación
de desamparo”, dijo la escritora. Y la periodista:
“Me parece como si se hubiera perdido la única
garantía de que todo iba a ir bien”. Y
el columnista: “Increíble que encontrara
tiempo para enviarme comentarios sobre mis escritos”.
Y el alumno: “Eramos once en el grupo y entregamos
cinco trabajos cada uno; todos los regresó al
final del curso con numerosas anotaciones”. Y
el amigo: “Fui un muchacho problema; don Manuel
me consiguió un empleo y me obligó a estudiar.
El día que me recibí él estaba
ahí, en primera fila”.
Durante
mucho tiempo estuvo colgada en la pared de su despacho,
montada en un sencillo marco de madera, la instantánea
de un recién nacido. Al calce, en máquina,
ostentaba la siguiente leyenda: “Se llama Manuel,
porque gracias a usted pudo nacer. Mi compañero
y yo le estaremos eternamente agradecidos. ‘N´
y ‘N´, revolucionarios…”
Don
Manuel fue un patriota que creía que la grandeza
de un país se construye de diversas maneras.
Por ello defendió a exiliados políticos,
incluso contra funcionarios del gobierno mexicano. Son
historias que poco a poco se irán conociendo.
Los
compromisos a medias no existen. Se es profesional o
se es mediocre. Y si en muchas profesiones el único
peligro que acarrea el éxito es una eventual
indigestión después de algún homenaje,
llegar a ser el columnista político más
influyente del país conlleva otro tipo de riesgos.
Riesgos mortales.
Don
Manuel recibió amenazas telefónicas y
escritas en diversos momentos. Un grupo extremista llegó
incluso a mancillar las puertas de su domicilio privado
con propaganda fascista. No se puede poner en letras
de molde, en los diarios de mayor circulación,
el nombre del jefe de la estación de la CIA en
México, o el juramento secreto del más
secretero, más fanático y más violento
grupúsculo de una organización ultraderechista
como los tecos, o el teléfono y dirección
de un traficante internacional de armas, o las cifras
–monto, reparto, números de cuentas bancarias,
folios del registro público de la propiedad–
de la corrupción de la industria petrolera, o
los negocios privados de funcionarios públicos,
o los enjuagues del clero político, sin incurrir
en graves malquereres.
Cuando
algunos amigos expresamos temores por la seguridad de
don Manuel, él respondió: “Tengo
miedo yo también, desde luego. Sólo los
imbéciles no conocen el miedo. Pero no por eso
voy a dejar de escribir”.
Y
escribir fue lo que hizo. Dando siempre la cara. Asumiendo
serenamente las responsabilidades que impone el ejercicio
periodístico. El asesino lo localizó fácilmente,
pues don Manuel nunca se ocultó.
Si
hay un tiempo para pasar y un tiempo para vivir, resulta
que lo pasado cabe en una nuez y lo vivido no se puede
medir.
¿En
las hojas de cuál calendario cabría toda
la intensidad de un tiempo que se vuelve sobre sí
mismo y se enriquece en su propia sustancia?
Los
recuerdos no se pueden deshojar uno a uno cuando son
hijos de un acontecer intenso y vehemente en donde todos
los espacios fueron copados por el afecto. Son criaturas
que se multiplican y entrelazan unas con las otras,
imposibles de aislar, palpitantes y dolorosas en su
existir sin tiempo, presentes e inaprehensibles a la
vez, dulces y amargas, exigentes hasta dejarnos exhaustos,
adoloridos, ahítos de sentir que el recuerdo
es más de lo que podemos soportar y al mismo
tiempo lo único que podemos tener.
Doblan
las campanas, pues. Doblan por don Manuel. Pero también
doblan por nosotros. Por todo el tiempo, por toda la
amistad, por todo el amor, por todas las cosas que se
quedaron pendientes.
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