Manuel Buendía: la lucha contra los "poderes invisibles"

Carlos Monsiváis


Conocí a Manuel Buendía poco tiempo después de su salida del Departamento Central, donde fue jefe de prensa del regente Alfonso Martínez Domínguez. Iván, que nos presentó, me previno: "Este hombre es peligroso. Oye lo que le dices." Desde luego, la actitud de Manuel era por lo menos desacostumbrada en un medio donde la cortesía exige la sordera: él oía y, por lo mismo, fomentaba de veras una conversación, no un intercambio de monólogos o un collage de ocurrencias y datos. Yo iba prejuiciado en contra (la condición de excolaborador de Martínez Domínguez) y a favor (la calidad del antiguo reportero policial de La Prensa). La comida transcurrió previsiblemente, entre nombres, juicios, opiniones contundentes y anécdotas que creaban la atmósfera de trato, y de paso situaban al interlocutor. Mi primera impresión resulto duradera: el centro de la actividad social de Manuel era el ejercicio continuado de su profesión, él era periodista porque acumular, organizar críticamente, discernir y divulgar la información era su tarea esencial. El ordenaba su vida a través de su oficio, y eso le permitió una coherencia insólita.

Si mal no recuerdo (y no recuerdo mal, una equivocación en un artículo sobre Manuel es infidencia amistosa) en la época en que empecé a frecuentarlo, Buendía trabajaba en CONACYT y publicaba en El Día, firmada por J. M. Tellezgirón, una columna muy eficaz, así careciese todavía del elemento que distinguió a sus últimos años de periodista: la certeza de ser ampliamente leído, lo que le disminuía las dudas sobre la utilidad de los francotiradores y le agregaba a los escritos una convicción muy infrecuente. Pero ya en El Día, Manuel estaba seguro de su método expositivo, de sus técnicas de investigación y de sus temas: las amenazas a su soberanía nacional; la incongruencia entre actos y palabras que acentúa la ineficacia de los políticos y solidifica la despolitización; la intolerancia de la extrema derecha que es el oscuro pasado fanático que aprovecha y encauza la avidez empresarial. Manuel creía tanto en la vigencia de sus temas que nunca los consideró suficientemente vistos. En contra de la práctica según la cual desplegaba sus obsesiones hasta convertirlas en panoramas inteligibles e imprescindibles. La mejor prueba de lo anterior: las recopilaciones La CIA en México y La Ultraderecha en México.

Nada se pierde, todo se transforma

Aunque, a diferencia de otros amigos conspicuos el sentido de cuya vida es su reelaboración en monólogos, Manuel no era de modo alguno "autobiográfico"; pronto me enteré de su proceso formativo: seminarista en Michoacán, joven militante del Partido Acción Nacional, redactor de la revista del PAN La Nación, reportero policial. De esas primeras décadas, Manuel incorporó a su tarea elementos definidos: el sentido del idioma obtenido en las postrimerías de la formación eclesiástica tradicional; el sentido de la pesquisa del reportero policial que en el campo de las motivaciones cree más en la ambición de dinero que en la psicopatología, y en el soborno que en la inocencia súbita; el conocimiento desde dentro de la mentalidad conservadora y sus desprendimientos fanáticos. El ámbito de la política mexicana que conoció bien desde su paso por la dirección de La Prensa y de un diario efímero, le permitió integrar su visión de conjunto de la realidad del país, pero no le añadió esas dos "enfermedades profesionales": el cinismo y el cultivado desencanto.

Pese a los significados de su experiencia, nunca vi a Manuel "de-vuelta-de-todas-las-cosas". Según Stendhal, un hombre apasionado rara vez es ingenioso. Buendía conjuntó siempre el ingenio con la pasión, y gracias a eso, incluso en medios corruptos mantuvo y acrecentó sus lealtades nacionalistas y populares. Granados Chapa ha subrayado su índole patriótica, y eso es tanto más importante cuanto que se dio al lado del gangsterismo periodístico, del autoritarismo estatal, del saqueo y el fraude, del olvido de cualquier propósito nacionalista. Manuel -y en esto era a la vez anacrónico y precursor del cambio de mentalidad- creía en la regeneración social como parte de la misión del periodista, y por eso no le incomodaron las pequeñas concesiones que le garantizaban su espacio vital. El necesitaba ser oído y leído porque estaba consciente del modo en que servía al interés público; por eso mismo, al irse percatando de la respuesta múltiple de los lectores, su intransigencia creció. Si jamás aceptó las grandes concesiones, al final de su vida se resistía incluso a las pequeñas. El suyo fue un desarrollo moral y gremial a la vista de todos.

Tiene la palabra el Señor Presidente del Ateneo

De nuestras pláticas y del deseo de corresponder a la solemnidad política mexicana con un organismo reverencial ad hoc, surgió la agrupación informal de periodistas que, por razones de eufonía y de amor al concepto "Patria chica", llamamos Ateneo de Angangueo. Iván Restrepo fue el coordinador imprescindible y Buendía el gran impulsor: él convocaba a las grandes figuras relevantes (que sólo excepcionalmente lo son), él preparaba el ánimo distendido y él, transcurrida la cordialidad ritual, formulaba las preguntas demoledoras. En un grupo de profesionales de la información, Manuel descollaba. Datos precisos, lecturas exhaustivas, perspectiva crítica. Si, en ocasiones, la deformación del oficio lo llevaba a imaginar ruinas y fosos en donde sólo había gajos de la epopeya gubernamental o empresarial, era por lo común atinado y ecuánime. No se exaltaba, no se deprimía, nunca renunció a los privilegios de una visión despojada del emocionalismo.

Durante ocho años contemplé a Manuel en las comidas del Ateneo y fui entendiendo del modo gradual el significado de su nacioanlismo, tan parecido al de los otros "ateneístas": Paco Martínez de la Vega, Alejandro Gómez Arias, Iván Restrepo, Margo Su, Elena Poniatowska, Miguel Ángel Granados Chapa, Héctor Aguilar Camín... y sin embargo, tan específico. El tono distinguido de Manuel dependía de su sentido de urgencia, de la sensación presente en cada artículo y en cada conversación de que para él escribir o investigar era literalmente correr riesgos, y que por lo mismo, hacer periodismo era vivir intensa y peligrosamente, involucrado en la aventura que es responsabilidad cívica, en la "fascinación por el abismo" que es también el compromiso con la colectividad que cada lector representa.

"Vivir peligrosamente"

Desde el asesinato, se ha repetido su afirmación profética: "A mí me matarán por la espalda", y se ha comentado su gusto por las armas, su coexistir con la posibilidad de un fin trágico. Detrás de esa -para nosotros- desmesura, radicaron una convicción y un gesto únicos. De alguna manera, él creía que en momentos de crisis y de perpetua amenaza de la estabilidad social, el periodismo más vital le exigía riesgos a sus practicantes. Su patriotismo se configuraba gracias a una certidumbre: es tan grave lo que ocurre que su dimensión justa exige sellar la veracidad de la información con los peligros para el informante. Esas son las demandas de la credibilidad.

Por lo mismo, Manuel detestaba la bravuconería. Cuando le pregunté por qué había solicitado protección especial durante un viaje a Guadalajara, me dijo: "Más vale que digan aquí corrió que no aquí murió". Pero su fobia ante las poses heroicas se complementaba con el conocimiento de la atmósfera opresiva del país, que pulverizaba juicios y reacciones y convertía las noticias más terríficas en chismes placenteros. Ante el marasmo, él oponía su estrategia: conducir la denuncia a sus consecuencias más personales, especificar las acusaciones y respaldar cada afirmación con la indiferencia ante las posibles represalias. De seguro, él se ratificaba en su código periodístico cada vez que uno de nosotros lo abordaba, estremecida y admirativamente: "¡Que bárbaro, Manuel! ¿No te da miedo lo que publicas?".

Seguí a Manuel en su trayectoria: de El Día a El Sol de México a El Universal a Excélsior a la publicación de su columna en cincuenta diarios del país. Cinco veces a la semana denuncias, precisiones, censuras, revisiones "paisajísticas" de hechos que se pensaban concluidos. Con arrojo, y sin considerarse héroe por un instante, Manuel asumió la responsabilidad de todo un gremio, y eso lo hizo ejemplar e irrepetible. (Repartir los riesgos es asegurar el crecimiento de la sociedad civil.) Sus temas, sobre todo a partir de 1980, se fueron unificando. La corrupción gubernamental, sindical y de la iniciativa privada; el manejo del país como cocina de secretos; las intromisiones del imperialismo norteamericano; la irrisión que hace las veces de "discurso del poder"; la construcción criminal de un Estado alternativo a nombre de Dios, las tradiciones y la identidad religiosa del mexicano; los atropellos a los derechos civiles; el chauvinismo que se disfraza de "política de seguridad nacional". Una idea rectora preside la suma de las indagaciones y preocupaciones de Buendía: sin un periodismo crítico y de alcance nacional no se garantizará el ejercicio de los derechos elementales; si la nación nos concierne a todos es imprescindible democratizar los datos y los conocimientos fundamentales sobre su desenvolvimiento. Lo anterior se traducía para Manuel en la desaparición del Misterio como recurso clave de la política y de la economía. Para él, la República lo sería cabalmente cuando cada ciudadano, al ejercer el derecho a la información, comprendiese el sentido de las acciones del gobierno. Lo contrario sería lo que estamos viviendo: un Estado que, cuando se digna, se comunica con los gobernados a través de las peripecias retóricas y las ordenanzas. Buendía lo supo: la desigualdad también se expresa a través de la desinformación.

A favor de las instituciones y en contra de quienes las dirigen

Nunca vi en Manuel a un periodista de oposición, aunque en cierto sentido lo fue tenaz y destacadamente. Si es posible apresar en términos ideológicos una acción tan compleja, Manuel fue, primero y en gran medida por rechazo a sus orígenes políticos, un periodista liberal que se encauzó a la defensa de los de hechos civiles y de los bienes colectivos manejados por el Estado. El creía intensamente -y captar tal vehemencia es acercarse al sentido de su vida y de su muerte- en conceptos hoy resbaladizos por el abuso demagógico: la República, el patriotismo, la responsabilidad civil, el patrimonio social. En el mejor sentido del término, su trabajo era el de un reformador, alguien que -de frente a los lectores y al poder- demanda la rectificación de rumbos desastrosos, la clarificación de zonas brumosas, la verificación del diálogo siempre pospuesto entre gobernantes y gobernados. (En privado, incluso más que por escrito, uno de sus temas recurrentes era la política de comunicación del Estado, reducida por la ineptitud y la altanería al lucrativo forcejeo en torno a boletines de prensa o "imágenes positivas del Señor Licenciado".) Manuel jamás se consideró "marxista" o de oposición extrema, mantuvo excelentes relaciones con algunos funcionarios ("el lado salvable", según su juicio), y en más de una ocasión encomió causas oficiales que le parecían dignas. Pero en un medio que no acepta matices, y que le confiere a la prensa un papel ínfimo, Buendía resultó un oposicionista a ultranza, sobre todo por el contexto: la actitud de "todo o nada" de la burocracia política y el primitivismo profundo de la derecha.

A las intemperancias y rabietas de los funcionarios y a las amenazas constantes de la ultraderecha, Manuel respondió con humor. No se sentía "a salvo", estaba seguro del motivo de su acción periodística y eso le permitió resistir sin amargarse y sin ceder a la tentación de la psicología de "profeta acosado" (cualquier otro hubiese pregonado su reciedumbre y su enfrentar a diario a la muerte). Lo que ostensiblemente le preocupaba era la torpeza o la ineficacia de los funcionarios, su falta de sensibilidad popular, su actitud de tecnócratas anteriores a la técnica. En las comidas del Ateneo, ante las soberbias inexactitudes de algún poderoso en turno, sorprendí más de una vez en Manuel una levísima irritación, inusitada en alguien tan dueño de sus controles. Lo exasperaba que un político desconociera su zona de trabajo específico y veía en la incompetencia un crimen de efectos comparables a los de la corrupción más drástica.

"Denuncias el hecho y como si la página hubiera salido en blanco"

El centro de la tarea de Manuel fue la develación de los "poderes invisibles". Así dicho, quizá él no lo habría aceptado, pero es innegable que de su labor periodística se desprende una idea fija que es un axioma implícito: no es admisible que nos gobiernen y nos roben y nos traicionen fuerzas y situaciones de las que no tenemos pleno registro o a las que apenas intuimos. Esa fue, para ejemplificar con la más ostensible, su cruzada contra la intromisión de la CIA en México. Su antimperialismo era muy concreto y categórico. Históricamente, Estados Unidos ha sido el enemigo de México; hoy es la potencia que para mejor saquearnos maneja a discreción sus planes desestabilizadores.

Hacer visibles las conspiraciones de la CIA en territorio nacional. Divulgar la red de conjuras y sociedades secretas de la ultraderecha. Iluminar la sordidez de los fraudes y rapiñas presupuestales. Exhibir al gang homicida en la dirección de la policía metropolitana (Buendía fue el primero que acusó a la brigada Jaguar de los asesinatos de río Tula). Reconstruir la metamorfosis gracias a la cual un líder sindical se torna señor de horca y cuchillo. Documentar las estupideces que se imprimen como "buen sentido gubernamental". Aclarar la ineficacia y el despojo de la iniciativa privada. Revelar. Propalar. Sacar a luz... A Manuel la existencia de "poderes invisibles" o de poderes cuya verdadera actividad se da entre penumbras, le resultaba incompatible con el desarrollo de la nación. En eso fue inflexible, y algunos de sus errores y la gran mayoría de sus aciertos se originan en ese dogma de su teoría del conocimiento que yo traduzco sucintamente: el poder que vemos es sólo una mínima parte del poder que padecemos; la ausencia de vida democrática nos hace víctimas de una conjura que es el otro nombre del Sistema.

En parte, en esta concepción de Manuel influía su pasado de reportero policial, acostumbrado a considerar toda relación humana como una trama de resultados imprevisibles. Tal vez por eso mismo, él fue uno de los primeros en captar la otra estructura del poder en México, que tan costosamente se nos reveló durante el sexenio de José López Portillo, la red de intrigas y turbiedades que, todavía hoy, sólo conocemos a través de un espejo, oscuramente. Manuel vislumbró, gracias a su frecuentación de las catacumbas policiacas y a sus canales informativos cuya precisión nos continúa admirando, algunos rasgos esenciales de la dirigencia estatal y empresarial, el método verdadero de la acumulación de fortunas, de la transformación del dinero en prestigio, del canje del prestigio y el dinero por la impunidad.

A Buendía, invariablemente, lo sorprendió la escasa o nula relación entre lo que se sabe de un acto delictuoso o de una ineptitud gubernamental probada y sus correspondientes castigos o enmiendas. A sus denuncias -gravísimas algunas- sucedía el silencio del gobierno. Eso no lo frustraba en lo personal, pero sí lo irritaba la postergación del gremio: de acuerdo con las prácticas estatales nada de lo publicado dispone de valor jurídico o político. A los funcionarios no se les presiona ni con datos fehacientes (una demostración lateral: el año y medio que dilató la consignación de los responsables de los cadáveres del río Tula). Es sólo ahora, luego del miserable asesinato de Buendía, cuando sus denuncias adquieren un carácter irrefutable... para los lectores. Las autoridades se atienen a su dictum: el Estado no se entera de la realidad gracias al periodismo.

La última vez que lo vi, Manuel se mantenía en el filo de la navaja entre el entusiasmo y la exasperación. Profesionalmente, su reconocimiento era extraordinario, los estudiantes de la carrera de comunicación lo juzgaban modelo de honestidad, lucidez, precisión y humor, su columna era lo primero que se leía en la mañana, sus reportajes de investigación impedían cualquier fácil optimismo. En tanto ciudadano -dimensión primordial en él- Buendía sentía acerbamente la pérdida de dirección en el país, la vaporización de los elementos de solidaridad colectiva, el influjo de los descubrimientos de la corrupción sobre la psique nacional. El, tan poco dado a las formulaciones abstractas, comentó: "Como que ahora sí el desánimo es el gran lazo de unión entre gobernantes y gobernados. Tan jodido el paisano como el paisaje". Y prosiguió hablando de la estolidez moral como la primera consecuencia de la crisis. En ese instante lo percibí -aunque lo verbalicé semanas después, en el abatimiento por su asesinato- como a un moralista a quien le había costado mucho trabajo serlo sin complacencia ni facultad, alguien que había llegado relativamente tarde a la cabal certidumbre sobre el sentido de su trabajo y que, por lo mismo, confiaba apasionadamente en la dimensión civil de cada uno de sus artículos. Ni autoexaltación hazañosa ni conformismo: Buendía ocupaba el espacio de un profesional de la información.

En homenaje a su primera formación teológica, me lo quiero imaginar, canettiamente, como a un reportero febril en el Día del Juicio Final, listo para publicar noticias insospechadas, sobre el comportamiento de algunos protagonistas más conspicuos.


 

 

 

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