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Impunidad y miedo
Maestro
del retrarto
Alejandro
Gómez Arias
Periodista
Tomado de: Revista Mexicana de Comunicación,
Num. 86, abril - mayo 2004.
Oponiéndose
a las manifestaciones visibles e inmediatas de la corrupción
absoluta luchó don Manuel Buendía. Su
desaparición física parece trágicamente
lógica y queda dentro de un proceso que iba –o
va– cumpliéndose con inexorable exactitud:
el agrupamiento de las fuerzas de la derecha mexicana
o extranjera, con propósitos de dominación
y consecuentemente de transformación política.
El
desastre político, social, moral de la República
del que el sacrificio de Buendía es solamente
un capítulo –cargado de consecuencias y
resonancias por la relevante personalidad del escritor–
tiene significación mucho más grave porque
descubre, para decirlo con un poco de humor negro, las
garantías que protegen a la delincuencia. Un
cuerpo de prevención prácticamente convertido
en enemigo del pueblo, un ministerio público
débil y teorizante, coronados por organismos
judiciales lentos, no pueden alcanzar la seguridad personal
de nadie ni la paz social. Cuando la comunidad vive
poseída por un confuso pero real sentimiento
de incertidumbre y si se leen o escuchan relatos de
violencia que se pierden y olvidan, es que lo esencial
está roto y el orden colectivo, un engaño
que va creando nuevos conceptos de la moral y una distinta
calificación del bien y el mal.
No
eran otras cosas las que denunciaba, señalando
no tanto al fenómeno en su conjunto, sino a numerosos
personajes, don Manuel Buendía, sin que le importara
la inutilidad aparente de sus trabajos, porque si es
verdad que muchas de sus “Red Privada” caían
en el vacío, la impunidad que esto producía
era el testimonio vigoroso y la prueba indeleble de
lo certero de sus juicios. Lo que en el fondo de sus
denuncias quedaba era la evidencia de la impunidad,
la aceptación táctica de una siniestra
regla impuesta por las fuerzas dominantes a la sociedad
civil. ¿Cuándo se investigaron los hechos
que el gran periodista describía? Los que debían
oírlo nunca lo hicieron y por ello, paradójicamente,
el columnista más leído, vivo y actual,
escribía para el futuro. La nómina de
los primeros actores y los partiquinos de la corrupción
mexicana y la lista de las organizaciones, nuestras
o extranjeras, son ahora y lo serán más
cuando transcurran los años, las claves para
entender un momento –éste– tal vez
decisivo para la nación.
Buendía
no ignoraba hasta dónde podían llegar
sus denuncias. Conocía los obstáculos,
las limitaciones y, sobre todo, los peligros que sus
palabras levantaban, pero le interesaba la verdad y
cuando creía tenerla no la ocultaba. Podía
equivocarse –pocas veces porque su archivo y sus
fuentes eran extraordinarias– pero nunca porque
dejara de ser un observador objetivo y, contra lo que
a menudo se piensa, se perdiera en imaginaciones y fantasías.
Su técnica se apartaba de la de los columnistas
o comentaristas y se aproximaba al estilo del gran reportaje.
Le atraía, con profundo sentido periodístico,
lo inmediato. Los problemas de una sociedad en descomposición
no eran para él material para elaborar teorías
complicadas. No contemplaba el horizonte brumoso, sino
lo próximo y cercano. No fue –si es posible
decirlo de esta manera– un paisajista, sino un
cruel y exacto maestro del retrato, que logró
en su especialidad excepcionales creaciones dibujadas
con mano tan firme como audaz y valiente. Trazadas para
la vida breve de los diarios perdurarán porque
forman una galería que los historiadores tendrán
que recorrer y analizar si se atreven a explorar estos
días oscuros.
Los
puntos desconocidos del caso Buendía en mucho
tiempo no serán despejados. ¿Se le sacrificó
por cuanto había escrito o por algo que se preparaba
a revelar? Lo determinante y explosivo fue, tal vez,
alguna de sus “Red”, pero supongo que el
conjunto de sus trabajos llegó a ser inadmisible.
Se convirtió así –ahora lo vemos
claro– en un escritor de la disidencia. Quedaba
en ese grupo, tan reducido, el periodismo nacional cuyos
escritos no son parte de una campaña de oposición
ni de una protesta ocasional, sino de la inconformidad
que resulta, inocultable, del análisis de los
hombres y su conducta.
Todos
los sistemas tienen un grado de tolerancia, un máximo
que, a su juicio, la crítica no debe rebasar.
Cuando escribo sistemas no quiero decir solamente los
gobiernos sino ese amplio complejo de individuos, ideas
o intereses, prejuicios y resentimientos que constituyen
una sociedad en un lapso histórico preciso. Se
escoge entonces a una víctima representativa
–la vieja tesis del castigo ejemplar– cuya
desaparición, se piensa absurdamente, detiene
las censuras y paraliza las desviaciones heterodoxas.
Es la teoría de la muerte necesaria, de la violencia
como última razón que, por supuesto, siempre
produce resultados imprevisibles y jamás logra
el silencio.
Si
se quisiera reducir a unas cuantas líneas el
medio en que transcurrieron los trabajos finales de
don Manuel Buendía, podrían señalarse
lo que ahora se llama corrupción, que es la pérdida
de la moral social; la impunidad, que es la desaparición
de la justa autoridad del Estado y, por último,
el miedo, que es complicidad involuntaria o pasiva.
Y voluntaria cuando una parte importante de la sociedad
civil se suma a la corrupción e incluso la reconoce
como normal, la dignifica.
Oponiéndose
a las manifestaciones visibles e inmediatas de la corrupción
absoluta luchó don Manuel Buendía. Su
desaparición física parece trágicamente
lógica y queda dentro de un proceso que iba –o
va– cumpliéndose con inexorable exactitud:
el agrupamiento de las fuerzas de la derecha mexicana
o extranjera, con propósitos de dominación
y consecuentemente de transformación política.
Pero
más allá del dolor y la indignación
que el atentado provoca, es preciso afirmar que de él
no resulta la derrota del periodista ni la inutilidad
de su riesgosa empresa. Sus páginas no contenían
motivaciones subjetivas, personales, que pudieran deshacerse.
Eran observaciones de una realidad tangible. No entregaba
a sus lectores opiniones controvertibles ni frágiles
hipótesis. Mostraba hechos y seres reales vivos
y peligrosos. Descorría el telón del gran
teatro nacional y parecían, inconfundibles, los
actores sin máscaras ni disfraces, con sus nombres
y rostros desnudos. Realismo que el sistema no podía
absorber. Tampoco ciertos individuos o instituciones.
Era un estilo de crítica implacable pero también
de colaboración que el Estado no supo recoger
ni entender. Pero sus excelentes “Red Privada”
quedan no sólo como testimonios secos y estériles,
sino como posibles guías de acción para
futuros regímenes verdaderamente depuradores
y patrióticos.
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