Un hombre, una huella, un ejemplo

Francisco Martínez de la Vega


Igualar en las rutinas diarias del oficio en la conducta cotidiana, en el constante ejercicio de la misión, el pensamiento con el quehacer es algo excepcional en todas las tareas del hombre. Quienes logran esa identificación entre el pensar y la práctica no abundan ni en la actualidad ni en la historia. En la práctica del periodismo mexicano no escasean los mártires, los sacrificados en una larguísima aspiración por hermanar el hacer periodismo con la libertad plena de expresión, oxígeno vital de la misión de un periodista que, además de respetar a sus lectores, se respeta a sí mismo. En nuestro tormentoso XIX, nombres y hechos establecen una cadena que es orgullo y gala de esa noble misión tantas veces desvirtuada, manchada por desviaciones éticas cultivadas por intereses egoístas o por miedo a represalias de los poderosos, ya sea gobernantes dictatoriales o magnates agraviados en sus empresas por argumentos y razones que surgen en el periodista por fidelidad a una misión que se empeña en ennoblecer.

Los enemigos del periodismo independiente no se localizan en nuestros tiempos, solamente, en los círculos gubernamentales de países donde el caciquismo y la vanidad de la autoridad consideran delincuentes a los periodistas claridosos, comprometidos con el interés de su país tal y como lo entienden y lo defienden. Ahora no depende la libertad de expresión sólo de autoridades gubernamentales respetuosas de la ley y de las normas de convivencia en una comunidad decidida a olvidar la caverna y a respetar -y hacer respetar- normas que nos acerquen a niveles más confiables y civilizados donde los derechos individuales y colectivos sean realidad cotidiana y no aspiraciones ideales.

El caso de Manuel Buendía, periodista de gran capacidad y de intachable conducta profesional, cuyo asesinato enluta no sólo al periodismo, sino a la comunidad nacional, nos demuestra cómo la reacción brutal, el asesinato a mansalva surgen ahora contra un periodista de su talla, de su limpia valentía, de su carácter insobornable, no sólo de caciques primitivos que, en su tiempo, lo amenazaron tantas veces, sino de turbios fanatismos e intereses privados. Hasta el momento de escribir estas líneas, nadie ha indicado que la acción vil del crimen haya sido inspirada por revanchismos gubernamentales. Definir a los sectores que seguramente fueron agraviados por la tarea del inolvidable compañero y fraternal amigo es, inevitablemente, encontrar la justa clasificación moral de tan singular y valioso columnista. Grupos de primitivo fanatismo religioso con mezcla de obsesiones fascistas, como los que se reúnen en torno a la bandera de "los tecos"; los servidores de ese monstruo de inmoralidad internacional que es la CIA y que con sus ya famosas hazañas nos muestra la verdadera cara del imperialismo; los amigos y cómplices de los grandes defraudadores de los fondos fiscales fueron flagelados por esa columna que con su contradictorio nombre de "Red Privada", inmortalizó su autor en la historia del periodismo. Pero, también hasta ahora, el gobierno no ha podido cumplir con uno de sus principales deberes, que consisten no sólo en respetar las leyes, sino en hacerlas respetar. Y si un asesino puede quedar impune después de balacear y matar a un hombre en las calles más céntricas de la Zona Rosa, es que la seguridad de los ciudadanos no ha sido eficazmente cuidada.

Pero la obra magistral de Manuel Buendía no depende, para su reconocimiento, de que se aclare quiénes fueron los autores intelectuales de su martirio ni quiénes ejecutaron profesionalmente la consigna. Manuel Buendía está ya, por sus propios méritos, en las mejores páginas de la historia de nuestro oficio. Buendía viene a ser la coronación magistral de un género, relativamente novedoso en el quehacer periodístico. La columna surge en nuestros órganos periodísticos en los primeros "treintas", después de larga temporada de aparición sensacionalista en la prensa norteamericana. La columna adquiere, por lo general, un tono más informal y personal que el artículo o la crónica. Es síntesis de juicios, de reportajes y cultiva el peligroso capítulo de las denuncias. El lector se va acostumbrando a saborear, si es en primera plana mucho mejor, el modo, el estilo, la audacia de una columna noticiera, crítica y denunciadora. Género peligroso que es muy propicio a su mal uso, el abuso interesado, al juicio inducido y, en no pocas ocasiones, al "chantaje". No tuvieron muy buena fama los columnistas más audaces que en nuestra gran prensa aparecieron con poderoso impulso. Este tipo de columnistas era temido, no respetado. Quizás el más famoso y temido fuera Carlos Denegri. Muy pocas veces se igualó, en el ánimo de sus lectores, la admiración por su innegable capacidad profesional con la nobleza de sus campañas. Poco a poco, la columna bien inspirada fue afinándose y sus mejores exponentes han logrado publicar en primera plana de un gran diario, tesis y juicio contrarios frontalmente al editorial del propio diario. Esta es, indudablemente, una conquista del lector, un voto decisivo en favor del periodismo-oficio sobre el periodismo-industria, cuyos requerimientos son, con frecuencia, no sólo distintos de vista puramente financieros de la gran empresa editora, coblicación sino frontalmente adversos.

En nadie podría identificarse ese logro del periodismo como misión y responsabilidad social, cualidades en pugna con los puntos de vista puramente financieros de la gran empresa editora como en la vida, la conducta, el ejemplo de Manuel Buendía.

En este periodista excepcional coincidieron los máximos valores del oficio periodístico. Un estilo fácil, grato de leer, que en la ironía llegaba a cumbres pocas veces alcanzadas en nuestra no muy abundante literatura humorística; un valor en la denuncia que el interés público hacía no sólo útil, sino necesaria, un trabajo exhaustivo de documentación. No pocas de las columnas firmadas por Manuel Buendía deben ser indispensables en una justa antología del periodismo mexicano en el México independiente.

Bien podemos decir que si el género de la columna es quizás el que con mayor facilidad puede ser usado en contra de la ética de la profesión, se convierte en máxima tribuna de honor cuando se le aborda en las condiciones de rigor íntimo en las que Manuel Buendía la abordaba. No hubo quizás sospechoso de fraude a la nación, funcionario que por equívoco o mala fe sirviera mejor a los poderosos intereses extranjeros en nuestro país que los del nuestro que no recibiera la denuncia, la crítica, la burla de "Red Privada".

Tuvimos oportunidad de conocer, de tratar, de calar como amigo, como compañero, como mexicano a Manuel Buendía. La consecuencia indudable de su cobarde asesinato constituye para ese ser humano la inmortalidad que se le hubiera regateado en otras circunstancias. Murió en pleno y cabal ejercicio de su misión. No recuerdo un atentado o una simple injusticia cometida en contra de un periodista de la capital o de la provincia que no haya tenido el apoyo y la solidaridad de Manuel Buendía. No le contrariaban -y mucho menos le lastimaban- los triunfos de un periodista. No pocas de sus columnas tuvieron como tema el reconocimiento generoso a un compañero premiado, homenajeado u honrado por algún triunfo profesional. Pero se cayó en la "debilidad del perdón" hacia aquellos amigos o funcionarios que se preocupan más por los negocios privados que por los públicos. La colección de sus columnas viene a ser, por todo ello, un manual para aprender a cultivar las mejores tradiciones de nuestro oficio y la más noble conducta personal. Manuel Buendía llevó el género de la columna, en el cuál se especializó y consagró en la última etapa de su bien cubierta carrera periodística a su más alta cumbre. Ya su obra lo había clasificado como uno de los periodistas más capaces, congruentes y como uno de los grandes maestros de nuestro oficio. Su martirio lo inmortalizó como ejemplo, guía y exponente de los más nobles requerimientos de ésta nuestra tarea, que sólo sigue siendo misión, apostolado y entrega mientras no desvía su apostolado del servicio permanente de la sociedad de la cual surge para servirse a sí mismo.

La carrera profesional de Buendía es capacidad y esfuerzo acumulados en el largo desempeño de las múltiples disciplinas del periodismo. Una vez convencido de su inicial preferencia vocacional, que comprobó equívoca, Manuel Buendía recorrió, escala por escala, la profesión periodística en todos sus grados. Reportero acucioso, empezó destacando por el empeño y lo certero de sus búsquedas como reportero de la fuente policiaca. Fue abriéndose paso a base sólo de empeño y capacidad en las posiciones superiores de la mesa de redacción hasta llegar a director de La Prensa. Las inquietudes omnipotentes en nuestras cooperativas periodísticas lo hicieron salir de ese diario y después de batallar, siempre en liga con el oficio, llegó al diario El Día, donde con la firma de Tellezgirón creó y mantuvo una columna bien nutrida de meollo noticiero y crítico. Allí, si mal no recordamos, empezó sus campañas contra las manifestaciones de alguna manera antimexicanas, originadas ya en centros de anacrónico fanatismo, ya en las oscuras actividades de ese brazo inmoral del imperialismo que es la CIA, ya bien en denuncia de conductas deshonestas en el servicio público y otras veces en burla fina sobre actitudes ridículas de solemnes y engreídos personajes. Fue también en El Día, donde los Domingos publicaba una amenísima sección, a plana entera, con el título de "Concierto Dominical", sección en donde Buendía empezó a mostrar las excelencias de un bien dominado oficio y una interpretación valiente y noble de su ejercicio.

Con la columna "Red Privada" y secciones dominicales de comentarios políticos, Buendía paso a El Sol de México y, posteriormente, a El Universal. En ambas empresas tropezó con algunas interferencias que no permitían publicar algunos de sus más audaces y brillantes comentarios o denuncias y pasó al Excelsior, donde mantenía su ya clásica columna en la primera plana, reproducida en varias decenas de diarios de provincia por conducto de la Agencia Mexicana de Información (AMI).

No fue el caso de Buendía el de una improvisación profesional, como tantas se intentan y se frustran en el periodismo. Estaba en el apogeo de su carrera cuando en esa negra tarde de mayo fue abatido en la puerta del edificio donde tenía su oficina. Resulta natural que las características de su asesinato hayan conmovido no sólo al gremio, sino a la nación entera. Se levantó un generalizado clamor a fin de exigir una averiguación exhaustiva de las circunstancias de su asesinato a fin de descubrir sus orígenes, sus propósitos y aplicar las sanciones correspondientes no sólo al autor material, profesional del hampa, del cual no sabemos nada hasta el momento de escribir estas líneas, sino, sobre todo, a los autores intelectuales quienes, en aras de saciar resentimientos u ocultar la publicación de hechos graves contra el interés de la nación, no vacilaron en acallar, a balazos, la clara, limpia y varonil voz de Manuel Buendía.

El hecho aislado de que en el México de hoy pueda asesinarse impunemente a un periodista tan capaz, tan justamente respetado aunque inevitablemente combatido como Manuel Buendía, es un motivo de bochorno para todos los mexicanos, de luto intenso para el gremio y un reto que sería terrible no fuera enfrentado y vencido por las mil y una instituciones policiacas de nuestro país. Pero en Manuel Buendía, en su diario batallar en el periodismo de nuestro país, ese bochorno, ese luto y ese reto rebasan el problema digamos policiaco. No son éstos los tiempos mejores en el largo y dramático proceso del pueblo mexicano en el curso de su camino histórico. La robusta y dañina colección de crisis que flagela al país y a los mexicanos no sólo nos ha arruinado, sino, también desmoralizado. Se reacciona frente a los embates de tantas frustraciones y los tropiezos causan un suicida desaliento. Se piensa que lo mexicano es, en todos los casos, corrupto, torpe, ineficaz. En esas condiciones, perder a un periodista que nunca vacilo en cumplir con su deber, en decir su verdad arriesgando -ahora lo sabemos bien- todo lo que arriesga un ejemplar profesional y un hombre comprometido con las mejores causas de su país, es, en verdad, una pérdida nacional que sólo podríamos anhelar a equilibrar, si ello fuera posible, con imitar esa actitud, esa decisión de Manuel Buendía para reaccionar con auténtico, formal patriotismo ante las embestidas del infortunio que es, hoy por hoy, compañero inseparable del pueblo mexicano. Buendía distinguió bien entre el bien y el mal para México. Supo distinguir y supo actuar.

Vendrán, seguramente, con tiempos mejores nuevas y furiosas tempestades. Los requerimientos del momento harán olvidar transitoriamente a los mexicanos distinguidos que supieron vivir morir en tarea de superior nobleza y que fueron ejemplo y huella simbolizados en su nombre. Pero siempre habrá, en la historia y en la asociación con el periodismo mexicano, un recuerdo y una distinción para Lizardi, para el Dr. Mora, para Francisco Zarco, para Ricardo Flores Magón y tantos valores individuales que desfilaron en la historia de México con luces que no se apagan ni con el tiempo ni con las tempestades. Ejemplos de virilidad bien entendida, de entrega a una vocación misionera al periodismo que hoy apenas puede alentar ante la fortaleza del periodismo como industria, instrumento de poder económico y político. Aquellas estrellas de periodismo -oficio tienen hoy un compañero más: Manuel Buendía, ilustre periodista mexicano muerto en el cumplimiento de su deber profesional.

La vida y la obra de Manuel Buendía ennoblecen a nuestro oficio. Su muerte nos deja un compromiso que no debemos traicionar: servir a nuestra verdad, sin concesiones ni temores, en toda circunstancia. Así se lo propuso Manuel Buendía y así lo cumplió.

No podremos olvidar su nombre, su huella, su ejemplo.



 

 

 

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