La
política en tacones
Ibargüengoitia
Pilar
Ramírez
Periodista y colaboradora de la RMC
Cuando
Rafael y yo éramos unos despreocupados
universitarios y voraces lectores de
literatura compartíamos y festinábamos
un chiste cruel cada vez que un escritor
famoso moría. Al llegar a la
Facultad de Ciencias Políticas
y Sociales de la UNAM, solíamos
decir ante el grupo “¿ya
saben que ahora sí van a publicar
las obras completas de X?” según
el escritor que hubiese muerto “porque
ahora sí están seguros
de que ya no va a escribir”. Nos
referíamos a la costumbre de
la época de muchas editoriales
que gustaban de publicar tomos con las
supuestas obras completas de autores
vivos que todavía producían.
Nos gustaba escandalizar así
a nuestros amigos, pues aun los universitarios,
muchos de ellos aspirantes a intelectuales,
compartían esa característica
nacional de la reverencia por los muertos,
aunque después festejaran ruidosamente
la ocurrencia.
Recuerdo, sin embargo, que cuando nos
enteramos del fatídico accidente
aéreo que le quitó la
vida a Jorge Ibargüengoitia enmudecimos.
El chiste repetido por años estaba
totalmente fuera de lugar y si alguien
lo hubiera mencionado nos hubiésemos
sentido muy ofendidos. Ibargüengoitia
ocupaba un lugar especial en nuestro
corazón literario.
Cuando
teníamos invitados en casa mostrábamos
con orgullo las dos ediciones de Estas
ruinas que ves con los diferentes
finales que el escritor guanajuatense
escribió; lo hacíamos
con tanto orgullo que algún visitante
decidió sustraer nuestro pequeño
trofeo conseguido en las visitas asiduas
a las librerías de viejo, cuando
la Editorial Novaro desapareció
y sus existencia fueron a parar a las
librerías de las calles de Donceles
y a los puestos de libros viejos del
también viejo mercado de La Lagunilla
en el centro de la ciudad de México.
Dos
crímenes, Estas ruinas que ves
y Las muertas, junto con
la trompeta de Rafael, que por aquél
tiempo formaba parte del legendario
grupo de jazz “Atrás del
Cosmos” (llamado así no
por una inclinación de reverencia
astrológica sino porque ensayaban
atrás del cine Cosmos) comandado
por Henry West, constituyeron parte
fundamental del equipaje que causó
asombro a la familia para el viaje de
luna de miel; les intrigaba que en un
viaje de esa naturaleza hubiera tiempo
para leer y ensayar. Leí de un
tirón Dos crímenes
en una de esas noches.
Después
de la publicación de Las
muertas esperábamos con
impaciencia la nueva producción
del guanajuatense, quien se dio su tiempo,
pues entre esta novela y la aparición
de Los pasos de López
pasaron cuatro largos años, de
modo que cuando se publicó nos
apresuramos a leerla con una ansiedad
propia de quien ha sufrido cuatro largos
años de abstinencia. La novela
y el cuento de Ibargüengoitia fueron
para nosotros ese gran banquete que
se engulle de una sentada. Sus textos
periodísticos eran, en cambio,
esos pequeños postres que se
disfrutan una y otra vez. La mirada
ácida, la observación
atinada, el humor aplastante pero serio
de estos textos breves siguen siendo
lectura favorita e imprescindible. Durante
un tiempo, las colaboraciones de Ibargüengoitia
fueron la razón fundamental por
la que adquiríamos la revista
Vuelta y su ausencia, la causa
por la que dejó de tenernos como
lectores.
Los textos publicados en Excelsior
fueron anteriores a nuestra existencia
como lectores, de modo que los conocimos
en forma de libro. Los escritos periodísticos
de Ibargüengoitia constituyen uno
de los pocos ejemplos de una relación
armoniosa y fructífera entre
literatura y periodismo. El propio escritor
narró esa experiencia de la siguiente
manera: “Cuando Julio Scherer
me invitó a escribir en Excelsior,
me dijo más o menos:
“Quiero
que usted escriba una vez a la semana
artículos sobre cualquier asunto
que le interese.
“Mientras
él hablaba yo pensaba que mi
vida periodística iba a durar
aproximadamente un mes. Cuatro artículos,
creía yo, bastaban para poner
todo lo que yo tenía que decir.
Sobre todo, la idea de tener que sentarme
a escribir todos los lunes, como una
gallina que pone huevos, me aterraba.
“Entre
estos pensamientos y la actualidad hay
seis años y medio, más
de seiscientos artículos, que
reunidos darían un libro de cuatro
o cinco tomos que afortunadamente no
tengo que volver a leer.”
La
factura impecable y cuidada de sus artículos
con un resultado de frescura y agilidad,
deja hoy, como hace más de treinta
años, una sensación de
apetito no saciado: siempre quiere uno
más.
En
un texto que escribió en 1978,
cinco años antes de morir, afirmó:
“Hoy cumplí cincuenta años.
Es mentira que el signo de madurez consista
en que uno empieza a sentirse más
joven. Hoy me siento más seguro
que cuando cumplí veinte años,
más rico que cuando tenía
treinta, más libre que cuando
cumplí cuarenta, pero no me siento
más joven que en ningún
otro momento de mi vida. Siento también
que el camino que escogí está
más de la mitad andado, que ni
me malogré ni he alcanzado las
cúspides que hubiera querido
escalar; que el pasado tiene otra textura,
que varios enigmas se han aclarado,
historias que parecían paralelas
han divergido, muchos episodios han
terminado. Cada año que pasa
tengo más libros que quisiera
escribir y cada año escribo más
lentamente. Si vivo ochenta años,
cuando muera dejaré un montoncito
de libros y me llevaré a la tumba
una vastísima biblioteca imaginaria”.
Para
nuestra mala suerte Jorge Ibargüengoitia
se llevó a la tumba una biblioteca
más grande de la que él
imagino, lo que no sabía es que
aunque muriera iba a vivir mucho más
de los ochenta años que hubiese
cumplido a principios de este año.
El
artículo anterior se debe de
citar de la siguiente forma:
Ramírez,
Pilar, "Ibargüengoitia",
en Revista Mexicana de Comunicación
en línea,
Num. 110, México, mayo. Disponible
en: Disponible
en:
http://www.mexicanadecomunicacion.com.mx/Tables/rmxc/ibarguengoitia.htm
Fecha de consulta: 6 de mayo de 2008.