El
Excelsior, 26 de julio de 2007.
Límites
de la libre expresión
Humberto
Musacchio
Meterse
en la intimidad de un personaje público
para descalificarlo resulta inadmisible
y, si hoy defendemos esa intromisión
en el caso de los príncipes españoles,
mañana nadie estará a
salvo, ni allá ni aquí.
La
revista española El jueves,
en la portada de su número 1573,
publicó una caricatura en la
que figuran Felipe y Leticia, los príncipes
de Asturias, en el acto sexual. El sábado
pasado, dos días después
de que se pusiera a circular esa publicación,
un juez de la Audiencia Nacional ordenó
el embargo —secuestro, lo llaman
los editores— de los ejemplares,
aunque la mayoría estaban vendidos,
y ahora los responsables de la edición
y supongo que también el caricaturista
tendrán que responder por el
cargo de "injurias a la corona".
Los
propios editores han salido a responder
en términos que pretenden justificar
el cartón de portada:
Somos humoristas gráficos y trabajamos
conscientes de que nuestra obligación,
lo que nos piden los lectores, es que
exploremos el límite de la libertad
de expresión. Podemos aceptar
que, incluso, en alguna ocasión,
lo podamos traspasar. Gajes del oficio.
Si nos pasamos, para eso están
los tribunales pero… ¿un
secuestro? ¿La policía
recorriendo los puestos de todo el país
retirando nuestra revista? ¿De
verdad escribimos esto el 20 de julio
de 2007?
El
cartón de marras hace referencia
al hecho de que ahora el Estado dará
dos mil 500 euros a cada familia que
tenga un nuevo hijo, pues la tasa de
natalidad de España es de las
más bajas del mundo. De ahí
que, en el dibujo, él le diga
a ella: "¿Te das cuenta?
Si te quedas preñada…",
y en otro globito el príncipe
comenta: "Esto va a ser lo más
parecido a trabajar que he hecho en
mi vida", lo que hace referencia
a la condición parasitaria de
la familia real que, en efecto, vive
espléndidamente sin necesidad
de trabajar.
Los
editores parecen felices con la decisión
del juez, pues ahora se ha multiplicado
el interés del público
por la revista, al extremo de haberse
saturado su sitio de internet. Incluso
ya dieron a conocer lo que será
la portada del siguiente número,
en el que nuevamente aparecerán
los príncipes, esta vez él
como una abejita que ronda una flor
que la representa a ella bajo un encabezado
que reza: "¡Rectificamos!
¿Esta es la portada que queríamos
publicar?"
Es
obvio que el humorismo gráfico
se vale del ridículo de los personajes
públicos y las situaciones de
todos conocidas. Ese es su mejor recurso
para ejercer la crítica y en
el caso que nos ocupa el caricaturista
da en el blanco. Lo discutible es si
los periodistas, cartonistas o no, tenemos
derecho a entrar a saco en la vida privada
hasta el extremo de meternos bajo las
sábanas de los criticados.
Un
principio aceptado en los países
democráticos es que todo personaje
público en un lugar público
puede ser sujeto y objeto informativo,
sometido a análisis periodístico
o fotografiado. Si Britney Spears aparece
borracha en un salón de baile
o si en un bar hace ostentación
de la falta de bragas se expone a la
indiscreción de los periodistas.
Si
alguien, como la señora Marta
Sahagún, quiere dar pormenores
de su vida marital a una periodista
como Olga Wornat y ésta los pone
en letras de molde, la señora
Sahagún no tiene derecho a reclamar
respeto a su privacidad, pues ella misma,
tan personaje público como su
marido, la ha hecho pública.
Pero
no es el caso de la revista El jueves,
que reproduce el acto más íntimo
de la pareja principesca tal como se
lo imagina su dibujante. No se trata
de exponer un acto público, sino
precisamente el acto más privado,
lo que nadie tiene derecho a difundir,
pues si eso lo practican los citados
personajes lejos de la mirada pública
ahí precisamente debe quedarse.
Por
otra parte, no se puede alegar que fuera
indispensable llegar a ese extremo para
criticar una medida de gobierno o la
costosa inutilidad de una monarquía.
De dar por válida esta intromisión
en la recámara, habría
de aceptarse que para criticar la ineficacia
legislativa de un diputado o senador
valga mostrarlo en el acto sexual dentro
de su casa o en la intimidad de un cuarto
de hotel.
En
la defensa de las libertades individuales
y de la igualdad de todos ante la ley
hemos ganado el derecho de no ser discriminados
por razón o condición
sexuales. Meterse en la intimidad de
un personaje público para descalificarlo
resulta inadmisible y, si hoy defendemos
esa intromisión en el caso de
los príncipes españoles,
mañana nadie estará a
salvo, ni allá ni aquí
ni en ninguna parte.
Por
supuesto, no deja de ser lamentable
que el celo de un juez sea motivado
por presuntas "injurias a la corona",
cuando el mismo empeño debe ponerse
en el caso de cualquier ciudadano que
sea expuesto al escarnio por un acto
que corresponde a la intimidad, la que
debe ser territorio sagrado.
¿Qué
le parecería a los editores de
El jueves o a su caricaturista
que se publicara una foto de su progenitora
en el acto sexual con su marido u otro
individuo? Los periodistas, desde luego,
estamos obligados a llevar hasta sus
límites el ejercicio de la libertad
de expresión y es obvio que en
ocasiones incurrimos en excesos. Pero
no parece prudente hacerlo de manera
deliberada, pues en ese empeño
se regalan coartadas a los enemigos
de la misma libertad.
El
anterior artículo debe citarse
de la siguiente manera:
Musacchio,
Humberto, "Límites a la
libre expresión", en Excelsior,
México, 26 -VII -2007