
Juego
de Ojos
Del
encuentro de poesía y política
Miguel
Ángel Sánchez de Armas
Hay escritores que fulguran desde la
primera letra del primer párrafo
de la primera página de sus textos.
Vasconcelos sostenía que esos
libros deben leerse de pie. Yo digo
que no pueden ser abiertos impunemente.
Un momento cualquiera vamos por la vida
atendiendo nuestros propios asuntos
y en el siguiente, ¡zas!, un tono
de voz, un aroma, un roce de piel…
o el primer párrafo de un libro,
tienen en nosotros el efecto de un rayo
y ya no volvemos a ser iguales.
La
correspondencia espiritual con lo impreso
ha sido materia de largas y espléndidas
disquisiciones. Dice Henry Miller que
el libro enriquece al que se apodera
de él con toda el alma. Goethe
sostenía que al leer no se aprende
nada, sino que nos convertimos en algo.
Edmundo Valadés vivió
convencido de que el libro que uno desea
con toda el alma siempre encuentra el
camino hacia nosotros y, una vez hallado,
nos libera para siempre de la soledad.
Un
mar de tinta y una montaña de
papel no bastarían para consignar
todo lo que puede escribirse acerca
de lo que Robert Darnton llamó
El coloquio de los lectores,
y yo, las afinidades secretas.
Sin embargo, hay seres que deambulan
por la vida como autómatas, hijos
de la pantalla chica, siervos del relumbrón,
que voluntariamente cancelan la alegría
y la vida mejor que sólo la lectura
nos puede dar.
Máximo
Gorki encontraba que al platicar sobre
sus lecturas las distorsionaba y les
agregaba cosas de su propia experiencia.
Y ello ocurría porque literatura
y vida se le habían fundido en
una sola cosa. Para él un libro
era una realidad viviente y parlante.
Menos una “cosa”
que todas las otras cosas creadas o
a crearse por el hombre. Ya mayor y
reconocido, el autor de La Madre narró,
en un ensayo luminoso, cómo aprendió
a escribir. Hoy comparto con usted una
porción de aquella memoria:
“Cuando
tenía alrededor de veinte años
empecé a entender que había
visto, oído y experimentado muchas
cosas sobre las cuales debía
hablar a otra gente. Me parecía
que comprendía y sentía
ciertas cosas de una manera distinta
que los demás. Esto me preocupaba
y me ponía inquieto y locuaz.
Aun cuando leía a un maestro
como Turgueniev, pensaba algunas veces
que yo podría narrar las historias
de los protagonistas de Los relatos
de un cazador en una forma distinta
a la de Turgueniev. En ese entonces
ya era yo considerado un relator de
cuentos interesantes para los estibadores,
panaderos, vagabundos, carpinteros,
ferroviarios, ‘peregrinos a lugares
sagrados’, y en general la gente
entre la que vivía me escuchaba
con atención. Cuando les relataba
libros que había leído
me encontraba más de una vez
con que estaba contándolos en
forma diferente, distorsionando lo que
había leído, agregándole
algo sacado de mi propia experiencia.
Esto ocurría por que, para mí,
literatura y vida se habían fundido
en una sola cosa; un libro era el mismo
tipo de manifestación de vida
que un hombre; un libro era también
una realidad viviente y parlante, y
era menos una ‘cosa’ que
todas las otras cosas creadas o a crearse
por el hombre.
“Los
intelectuales que me escuchaban me decían:
‘¡Escriba! ¡Trate
de escribir!’
“Tenía
miedo de escribir prosa porque me parecía
que la prosa era mucho más difícil
que el verso. La prosa exigía
una mirada excepcionalmente aguda, la
capacidad de ver y observar cosas invisibles
para los demás y cierta disposición
excepcionalmente compacta y potente
de las palabras. Pero a pesar de todo
ello traté igualmente de escribir
prosa, aunque prefería la prosa
rítmica porque descubrí
que escribir la prosa corriente estaba
fuera de mi alcance. Empecé a
escribir debido a la presión
que ejercía sobre mí una
‘vida de pobreza y tristeza’
y porque tenía tantas impresiones,
que no podía dejar de escribir.
La primera razón me indujo a
tratar de introducir en esa ‘vida
de pobreza y tristeza’ productos
de la imaginación tales como
El halcón y el erizo, La
leyenda del Corazón ardiente,
El petrel de Tonnen - tas, y la
segunda razón me indujo a escribir
historias de carácter realista
como Veintiséis hombres y
una muchacha y Los Orlov.
“Mis
impresiones provenían tanto directamente
de la vida como de los libros. La primera
clase de impresión la podemos
comparar con la materia prima y la segunda
con artículos semi manufacturados.
O, diciéndolo más toscamente
para hacerlo más sencillo: en
el primer de caso yo veía frente
a mí un buey y en el segundo
su cuero hermosamente curtido. Debo
mucho a la literatura extranjera, especialmente
a la francesa.
“Mi
abuelo era áspero y avaro pero
yo nunca lo había visto y comprendido
tan bien como lo vi y comprendí
después de leer la novela de
Balzac Eugenia Grandet. El
viejo Grandet, el padre de Eugenia,
también es un avaro y en general
muy parecido a mi abuelo, salvo que
es menos inteligente y menos interesante.
“Comparado
con el francés, mi viejo abuelo
ruso, a quien yo no quería, decididamente
ganaba en estatura. Ello no me indujo
a cambiar mi actitud hacia él,
pero fue para mí un gran descubrimiento
comprobar que un libro era capaz de
revelarme algo que yo no había
visto o advertido antes sobre alguien
a quien conocía.
“No
recuerdo haberme quejado de la vida
de mi juventud. La gente entre la cual
empecé mi vida se quejaba mucho,
pero yo notaba que lo hacían
por astucia; quejándose esperaban
ocultar su falta de deseo de ayudarse
los unos a los otros, y por ello yo
hacía lo posible por no imitarlos.
Más tarde me convencí
muy pronto de que la gente que más
gustaba de quejarse tenía escaso
poder de resistencia, no podía
o quería trabajar y, en general,
gustaba de la vida fácil a expensas
de los otros.
“La
literatura extranjera me proporcionó
abundante material de comparación
y despertó mi admiración
por la notable maestría con que
describía a la gente de una manera
tan viva y plástica, que me parecía
que podía tocarlos. Además,
los encontraba siempre más activos
que los rusos; hablaban menos y hacían
más.”
Molcajeteando…
El
domingo 15 de junio mi cuata Sagrario
Cruz recibió la medalla “Gonzalo
Aguirre Beltrán” que otorga
el gobierno del Estado de Veracruz,
por la difusión e investigación
sobre la presencia africana en México
y particularmente la de Veracruz.
Sagrario
es una investigadora excepcional, una
madre devota y divertida y una generosa
amiga. Ella es uno de mis ejemplos de
que cuando queremos, no hay altura que
nos sea imposible alcanzar. Su trabajo
ha sido reconocido principalmente en
el extranjero, y ahora, afortunadamente,
en su propia tierra. Cito sus palabras:
“Mis
investigaciones se han hecho y dado
a conocer gracias a la colaboración
de mucha gente e instituciones: mi familia,
amigos, mis profesores, la Universidad
Veracruzana, el National Museum of Mexican
Arts, el Museo de Historia de Monterrey,
el National Hispanic Cultural Center
de Albuquerque, el Museo de Orizaba,
el IVEC, el African American Museum
de Los Ángeles, Radiotelevisión
de Veracruz, el Patronato del Museo
de Antropología de Xalapa, el
United Negro College Fund Special Programs,
la TODA Fundation, por citar a los involucrados
en tiempos recientes. Todos ustedes
han colaborado de alguna manera para
que yo pueda seguir con la investigación
sobre la presencia africana en México.
Les agradezco de corazón lo que
han hecho por mí y los momentos
en que me han dado su apoyo, asesorías
y cálida compañía
en esta chamba. Estoy muy contenta y
me siento como una especie de ‘miss
universo académica’ con
mi medalla al cuello en lugar de corona.”
Enhorabuena.
Isa debe estar muy orgullosa.
Profesor
- investigador del departamento de Ciencias
de la Comunicación de la UPAEP,
Puebla.