Rafael
Ruiz Harrell y María Victoria
Llamas
El
intelectual y la periodista
Uno
de complexión corpulenta y voz
singular y otra de risa fácil
y trato enérgico. Ambos, a su
manera y desde su trinchera, dejaron
huella en lectores y radioescuchas.
Me
lo aseguran dos de sus conocidos. A
Rafael Ruiz Harrell lo conocían
entre sus amigos como El Oso.
Y en verdad su estatura era alta; su
corpulencia, innegable; su voz, singular,
sus desplantes muy agitados. Pero además,
cuando tomaba la palabra era escuchado
con atención por casi todos –algún
irreverente no falta jamás–,
ya que además de ser docto tenía
esa arrogancia de quien sabe que no
lanza frases al viento y consideraba
que su audiencia no podía estar
más enterada que él de
lo que trataba. Era tan atendido que
el genial y ególatra de Porfirio
Muñoz Ledo, hoy nuevamente en
la dirigencia de algo, le dedicó
un artículo a su vida y obra,
bastante lisonjero, excepcional.
Lo
conocí gracias a Carlos Ramírez
Sandoval, quien fuera jefe de prensa
de Víctor Flores Olea en Conaculta.
En un despacho por Altavista, donde
aquél realizaba encuentros cercanos
del trago, los amigos (Gregorio Ortega,
el más asiduo) y la discusión,
Rafael llegó con un traje y un
suéter, como si el frío
de un invierno le molestara. De inmediato
pidió un güisqui y se sentó
ausente, sin hacernos caso a varios
que estábamos en la barra. Yo
pregunté, tímido, si era
el autor de dos libros que me habían
marcado: Exaltación de ineptitudes
y El secuestro de William Jenkins.
Afirmaron con la cabeza mis compañeros,
quizá para no hacerse notar.
De
puntillas, casi, me acerqué y
le dije muy plantado: “Mucho gusto.
Hace unas semanas escribí un
artículo en El Universal
acerca de su obra más reciente”.
No me mandó al diablo pero ocurrió
algo peor: siguió como ausente.
Realmente quedé desencantado
y hasta molesto. Pero leyendo los lunes
en Reforma su columna “La
ciudad y el crimen”, no tuve más
que rendirme ante lo evidente: el maestro
sabía un rato largo acerca de
la demagogia de las autoridades para
combatir la delincuencia y que todos
los experimentos, llevados a cabo para
supuestamente atacar a los criminales,
no tenían ni tendrían
el menor éxito.
Comprar
mejores armas, capacitar policías,
crear unidades especiales, colaborar
con el exterior, hacer un sistema de
información único, lanzar
al Ejército contra el narcotráfico
y un largísimo etcétera,
no servirán de nada mientras
la corrupción nos corroe, los
políticos hagan propaganda de
cualquier asunto menor y los delincuentes
de muy diverso pelaje sean socios del
poder.
Un
instante negativo no borra una obra,
más bien apuntala un prestigio.
Cómo hubiera querido tomarme
algunas copas con Ruiz Harrell, ir a
diferentes encuentros, compartir charlas
con amigos comunes. Nada de eso será.
Pero su trabajo intelectual, básicamente
periodístico, ahí está
y debe rescatarse.
En
El secuestro de William Jenkins,
Ruiz Harrell cita al exsecretario de
Estado, Richard Lansing:
México es un país
extraordinariamente fácil de
dominar porque basta controlar a un
solo hombre: al Presidente. Tenemos
que abandonar la idea de poner en la
Presidencia un ciudadano americano,
ya que eso llevaría otra vez
a la guerra. La solución necesita
más tiempo: debemos abrirle a
los jóvenes ambiciosos las puertas
de nuestras universidades y hacer el
esfuerzo de educarlos en el modo de
vida americano, en nuestros valores
y en el respeto al liderazgo de Estados
Unidos. México necesita de administradores
competentes. Con el tiempo, esos jóvenes
llegarán a ocupar cargos importantes
y eventualmente se adueñarán
de la Presidencia. Sin necesidad que
Estados Unidos gaste un centavo o dispare
un tiro, harán lo que queramos.
Y lo harán mejor y más
radicalmente que nosotros.
Miguel
de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto
Zedillo y Felipe Calderón prueban
que Lansing tenía razón.
En
su penúltimo artículo,
el maestro Harrell hizo un elogio de
Amparo Espinoza de Rugarcía,
la hija de Manuel Espinoza Iglesias,
con quien Rafael tuvo una relación
frecuente y estrecha. El nombre de ella
es el de un museo importante, único
en México.
Muchos
entendemos el mundo pasado y el actual
por un Oso que abría selvas,
producía rugidos, saltaba encima
de los embaucadores y hasta se daba
el lujo de rechazar elogios y beber
solo porque en su mente bullía
algo nuevo, original.
Siempre
risueña
María
Victoria Llamas era de risa fácil
y trato enérgico. Lo primero
no contrastaba con lo segundo ya que
la broma le gustaba, la ironía
la hacía feliz, pero no se perdía
en lo efímero, más bien
los momentos agradables eran las etapas
intermedias para lo sustancial: transformar
un modelo de información que
es obsoleto hace décadas e implantar
otro: uno de comunicación en
el cual todos oyeran, procesaran, contestaran,
hicieran de la participación
su alma.
En
su casa hicimos varias reuniones. Impecable
en todo, atenta en lo mínimo,
dispuesta a colaborar en diversas tareas.
Todo ello no le impedía ir a
lo básico: hay que construir
para el presente y el futuro.
María
Victoria lo sabía porque había
estado (¡Oh Martí!) en
el monstruo con varias caretas, pero
que continúa ganando la batalla
en la inmediatez, lo banal, la seducción,
la destrucción, lo mismo en radio
que en televisión.
Sus
artículos era lo que más
le daba satisfacción, igual que
sus libros donde ponía el acento
en la palabra exacta, la causa justa,
el aliento para ir adelante sin cansancio.
Sísifo, a su lado, era un aprendiz
de escalador.
No,
no era fácil la convivencia con
Marivi, como le llamaban sus amigos.
Y es que la insatisfacción es
algo de los que buscan no la perfección
sino sólo transitar los caminos
inexplorados. Ella lo hacía constantemente.
Cuando
fue presidenta de Comunicadores por
la Democracia, donde había poetas,
investigadores, especialistas y periodistas,
supo conjugar las acciones, abrirse
a los nuevos tiempos, jugársela
por el cambio. Todo sin dejarse guiar
por espejismos, intentar medrar, dándole
juego a quien estaba dispuesto a buscar
el beneficio colectivo.
En
su época de Llamas en radio
(1995-2002), quizá su última
en el cuadrante, me invitó y
fui hasta las lejanas instalaciones
de Radio Centro –más que
una excursión, un suplicio de
tráfico con mentadas de madre
por doquiera durante todo el trayecto–,
hablamos de los movimientos necesarios
en la información y del indispensable
derecho a la información y la
libertad de expresión, no para
nosotros, sino para los millones que
no pueden levantar la ceja ante empresarios
y políticos.
Al
salir de la emisión, tuve una
preocupación: “Dado el
clima de censura y vetos, ¿no
tendrás problemas por lo que
dije? (el programa fue en vivo). “No
lo sé –respondió
pausada y metódica–. Pero
en dado caso no es la primera vez. Ya
estoy acostumbrada a los jaloneos. No
hay que jugársela a lo loco,
pero atreverse, no rendirse, estar dispuesto
a todo, es mi estilo, mi vida”.
Me quiso tranquilizar sin lograrlo.
Le
hablé a los pocos días.
No hubo mayor problema, sólo
una nueva llamada de atención
a quienes somos boquiflojos.
No la volví a escuchar, desgraciadamente.
Hoy recuerdo como un cuerpo bajo, una
elegancia de señora de clase
media o aparentemente burguesa para
muchos, una dama que pudo decir sí
pero generalmente decía no a
los de arriba, parafraseando a Joaquín
Sabina, metió esos goles. Claro,
se me olvida que su biblioteca no estaba
de adorno, sus apuntes frecuentes no
eran para guardarlos y los idiomas que
manejaba le daban la posibilidad, con
modestia pero con categoría,
de abrir rutas que esperamos no se cierren
sino se ensanchen para seguir su ejemplo.
El
anterior artículo debe citarse
de la siguiente manera:
Meléndez
Preciado, Jorge,
"El
intelectual y la periodista",
en Revista Mexicana de Comunicación,
Num. 109, febrero / marzo, 2008, p.
8.