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¿A
quién se beneficia y a quién
se perjudica?
TV
pública versus privada en Venezuela
Vicente Romano
Excatedrático
de Comunicación Audiovisual de
la Universidad de Sevilla en España.
La
no renovación de la concesión
al canal RCTV ha provocado dentro y fuera
de Venezuela una acalorada polémica
en torno a la libertad de expresión.
Y, a decir verdad, interesada, hipócrita
y falaz. La cuestión de fondo es
la contraposición entre libertades
colectivas e individuales, entre servicio
público y beneficio privado.
Como se
sabe, la mayoría de las constituciones
democráticas reconocen el derecho
de los ciudadanos a la libertad de expresión.
Así lo hace, por ejemplo, la española,
una de las más progresivas en este
aspecto. Su artículo 20 dice textualmente:
Se
reconocen y protegen los derechos: A expresar
y difundir libremente los pensamientos,
ideas y opiniones mediante la palabra,
el escrito o cualquier otro medio de reproducción.
Más
aún, también reconoce que
los españoles tienen derecho “a
comunicar o recibir libremente información
veraz por cualquier medio de difusión”.
Ahora
bien, este derecho no puede incluir, entre
otras cosas, el de promulgar abiertamente
el exterminio de las personas discapacitadas,
los miembros de otra religión o
etnia (como fue el caso de los nazis),
el asesinato de un presidente y el derrocamiento
a tiros del gobierno democráticamente
elegido (como ha venido haciendo la RCTV
y otros medios en Venezuela).
Es obvio
que para ejercer su derecho a la libertad
de expresión, los ciudadanos deben
disponer de medios para expresarla. La
libertad de expresión y de información
se reduce así, en la práctica,
a la libertad de acceso a los medios.
Algo que, como todo el mundo sabe, está
limitado a los pocos que poseen esos medios.
¿De
qué sirven, pues, esas libertades
si se carece de medios para ejercerlas?
Porque todo lo que tiene que ver con la
información y la comunicación
está relacionado también
con el poder, la impotencia y la violencia.
Como se trata de medios, la diferente
posesión de los mismos constituye
la desigualdad. La persona que carece
de medios, o más exactamente, de
medios de intercambio comunicativo, no
puede hacerse entender. Es el perjudicado
en la interacción social, si es
que llega a participar en ella. Y no se
trata de ninguna metáfora. Hay
que imaginarse al disminuido físico
o psíquico, al ciego o al sordomudo,
al analfabeto, y compararlo con el poderoso
o el político sobre el que se concentran
cámaras y micrófonos, cuyas
palabras se difunden a los cuatro vientos
y penetran el pensamiento, las emociones
y la acción de la gente. De allí
que el estudio de los medios tenga por
objetivo descubrir las condiciones de
la libertad –o la falta de ella–
concreta de los seres humanos en la comunicación
pública.
Debido
a la concentración existente en
la industria de la comunicación,
de la conciencia, del entretenimiento,
o como la quieran llamar, lo cierto es
que sobran los dedos de una mano para
contar los oligopolios que la controlan.
Estos pocos tienen el poder de definir
la realidad para los muchos, de decirles
lo que pasa, lo que es bueno y malo, lo
que hay que hacer y lo que no, y cómo
hacerlo. Este poder de fijar el programa
social de cualquier comunidad es la clave
del control social. Lord Nordcliffe, dueño
de uno de los grandes consorcios de prensa
de principios del siglo XX, lo explicaba
así, sin pelos en la lengua:
Dios
enseñó a los hombres la
lectura para que yo pueda decirles a quién
deben amar, a quién deben odiar
y lo que deben pensar.
¿Falta de libertad?
En Venezuela,
el sector privado acumula 90 periódicos,
700 radioemisoras comerciales, 78% de
las televisoras VHF y 82% de las UHF.
Salvo dos diarios que guardan un cierto
equilibrio informativo, los medios privados
predican el derrocamiento violento del
gobierno democrático y divulgan
falsedades y puntos de vista contrarios
a él, sin que éste haya
respondido jamás con medidas de
censura, cierre, suspensión ni
confiscación de ediciones. Es evidente
que la proporción de medios públicos
está en clara desventaja frente
a los privados.
En España,
como prácticamente todos los países,
el Estado ejerce la soberanía sobre
su espectro radioeléctrico nacional
y otorga o deroga concesiones a empresas
privadas para el uso del mismo. Eso es,
sencillamente, lo que el gobierno venezolano
ha hecho con la televisora RCTV. Nada
más. Esta empresa puede seguir
emitiendo, y lo hace, por otra frecuencia
y otros medios. Nadie se lo impide. El
Estado no ha hecho más que recuperar
del uso privado una frecuencia suya para
dedicarla a servicio público, al
bien común. ¿A qué
viene, entonces, el escándalo?
¿Quién se beneficia y quién
se perjudica con esta medida?
Se entiende
que toda privatización equivale
a una expropiación del ciudadano,
por suponer una limitación o mutilación
del sistema público. Restringir
el sistema público significa reducir
los procesos de aprendizaje en la sociedad
democrática. Como sistema de comunicación
abierto, la democracia se convierte así
en un círculo cerrado de opiniones.
La opinión pública se convierte
en opinión publicada de los pocos
que tienen el poder para publicar.
La privatización lleva necesariamente
a la concentración, a la dependencia
de las multinacionales de los medios masivos
de comunicación social, a la falta
de libertad, que sólo existiría
oficialmente. El pluralismo quedaría
reducido a una opinión, o sea,
a su contrario: el uniformismo. Quien
es partidario de la privatización
lo es también de la comercialización,
cuyo efecto final es el entretenimiento
con espectáculos de superestrellas
guarnecidos de publicidad comercial, como
han demostrado los estudios efectuados
sobre la privatización en Inglaterra,
Italia y España.
El
producto barato determina el programa.
Las emisoras de radio se convierten en
cajas de música banal y las estaciones
privadas de televisión, fundadas
con ambiciones artísticas, terminan
en la importación de series y en
el strip tease de amas de casa.
Es decir: se imponen los poderes del entretenimiento,
del producto barato. Lo que se pensó
como radiodifusión de pequeños
grupos, se convierte en agencia de las
grandes organizaciones económicas.
El significado
de la información, de la noticia,
del comentario, para la formación
de opinión en un Estado democrático
no puede dejarse únicamente en
manos de intereses y coacciones minoritarias
de unas pocas empresas privadas. Lo que
se impone entonces es el valor de cambio
de la información-mercancía
y no su valor de uso, o sea, el beneficio
particular y no el general. Los comprobados
inconvenientes de la comercialización
son un fuerte argumento a favor de la
televisión de servicio público,
incluidos los nuevos medios.
Contenidos de calidad
La
televisión pública puede
y debe ofrecer la igualdad de oportunidades
para todos. El sistema público
puede y debe asegurar que todos los grupos
de la población tengan acceso a
los medios, es decir, que sus contenidos
sean democráticos, plurales y críticos.
Por otro lado, el control público
reduce el peligro de abusos y permite
a las emisoras la mayor libertad posible.
En
vez de imitar o reproducir los peores
rasgos de la privada, la radiodifusión
de servicio público puede acentuar,
por el contrario, sus diferencias y cualidades
específicas. Los comprobados inconvenientes
de la comercialización constituyen
un fuerte argumento a favor de la televisión
pública, incluidos los nuevos
medios. Si lo que se pretende es
el pluralismo democrático para
solucionar los conflictos sociales, hay
que impedir que los intereses comerciales
unilaterales se apoderen de los medios
viejos a través de los
nuevos. De lo que se trata es
de defender y proteger la libertad de
la comunicación pública
y su carácter esencial de servicio
público frente a los intereses
particulares, independizarla de las coacciones
y servidumbres comerciales, gubernamentales
y partidarias.
Mientras
el objetivo de la Radiotelevisión
(RTV) privada es el máximo beneficio,
el de la pública debe ser conseguir
una programación de calidad. En
términos generales, la finalidad
de la comunicación es mejorar la
calidad de la vida de las personas y su
formación de opinión, voluntad
y sentimientos democráticos. De
allí que el principio rector deba
ser el de la rentabilidad social y no
el del beneficio privado, como en la sanidad
pública, por ejemplo.
De lo
que se trata, por tanto, es de mejorar
la comunicación pública,
de desarrollar sus potencialidades como
servicio público, es decir, como
cosa pública, del pueblo. Se cumple
esa tarea cuando hay una oferta de información
tanto de las noticias locales como del
mundo entero; cuando se ofrece esparcimiento,
cultura, educación y formación
continuada para los grupos más
diversos; cuando se toma en cuenta la
diversidad de las regiones, de los grupos
sociales, de las opiniones políticas;
cuando los programas se suministran de
modo impecable desde el punto de vista
técnico y de producción.
La radiodifusión
pública puede avanzar más
allá del ofrecimiento de los rituales
sociales y presentar las motivaciones
y experiencias de sus participantes, comunicar
también las de quienes no participan
y preguntarles por qué no comparten
las opiniones socialmente corrientes.
Sólo cuando se escucha y se muestra
la otra parte, nos acercamos a la objetividad
(y realidad) postulada en los programas.
La verdad implica numerosos matices.
El pluralismo
debe reflejarse también en su organización,
con representantes de los grupos y gremios
socialmente relevantes. La democratización
de la televisión pública
(y también de la privada) implica
necesariamente su democratización
interna. En tal sentido, no sólo
hay que preguntarse por las oportunidades
que tiene el ciudadano de satisfacer sus
necesidades de información y esparcimiento
y de articular su opinión en el
proceso democrático. También
hay que preguntarse qué papel desempeñan
los trabajadores de las empresas en el
desarrollo de las mismas y en su programación.
Para eso hay que mejorar y ampliar el
derecho de cogestión de la redacción
de los programas y reforzar la información
crítica de temas del mundo laboral.
Los intereses de los trabajadores deben
reflejarse también en los programas
de entretenimiento para competir con las
series extranjeras de violencia y corrupción.
Luchar por el acceso
El punto
de partida para el desarrollo de la comunicación
pública no deberían ser
los intereses comerciales de unos grupos
cada vez más minoritarios que monopolizan
otros medios de comunicación como
la prensa o la industria editorial, sino
el acceso libre de todos a una información
amplia y plural. Política de medios
es sinónimo de lucha por el acceso
a los medios.
Entendidos
como servicio público, los medios,
especialmente la RTV, tienen cometidos
claros que aún no han desarrollado:
a)
Dirigirse a los televidentes con todas
sus posibles diversificaciones.
b)
Demostrar que es posible realizar un servicio
público con éxito, de manera
que los medios privados se vean obligados
a imitarlos.
c)
Promover la creatividad como una responsabilidad
social.
d)
Hablar a las minorías y hacer
reflexionar a la mayoría sobre
ellas.
e)
En ese sentido, le incumbe al Estado y
a las administraciones públicas
salvaguardar las culturas nacionales.
Como
servicio público, la RTV pública
tiene la noble misión de fomentar
la conciencia crítica del ciudadano.
Esta labor no puede hacerla la RTV privada,
interesada en vender su mercancía
barata al mayor número posible
de consumidores.
La RTV
pública puede y debe poner el acento
en la calidad de los programas y ofrecer
alternativas a la programación
privada, donde hay más protocolo
que reportaje en la información;
más espectáculo ostentativo
que humor en el entretenimiento y más
banalidad que originalidad en la música
y en la cultura.
Por último,
la RTV pública puede respetar al
menos el derecho de los televidentes a
recibir los programas, ya sean culturales,
informativos, de esparcimiento, en su
integridad, esto es: sin las constantes
interrupciones de los reclamos comerciales
que impiden su comprensión y disfrute.
La mejora
de la RTV pública implica abandonar
los criterios comerciales y la lógica
financiera, en busca de la rentabilidad
social, en otras palabras: contribuir
a aumentar la calidad de vida de las personas.
Y esto
es precisamente lo que pretende el gobierno
venezolano al no renovar la concesión
a la RCTV y utilizar su frecuencia para
una televisión de servicio público:
socializar la información y el
conocimiento, elevar el nivel de conciencia
de los ciudadanos para que sean capaces
de actuar de manera consciente e inteligente
sobre su entorno, sobre su sociedad, como
prescribe la Organización de las
Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura (UNESCO). ¿Quién
puede considerar eso un delito?
Al liberarse
de las servidumbres del lucro privado,
la televisión de servicio público
puede diversificar más la programación
y descentralizar la producción
(o en su caso, crearla) frente a la distribución
masiva de series extranjeras de violencia.
Exponer y expresar más conflictos,
multiplicar la discusión primaria,
el intercambio cara a cara. Las redacciones
pueden expresar las cuestiones básicas,
es decir, las que plantea la propia gente
y no las que impone la industria de los
sondeos. La orientación por la
cuota de audiencia impone límites
y elude la realidad.
La
televisión de servicio público
se orienta como servicio para todos. Esta
reorientación se refleja en la
organización. La presión
de fuera proviene de las luchas por el
poder de los grupos minoritarios. La radiodifusión
de servicio público se orienta
por la cooperación entre comunicadores
y receptores. La cooperación
entre ambos puede contrarrestar la presión
externa.
La programación
democrática no reproduce lo que
ya tiene validez. No puede distribuir
los desechos de otros, sino que busca
su material en el compromiso empírico
de la comunicación primaria: producir,
en vez de reproducir. Indaga lo que los
sujetos esperan de la vida, en vez de
confirmar las representaciones generales.
Descubre causas, en vez de reiterar justificaciones.
Investiga las ventajas de la paz, en vez
de aceptar las desventajas de la guerra.
El discurso
ideológico fatalista sobre la televisión
pública acompaña al proceso
de reestructuración del capital
en el sector de la comunicación,
un sector por demás estratégico.
Conviene tener presente que se trata de
un sector decisivo para la soberanía
nacional y el dominio democrático
del futuro. Son muchos y muy diversos
los intereses que están en juego:
económicos e industriales, políticos
y estratégicos, humanos y culturales.
Democratización
de la información
La privatización
en beneficio del capital financiero no
es la única solución para
dominar las nuevas tecnologías
de la comunicación. Hay que crear,
por el contrario, un nuevo espacio público,
que permita el debate democrático
sobre el desarrollo de las nuevas tecnologías.
Tal debate público y democrático
debe apoyarse, por un lado, en el fortalecimiento
del servicio público, guiado por
su renovación, esto es, por la
invención de nuevas formas, y por
otro, en la extensión de los principios
de servicio público al conjunto
de la comunicación social.
La renovación
del servicio público podría
efectuarse a partir de los siguientes
criterios:
a)
Al ser público, cosa pública,
del pueblo, implica que los trabajadores
de los medios y los usuarios deben participar
en su gestión. Esta gestión
no tiene por qué seguir los criterios
de rentabilidad financiera que imperan
en la empresa y gestión privadas.
b)
La cooperación con el servicio
privado, ya sea local, nacional o multinacional,
debería regirse por los principios
y normas de servicio público, es
decir, de interés general. Pero
sobre todo en el pluralismo social, cultural,
regional, de opiniones, de formas, de
significados, de creación, en suma:
pluralismo concebido como ausencia de
estética oficial.
Lo humano
y emancipador estriba en reivindicar la
ampliación del espacio público
de la comunicación, y no su limitación.
El espacio público deber ser del
público, o mejor dicho, de los
públicos, el lugar de encuentro
del pluralismo de opiniones y formas,
única manera de hacer que la comunicación
sea transparente.
Como se
sabe, los medios de comunicación
en general, y los públicos en particular,
desempeñan un papel constituyente
en la democracia. Conocer y publicar,
hablar de la utilidad del conocimiento,
significa preguntar por la utilidad de
los medios públicos de comunicación,
y la cuestión de la utilidad del
conocimiento lleva necesariamente a la
objetividad de la información y
a la de su democratización. De
allí la necesidad de defender una
radiodifusión pública, que
ofrezca mayor seguridad laboral a los
periodistas y trabajadores de los medios,
pero sobre todo mayor libertad para ejercer
su profesión.
El
anterior artículo debe citarse
de la siguiente manera:
Romano,
Vicente, "TV pública versus
TV privada",
en Revista Mexicana de Comunicación,
Núm. 106, agosto / septiembre,
2007, 19 -21 pp.
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