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Las
ramas no dejan ver el bosque
Ecos
del silencio… de RCTV
Ernesto
Carmona
Periodista
y escritor chileno, consejero nacional
del Colegio de Periodistas de ese país
y
secretario ejecutivo de la Comisión
Investigadora de Atentados a Periodistas
(CIAP), de la
Federación Latinoamericana de Periodistas
(FELAP).
Primero
se entronizó la idea falsa de que
el Tirano Chávez, lisa
y llanamente clausuraba una estación
de televisión. Tal mentira cobró
fuerza merced al dominio global que posee
Estados Unidos sobre los medios mundiales,
más la colaboración entusiasta
de la Sociedad Interamericana de Prensa
(SIP), la Asociación Mundial de
Dueños de Periódicos (WAN,
por sus siglas en inglés) y, en
general, las organizaciones de todos los
dueños de grandes medios, secundados
por legiones de periodistas cuyas conciencias
también han sido adquiridas a cambio
de ciertas regalías, como becas,
financiamiento de proyectos en apoyo de
la libertad de expresión como los
que ofrece en distintos países
latinoamericanos el Instituto Prensa y
Sociedad (IPYS), auspiciado por la SIP
y financiado por la National Endowmen
for Democracy (NED).
Nos
hemos acostumbrado a vivir sin cuestionar
el concepto de libertad de expresión
que nos impone la presión cotidiana
de una telaraña mundial de medios
informativos que imponen el mismo paradigma
de una sociedad de mercado como la mejor
creación política del mundo,
sinónimo de democracia y libertad,
o sea: un sistema óptimo para la
convivencia de las sociedades en miles
de años de historia. La protección
mundial de ese modelo monoteísta
está a cargo del poderío
militar estadunidense que sería
la guardia pretoriana del imperio económico
y político de las grandes corporaciones
mundiales. El poder de Roma contentaba
al pueblo con pan y circo. Hoy día
abunda el circo, escasea el pan y también
el trabajo, pero al circo de los medios
no le importa que falte pan porque ellos
lo reemplazan con su oferta permanente
de libertad, tal como la entienden las
transnacionales. Así, para la gente
común no habría otro mundo
posible, y el modelo actual de sociedad
sería prácticamente perfecto
e inconmovible, como lo fue para Cándido,
el personaje de Voltaire, la sociedad
previa a la revolución de 1789.
El
culto a la llamada libertad de expresión
que promueve Estados Unidos no permite
la crítica al modelo de sociedad
de mercado y generalmente utiliza invenciones
—directamente mentiras— para
combatir y desacreditar otros puntos de
vista. Para el ciudadano común,
resulta difícil tener ideas propias
en medio de la avalancha dominante. Quizás
a los griegos les pasaba lo mismo: se
autocomplacían de la democracia
ateniense y nunca se preguntaban por qué
su democracia funcionaba con mano de obra
esclava en la producción. La democracia
griega la ejercían los opulentos
señores de Atenas en los lugares
públicos de la ciudad estado. Tal
democracia estaba financiada por el trabajo
esclavo, sin remuneración. La esclavitud
también se hizo invisible cuando
los padres fundadores crearon
la mejor democracia del mundo y redactaron
la Constitución de Estados Unidos.
Allí no hubo derechos para los
negros, sólo para sus propietarios,
entre ellos, los redactores de la carta,
como Thomas Jefferson.
Hoy
día, los herederos de la plebe
que frecuentaba el circo romano pueden
elegir al Senado y otros legisladores.
Pero nadie puede elegir a los medios de
comunicación. Parece natural que
los medios pertenezcan exclusivamente
a grandes corporaciones y a los grupos
económicos locales que fungen como
dueños de nuestros países.
Nadie cuestiona que poseer medios de comunicación
sea un privilegio exclusivo del dinero.
Se hace una sola cosa entre esa libertad
de empresa –que le permite
a cualquiera invertir su dinero en un
medio– y las libertades de información
y de prensa, convertidas –simplemente–
en un privilegio de los ricos consagrado
por las leyes; coadyuvan a consolidar
su poderío económico y político
mediante la propaganda, la selección
cuidadosa de las noticia y la eliminación
de la crítica, todo esto en aras
del lucro y sin mayores valores deontológicos.
Teóricamente,
el espectro por donde circulan las señales
inalámbricas de la radio y la televisión,
constituyen un bien público, sometido
a regulaciones internacionales y locales
de cada país. Desde Estados Unidos
a Venezuela, cada país tiene su
propia legislación soberana para
regular sus comunicaciones y concesiones
del espectro radioeléctrico, que
es un bien nacional. Pero no en todos
los países existe preocupación
ni legislación que proteja de los
abusos de la televisión, donde
suelen imperar la ignorancia y la pobreza
de lenguaje, asociadas a la chabacanería,
lo peor de la farándula y el mal
gusto, junto con el culto al dinero fácil,
las drogas y la violencia. En pocos países
hay leyes que defiendan a los jóvenes
y a los niños de la televisión.
¿Con qué derecho esas estaciones
convierten en valores los contravalores
que existen en las cabezas ramplonas de
sus productores para inocularlos sin cortapisas
en las mentes de televidentes indefensos?
¿Quién los eligió
para eso?
Revocaciones sin alharaca mediática
En
Venezuela no se canceló ninguna
concesión, simplemente no se renovó.
Y hay personalidades a quienes no les
agradó que RCTV desapareciera,
al igual que a Estados Unidos, pero han
reconocido que hubo una decisión
ajustada al derecho soberano del sistema
jurídico de Venezuela. Esas personalidades
son el presidente Inazio Lula da Silva,
de Brasil, y el secretario general de
la Organización de Estados Unidos
Americanos (OEA), el chileno José
Miguel Insulza.
Otros
países no sólo no renovaron
concesiones sino querrevocaron concesiones
sin aviso previo; por ejemplo, la más
reciente fue en Perú, en abril
de 2007, que dispuso el cierre de dos
canales de televisión y tres de
radio por incumplir la Ley de Radio y
Televisión, licencias vencidas,
y por utilizar equipos no homologados.
En Uruguay, en diciembre de 2006, se revocaron
los permisos de las emisoras de radio
94.5 FM y Concierto FM, de Montevideo,
y también revocaron una resolución
que ampliaba la cobertura de la señal
de cable Multicanal, del grupo Clarín
de Argentina.
En
El Salvador, en julio de 2003, se revocó
la concesión de Salvador Network,
y en Canadá, en junio de 1999,
revocaron la concesión a Country
Music Televisión (CMT); mientras
en Estados Unidos, la Administración
Federal de Comunicaciones (FCC), revocó
en julio de 1969 la concesión a
WLBT-TV; en 1981 revocó la concesión
a WLNS-T; en abril de 1999, a FCC Yanks
Trinity License; en abril de 1998, a Daily
Digest (Radio). En Estados Unidos, desde
que se fundara la FCC, en 1934, hasta
1987 hubo 141 estaciones que perdieron
sus licencias, entre ellas 102 por no
renovación. Sólo en 40 casos
se revocó la licencia sin esperar
a que ésta expirara. Durante la
década de los ochenta hubo 10 casos
en que no se renovó.
En
Europa, España revocó en
julio de 2004 la concesión de TV
Laciana (canal por cable local) y en abril
de 2005 cerró las emisoras de radio
y de TV de señal abierta en Madrid;
y luego, en julio del mismo año,
dispuso el cierre de TV Católica.
Francia revocó la licencia de TV&
en febrero de 1987, en diciembre de 2004
revocó la concesión de Al
Manar; y en diciembre de 2005 cerró
a TF 1 por poner en duda la existencia
real del holocausto.
En
Inglaterra, el gobierno de Margareth Thatcher
canceló la concesión de
una de las más grandes estaciones
de televisión inglesas sencillamente
por haber difundido noticias no gratas,
aunque absolutamente verídicas.
Simplemente argumentó que “si
ya habían tenido la estación
durante 30 años, ¿por qué
debían tener un monopolio?”
En el mismo Reino Unido, la autoridad
dispuso en marzo de 1999 el cierre temporal
de MED-TV-canal 22; en agosto de 2006
revocó la licencia a ONE TV; en
enero de 2007, a Look 4 Love 2; en noviembre
de 2006, a StarDate TV 24, y en diciembre
2006 al canal de televentas AUCTIONWORD.
En
1990, Irlanda revocó la licencia
para empezar a transmitir TV3; mientras
en Rusia, en agosto de 2000, se cerró
una emisora de televisión por difundir
publicidad subliminal y en marzo 2002
clausuraron a TV-6. En agosto de 2002,
en Bangladesh, revocaron la licencia a
Ekushey Televisión (ETV). Y en
ninguno de estos países hubo campaña
como la actual por Radio Caracas Televisión,
que duró 53 años. El Colegio
de Periodistas de Chile tampoco se interesó
en contrariar ninguna de esas decisiones.
Hay
cientos de ejemplos de concesiones que
no han sido renovadas en todo el mundo,
sin que hubiera alharaca internacional
por la libertad de expresión. En
Estados Unidos, desde que existe la FCC
se han producido unas 150 no renovaciones
y caducaciones de concesión, unas
más memorables que otras, como
la que afectó a una filial de la
cadena Fox en 1968 que mandaba los videotape
con un ciclista desde Tijuana, México,
a San Diego, Estados Unidos, para eludir
–mediante el viaje en bicicleta
de los tapes– la legislación
sobre emisiones de televisión desde
el extranjero, aunque resultan siempre
más baratas. Existe un trabajo
muy documentado de José David Carracedo
sobre caducidad de concesiones en 21 países,
incluyendo a Estados Unidos y a los miembros
de la Unión Europea (www.diagonalperiodico.net).
Carracedo, que es sociólogo español,
expuso el Caso Fox Tijuana-San Diego en
el V Encuentro de Artistas e Intelectuales
en Defensa de la Humanidad, Cochabamba,
Bolivia, en mayo de 2007.
¿Elegir a sus medios?
Si
el espectro radioeléctrico es un
bien público, lo más democrático
sería que el pueblo eligiera sus
estaciones de televisión y no los
grandes ricachones de cada país,
como ocurre en Chile con los multimillonarios
José Piñera y Ricardo Claro,
que poseen dos canales de televisión
abierta de alcance nacional, o el mexicano-estadunidense,
que posee las cuatro estaciones de televisión
abierta que existen en Guatemala y otras
dos estaciones en Chile, a pesar de que
la ley prohíbe expresamente la
posesión de más de un canal
a un extranjero.
En
el otorgamiento y la renovación
de las concesiones de televisión,
así como en las concesiones para
la explotación del petróleo,
el cobre y la minería en general,
en nuestras naciones latinoamericanas
intervienen factores políticos.
En todos los países persiguen a
las estaciones de radio y televisión
comunitarias, que son medios de los pobres.
A ningún ciudadano pobre le darían
en concesión una frecuencia nacional
para transmitir televisión en Chile
o en Brasil, donde sí pueden obtenerlas
personas como el excandidato presidencial
Piñera, el émulo chileno
del italiano Berlusconi, o el fallecido
magnate brasileño Roberto Marinho,
fundador de O’Globo. Ojalá
todos los países pudieran entregar
esas concesiones –que son bienes
públicos– de una forma más
democrática, con participación
del electorado y de manera más
representativa de las fuerzas políticas
que operan en cada país, tengan
o no representación parlamentaria.
Ahora
que en América Latina se está
definiendo cómo se normará
el nuevo negocio de la tecnología
digital aplicada a la televisión,
en cualquier país como Chile se
presenta la oportunidad de refundar y
democratizar la televisión abierta,
como un bien público de todos los
ciudadanos, donde el medio no sea un privilegio
exclusivo de los escasos grupos económicos
que actualmente detentan el control de
esos medios. Una discusión democrática
sobre el futuro de la televisión
abierta bajo la tecnología digital,
es mucho más relevante que la elección
del estándar europeo, japonés
o estadunidense, y que la decisión
soberana de un gobierno de no renovar
la concesión a un grupo local que
ya usufructuó del negocio por más
de medio siglo.
En
Venezuela, más bien se ha puesto
en marcha una saludable democratización
del espectro radioeléctrico, al
reasignar la frecuencia que por más
de 50 años explotó la familia
Phelps-Granier a una estación de
servicio público, la Televisora
Venezolana Social (TVes), con la promesa
de una programación diversa, y
una publicidad más ética
y menos comprometida con el consumismo.
La televisión de servicio público
está propuesta en la Constitución
Nacional.
Hay
países civilizados donde la televisión
pública es de excelente calidad,
como en Suecia e incluso la BBC del Reino
Unido. Así como en cualquier país
puede darse un sistema político,
con una Constitución, un Parlamento,
debiera debatirse democráticamente
el modelo de televisión que desean
los ciudadanos, la televisión que
queremos, y no el sometimiento permanente
a este lavado de cerebro totalitario
impuesto por unos 10 mega grupos mediáticos
que dominan en Estados Unidos, y su
área de influencia latinoamericana,
y otros tantos que controlan el resto
del mundo. No es el poder del dinero,
sino los ciudadanos quienes deberían
definir y elegir su televisión
pública.
Que los medios abandonen la política
Los
medios de Venezuela deberían retirarse
definitivamente de la política,
abandonar su permanente guerrilla de factura
político-mediática, y simplemente
dedicarse de nuevo a informar, como en
su origen, pero con seriedad, imparcialidad,
equidistancia, objetividad y responsabilidad
social, tal como hoy día lo hacen
solamente dos periódicos: Últimas
Noticias, de la Cadena Capriles,
y Panorama, de Maracaibo. Por
cumplir esa norma elemental del periodismo,
esos dos diarios gozan de la mayor circulación.
Las
estaciones de televisión de la
familia Phelps-Granier y Gustavo Cisneros,
y los diarios de los Otero (El Nacional)
y Núñez (El Universal),
entre otros, destruyeron sistemáticamente
a los partidos políticos tradicionales
mucho antes de que Chávez apareciera
en la escena política venezolana
y trataron de desempeñar ellos
–los diarios y las estaciones de
televisión– el rol que en
cualquier sociedad se le asigna a los
partidos políticos. Pareciera que
con los años, a esos dueños
de medios se les pegó el gusto
por el poder y la política, que
no quieren abandonar, pero la verdad es
que tuvieron su oportunidad y fracasaron.
Más bien ellos son los responsables
del principio del fin de los dos grandes
partidos tradicionales de Venezuela (el
partido socialdemócrata Acción
Democrática y el partido Social
Cristiano Copei). En última instancia,
la politización de esos medios
coadyuvó en crear la situación
que alumbró la insurgencia del
fenómeno Chávez en la historia
política de Venezuela.
El imperio no tolera países disidentes
La
feroz campaña encubierta por el
deceso de RCTV más bien muestra
la desesperación de Estados Unidos
por derribar a cualquier precio al gobierno
de Hugo Chávez, legitimado varias
veces en las urnas y fortalecido después
del fracaso de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), en la articulación del golpe
de Estado que el 11 de abril de 2002 instaló
en Venezuela a un gobierno de apenas unas
30 horas. Ese efímero gobierno
de Pedro Carmona fue un tremendo fracaso
y un gran ridículo para el mismo
país que derribó a Jacobo
Arbenz, en Guatemala en 1952; a Joao Goulart,
en Brasil en 1964; o a Salvador Allende,
en Chile en 1973, sólo para nombrar
a unos pocos gobiernos derrocados por
la Casa Blanca y CIA.
Con
la legitimidad que le han dado las urnas,
Chávez se propone construir un
país más justo, mejorando
la distribución interna del ingreso
y elevando la calidad de vida de su pueblo
a través del extraordinario aumento
del gasto público en salud, educación,
vivienda, infraestructura, que se viene
registrando en ese país, gracias
a una adecuada reorientación del
ingreso petrolero. Es decir: hoy día
se gastan de manera diferente los mismos
dineros del petróleo que antes
beneficiaban exclusivamente a las transnacionales
petroleras y a las corruptas clases política
y empresarial, que se robaron la renta
petrolera durante más de 40 años,
hasta que hundieron a ese país
e hicieron emerger a Chávez. Ahora
esos recursos financieros se invierten
en beneficio de un pueblo. Así
de simple.
El
anterior artículo debe citarse
de la siguiente manera:
Carmona,
Ernesto,
"Ecos del silencio...de RCTV",
en Revista Mexicana de Comunicación,
Núm. 106, agosto / septiembre,
2007, 23- 44 pp.
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