Páginas
de la experiencia vivida
Scherer
memorioso
Omar
Raúl Martínez
Director de la Revista Mexicana de Comunicación,
presidente de la Fundación Manuel
Buendía
y profesor de periodismo en la FES Acatlán
de la UNAM.
Junto
con Los presidentes, La
terca memoria de Julio Scherer
García es de sus mejores libros.
Escarba en sus recuerdos para ofrecernos
la cara pocas veces vista del algunos
personajes de la vida pública
pasada y reciente. Por momentos, con
una prosa quirúrgica, a varios
los desnuda implacablemente.
El escribir en primera persona, al margen
del gran valor testimonial, le da a
Scherer una verosimilitud a toda prueba,
pues ese manejo del “yo literario”,
confiesa, “implica un acuerdo
con uno mismo en la soledad y de ahí
una relación más auténtica
con los demás”.
Las
páginas schererianas emergen
de la experiencia vívida y cobran
el matiz de reportaje personalista (por
darle un nombre) cuando aporta otras
voces documentales o resultado de su
incansable afán reporteril. Con
ello es clara su intención de
evitar caer en visiones excesivamente
parciales o evidentemente prejuiciadas.
No obstante jamás abandona su
calibre puntilloso.
Fueron
varios los pasajes que atrajeron mi
interés. Uno de ellos es el que
relata su relación con Carlos
Hank González, donde el fundador
de Proceso revela la estrecha
relación de amistad que llevaba
con el político mexiquense. Aparecen
las polaridades de un Hank obsequioso
y sombrío, voraz y generoso,
agresivo y vulnerable. Cuenta Scherer
que cierta ocasión un hijo del
Hank fue acusado de cuantiosos robos
de dinero en el sureste del país,
en una región azotada por un
vendaval. Encolerizado por la supuesta
infamia, exigió a la PGR una
profundísima investigación.
Y se confirmó el señalamiento.
Más adelante plasma Scherer un
relato que mueve a la aguda reflexión:
La
noche de ese día amargo, cené
con Vicente Leñero y Enrique
Maza. Quería conocer su punto
de vista acerca de la historia que acababa
de vivir. Preguntarles acerca de los
deberes del periodista cuando tiene
en sus manos los desmanes de personas,
las verdaderamente amadas.
Vicente
estalló:
—Yo
a mi hija –son cuatro sus hijas–
no la pongo en manos de nadie, nunca.
Como sea, la encubro, la cubro, la envuelvo.
Enrique
sostuvo que en casos como el narrado,
se impone un deber íntimo, deber
de conciencia. Afirmó, sencillo
como es, sentencioso como no puede dejar
de serlo:
—Si
no hay compasión para la persona
amada como ninguna otra, la vida se
extingue.
—¿Qué
entiendes por “extingue”,
Enrique? –le pregunté.
—La
vida se derrumba, pierde sentido, cae
rota.
Conversé
con García Márquez. Me
dijo que la sangre es sagrada y quien
la ensucia se vacía sus venas.
Pasa a ser otro, gastado, débil.
Frente a los hijos, los padres, los
hermanos, los amores bien, los nietos,
las personas por las que somos personas
sólo subsiste un deber: cuidarlas,
y cuidarlas quiere decir ver por ellos
en los momentos extremos, los que cuentan.
No
tengo duda. Los escuché y actuaría
como Vicente, Enrique, el Gabo, pero
una cierta perplejidad me acompaña.
Y los otros, qué, ¿qué
se las arreglen como puedan?
Otras
de las escenas recurrentes en la obra
de Julio Scherer son las relativas a
las entretelas del binomio políticos-periodistas.
Ahora recupera los retratos de algunos
jefes de prensa y el del reportero Carlos
Denegri. Describe a éste último
en pocos pero fulminantes párrafos:
Denegri,
dotado como ninguno para nuestro oficio,
protegido de sus borracheras sin control
por el gobierno que lo usaba a su antojo,
se comportaba como le venía en
gana. En la redacción sabíamos
por cierto que más de una vez
se había presentado ante un funcionario
para mostrarle dos textos sobre un asunto
delicado. El reportaje de izquierda
costaría tanto si se publicaba
y el de la derecha tanto sino aparecía
en letras de molde. El funcionario elegía.
De
los lazos, complicidades o condicionamientos
entre la prensa y el poder, que se veían
como parte de los “usos y costumbres”
de una “cordial relación”,
rememora:
Algunas
ocho columnas, nuestra bandera que ondeaba
cada amanecer, tenían precio.
Era dinero secreto, sin factura, misteriosos
su destino. Las gacetillas, publicidad
embozada como información, costaban
caro. Su presentación exigía
sutileza, estilo, el gato ofrecido con
la salsa apetitosa del conejo. Los reporteros
teníamos libertad para contratar
gacetillas y desplegados del tamaño
que fuera, asegurado el 11 por ciento
de comisión. Sólo nos
obligábamos a respetar las fuentes
de trabajo asignadas a cada reportero.
El
dinero constante de las oficinas de
relaciones públicas del gobierno
y de la iniciativa privada, el chayote
que espina pero alimenta, había
que considerarlo con la naturalidad
del agua que humedece la ropa en la
temporada de lluvias. Si había
protestas, que fueran personales. A
nadie se obligaba a guardar en el bolsillo
el sobre con su contenido viscoso.
Una
faceta que aflora en las letras schererianas
es el trazo por momentos más
intimista con los que se muestra como
un hombre más completo y a la
vez vulnerable. En sus primeros pasos
como periodista se mira a sí
mismo con sus altibajos en la autoestima
y los sonrojos del sexo y el amor. La
timidez, reconoce, era su problema.
Cuenta:
Acudí
al doctor Alfonso Quiroz, entendido
en la materia. Me dijo que a la timidez
no se le puede vencer, pero si esconder.
Nadie es tímido frente al espejo,
argumentaba. La timidez es un problema
social, un problema frente a los demás.
—Ocúltala,
que no se note. Si una señora
te turba, alude a tu sonrojo y a tu
descompostura. Te ríes de ti
mismo y quedas listo para enfrentar
a cualquiera. Frente a la timidez uno
entrena todos los días, como
los boxeadores.
Pasó
mucho tiempo para que pudiera distinguir
entre la timidez y el apocamiento, los
guantes colgados, sin gana de pelea,
muerto el ímpetu. La timidez,
en cambio, lleva a formas de soledad
y la soledad concita a la reflexión.
A la soledad y a la reflexión
se les agrega normalmente el dolor,
el sufrimiento. Pienso ahora que sólo
cuando están unidos la soledad,
la reflexión y el sufrimiento
hay maneras de intentar una transformación
o al menos un cambio personal.
En
suma: en La terca memoria Scherer nos
dibuja sus propias reminiscencias para
recordarnos que para trazar nuestros
tiempos públicos es menester
revisar lo ocurrido desde nuestra trinchera
personal.
El
anterior artículo debe citarse
de la siguiente manera:
Martínez,
Omar Raúl,
"Scherer
memorioso",
en Revista Mexicana de Comunicación,
Num. 106, agosto / septiembre, 2007,
6 - 7 pp.