Un
acercamiento a la numeralia nos refiere:
A)
Si entre 2001 y 2003 hubo 7 asesinatos
y un informador desaparecido, tan
sólo entre 2006 y febrero de
2009 se registraron 29 asesinatos.
B)
Durante 2008 se registraron alrededor
de 140 incidentes contra periodistas
y medios.
C)
Tan sólo en lo que va de 2009,
hemos podido contabilizar 53 actos
contra periodistas y 3 asesinatos.
D)
En los dos primeros meses de 2008,
de acuerdo con la CDHDF se anotan
9 demandas, solamente en el
DF.
Ciertamente
las cifras son implacables y, sin
embargo, no alcanzan a delinear a
cabalidad las amenazas que se ciernen
sobre el ejercicio de nuestras libertades
informativas. Porque a las acostumbradas
inhibiciones, atentados, presiones
o condicionamiento de los tres niveles
de gobierno, se suma la asechanza
y las amenazas del crimen organizado,
además de los intereses o veleidades
de algunos editores y propietarios
de los medios.
Respecto
de esto último, y sin desestimar
el entorno externo a los medios, conviene
recordar lo que don Manuel Buendía
señaló en alguna ocasión:
“Es
en los propios periódicos y
medios donde verdaderamente se protege
y acrecienta la libertad de prensa
o donde se le falsifica o se le niega.
Depende más de los empresarios
y directores que del gobierno”.
Resulta
oportuno resaltar que el respeto y
ejercicio de las libertades de expresión
e información en México
no suele ser tan uniforme como luego
se sugiere: ni la luz pero tampoco
las sombras llegan igual a todos los
medios y periodistas.
Si
bien hay ciudades donde el despliegue
y el escrutinio crítico hacia
los poderes, particularmente el gubernamental,
llega a ser ejemplar, también
es innegable que en algunas entidades
del país se mantienen las estructuras
de antaño, es decir: el tiempo
no ha transcurrido y los aires de
transparencia no surcan sus tierras
y cotos virreynales.
Incluso el menor indicio que incomode
al gobernante local en turno, es suficiente
para mandarle “mensajitos”
al periodista o al medio informativo
con el fin de someterlo o inhibirlo.
En otras palabras: con notable recurrencia,
algunas voluntades periodísticas
suelen apagarse frente a la exposición
y acción del caciquismo regional.
Sin
duda alguna es en las regiones donde
las amenazas son más latentes,
vigentes y presentes para el periodismo
mexicano. Lo que ocurre en realidad
es un silenciamiento muchas veces
tolerado para evitar poner en riesgo
los magros ingresos salariales y/o
publicitarios.
Aunque
sabemos que la presunción de
responsabilidad recae más frecuentemente
en el poder público, y ahora
en algunos grupos de narcotraficantes,
lo cierto es que las condiciones laborales
poco estimulan a realizar un periodismo
auténticamente osado, responsable
e independiente. Ello a fin de cuentas
constituye parte del entorno que tiende
a ampliar o limitar el ejercicio de
la libertad de prensa.
Pero
como decíamos: el centro de
las amenazas para el periodismo nuestro
provienen de diversos representantes
de los distintos niveles de gobierno,
particularmente de algunos estados
y numerosos municipios, y cada vez
con mayor recurrencia del poder del
narco.
Ante
las alarmantes cifras, la respuesta
de autoridades ha sido de coyuntural
y aparente disposición para
afrontar el problema, pero los resultados
han sido prácticamente nulos.
La impunidad sigue reinando.
En
los años recientes varios organismos
civiles, organizaciones gremiales
y entidades académicas nacionales
e internacionales hemos tratado de
sumar esfuerzos para hacer frente
de manera más coordinada a
los agravios a la libertad de expresión
en nuestro país. Hay frutos
que es necesario fortalecer.
Organismos
como Cencos, el Cepet, la propia Fundación
Manuel Buendía, Artículo
XIX, la Amarc, Reporteros Sin Fronteras,
la Amedi, entre otros, han impulsado
el tema, pero es menester incentivar
nuevas ideas, conciliar diversas voluntades,
sumar más iniciativas...
En
este tenor, por ejemplo, algunos de
estos organismos hemos coincidido
en la lucha por promover reformar
legislativas para federalizar los
actos contra periodistas, para despenalizar
los llamados delitos de prensa, y
para reconfigurar jurídicamente
la fiscalía especial a fin
de que sea realmente eficaz.
Sin
embargo, muchas otras tareas nos aguardan
para impulsar la defensa, el respeto
y el ejercicio responsable de la libertad
de expresión. Pero quizás
la que merece un impulso urgente debido
a la gravedad de las circunstancias,
es la creación de una red realmente
nacional que defienda y abogue por
el quehacer de los periodistas y los
medios informativos.
A
este respecto vale la pena recordar
y rescatar las palabras de Manuel
Buendía, quien hace casi 30
años planteó la creación
de “una especie de tribunal
de pares o comisión que pudiese
actuar pronta y eficazmente, en la
investigación y prosecución
de las denuncias que sobre atentados
contra la libertad de prensa y la
seguridad de los periodistas le fuesen
presentadas”.
La
propuesta de Buendía resulta
hoy más vigente que nunca,
y aquí amplío la cita
en extenso:
“Sugiero
que se retome esta idea. No sería
un organismo que sustituyera o demeritara
en lo mínimo la acción
de las agrupaciones existentes. Al
contrario: una entidad que las representara
a todas y a todos los estamentos o
modalidades de la profesión.
dotada de la fuerza moral que le daría
esta auténtica representación,
pero a la vez ágil en la actuación,
la comisión podría poner
en marcha, en pocas horas, los recursos
de apelación, la interpelación
o la protesta, que inmovilizaran precautoriamente
una acción represiva contra
periódicos y periodistas, a
reserva de nutrirse enseguida de información
propia, amplia, bastante para emitir
oportunamente un juicio que tendría
muchas más consecuencias sociales
de las que ahora podrían imaginar
algunos caciques y represores.
“Esta
comisión tendría que
surgir sin bandera política,
por completo independiente y con una
sola finalidad: encarar, como concreción
de la solidaridad entre periodistas,
la defensa de aquellos colegas que
sufran persecución, amenazas
o represión como consecuencia
del desempeño de sus funciones”.
Para
blindar un proyecto de esta índole,
el autor de “Red Privada”
subrayaba:
”La
solidaridad entre periodistas, como
concepto y como práctica enaltecedeora,
no debe malentenderse y pervertirse
al extremo de que, por parte de otros
sectores críticos, mereciera
un nombre distinto: complicidad.
Como gremio o como simple conjunto
de individuos que se identifican entre
sí en la práctica de
un oficio, los periodistas debemos
ser los primeros en condenar a aquellos
que transgreden las normas éticas,
atentan contra la dignidad de instituciones
y personas e incurren en flagrantes
delitos.
“La
comisión no nacería
para servir de escudo a prevaricadores
o a seres antisociales disfrazados
de periodistas, sino para ayudar a
proteger el legítimo ejercicio
de una profesión, y para ganar
respeto hacía ésta.
“Será
necesario que quienes llegaran a firmar
tal documento meditaran bien antes
de hacerlo, porque en el fondo lo
que se estaría creando es un
organismo que —junto con otros,
por supuesto— contribuiría
a clarificar las responsabilidades
de los periodistas, y de ningún
modo a crear una especie de fuero”.
Hoy,
frente al ominoso escenario, valdría
la pena tomar en cuenta la idea y,
ante todo, el espíritu de esta
propuesta, que necesitaría
congregar a una multiplicidad de medios
y periodistas y ampliar la convocatoria
a universidades, organismos civiles,
despachos de abogados, entre otras
entidades.